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EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

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EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 8 Mayo - 8:07

Recuerdo del primer mensaje :


Os voy a contar una historia de amor diferente. Una historia llena de lucha, derrotas, sacrificios, lágrimas, imperfecciones y cicatrices.
Una historia de amor de dos personas que se encontraron cuando no tenían nada y se separaron cuando lo tenían todo.
Os voy a contar qué pasó... cuando todo acabó.
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axcia


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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 29 Mayo - 5:15

EPÍLOGO 1
Y así fue como, cuando todo empezó de nuevo, me senté a tu lado frente al piano
Cuando salgo del teatro, mamá me está esperando en la puerta. Mientras me despido de mis compañeros, la observo sin que ella me vea. Está mirando el escaparate de una pequeña floristería, y lo hace sonriendo, una expresión muy habitual en ella últimamente, desde que dejó que papá entrara en nuestras vidas de nuevo. Está exultante, llena de vida, segura de sí misma. Es como si la versión que yo conocía de mi madre hubiera sufrido una actualización. Sigue siendo ella, pero mejorada. Mamá 2.0, pienso, riendo. Y no solo sonríe más, sino que también la puedo escuchar canturrear en la ducha, o de repente la descubro bailando una canción que suena en la radio.
La observo entrar en la floristería y salir poco después con un ramo de flores frescas en las manos. Entonces, al levantar la cabeza, me ve y se acerca a mí.
—¿Más flores?
—¿A que son preciosas?
La miro entornando los ojos, sonriendo sin despegar los labios. Ella acerca la nariz al ramo e inspira profundamente el intenso olor, y todo ello lo hace sin perder ese brillo especial en los ojos. Más tarde, cuando entramos en la estación de metro, se detiene a escuchar a un tipo que toca el violín, llegando incluso a cerrar los ojos y a mecerse de un lado y al otro, al compás de la melodía. Consigo tirar de ella cuando escucho que se acerca el metro y la arrastro para meternos. Entonces, se vuelve a quedar ensimismada, mirando a una pareja de ancianos que se hacen carantoñas.
—¿Qué? —me pregunta cuando me descubre mirándola.
—Nada… Es solo que… estás diferente. Pareces…
—Feliz —susurra, acabando la frase por mí.
—Sí —aseguro, muy sonriente—. Me encanta verte así, mamá. Te lo mereces.
—Gracias, cariño —dice, apoyando la cabeza en la pared metálica del vagón—. Estoy como en una nube, ¿sabes? Y a veces intento no parecer tan… así. Intento ser más racional, lanzarme advertencias para no bajar la guardia, porque, al fin y al cabo, no quiero olvidar lo que nos hizo…
—¿Es por eso que le haces dormir en el sofá? —Ella me mira seria, arrugando la boca—. Es un poco incómodo que hayamos… allanado su morada y le hayas echado de su cama, ¿no crees?
—Puede… Pero ya lo habíamos hablado. Le di mis condiciones cuando nos ofreció mudarnos a su casa e intentar… volver a empezar. Le dije que quería ir poco a poco, que no puedo olvidar diecisiete años de la noche a la mañana… Quiero estar con él, abrazarle y besarle… ser como una pareja normal. Pero necesito tiempo.
Mira al techo del vagón, mordiéndose el labio inferior. En ese momento, el convoy se detiene en nuestra estación y nos bajamos, siendo arrastradas hacia el exterior por la marea de gente. Caminamos durante un par de calles, en silencio, ella seguro que soñando con unicornios de pelos de colores.
—Lo entiendes, ¿verdad?
—En realidad, yo no tengo voz ni voto en esto, pero si se me permite opinar, te diré que me parece bien. Demuestras sentido común y… mucha dignidad. Me gusta que no se lo pongas fácil, aunque déjame decirte que, a veces, disimulas fatal esa dignidad.
—¿Perdona?
—Si algún día te pilla mirándole como a veces te he pillado yo, comiéndotelo con los ojos, tus argumentos se vendrán debajo de un plumazo.
—Hay cosas que no se pueden disimular. Accedí a abrirle la puerta, a perdonarle, porque estoy loca y completamente enamorada de él.
Poco antes de llegar a casa, entramos en el pequeño supermercado para comprar un par de cosas para preparar la cena, y dejamos el tema aparcado, hasta que volvemos a salir.
—¿Alguna vez te preguntaste por qué me había enamorado de alguien que hizo todo lo que hizo, que cometió tantas locuras, que se autodestruyó…?
—Creo que todas las mujeres, en algún momento de nuestras vidas, nos enamoramos de algún impresentable —digo, encogiéndome de hombros—. Simplemente pensé que papá era el tuyo.
—Me alegro entonces que ahora puedas comprobar que no estaba tan loca.
◆◆◆

Escucho a papá tocando el piano en el salón, luego habla y poco después, a mamá se le escapa una carcajada. Esa es la tónica habitual. Siempre tienen algo de lo que hablar, unas risas que compartir, abrazos que intercambiar y besos que darse. Y es algo realmente maravilloso, aunque novedoso para mí, que les sigo observando alucinada.
De camino hacia la cocina para ayudar a mi madre a hacer la cena, al pasar por el salón, veo a mi padre sentado frente a su inseparable piano, con un lápiz entre los dientes y una libreta para apuntar. Como atraída por una fuerza magnética irresistible, me acerco a él y le abrazo por detrás, apoyándome en su espalda.
—Eh… Hola… —me saluda, aún con el lápiz entre los dientes—. ¿Te apuntas?
Me siento a su lado mientras él me observa. Me tiende la libreta en la que ha estado escribiendo y, guiñándome un ojo, la señala con un movimiento de cabeza.
—¿Quieres que…? —Él asiente—. ¿Quieres que cante? ¿Yo? No sé cantar… Lo mío es bailar… Yo…
—Shhh… Confía en mí —dice simplemente, empezando a tocar las primeras notas de la canción sin importarle que yo no esté para nada preparada.
Sus dedos se mueven acariciando las teclas, lentamente, hipnotizándome. Entonces, me hace una señal con la cabeza, y miro el papel. Con timidez, canto la primera frase. Tengo la voz tomada, mezcla de timidez y nerviosismo. Incluso alguna palabra resulta incomprensible porque no consigo que me salga la voz. A pesar de ello, él no deja de asentir sonriendo.
Al final de la segunda estrofa, se marca un espectacular solo de piano. Le escucho murmurar, aunque sin despegar los labios y, a pesar de no decir nada, queda precioso y consigue que se me encoja el corazón.
Cuando empiezo a cantar la última estrofa escrita, reconozco que lo hago con mucha más fuerza. Sé que no tengo la técnica, y que mi voz dista mucho de ser perfecta, pero él ha conseguido infundirme de la confianza necesaria para cantar a pleno pulmón.
Cuando acabo, dejo la libreta sobre mi regazo y le observo mientras toca las últimas notas de la canción, y lo hago con lágrimas en los ojos. Sus dedos se mantienen sobre las teclas hasta que el sonido se apaga, diluyéndose por la habitación.
—¿Te gusta? —me pregunta.
—¿Bromeas? Es preciosa. Lástima que yo la haya estropeado. Cuando cantes tú, será la bomba.
—Esta canción no la he escrito para cantarla yo. La he escrito para hacer exactamente esto: para tocarla escuchando tu voz.
—Pero mi voz no vende discos —digo, sonriendo con la cara roja como un tomate.
—Y no pretendo venderlos. Esta es solo para nosotros.
Entonces escuchamos un sollozo a nuestra espalda y nos giramos para descubrir a mi madre, que nos observa desde el quicio de la puerta, llorando y sonándose los mocos.
—¿Tan mal canto, que te he hecho llorar? —le pregunto.
—Mucho —contesta mamá.
—Joder con la sinceridad… —me quejo.
—Quiero decir que… Me habéis dejado… sin habla. Estoy… totalmente…
—¿Tú la entiendes? —me pregunta mi padre.
—Si no la entiendes tú… Lo que está es totalmente colada por ti… Tanto, que la atontas. —Es un secreto a voces, así que no me importa decirlo en voz alta—. Eres su… impresentable. Mamá, ¿recuerdas cuando antes hablábamos de la técnica del disimulo? Pues ponla en práctica.
Les señalo mientras a las dos se nos escapa la risa.
—Me parece que no me estoy enterando de qué va la película… ¿De qué os reís ahora?
—De los impresentables —intenta aclararle mamá. No surte efecto, porque papá le mira frunciendo el ceño—. Tu hija asegura que todas las mujeres, en algún momento de nuestras vidas, nos enamoramos de algún impresentable.
—¿Estás enamorada? —me pregunta entonces mi padre, fulminándome con la mirada.
—¡No! ¡Para nada! ¡No! —Mira a mi madre y ella, lejos de echarme un cable, asiente con la cabeza—. ¡¿Mamá?! ¡No estoy enamorada de Mike! ¡No la creas, papá!
—¿Y cómo sabes que me refería a Mike? —me pregunta mi madre.
—¿Quién es Mike? —pregunta mi padre a su vez.
—¡Ah! ¡Joder! —Me quejo, intentando alejarme lo antes posible de la emboscada que me han tendido.
—¿Cassey…? No huyas. Hablamos de esto. Te dije que nada de novios hasta los treinta —vuelve a decir mi padre.
Me paro en seco y me giro, señalándole.
—Primero: estás flipando si crees que voy a convertirme en monja hasta los treinta. Y segundo: ¡Mike no es mi novio!
—Pero estás enamorada de él.
—¡No! ¡Él es solo…!
Al ver que no consigo explicar lo que es Mike para mí, mi padre mira a mamá y, sin necesidad de abrir la boca, parecen entenderse al instante.
—Lo dicho: un impresentable —le informa ella.
—Lo repito: solo somos amigos. No estoy… colada por él. Y no es ningún impresentable.
—Al menos, es algo mejor que el anterior, créeme —dice mamá, inclinándose hacia papá, como si le susurrase.
Chasqueo la lengua y me doy la vuelta de nuevo, dándoles por imposibles.
—Invítale a casa algún día para que pueda juzgar por mí mismo.
—Sí, claro, claro… Eso estaba yo pensando… Tenderle semejante emboscada.
—Prometo ser bueno con él.
—Yo también. De hecho, a mí me cae bien —interviene mi madre.
—Pues menos mal…
◆◆◆

—Entonces, ¿va a venir? —Me pregunta Summer—. ¿En serio?
—Eso me dijo… Está pasando por esa fase de querer recuperar el tiempo perdido a marchas forzadas… Quiere que pasemos tiempo juntos, y hoy ha decidido llevarme a merendar —susurro, quizá algo avergonzada.
—¡Qué bien!
—¿Qué bien? Paige, si tu padre insinúa que te quiere recoger en el instituto y te quiere lleva a merendar, le mandarías a paseo.
—Mi padre no es Chris Taylor. ¿Crees que me podré hacer una foto con él? —me pregunta, cambiando rápidamente de tema.
—Supongo…
—Pues a mí también me parece adorable que quiera pasar tiempo contigo —interviene Laura—. Además, puedes fardar un poco de él. Te puedes convertir en la chica más popular del instituto.
—¿En serio piensas que quiero ser la chica más popular del instituto? —le pregunto, poniendo acento de niña pija.
Las cuatro nos miramos, torciendo el gesto, justo antes de echarnos a reír.
—¡No! —aseguramos a la vez, entre carcajadas.
Cuando salimos, hago un barrido visual. Espero encontrarle con su ya habitual uniforme de incógnito: sudadera negra con la capucha puesta sobre la cabeza y gafas de sol, pero me quedo de piedra al verle saludarme con una mano, a cara descubierta. Entonces escucho varios suspiros a mi alrededor.
—La hostia… —susurra Summer.
—Por favor… Qué bueno está… —dice Laura entre dientes, sin dejar de esbozar una enorme sonrisa—. Qué raro suena decir eso de un padre.
—Ya te digo… No os imagino diciendo eso de mi padre…
—Porque tu padre tiene setenta años, calvo y pesa como doscientos quilos —le contesta Paige.
—¡Oye! ¡Un respeto, que es mi padre! Va, preséntanoslo… Tira —insiste, dándome un pequeño empujón por la espalda.
Nadie excepto nosotros parece haberse percatado de su presencia. Tampoco es que sea habitual ver a un cantante famoso en la puerta del instituto. Levanta una mano para saludarme, gesto que yo imito, sonriendo de oreja a oreja, justo antes de empezar a bajar las escaleras.
—Estoy… alucinada. No llevas… nada —digo, señalando su cabeza con movimientos circulares.
—Bueno, pensé que no sería muy buena idea plantarme en la puerta de un instituto con aspecto de acosador…
—Bien pensado —afirmo riendo, justo antes de mirar a mis amigas, que se han quedado en un segundo plano—. Papá, ellas son mis amigas Summer, Paige y Laura.
—Hola —saluda él de forma muy natural, acercándose para darles un beso en la mejilla.
—Hola… —repiten las tres a la vez con una voz aguda y nerviosa.
Se forma un extraño silencio. Las tres le miran embelesadas, rojas como un tomate, muy nerviosas, mientras él espera a que digan algo. Al rato, me mira levantando las cejas y encogiéndose de hombros.
—Me parece que quieren preguntarte si te harías una foto con ellas —decido echarles un cable.
—Eh… Claro. No hay problema —dice, peinándose el pelo con una mano, un gesto desenfadado para él que, en cambio, hace las delicias de las chicas.
Poco a poco empiezan a llamar la atención de la gente que nos rodea, que se acercan para curiosear. Al reconocerle, se forma un pequeño tumulto a su alrededor, pidiéndole un autógrafo, una foto o incluso un beso.
—Hola —me saluda Mike, plantándose a mi lado. Me mira de reojo, sonriendo de medio lado. Agarra las asas de su mochila, que lleva colgada a los hombros—. La que ha liado, ¿no?
—Ya ves… —contesto, mirándole de reojo.
Como es habitual en él, viste con un vaquero gastado, una camiseta vieja y una camisa de cuadros abierta como única prenda de abrigo, haciendo patente que no debe de pasar más de dos minutos frente al armario.
—A partir de ahora, vas a ser una chica popular a la que invitarán a todas las fiestas de la “jet set” del instituto. —Le miro de reojo, frunciendo el ceño—. No me mires así. Ese es el precio que tienes que pagar por tener un padre guay. El mío era un capullo, debe ser por eso formo parte del club de los marginados.
—Eres idiota perdido —le digo, sin poder evitar sonreír.
—¿Sabes que le conozco? —me pregunta, señalando a mi padre con un movimiento de cabeza.
—Todo el mundo le conoce.
—Ya, pero yo personalmente. El hermano de tu padre es el mejor amigo del marido de mi madre.
Miro al cielo, intentando conectarles mentalmente, hasta que me ilumino.
—¿Max es amigo de Simon?
—Ajá… Compartieron piso durante años.
—Ah, pues, a lo mejor, eso cambia las cosas… —susurro.
—¿Qué cosas?
—Mi padre cree que eres un impresentable —digo, mirándole de reojo.
Él me mira con los ojos muy abiertos y las cejas levantadas, abriendo los brazos, sin entender nada.
—Pero si… En realidad, tampoco nos conocemos tanto como para que piense eso de mí…
—Es una larga historia… —concluyo, justo cuando veo que mi padre se acerca a nosotros—. ¿Has acabado con tus fans?
—Hacía tiempo que no hacía esto, y estoy algo desentrenado…
—Eh… Papá… Él es Mike.
—Hola… —saluda este.
—El impresentable…
—Papá, por favor… —digo, reprochando su comentario.
—No hay nada malo en ser un impresentable, Yo también lo fui una vez, ¿sabes? —le aclara entonces—. ¿Cómo va?
—Bien, señor —contesta este.
—La madre de Mike es la mujer del mejor amigo de Max. —Mi padre frunce el ceño, intentando dibujar un árbol genealógico mental.
Mike agacha la cabeza, con timidez, algo insólito desde que le conozco. Mientras, mi padre sigue pensando.
—Lo cierto es que tu cara me suena de algo… ¿Nos hemos visto alguna vez…? —pregunta finalmente, mientras Mike asiente, dejándome boquiabierta.
—¿En serio? —pregunto.
—En la boda de mi madre y Simon…
—Eh… —Mi padre lo piensa durante un rato, hasta que, de repente, su expresión se ilumina—. ¡Ah…!
—Sí… Ahí… —contesta Mike, titubeante.
Se forma un extraño vínculo entre ambos que no puedo entender. Ambos se miran, entendiéndose sin necesidad de hablar. Yo parezco formar parte del público de un partido de tenis, moviendo la cabeza de uno a otro, intentando averiguar qué se tienen entre manos. Mike agarra las asas de su mochila, moviendo el pie, como si pateara el suelo. Mientras, mi padre asiente de forma repetida, apretando los labios.
—¿Lo ves? Te lo dije —dice finalmente, dirigiéndose a Mike—. Yo también fui un impresentable, y lo fui durante más tiempo del recomendable.
Mike sonríe, de repente mucho más relajado. Mi padre le guiña un ojo y estira el brazo para estrecharle la mano por fin.
—Esto… Siento interrumpir este momento de revelación, pero deberíamos irnos… —digo, señalando hacia el final de la calle con un movimiento de cabeza.
—Sí. Encantado, Mike. Otra vez.
—Igualmente, señor Taylor. Hasta mañana, Cass.
—Nos vemos.
Cuando giramos la esquina, miro a mi padre y, sin poder aguantarme más, le pregunto:
—¿Qué pasó en esa boda?
—Afortunadamente, no recuerdo mucho. Me pilló en una de mis peores épocas… Solo tengo recuerdos fugaces… Nada digno de enorgullecerse ni de contarte siquiera como una anécdota. Así que puedes borrar ese dato de tu cabeza.
—Ya le preguntaré a él.
—Por la cuenta que le trae, mantendrá la boca cerrada. Y ahora, hablemos de cosas verdaderamente importantes: he pensado montarle a montarle a tu madre una fiesta de cumpleaños sorpresa.
—Odia las fiestas de cumpleaños.
—Lo sé. Por mi culpa. Y voy a enmendar mi error.
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axcia


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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 29 Mayo - 5:16

EPÍLOGO 2
Y así fue como, cuando todo empezó de nuevo, volvimos a la escalera de incendios
—¿Por qué no me lo contaste antes? —me pregunta Janine.
—Porque… este era mi lugar seguro. Aquí estaba a salvo de él. Si te lo hubiera contado, me habrías preguntado por él, o me habrías pedido que te contara algo… ¿Recuerdas cuando criticábamos juntas al “padre de mi hija”? —le pregunto, entrecomillando con los dedos el apodo que siempre usábamos para referirnos a él—. Si te hubiera confesado su identidad, ¿le habrías criticado igual?
—¡Por supuesto que sí!
La miro con una ceja levantada durante unos segundos, justo antes de acercarme a uno de los clientes sentados detrás de la barra para rellenar su taza de café. Luego, voy a tomar la comanda de un par de tipos que se acaban de sentar en una de las mesas de mi zona mientras Janine cobra a otros clientes.
—Te perdono solo si me das más información —me susurra cuando nos cruzamos.
—No sé qué más quieres que te cuente… —le contesto.
Nos mantenemos ocupadas durante un rato más, hasta que, mientras estoy preparando otra jarra de café y colgando varias comandas en el pasaplatos para informar a Frank, ella se coloca a mi lado.
—¿Cómo besa? —me pregunta de sopetón.
La miro de reojo, levantando una ceja y torciendo el labio. 
—¿A qué viene esa pregunta?
—Siempre he sentido curiosidad por saber cómo besa un famoso. Vamos, dímelo —me pide, siguiéndome.
—Como cuando no lo era.
—¡Así no me sacas de dudas!
Le saco la lengua mientras me alejo de ella para llevarle un plato de huevos revueltos a un cliente.
—¿Y qué tal en la cama? ¿Es como lo recordabas? ¿Ha aprendido técnicas nuevas? No te ofendas, pero tiene fama de haber… practicado bastante…
—Janine, te estás pasando.
—¡A ver! ¡No es mi culpa! ¡Eres la primera persona que conozco que se ha tirado a un famoso! —Resoplo de forma sonora, agarrándome la nuca con ambas manos, agachando la cabeza, de repente muy decaída—. De acuerdo… Lo siento… Es que me emociono y a veces no sé mantener la boca cerrada. Perdóname…
—Aún no ha pasado nada.
—¿Qué?
—Que Chris duerme en el sofá.
Me mira muy seria, con los ojos muy abiertos y las cejas levantadas. Empiezo a ponerme algo nerviosa después de tirarnos así un buen rato hasta que por fin parece reaccionar.
—Estás de coña, ¿no?
—No.
—¿Tienes a semejante espécimen durmiendo en un triste sofá?
—Necesito hacerlo así… No puedo hacer ver que no ha pasado nada. No puedo… abrirme de piernas de buenas a primeras. Necesito… volver a pasar por un proceso.
—Ah… —dice, mirándome de reojo.
—Y me está costando horrores, porque le veo y…
—¡Joder, menos mal! —me corta—. ¡Pensé que te habías vuelto majara…!
—No pretendo que lo entiendas, Janine… Pero necesito hacerlo por mí.
—De acuerdo. Vale. Lo entiendo… Bueno, no, no lo entiendo, pero te apoyaré en lo que haga falta.
—Gracias.
—De nada. Está forrado de dinero, ¿verdad? —me pregunta de repente—. ¿Cuántas propiedades tiene? ¿Tiene un avión privado? ¿Cuánto dinero tiene en el banco? 
—No lo sé, Janine. Ni quiero saberlo.
—¡Venga ya!
—Tiene un todoterreno enorme y sé que vendió el ático frente a Central Park y compró nuestro antiguo apartamento…
—Con lo que le debieron dar por ese ático, podría haber comprado el bloque entero. Vamos, no fastidies… ¿No habéis planeado ni unas vacaciones en Las Maldivas, por ejemplo?
—No… Janine, yo me enamoré de él cuando llevaba menos de cinco dólares en el bolsillo, así que me da igual el dinero que tenga ahora.
—Bueno, al menos, hay cosas por las que ya no te tienes que preocupar, como del tema de la universidad de Cassey.
—Sí… Supongo.
—¿No lo habéis hablado de ello?
—No. Simplemente, hemos retomado todo donde lo dejamos. Con eso nos basta. No me interesa su dinero, solo me interesa tenerle a mi lado todos los días de mi vida.
—Pero… podríais vivir en un sitio más grande… Podrías dejar de trabajar… O, al menos, trabajar en algo más cerca de casa… Espera, olvida eso, porque me dejarías sola con el gruñón de Frank. Nada de cambiar de trabajo, así que rebobino. ¡Podríais vivir en un ático frente al parque!
—Vivimos donde queremos vivir.
—¿En serio? —me pregunta, levantando las cejas—. Imagina cómo cambiaría tu vida con una ducha de hidromasaje, o un vestidor igual de grande que todo esto.
—Créeme, mi vida ha sufrido suficientes cambios durante un tiempo y, ahora mismo, está perfecta.
—Si tú lo dices…
—Lo único que necesito ahora mismo es llegar a nuestro pequeño apartamento, ponerme ropa cómoda y acurrucarme junto a él. Y es lo que pienso hacer en un rato empezando a contar desde… ya —afirmo, después de mirar el reloj colgado a mi derecha.
Le doy el cambio a unos clientes y empiezo a alejarme hacia la trastienda, quitándome el mandil. Escucho sus pasos a mi espalda, siguiéndome de cerca.
—¡Hasta luego, Frank! —me despido levantando una mano.
—¿Se puede saber por qué dejas el salón desatendido? —le grita a Janine al verla pasar tras de mí.
—Estamos hablando de algo muy importante.
—¿Más importante que mis clientes esperando a que les sirvan?
—¡Lo tenemos todo controlado!
—¡Janine, tu turno no ha acabado! —vuelve a insistir Frank.
—¡Oh, por Dios! —Se queja de nuevo, mientras yo río—. Tú ya no tienes necesidad de aguantar esto, ¿por qué sigues aguantándole? Aunque, pensándolo mejor, no nos dejes, por favor. No podré aguantarle solo.
—¡Te estoy oyendo, Janine!
—¡Será porque lo estoy diciendo en voz alta para que te enteres!
—¡Algún día pondré un cartel es la puerta y vendrán decenas de camareras mucho más cualificadas que tú!
Janine le saca la lengua, justo antes de agarrarme del brazo cuando ya iba a salir por la puerta trasera.
—¿Y cuándo me lo vas a presentar?
—Algún día —aseguro, dándole un beso en la mejilla—. Si te portas bien.
—¡Recuerda que mañana haces el turno de tarde! —escucho que grita Frank, antes de que la puerta se cierre a mi espalda.
◆◆◆

Cuando entro en casa, está todo oscuro y silencioso. Contagiándome de la quietud, cierro la puerta lentamente y con sigilo. Aún con las llaves en una mano, el abrigo puesto y el bolso colgado del hombro, apoyo la espalda contra la madera.
Entonces escucho el sonido de su guitarra. Me quito el abrigo y dejo las llaves y el bolso sobre el sofá, caminando hacia la ventana más alejada del salón. Cuando llego, me siento en el marco y le observo sin que él me vea durante unos segundos. Está sentado en el suelo, agarrando la guitarra, entrelazando algunas notas, susurrando algunas palabras, vestido con un pantalón vaquero y una camiseta de manga corta ceñida al torso. Tan sencillo, tan normal, tan… anónimo como antes.
—Hola… —susurro al cabo de un rato.
—Eh…
Intenta ponerse en pie, pero entonces yo levanto una mano para detenerle. Paso una pierna a través de la ventana y luego otra, hasta salir. Chris me mira, levantando la cabeza al tiempo que entorna los ojos cuando el sol le da de lleno en la cara. Sonriendo, me siento en las escaleras, agarrándome las rodillas.
—¿Tienes algo nuevo? —le pregunto.
—Más o menos…
—¿Lo tocas para mí?
Aprieta los labios y me mira entornando los ojos, justo antes de colocar la guitarra en la posición correcta. Empieza a tocar una melodía preciosa, pero sin cantarla aún. Se limita a cerrar los ojos y mover la cabeza, como si lo estuviera haciendo, pero sin abrir la boca.
Hace mucho que no le escucho cantar, y Cassey me dijo que le contó que no se veía capaz de hacerlo aún. Puede que los excesos que ha cometido durante mucho tiempo, hayan roto de alguna manera su voz. O a lo mejor, no se encuentra anímicamente recuperado para cantar. En cualquier caso, aunque yo no soy la culpable de ello, no puedo evitar sentir que yo le he arrebatado eso con lo que tanto disfrutaba.
Cuando acaba de tocarla, abre los ojos y me mira con timidez.
—¿Tiene letra? —le pregunto.
—Sí. Está aquí —me contesta, tocándose la sien con un dedo.
Entonces, me acerco a él y me siento en el hueco que queda entre sus piernas. Deja la guitarra a un lado y enseguida me rodea con sus brazos mientras yo apoyo la espalda en su pecho. Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos, respirando profundamente. Siento su aliento rozando mi mejilla y mi cuello, y sé que me está observando. Entonces, posa sus labios sobre mi pelo y le escucho soltar un largo jadeo.
—¿Sabes la de veces que nos imaginé así de nuevo? ¿Aquí mismo? —le pregunto.
—Seguro que no tantas como yo.
Me cubre la cara con una mano, estrechándomela contra su pecho. Siento los dedos de su otra mano clavándose en mi piel. Entonces me giro hasta colocarme de costado, encogiendo las piernas, haciéndome un ovillo entre sus brazos, y le miro. Le acaricio las mejillas, perfilando sus rasgos con las yemas de mis dedos.
—¿Qué quieres hacer esta noche? —le pregunto, sonriendo—. Cassey está con Mike…
—¿Con Mike? ¿Toda la noche?
—Pensaba que te haría más ilusión tener un rato a solas conmigo…
—Y me hace. Claro que sí. Pero… ¿qué va a hacer toda la noche con Mike?
—Van a la biblioteca a estudiar.
—Ya. Claro.
—Están de exámenes finales y… —Me mira arqueando una ceja, incrédulo—. ¡Vamos…! ¿Por qué no confías en ellos?
—Porque tú y yo hemos tenido su edad y también hemos quedado para “estudiar” —dice, entrecomillando la última palabra con los dedos.
—Pero…
—Y dime cuánto aprendiste en todas esas sesiones de estudio. —Después de mirarnos a los ojos durante un rato, levanto la vista al cielo y se me escapa la risa—. Con eso me lo dices todo.
—No es lo mismo… A Cassey no le gusta Mike…
—Puede que aún no. Pero créeme, ese chico está loco por tu hija. Y sé lo que un chico de su edad puede llegar a hacer por la chica que le gusta…
—¿En serio? ¿Lo sabes? —le pregunto, dándole varios besos cortos en la boca.
—Sí… —contesta mirándome.
Al rato, apoyo la cabeza en su hombro y respiro profundamente. De repente, percibo una multitud de cosas a la vez: su olor, su tacto, el ruido de su respiración, los latidos de su corazón… Cierro los ojos y me cojo fuerte de su camiseta.
—Jill… Quiero pasar el resto de mi vida contigo. Siempre he querido. Incluso cuando todo se me fue de las manos, incluso entonces sabía que te quería con toda mi alma.
—Chris…
—No. Espera. Necesito que lo sepas. Quiero hablar de ello. Quiero… contártelo. Desde que… abriste esa puerta, no hemos tenido prácticamente tiempo de hablar con calma y siento que tenemos que hacerlo. Tenemos que hablar, enfrentarnos a ello —dice, cogiéndome la cara con ambas manos para obligarme a mirarle—. Hace diecisiete años cometí el error más grave de mi vida. Hace diecisiete años… morí. Y lo hice en el mismo instante en el que crucé esa puerta y descubrí que os habíais marchado. En ese momento fui plenamente consciente de la cagada que había cometido. El silencio del apartamento fue aplastante, fue como una bofetada de realidad. Y me hundí. En lugar de salir ahí fuera e intentar recuperarte, opté por emborracharme y drogarme para que doliera menos. ¿Y sabes qué? Funcionó, al menos mientras estaba borracho y hasta arriba de coca. Luego volvía a decaer… así que seguí drogándome y bebiendo sin parar.
—¿Y conseguiste olvidarme? —le pregunto, agachando la cabeza y alzando los ojos.
—Ni por asomo. Incluso estando hasta arriba de mierda, cerraba los ojos y te veía sonriendo, o concentrada leyendo, en la bañera relajada, agobiada cuando estabas en la recta final de tu embarazo, jadeando bajo mi cuerpo…
Sonrío satisfecha, asintiendo con la cabeza.
—Me alegro.
—Me lo merezco.
—No me alegro por saber que sufriste, sino porque yo sentí exactamente lo mismo. Me fui para huir de ti, pero nunca lo conseguí. Tu… sombra siempre me sobrevolaba. A pesar del dolor que me causaste, si cerraba los ojos podía escucharte cantar. Soñaba contigo…
—Creo que ambos intentamos seguir con nuestras vidas, pero ninguno lo consiguió.
—La vida sigue, dicen, pero no siempre es verdad. A veces, solo pasan los días. —Me mira fijamente y sé que comparte ese sentimiento—. Leí esa frase cuando estaba en Florida, y recuerdo que fue como una revelación para mí. Fue como si alguien me apoyara, como si me comprendiera, como si me dijera que lo que estaba sintiendo era normal.
—Como si nuestras vidas hubieran estado pausadas durante diecisiete años.
—Algo así. Aunque mis arrugas son una prueba evidente del paso del tiempo —digo sonriendo, mientras me muerdo el labio inferior.
Chris me acaricia los pómulos con el pulgar, y luego traza una línea imaginaria por toda mi cara. La yema de sus dedos hace cosquillas sobre mi piel, y luego sobre mis labios. Cierro los ojos y abro la boca, dejando escapar un largo jadeo. Enseguida siento la calidez de sus labios sobre los míos. La palma de su mano quema mi piel, mientras que sus dedos en mi nuca me impiden echarme atrás. Me trata con esa mezcla de ternura y fuerza, de timidez y decisión, de inocencia y bravuconería con las que me conquistó desde el primer día.
—Detenme… —susurra, apoyando la frente en la mía.
—Por favor…
—¿Por favor para o por favor sigue? —me pregunta, tragando saliva con dificultad.
—Por favor… —Valoro la respuesta durante unos segundos hasta que, acariciando sus mejillas con ambas manos, me separo unos centímetros—. Para… Necesito algo más de…
—Shhh… No me tienes que dar explicaciones. Cuando tú quieras, cuando tú creas…
◆◆◆

—¿Tienes hambre? —le pregunto
—No… Quizá más tarde. Necesito un rato más…
Entonces, al mirar hacia abajo, me doy cuenta que los cartones de Ron han desaparecido. Me incorporo con curiosidad, despegándome de Chris.
—¿Qué pasa? —me pregunta. Me giro mientras señalo el lugar. Él mira y entonces sonríe—. Se mudó.
—¿Se… mudó?
—Bueno, quizá le ayudé a encontrar un apartamento… Es que salir aquí fuera con espectadores, como que perdía su gracia, ¿no?
—¿Y cómo lo va a pagar? No tenía pinta de tener cientos de dólares ahorrados…
—Le he pagado unos meses de alquiler en un apartamento pequeño…
—¿En serio?
—Y también moví unos hilos para encontrarle un trabajo…
—Chris… —Me tapo la cara con ambas, realmente emocionada.
—Él nos ayudó a ambos cuando más lo necesitábamos —dice, encogiéndose de hombros—. No podía permitir que viviera allí abajo.
—Eres… increíble —susurro mientras me acurruco de nuevo entre sus piernas, apoyando la espalda en su pecho.
Me rodea con sus brazos, apoyando los labios en mi pelo. Y nos sumimos en un silencio nada incómodo. Un silencio que dice mucho de nosotros, un silencio lleno de amor y de promesas. Como en los viejos tiempos, cuando él era prácticamente un desconocido, cuando tocaba en pequeños locales donde no cabían más de cincuenta personas. Cuando yo era todo su mundo.
Entonces me descubro rascando suavemente sus antebrazos con mis uñas. Las yemas de mis dedos pasan sobre la piel rugosa de las cicatrices de sus muñecas, acariciando a la vez los dos cordones morados. Entonces alzo sus brazos a la altura de mis ojos y los observo atentamente.
—¿Te asustan? —me pregunta.
Entonces, acerco sus muñecas a mis labios y beso las cicatrices.
—No. Ya no. Además, sigues llevando esto —digo, acariciando los cordones morados con los dedos.
—Eran como un recordatorio de que estabais ahí, ¿sabes? Era como… No sé… Una completa gilipollez, la verdad. Me aferré a ellos y, al no verlos en mis muñecas, enloquecí. Culpé a los médicos por haberlos cortado, porque, de algún modo, me habían hecho perderos. Qué idiotez… Intentar culpar a los demás de algo que había provocado yo solito… En fin…
—Y ahora que estamos aquí, ¿te los vas a quitar?
—Pues no lo había pensado… No sé… El tiempo lo dirá.
—Me parece que estamos dejando muchas cosas en el aire…
—No te entiendo…
—Hoy Janine me ha preguntado por nuestros planes de futuro… —comento, apretando sus brazos alrededor de mi cuerpo.
—¿Y qué le has contestado?
—Que no habíamos hablado aún de ello.
—Es que… yo no me he planteado mi futuro más allá de pasarlo a vuestro lado.
—¿Y no crees que deberíamos hacerlo?
—Ya no tenemos veinte años como para ponernos a pensar en el nombre que les vamos a poner a nuestros hijos, ¿no? —dice, con una sonrisa en los labios que se le congela pocos segundos después—. Espera, porque… ¿Es esto una pregunta trampa? O sea… ¿quieres tener más hijos…? Porque, en ese caso…
—Respira hondo antes de que te dé un colapso. No me refiero a tener más hijos. Me refiero a… tu trabajo… por ejemplo…
—¿Mi trabajo?
—Sí… Es que…
Carraspeo para aclararme la voz, intentando disimular lo nerviosa que me pone este tema, principal causante de nuestra ruptura. No creo ser capaz de aguantar de nuevo las largas ausencias, los rumores acerca de sus relaciones con multitud de mujeres, el tener que esconderme para preservar mi intimidad y la de mi hija. Ni siquiera creo que pueda soportar verle frotarse contra otra mujer en algún video musical, aunque sepa a ciencia cierta que es todo falso…
—Eso se acabó —dice él entonces.
Me doy la vuelta hasta quedar de cara a él. Le miro frunciendo el ceño, mientras él lo hace sonriendo.
—No. No quiero que dejes de hacer lo que más te gusta…
—Me gusta hacer música. Me gusta cantar. Me gusta tocar la guitarra. Y para ello, no me hace falta subirme a un escenario en la otra punta del mundo delante de miles de personas. Me basta con salir aquí, y cantar para ti.
—Pero… Eso era tu vida… Yo no quiero que la cambies por mí.
—Sería un cambio pequeño… Sería, como volver a donde empecé, a ese tiempo en el que era realmente feliz. Podría… no sé… quizá volver a componer por mi cuenta, sin discográfica. Alquilar un pequeño estudio, nada pretencioso… Tocar en locales pequeños. Nada de grandes estadios ni giras multitudinarias…
—¿A eso le llamas un pequeño cambio? Les vas a dar un giro completo, y me siento muy culpable. Y no quiero sentirme así.
—Tarde. Porque lo eres. Eres culpable. Muy culpable, además. Eres algo así como… una titiritera que maneja los hilos que me hacen moverme. Tú decides lo que hago, cómo lo hago, dónde lo hago e incluso cuándo lo hago. Y si rompes esos hilos, me caigo muerto… Así me siento y así quiero sentirme. Quiero estar en tus manos, porque solo ahí me siento seguro y feliz.
Siento algunas lágrimas rodar por mis mejillas y me apresuro a secarlas con ambas manos, tapándome la cara, avergonzada. Chris me aparta las manos y me mira ladeando la cabeza. Se arrodilla frente a mí, enseñándome las muñecas.
—Jill, ¿sabes por qué no quise hacer desaparecer estas cicatrices? ¿Sabes por qué les di un protagonismo destacado en mis brazos? Porque no quiero olvidar que esto pasó. Necesito tenerlas presentes, saber lo bajo que llegué a caer, lo desdichado y desesperado que me llegué a sentir sin ti, lo perdido que estaba, lo gilipollas que fui al perderte… Así que me da igual lo que me pidas, no me importa, lo haré con tal de hacerte feliz y compensarte por todo lo que hice… —Hace una larga pausa, aun agarrándome las manos, sonriendo, justo antes de preguntarme—: ¿Ha quedado claro?
Se me escapa la risa y empiezo a asentir. Chris se acerca y me abraza, volviéndome a sentar en su regazo. Me besa repetidas veces durante un buen rato, incansable, hasta que me apoyo en su torso, dejando ir un largo suspiro.
—Ya tenemos claro mi futuro laboral. ¿Qué tal si aclaramos el tuyo? Ya no tienes que… esconderte de mí. ¿Es necesario que te marches tan lejos cada día?
—Supongo que no…
—Y ya puestos a quedarte cerca, podrías quedarte conmigo. —Le miro arqueando las cejas, intentando averiguar sus intenciones—. Podrías trabajar conmigo. Podrías… no sé… ser algo así como… mi representante…
—¿Tu representante?
—Sí, ya sabes. Cuando grabe una maqueta, aunque sea algo modesto, quizá dé algún concierto íntimo, o conceda alguna entrevista… Podríamos decidir esas cosas juntos… ¿Qué me dices?
—¿Me estás ofreciendo un trabajo?
—Sí. Muy bien remunerado, además.
—¿En serio?
—Totalmente. Yo soy el pago.
—Puede que escuche otras ofertas —contesto, mirándole con los ojos entornados, justo antes de estallar en carcajadas.
—Perfecto. Está siendo una tarde productiva. ¿Algún futuro más que aclarar?
—Bueno, dentro de poco tendremos que sentarnos con Cassey para ver universidades…
Chris me mira levantando las cejas.
—¿Universidades? ¿En plural? ¿Qué de malo tiene Columbia?
—Nada, supongo. Pero es su decisión.
—¿Crees que…? ¿Crees que se querrá marchar de Nueva York? ¿Justo ahora que…?
—Chris…
—¿Qué va a hacer Mike? —me corta—. ¿Y si hablamos con él para saber sus intenciones e intentar que juegue en nuestro bando?
—Chris.
—Es perfecto. Si ellos se enamoran y él se queda en Nueva York, es probable que ella también se quede…
—Chris. Calla. No confabulemos. Dejemos que Cassey decida qué hacer.
—¿Y si elige una universidad de otro estado? O peor, ¿y si quiere estudiar en el extranjero?
—¿Y si os digo que no quiero ir a la universidad?
Los dos nos giramos de golpe al escuchar su voz a nuestra espalda. Apoyada en el marco de la ventana, asomada hacia fuera, nos observa con una sonrisa en la cara. Entonces, sale y se sienta en las escaleras. Resopla con fuerza, hundiendo los dedos de ambas manos en su pelo.
—En realidad, me alegra que hayas sacado el tema… aunque fuera sin mi presencia. No sabía cómo deciros esto… porque, en realidad… no quiero ir a la universidad. Quiero ir a una academia de artes escénicas… Quizá probar suerte en algunos castings… Sé que no es lo que querríais…
—¿Y te quedarías en Nueva York? —le corta Chris.
—Sí. Esa sería la idea…
—¡Oh, joder! ¡Qué bien! —Se abalanza sobre Cassey, estrechándola con fuerza entre sus brazos. Ella me mira por encima de su hombro, sorprendida, aunque enseguida le devuelve el gesto—. ¡Me parece una idea estupenda!
—Y ya que te veo tan interesado, Mike sí tiene intención de ir a la universidad y…
—En realidad, tampoco me interesa tanto ya —la corta—. Aunque, en realidad, sí quiero saber qué habéis estado haciendo hasta ahora.
—Chris… —intento reprocharle su actitud.
—Estudiar —contesta Cassey.
—Tu madre y yo también hemos tenido tu edad y hemos quedado para estudiar y, entre tú y yo, ¿tengo pinta de haber querido quedar con tu madre para estudiar?
—Eh… No voy a contestar a eso. Es una emboscada.
—¿Te gusta Mike?
—¡Papá! ¡Córtate un poco!
—Porque a él sí le gustas.
—Vale. Se acabó. Hasta aquí —dice ella, poniéndose en pie y dando vueltas sobre sí mismo, de repente desubicada y muy nerviosa, intentando encontrar una salida.
—Te has puesto roja.
—Mamá, di algo —me pide.
—Roja y nerviosa —añado.
—No moláis nada. Que lo sepáis —dice, metiéndose dentro mientras la escuchamos quejarse.
—Se nos da de puta madre avergonzar a nuestra hija —asegura Chris, recostando la espalda en la fachada—. Somos unos padres cojonudos.
EPÍLOGO 3
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 29 Mayo - 5:16

EPÍLOGO 3
Y así fue como, cuando todo empezó de nuevo, volví a cantar para ti
—No. A las cinco no. A las cuatro. Cuando ella llegue, tenéis que estar ahí ya.
—Pero es que Jared tiene…
—Me la suda. A las cuatro en la cafetería.
—Está bien. Pero Jared llegará más tarde.
—Por mí, como si no aparece.
—De vez en cuando, podrías disimular y hacer ver que te cae bien.
—Ya lo hago. Cada vez que me habla, disimulo mis ganas de bostezar de aburrimiento.
—Paso de ti, Chris. Mándame ubicación del sitio y allí estaremos Freddy y yo.
—Perfecto.
—Nos vemos sobre las cuatro.
—Sobre, no. A las cuatro.
—Joder, qué quisquilloso… —dice, justo antes de colgar.
Resoplo agotado, pasándome una mano por la cara, justo antes de ponerme a contestar las decenas de mensajes que tengo pendientes.
“¿Tenemos que llevar algo de comida?”
“¿Crees que Jill prefiere los lirios a las violetas?”
“El vuelo sale con algo de retraso, pero llegaré a tiempo”
“¿Sabes si en la cafetería tienen leche desnatada?”
—¡Y yo qué cojones sé! Joder… —me quejo, justo en el momento en el que me suena el móvil—. ¡Sí!
—Eh… Hola… ¿Chris…? Soy… Janine…
—Ah, hola. Perdona… Estoy algo… agobiado. Todo el mundo me acribilla a preguntas, cuando yo lo único que les pido es que estén a las cuatro en la cafetería y griten sorpresa cuando ella aparezca.
—Lo entiendo… Pues me temo que yo te llamo para hacerte más preguntas…
—No pasa nada —contesto, riendo.
—Frank me pregunta si quieres que despejemos un poquito el salón… Podemos apartar algunas mesas a los lados y así dejar algo de sitio…
—Sí. Eso sería genial… Gracias, Janine. No sé qué habría hecho sin ti.
Escucho su risa al otro lado de la línea.
—Ya… Bueno… En realidad, debería estar cabreada contigo por apartarla de mi lado. Y voy yo, y te ayudo a montarle una fiesta… Así que puede que sí me merezca algún tipo de compensación. ¿No tendrás algún otro trabajo para mí? Necesitas una camarera particular en casa?
—Me parece que no.
—Tenía que intentarlo. Pero ahí acaban mis habilidades, así que me parece que me quedaré por aquí, sirviendo a camioneros malolientes y soportando el mal humor de Frank. —Escucho una voz de hombre de fondo, a la que ella le responde—. ¡Soy consciente de que me has oído! ¡No lo he susurrado en voz baja, precisamente!
—No te subestimes —río, ahora ya sí, a carcajada limpia—. Eres fantástica, Janine.
—Ay… ¿En serio…? Repítelo, por favor, que te grabaré mientras lo dices…
En ese momento, escucho unos pasos a mi espalda. Por el rabillo del ojo veo que es Jill, que entra en el salón bostezando y desperezándose.
—De acuerdo. Sí. Me paso luego a verlo —digo, justo antes de colgar y levantarme para acogerla entre mis brazos—. Buenos días.
—Hola… ¿Cuánto hace que estás despierto?
—Un par de horas.
—Ese sofá no te deja dormir, ¿no?
—No te preocupes. No podrá conmigo. ¿Café?
Ella asiente con la cabeza, arrastrando los pies hasta la cocina.
—¿Y Cassey?
—Se marchó hace un rato. Había quedado con… ¿Summer, se llama?  —miento. Ella asiente con la cabeza—. Me ha dicho que no la esperemos para comer…
Se deja caer en una de las sillas y apoya ambos codos sobre la mesa, aguantándose la barbilla, pensativa.
—¿Estás bien? —le pregunto, sentándome frente a ella, después de colocarle delante una taza de café.
—Es una sensación extraña… Ya sabes… He pasado muchos años allí y, en cierto modo, eso me ayudó a… sobrevivir sin… ti. Ser consciente de que ya no voy a… servir más cafés, me deja como un extraño vacío.
—Si eso es lo que te preocupa, puedes preparar el café cada mañana —digo, agarrando ambas tazas de café.
Ella me detiene, poniendo su mano sobre la mía. La miro durante unos segundos, totalmente hipnotizado.
—Hasta ahora estaba ocupada… Temo pasar tiempo sola…
—¿Sola? ¿Te piensas que se me pasa por la cabeza dejarte sola? Oye, ahora en serio, si no quieres dejarlo… Quiero decir, estoy dispuesto a aceptar cualquiera de tus condiciones. Que tú seas feliz es mi prioridad, decidas lo que decidas. Es evidente que quiero pasar contigo el máximo de horas al día, pero si tú prefieres seguir en la cafetería…
—Quiero hacerlo. Lo tengo claro. Pero… estoy algo chafada… Tranquilo, se me pasará. ¿Y tú? ¿Qué planes tienes para hoy?
—Eh… Pues tengo un día atareado… He quedado con un tipo que me va a enseñar un par de estudios pequeños… Estoy planteándome comprarlo, no alquilarlo… Ya sabes, para producir mis propios discos, sin depender de nadie… Sé que debería habértelo consultado antes, y si no te parece bien, volveré a la idea del alquiler…
—Chris, no me importa. De verdad. Es tu dinero y…
—Nuestro dinero.
Respira profundamente, asintiendo con la cabeza.
—Aun así, es tu decisión. Entonces… ¿estarás todo el día ocupado…?
—Eso me temo.
—Es que, había pensado que, al ser el último día, podrías venir a verme a la cafetería… A Janine le haría mucha ilusión conocerte, y te podría presentar a todos…
—Pues… Me temo que lo tengo complicado…
—No pasa nada. Era algo que se me había ocurrido así de repente…
—De hecho, debería ir marchándome en pocos minutos…
—Vale —dice sonriendo—. Tranquilo. ¿Nos vemos esta noche?
—Claro —asiento, incapaz de dejar de mirarla—. A partir de mañana serás toda mía…
—Eso parece —contesta mordiéndose el labio inferior mientras frota sus manos una contra otra por encima de la mesa—. Aunque aún no hemos acabado de discutir algunos pormenores de mi contrato…
—No te preocupes, te dejaré que me prepares el café siempre, si es lo que te preocupa.
Me levanto de mi silla y me acerco a ella. Agachándome a su lado, la miro ladeando la cabeza.
—¿Seguro que no te importa? —le pregunto.
—Seguro —contesta, revolviéndome el pelo de forma cariñosa.
Acerco mi boca a la suya y, agarrando su cara, la beso muy lentamente. Me he acostumbrado rápidamente a hacerlo cada día, siempre que puedo, intentando recuperar el tiempo perdido. Soy plenamente consciente de la fragilidad de la vida, de las consecuencias de nuestros actos, y no temo confesar que vivo con miedo.
Tengo miedo de cometer alguna otra locura.
Temo no ser lo que ella esperaba de mí.
Me aterra perderla de nuevo.
Así que, por un momento, estoy tentado de confesarle todo mi plan. Contarle que en realidad no tengo intención de visitar estudios de grabación, que Cassey no se ha marchado a clase, que no va a estar sola en la cafetería… Todo por no verla triste. Por no dar un paso en falso, por corto que sea.
—Corre. Vete —me pide, apoyando las manos en mis hombros y obligándome a separarme de ella.
Nos quedamos muy quietos, frente contra frente, ambos con los ojos cerrados, respirando con fuerza por la boca. La beso una última vez antes de separarme de ella casi con brusquedad. Ya en pie, camino hacia el salón y cojo la guitarra de su pedestal.
—¿La sacas a pasear? —me pregunta.
—Quiero probar la acústica de los estudios…
Nos quedamos mirando fijamente durante unos segundos más mientras ella asiente con la cabeza.
Camino con decisión hacia la puerta, pensando que, aunque detesto dejarla sola y algo triste, todo merecerá la pena cuando vea lo que le tengo montado en la cafetería.
◆◆◆

Llego a la cafetería cerca de una hora y media después, ayudado por el GPS y la ubicación que me mandó Janine. Siguiendo sus instrucciones, aparco detrás de un garaje mecánico cercano para que, cuando llegue Jill, no reconozca mi coche. Al llegar a la puerta, que encuentro cerrada, llamo con los nudillos y enseguida una chica se apresura a abrirme. Me mira de arriba abajo con una enorme sonrisa dibujada en los labios.
—¡Hola…!
—Hola. ¿Janine?
—¡Sí! ¡Joder, qué pasada que sepas mi nombre!
—Bueno… después de todo lo que hemos hablado estos días, sería extraño que no lo supiera, ¿no crees?
—Sí, sí… Ya… Es que… eres el primer famoso que sabe mi nombre.
—Me siento halagado.
Janine sonríe sonrojada mientras se aparta para dejarme entrar. Cuando lo hago, miro alrededor. El local no es demasiado grande, pero servirá. Además, tal y como me ha dicho esta mañana, han apartado las mesas que normalmente están situadas en mitad del salón, dejando mucho espacio libre.
—¿Qué te parece ese espacio de allí?? —me pregunta, señalando con el dedo a un lateral del local—. He pensado que esa pequeña tarima daba un poco la sensación de escenario, así que hemos retirado las mesas…
—Es fantástico. Gracias.
En ese momento, aparece un hombre bajito y muy corpulento. Lleva una chaquetilla de cocinero, así que doy por hecho que es Frank, el dueño. Le sigue de cerca otro tipo, más alto y joven.
—¡Hola! —les saludo afable, acercándome a ellos, tendiéndoles la mano—. Usted debe de ser Frank.
—El mismo, pero ni se te ocurra tratarnos de usted.
—Vale… Gracias por dejarme hacer todo esto.
—¿Bromeas? Me parece una idea genial. Además, si me dejas que nos hagamos alguna foto juntos y me firmas un par de posters, los colgaré por las paredes y serán como un reclamo para conseguir más clientes.
—Trato hecho —contesto sonriendo.
—Me voy para empezar a preparar algo de comida.
—De acuerdo. Gracias de nuevo.
—Walter —me saluda entonces el otro tipo—. Un… cliente habitual.
—Encantado. —Me estrecha la mano con mucha fuerza, haciéndome un repaso visual exhaustivo, fijándose sobre todo en mis tatuajes—. Bueno… Yo venía a echaros una mano, pero veo que lo tenéis todo controlado…
—Sí. Supusimos que no estarías en las condiciones físicas necesarias para mover todo esto. Esperamos que esté a tu gusto.
Saca un paquete de tabaco del bolsillo trasero del pantalón y se aleja hacia la puerta delantera, metiéndose uno de los cigarrillos en la boca.
—Ni caso. Está enamorado de Jill desde hace años. Ella nunca le ha dado una oportunidad y ahora acaba de conocer al causante de ello. Valoré la posibilidad de no invitarle, pero es un cliente fijo… y, al fin y al cabo, amigo de Jill.
—Lo comprendo. No hay problema. Vigilaré mis espaldas.
—Harás bien.
—¿Algún otro pretendiente al que tener en cuenta?
—No. Y si lo hubiera, no tienen nada que hacer a tu lado. Nunca dejó de quererte, ni siquiera cuando tenía motivos suficientes para odiarte. No supe tu identidad hasta hace poco, e incluso cuando eras una persona totalmente anónima para mí, sabía que el padre de su hija sería el amor de su vida para siempre… Así que no, no tienes nada que temer.
Sonríe y se da la vuelta, resuelta y confiada, sin imaginarse lo mucho que significa esa revelación para mí. Conocer de primera mano por alguien que estuvo a su lado día a día, que incluso en los peores momentos, ella no dejó de quererme. Igual que yo.
Con la guitarra colgada en la espalda, me acerco a la pequeña tarima. Me subo en ella y miro alrededor.
—Perfecto —susurro, justo antes de acercarme a la barra—. ¡Frank, ¿te puedo coger uno de los taburetes?!
—¡Todo tuyo! —me responde desde la cocina.
Justo en ese momento, Max entra en el restaurante, seguido de Ashley, que lleva a la pequeña Abby en brazos. A mí se me ilumina la cara al verla.
—¡Tito Quis! ¡Tito Quis! —Se remueve en los brazos de su madre hasta conseguir que la deje en el suelo, y se acerca todo lo rápido que sus patosos pasos le dejan.
—¡Hola, mi chica…! ¿Cómo estás? —Me siento en el escalón, poniéndola sobre mi regazo, mientras ella palmea mis mejillas.
—¡Felis cumple, Jill! —dice con cara de orgullo.
—¡Eh! ¡Muy bien!
—Lo nuestro nos ha costado. Para ella, solo existe su cumpleaños. Espera a que vea que todos los regalos son para alguien que no es ella —interviene Ashley, dándome un beso en la mejilla—. ¿Dónde dejamos el regalo?
—Eh… por ahí mismo… —contesto de forma distraída, cerrando un ojo para evitar que Abby me lo saque de la cuenca a golpes.
—¿Me has compado un regalo, Quis?
Max resopla agotado, agachando la cabeza.
—Ni caso.
—Te prometo que la próxima vez que nos veamos, te llevo un pony de esos que te gustan —le digo, guiñándole un ojo.
—¿Todo controlado? —me pregunta Max, sentándose a mi lado, haciéndole cosquillas a su hija, que se retuerce en mi regazo.
—Eso creo… De hecho, no lo sé…
—¿Vendrá su padre?
—Le llamé. Me colgó. Le volví a llamar. Me volvió a colgar. Le envié un mensaje explicándoselo. No me contestó. Le envié un segundo con el mismo nefasto resultado… —Me encojo de hombros, resoplando—. Espero que Cassey le haya podido convencer.
—Has hecho lo que has podido —dice él, revolviéndome el pelo de forma cariñosa.
—Ya, pero, aun así, él no puede faltar. No puedo permitir que él se aleje de ella por mi culpa… No puedo.
—Vendrá. Seguro. ¿Y… el resto? —me pregunta, señalando con el dedo hacia atrás, hacia el escenario improvisado.
Muevo la cabeza a un lado y a otro, titubeante.
—Eso espero. Creo que estoy más nervioso que la primera vez que me subí a un escenario.
—¿En serio lo vas a hacer? —susurra, acercándose a mí para que nadie nos oiga. Asiento muy serio, cogiendo aire hasta llenar mis pulmones al máximo—. ¿Lo tienes?
—Aquí —digo, tocando el bolsillo de mi pantalón.
—¿Lo sabe alguien más?
Niego con la cabeza.
—Tú tienes la exclusiva.
En ese momento, Cassey entra por la puerta. Al vernos, a pesar de ir cargada, se acerca a nosotros y nos da un beso en la mejilla. 
—¡Cassey! —grita Abby.
—¡Princesa! ¿Sabes qué? Te he traído un pony de los que te gustan.
—¿Sí? ¿Regalo?
—Sí. ¿Vienes conmigo? —le pregunta, alejándose hacia la cocina.
—¡Espera a yo! —le grita Abby, intentando seguirla.
Max y yo la miramos con una sonrisa melancólica en la cara.
—De tal palo, tal astilla —digo.
—Podría decir lo mismo… —añade él—. Y en cuanto a lo de los nervios… ¿Recuerdas cuando me dijiste que querías que todo volviera a ser como antes? Cierra los ojos y piensa en aquellas veces en las que cantabas solo para ella. Olvídate de escenarios, de micrófonos y de luces… Yo me acuerdo de esos momentos, ¿sabes? Recuerdo estar en el jardín de papá y mamá con Lexy, contigo, y con Jill… Me cuidabais mientras ellos trabajaban, ¿te acuerdas? Y tú cantabas con la guitarra colgada del cuello, y la mirabas. Y ella te miraba a ti. ¿Lo recuerdas? No creo que las drogas hayan podido arrebatarte ese recuerdo. Tú no lo permitirías.
En ese momento, la puerta de la cafetería se abre, y aparece una mujer hispana. Me pongo en pie, sonriendo mientras me acerco a ellos.
—¿María? —pregunto, llevándome una mano al pecho—. Soy Chris.
Ella me mira de arriba abajo, pensando qué decir. Abre la boca varias veces, abriendo los brazos a su vez. Ella la conoció en el peor momento de su vida, nada más dejarme, así que supongo que tiene que estar valorando qué hacer: pegarme o abrazarme.
—¡María! —grita entonces Cassey, apareciendo desde la cocina como un vendaval.
—¡Mi niña! —grita ella a su vez, estrechándola entre sus rechonchos brazos con fuerza—. ¡Cuánto has crecido! ¡Estás preciosa!
—Tú también.
—Ni hablar. Estoy vieja y arrugada.
—Gracias por venir. Verás cuando te vea mamá… Le va a dar un patatús.
—Bueno, gracias por invitarme y por pagarme el billete… Y el hotel… Son las primeras vacaciones que me tomo en la vida.
—Fue idea suya —dice Cassey, mirándome—. ¿Conoces a papá? ¿Os habéis presentado?
—Estábamos en ello —digo con tiento.
María me mira. Su expresión se ha suavizado, gracias principalmente a la intervención de Cassey. Entonces, se acerca a mí y me da un largo abrazo.
—Si le vuelves a hacer daño, te corto los huevos y te los meto por el trasero —susurra en mi oído mientras me aprieta el cuello, cortándome un poco la respiración.
—¡Hemos llegado! —Escucho la voz de mi padre a nuestra espalda, salvándome de nuevo, sin saberlo, de un momento complicado.
—¡Aaron! María, ven. Te quiero presentar a alguien…
—A usted sí le conozco —dice ella, sonriendo de oreja a oreja y abrazándole con mucho más sentimiento del que demostró conmigo, mientras Livy me abraza a mí.
Lexy entra poco después. Abre la puerta y se queda parada, mirando a un lado y a otro. Tiene la cara roja por el esfuerzo, y parece algo agobiada.
—¡Hola, Chris! ¡Hola, abuelo! ¡Abuelaaaaaaa! —grita Freddy, pasando entre nosotros como un vendaval para abrazar a Livy.
—Siento llegar tarde —se excusa Lexy.
—No te preocupes. No eres la última —digo, agachando la cabeza.
La puerta vuelve a abrirse. Aguanto la respiración durante unos segundos, pero entonces aparece Mike. Se sorprende al ser el centro de atención de todos.
—¿Mike? ¿Qué haces aquí? —le pregunta Cassey.
—Le he invitado yo —susurro sonriéndole.
—Tu padre me invitó —repite él, señalándome con un dedo tímidamente.
Espero su reacción con el corazón en un puño. Cuando le llamé para invitarle, se quedó perplejo.
—¿En serio? —me preguntó cuándo le llamé y se lo propuse.
—Si quieres…
—Estaría genial, pero… No sé si ella… O sea…
—A ella le encantará verte allí.
Así que, aquí estamos. Ambos mirando la cara de Cassey fijamente, casi conteniendo la respiración. Y entonces, su expresión se ilumina, sonriendo de oreja a oreja. Luego, el color de su piel se vuelve de un color rojo tirando a morado, pero sus ojos brillan de emoción. Reconozco esa sensación, la de estar exultante de felicidad por ver a esa persona que te gusta, intentar disimularlo, pero, simplemente, ser incapaz de ello. Corre hacia él y se cuelga de su cuello.
—¿Ese crío no es…? —empieza a preguntarme mi padre, mientras yo asiento con la cabeza—. ¿Y ellos dos son…?
—No lo digas. Aún estoy intentando asimilarlo —le corto.
—Si aprende algo de su “casi padre”, tienes motivos para estar asustado —interviene Max—. ¿A qué hora llega la homenajeada?
—Cree que su turno empieza a las seis, así que estará al caer…
—Será mejor que nos escondamos, ¿no? —pregunta Livy.
Hago un mohín con la boca, y miro hacia la puerta de forma instintiva. Entonces, como si me leyera la mente, se abre lentamente y veo entrar al padre de Jill. Nada de esto ha sucedido a cámara lenta, sino que es mi cabeza que lo ha recreado así. Se queda plantado, mirándonos a todos, junto a su mujer, que le coge de la mano. Todos sonríen satisfechos, conocedores de lo que este gesto significa para ambos. Después de que todos le saluden, muchos de ellos presentándose al ser la primera vez que se ven, yo me mantengo al margen. Emocionado y con el corazón latiendo a mil por hora, agacho la cabeza e intento respirar de forma acompasada. Cogiendo aire con fuerza para luego dejarlo ir de forma lenta y constante. Cuando levanto la cabeza, segundos después, le descubro a escasos centímetros de mí. Los demás se han alejado un poco para darnos algo de intimidad.
—Gracias por venir —susurro.
—Gracias por insistir en que viniera —responde él.
—Esto significa mucho para mí, aunque estoy seguro que más para Jill. Vernos juntos, después de… lo que hice… Lo siento mucho, señor. Le juro que estoy intentando hacer las cosas bien. No… pretendo que olvide nada. Créame, yo tampoco lo quiero olvidar. Eso siempre formará parte de mi vida, y por desgracia, de la de Jill y de la suya. Pero vuelvo a ser Chris, el… impresentable al que su mujer daba de cenar casi cada noche, aquel con el que discutía de los Yankees, aquel que tiraba piedras a la ventana de su hija a altas horas de la noche.
—Me caía bien ese Chris —dice él, finalmente, con las comisuras de los labios torciéndose hacia arriba de forma tímida.
—¿Se puede?
Cuando levanto la cabeza y miro por encima del hombro de Paul, veo a Jay. Nadie le reconoce excepto yo, que sonrío mientras me acerco. Nos damos un sentido abrazo, él incluso me da unas cuantas collejas en la nuca.
—Te veo genial —susurra.
—Se hace lo que se puede… —contesto.
—¿Todo en orden?
—Sí —contesto con orgullo, antes de darme la vuelta hacia los demás, para presentarles—. Chicos… Él es Jay, mi… consejero orientador. Estuvo a mi lado en el centro y está ahí, a mi lado, por si le necesito.
Todos le miran con evidente gratitud, aunque quien más me interesa que le conozca es Cassey. Alargo un brazo hacia ella para que me coja la mano. Cuando lo hace, la atraigo hacia nosotros.
—Ella es Cassey —le informo—. Cassey, él es Jay.
—Por fin conozco a la culpable de su recuperación —dice, abrazándola.
—Me parece que me confundes con mi madre.
—Créeme, tú tienes tanta culpa como ella. 
—A mamá le va a encantar conocerte.
—Eso me han dicho… —dice, mirándome de reojo.
—Chicos, Jill acaba de aparcar el coche ahí detrás —interviene Janine, que entra en el salón corriendo para avisarnos.
◆◆◆

El local está en penumbra, y todos han salido por la puerta delantera para esconderse. Yo estoy sentado en el taburete que he colocado sobre la pequeña tarima, con la guitarra entre las manos. El silencio sepulcral solo está roto por el zumbido de las neveras y congeladores y los latidos de mi corazón, que escucho martillear en mis oídos.
—¿Hola? ¿Qué pasa aquí? ¿Frank…?
Al oír su voz, las manos me empiezan a temblar, y de repente me veo incapaz de hacerlo. ¿Qué pasa si abro la boca y la voz no me sale? ¿Qué pasa si ya no soy capaz de cantar como antes? ¿Qué pasa si hago el mayor de los ridículos?
—¿No hay nadie? —insiste ella.
No me da tiempo de echarme atrás, porque enciende la luz y nada más girar la cabeza, me ve. Abre los ojos y la boca de par en par, mirando alrededor, confundida.
—¿Qué…? No entiendo…
Respiro profundamente otra vez, justo antes de empezar a hablar.
—Hola —digo, muy nervioso. La voz se me traba, un sudor frío recorre mi cuerpo, las manos me tiemblan y creo que estoy a punto de desmayarme.
—Hola… ¿Qué…? ¿Qué pasa aquí…? ¿Tienes… algo que ver con esto…?
—Yo… quería… —Carraspeo, nervioso, justo antes de continuar—. Mira, Jill… Te robé demasiadas cosas, y me he propuesto devolvértelas una a una… Te he devuelto nuestro apartamento, te he devuelto a mi familia, te he devuelto parte de tu anterior vida… Ahora te quiero devolver tus cumpleaños. O sea… sé que por mi culpa odias tu cumpleaños, y necesito devolverte eso también.
Ella me mira emocionada, llevándose una mano a la boca. En ese momento, me siento en el taburete, cogiendo la guitarra entre mis manos. Intento afinar las cuerdas, aunque ya sé a ciencia cierta que lo están. Entonces, sin mirarla, vuelvo a hablar:
—También quiero devolverte… esto. —Carraspeo de nuevo para intentar aclararme la voz, abriendo los brazos para abarcar el pequeño escenario que tengo montado—. Recuerdo cuando hacíamos esto, ¿sabes? Cuando… lo único que… necesitaba para ser feliz era mi guitarra y tú. Es… la primera vez que… desde que… Joder…
Me doy por imposible, y me centro en lo que sé hacer, o al menos sabía: cantar solo para ella. Empiezo a tocar con la vista fija en las cuerdas, acariciándolas y pinzándolas con los dedos. Llegado el momento de la verdad, abro la boca y suelto mi voz. Me da igual afinar, solo quiero demostrarme a mí mismo que puedo hacerlo.
“There goes my heart beating
'Cause you are the reason
I'm losing my sleep
Please come back now
There goes my mind racing
And you are the reason
That I'm still breathing
I'm hopeless now”
Quiero mirarla, pero no me atrevo a hacerlo, así que, cuando levanto la cabeza, cierro los ojos con fuerza.
“I'd climb every mountain
And swim every ocean
Just to be with you
And fix what I've broken
Oh, cause I need you to see
That you are the reason”
La escucho sollozar, y entonces, aunque tema hacerlo, abro los ojos para asegurarme de que está bien. Porque eso es lo único que necesito saber. Porque sé que, en realidad, hay algo que no me hace falta que sea como antes. Ya no necesito la guitarra entre mis manos para ser feliz, solo la necesito a ella.
Intenta secarse las lágrimas, que ruedan por sus mejillas sin control, mientras sonríe mordiéndose el labio inferior. Sus manos tiemblan tanto como las mías, y su pecho sube y baja a la misma velocidad.
La miro fijamente sin dejar de cantar, moviendo la cara para negar y enfatizar mis palabras, encogiendo los hombros, como si tratara de enmarcarlas.
“If I could turn back the clock
I'd make sure the light defeated the dark
I'd spend every hour, of every day
Keeping you safe”
Entonces, dejo la guitarra a un lado y, sin dejar de cantar, bajo el pequeño peldaño y me acerco a ella. Canto las últimas estrofas mirándola, disfrutando por fin al verla sonreír, al saber que la estoy haciendo feliz. Solo entonces empiezo a pensar que quizá sí fue buena idea montar todo esto.
Ella me mira embelesada, exultante de felicidad, con la cara aún húmeda por culpa de mis lágrimas. Yo me siento igual, capaz de cantar durante horas para expresar todo lo que siento, lo mucho que la necesito y lo que ansío volver a estar como antes.
Cuando agarro una de sus manos, la puerta de la calle se abre y empiezan a entrar los invitados a la fiesta, precedidos por Cassey, que tampoco puede retener las lágrimas. Jill gira la cabeza levemente y, alucinada por toda la gente que se está congregando a su espalda, algunas de las cuales, personas que no veía desde hacía años, vuelve a mirarme.
—No me lo puedo creer… —susurra.
Entonces, decidido que ha llegado el momento de hacerlo. Meto la mano que tengo libre en el bolsillo, saco la pequeña caja e hinco la rodilla en el suelo.
Jill levanta las cejas, sorprendida, y ahoga un grito llevándose las manos a la boca. Detrás de ella, escucho algún que otro suspiro y expresiones de sorpresa.
—Ya ves… Aquí estoy… Haciendo algunas cosas para que todo vuelva a ser como antes, y esto… —digo, moviendo el anillo—. Jill, te amo desde esa primera mirada en el pasillo del instituto, cuando mi vida era un puñetero caos. Estaba en una ciudad nueva, con un padre al que no conocía y al que había jurado odiar el resto de mi vida, escasas semanas después de la muerte de mi madre. Estaba dispuesto a largarme a la primera oportunidad, pero entonces te vi, y solo esa mirada y esa sonrisa fue suficiente para retenerme en Nueva York. Fíjate, estaba dispuesto a pasar por todo eso por una sola mirada…
Agacho la cabeza durante unos segundos, intentando encontrar las palabras que no he preparado, pero llevan en mi cabeza durante mucho tiempo. Cuando lo hacen, soy consciente de que, producto de los nervios, la voz me sale ronca.
—Luego, hiciste de mí alguien de provecho. Sin ti, los discos, los premios, los conciertos… no hubieran sido posibles. Y la jodí, pero cuando estaba hundido en la mierda, aquella noche que llamaste a la puerta de casa de mis padres, de nuevo, con solo una mirada, me salvaste. Así que puedes pensar que lo hago por egoísmo, por querer tenerte siempre a mi lado y asegurarme todas esas miradas salvavidas, pero, en realidad, lo hago porque quiero que sepas que yo siempre estaré ahí para ti y para Cassey. Para siempre. Eternamente. Así que, Jill, amor de mi vida, madre de mi pequeño ángel de la guarda, ¿quieres casarte conmigo?
Los segundos después de quedarme callado, se me antojan una eternidad. Todo se ha sumido en un silencio sepulcral, tan denso que parece cobrar forma a nuestro alrededor. Entonces, ella se agacha un poco y me coge de la camiseta para obligarme a levantarme. Cuando lo hago, quedándome a escasos centímetros de su cuerpo, se cuelga de mi cuello y me besa. Los demás, a nuestro alrededor, estallan en vítores, aplausos y silbidos.
—Puede que esté un poco espeso, pero, ¿ese beso quiere decir que sí?
Ella se milita a sonreír y, sin despegar su frente de la mía, asiente, exultante de felicidad.
◆◆◆

—Ha sido genial que hayas venido, María.
—No podía perderme esto por nada en el mundo. Cuando Chris me llamó, no podía saltar de la alegría. Por un lado, tendría la oportunidad de “jalarle” de los huevos y retorcérselos, y por otro, de ver a mis dos chicas de nuevo.
—Menos mal que al final no has cumplido tu amenaza —digo yo.
—No cantes victoria. La noche es muy larga.
Jill ríe mientras me mira, apoyando la palma de su mano en mi pecho, mano en cuyo dedo ya luce el anillo que Max me ayudó a elegir.
—Ahora en serio —vuelvo a decir—. Gracias por cuidar de ella.
—De nada. Lo hice encantada. En el fondo, siempre supe que sería un trabajo temporal, que, cuando recobraras el sentido, volverías a por ella. ¿Quién en su sano juicio dejaría escapar a una mujer como esta? ¿Y tu hija? Por favor, ¿qué me dices de ella?
Los tres desviamos la vista hacia ella. Está acompañada de Mike y mis hermanos, y ríe a carcajadas mientras Jimmy la rodea con un brazo y señala al resto.
—Lo cierto es que, ahora que os conozco en persona, entiendo la fuerza que sacó Chris para salir de todo eso. Ese correo electrónico fue un revulsivo para él. Créeme —interviene entonces Jay.
Jill rodea mi cintura con sus brazos, mirándome orgullosa, cuando escuchamos un carraspeo a nuestra espalda.
—Eh… Mamá… Papá… —Cassey y Mike nos miran. Cassey sonríe mientras que Mike aprieta los labios. Entorno los ojos, sospechando que va a suceder algo que no nos va a gustar—. Unos amigos van a salir y… nos han invitado y… quería preguntaros si os parece bien que vaya… Os adelanto desde ya que si voy no tendría hora de llegada, porque es una fiesta privada… Pero no os preocupéis, porque Mike se ha comprometido a llevarme de vuelta a casa cuando acabe y…
—¿Y cómo se supone que te va a llevar Mike a casa sana y salvo? ¿A caballo sobre su espalda?
—No… En coche… —contesta Cassey que, al verme levantar las cejas, se apresura a contestar con tono entusiasta—. ¡Mike se ha sacado el carnet hace un par de semanas y Simon le ha dejado el coche!
—¡Qué generoso por su parte! ¡Este Simon…! —digo yo, simulando el mismo entusiasmo que ella.
—¡¿A que sí?!
—No —contesto entonces, con sequedad—. Ni por asomo. No pienso dejar que te subas en el coche con Mike y su extensa y dilatada experiencia de dos semanas al volante, que pretende llevarte a una fiesta que no tiene hora fijada de finalización y luego a casa.
—Pero…
—Ni hablar.
En ese momento, mis ojos se encuentran con la mirada satisfecha del padre de Jill y con la mirada divertida de mi padre. Ambos disfrutando del espectáculo, cada uno a su manera.
—Soy un conductor muy precavido, Chris. Y no pienso beber ni una gota de alcohol.
—Señor Taylor para ti —digo, señalándole mientras él, descolocado por mi cambio radical de actitud respecto a él.
—Chris, espera… Tranquilízate… —me pide Jill.
—¿Que me tranquilice? Hemos tenido la misma edad que ellos y ambos sabemos lo que harán si les dejamos solos… —susurro.
—Y tienes toda la razón, pero si Mike se lleva a Cassey, tenemos la casa para nosotros solos. Toooooda la noche.
Abro la boca para decir algo, pero Jill me guiña el ojo de forma pícara y me deja sin habla. Al instante, valoro las opciones, en silencio y mirando a Jill a los ojos.
—De acuerdo, colega —digo de nuevo, señalando a Mike—. Soy capaz de hacerte una prueba de alcoholemia mañana por la mañana, así que más te vale no beber ni consumir nada. Lo sabré. Te lo aseguro. Tengo experiencia.
—Sí, señor Taylor.
—Lo de antes era simple intimidación. Puedes seguir llamándome Chris.
—Gracias. Gracias. Gracias —dice Cassey, dándole besos a su madre en la mejilla y luego colgándose de mi cuello.
Entonces, mis ojos se vuelven a encontrar con los del padre de Jill, y parece bastante menos satisfecho que antes. Me limito a encogerme de hombros, agarrando a Jill por la cintura.
—Déjame ver ese anillo —le pide Livy—. Tu hijo se los gasta mucho más que tú, ¿eh, Taylor?
—Mi hijo tiene bastante más pasta que yo.
—¿Y para cuándo el feliz acontecimiento? Para ir mirando vestidos, y esas cosas…
—Cuando ella quiera. Yo he hecho mi parte, a partir de aquí, me convierto en un mero espectador. Con que me digan dónde y cuándo tengo que estar, me basta.
—Mirad de concretar una fecha lo suficientemente lejana como para que a Lexy le dé tiempo de adelgazar los kilos que le sobran —interviene entonces Max, recibiendo una sonora colleja por parte de la aludida—. Ahora en serio, cuanto antes lo sepáis mejor, que así programo las guardias con tiempo.
—A mí me gustaría más que fuera en primavera o verano. Los vestidos lucen más… —añade Ashley.
—Eso es verdad —interviene Lexy—. Y sé de muchos sitios geniales donde podríais celebrar la ceremonia. Ya sabes, sitios diferentes y…
—Si os empezáis a poner así de pesados, nos casaremos en secreto —les amenazo.
—Y dicho esto, me parece que nosotros también nos vamos a marchar —les corta Jill.
—¿Ya? —pregunta Max—. Pero si la noche justo acaba de empezar. Cualquiera diría que os queréis escaquear de aquí…
Jill ríe mientras yo fulmino a Max con la mirada.
—¡Pero, ¿qué insinúas, Max?! —interviene Jimmy—. ¡¿Insinúas que Chris quiere irse a casa con Jill, aprovechando que van a estar solos?!
—¡¿En serio creéis que nos dejarán aquí tirados?! ¡¿A todos los invitados a su fiesta?! —empieza a decir Lexy, sonriendo con malicia.
—Pues, ¿sabéis qué? —les pregunta Jill a todos—. Que sí. Que vamos a escaquearnos. Que vamos a aprovechar que estamos solos. Y que os vamos a dejar aquí tirados. Pero sois mayorcitos, y Chris seguro que ha pagado por todo lo que queráis beber esta noche. Así que, yo de vosotros, no desperdiciaba la oportunidad.
◆◆◆

Nada más traspasar la puerta de casa, me apoyo en la madera. Respiro profundamente varias veces, repasando los acontecimientos de las últimas horas. Jill se da cuenta de que no la sigo, y se da la vuelta para mirarme. Camina lentamente hacia mí, mirándome con la cabeza ladeada y una sonrisa de medio lado dibujada en sus labios.
—¿Qué te pasa? —me pregunta.
Niego con la cabeza, intentando no demostrarle lo que realmente siento. Pero se me olvida que ella me conoce mejor que nadie.
—Tranquilo. Somos solo tú y yo. Contigo siento que no tengo nada que temer, y me gustaría que tú sintieras lo mismo.
—¿Estás… segura de querer… ir un paso más allá? ¿Ya?
—Bueno, quizá deberías habértelo pensado un poco antes de pedirme matrimonio…
Se agarra de mi camiseta con ambas manos y se acerca a mí. Besa mi pecho y luego se pone de puntillas para besar mi cuello y luego mis labios.
—Nunca en la vida he estado más segura de algo… —susurra.
Me vuelve a besar hasta que, cuando ya llevamos un rato enganchados, ella empieza a tararear una de mis canciones. Se mueve levemente, como si bailara, sonriendo sin despegar los labios de los míos. Entonces, la cojo en volandas y empiezo a cantar yo también. Ella enrosca las piernas alrededor de mi cintura y coloca los brazos por encima de mis hombros. Solo entonces se despega unos centímetros de mí y canta sin dejar de mirarme. La miro con una sonrisa de medio lado, deleitándome con su belleza, tan alejada de las mujeres de las que me solía rodear, tan natural, tan sincera, tan divertida, tan… normal.
Mueve los hombros y los brazos, alzando la vista al techo, para luego mirarme de reojo, de forma sensual. Entonces, se remueve para que la deje en el suelo y se acerca a nuestro viejo tocadiscos. Busca un disco en concreto y, cuando lo encuentra y lo pone, espera hasta que la canción empieza a sonar para ponerse a bailar a mi alrededor. Exultante de felicidad, giro sobre mí mismo para no perderla de vista, poniendo las manos en mi nuca.
“It looks like you
Feels like you
Smiles like you
I want someone just like you
Through and through
I'm forever blue
'Cause there's no one else like”
Enseguida empiezo a cantar y a bailar como si estuviera sobre un escenario, solo que esta vez, lo hago con más ganas, porque el público que tengo es el que quiero.
“I want you in my arms
I see you in my dreams
I'm gonna make you mine
As crazy as it seems
Girl, you, yes you
I need someone just like you
Love me true
I'm forever blue
Because there's no one else
There's no one else
There's no one else
There's no one else
There's no one else
There's no one else
There's no one else I need 
'Cause you're so fine
You're so fine”
Acabo la canción pegado a ella, besándola mientras nos desnudamos. Nuestras manos se mueven con ansia, demostrando lo mucho que nos hemos echado de menos. Cuando me quita la camiseta, sé que mi aspecto casi cadavérico puede impactarla, así que me quedo quieto, esperando su reacción con el corazón encogido, reteniendo el aliento.
—Te quiero —me dice finalmente—. No lo olvides, ¿vale?
Asiento apretando los labios con fuerza hasta convertirlos en una fina línea.
—Ahora todo va a ir bien, ¿vale? Todo volverá a ser como antes…
—Lo sé.
—Y cuando digo todo, es todo… —asegura, justo antes de cogerme de las manos y tirar de mí hacia el dormitorio, caminando de espaldas, sin dejar de mirarme.
Una vez dentro, me acerco a ella y le quito la camiseta con cuidado. Luego, cogiéndola por la cintura, camino hasta la cama, tumbándola de espaldas sobre el colchón. Me coloco encima de ella, apoyando el peso de mi cuerpo en mis brazos, mientras ella me acaricia mi cara y peina mi pelo con sus manos. Sonrío, lleno de felicidad, sintiéndome de nuevo en casa.
—Esta es una de las imágenes que veía cuando me estiraba en la cama. Tú. Solo tú. Así. Encima de mí —susurra, justo antes de rodear mi cuello con sus brazos y atraerme hacia ella.
A pocos centímetros de su cara, con su aliento haciendo cosquillas en mis labios, me detengo y paseo la vista por todo su rostro, mirándole embelesado.
—Y así es como todo vuelve a empezar.
◆◆◆

Llevo cerca de una hora observándola dormir. Supongo que, a pesar de estar totalmente exhausto, una parte de mí me obligó a despertarme para aprovechar todo el tiempo posible a su lado.
Durante todo ese rato me he limitado a mirarla. Como mucho, me he atrevido a apartar un mechón de pelo que le cae una y otra vez sobre los ojos. Pero nada más.
Quiero grabar este momento en mi cabeza, al lado de tantos otros que me ayudaron a tirar adelante en los momentos difíciles. Todas esas imágenes viéndola reír a carcajadas, hablar gesticulando con las manos, caminar emocionada por el apartamento decidiendo dónde poner los muebles, mecer a Cassey en brazos bailando por la habitación, chuparse los dedos después de comerse una de esas golosinas llenas de azúcar que tanto le gustan, lanzarme un beso desde cierta distancia… A todas esas cosas, ahora le sumo algo tan simple como verla dormir.
Giro la cabeza hacia la ventana, por donde ya entra mucha claridad a través de las cortinas. El sol ha hecho acto de presencia con todo su esplendor, haciendo entrever que hoy será un maravilloso día soleado. Y, al contrario de lo que hacíamos antes, me apetece salir ahí fuera con ella, cogidos de la mano, y pasear por Central Park, o incluso cruzar el puente de Brooklyn.
Con esa idea en la cabeza, salgo de la cama para preparar el desayuno. Cuando llego al salón, la puerta principal se abre y entra Cassey, con mucho sigilo, caminando de puntillas. Ella no me ha visto aún, así que puedo disfrutar del divertido espectáculo apoyado en la pared. La veo cerrar la puerta lentamente para no hacer ruido, encogiendo los hombros y apretando los dientes, y luego sobresaltarse al verme.
—¡Joder…! —dice, con una mano en el pecho—. ¿Qué haces despierto tan temprano?
—¿En serio? ¿Lo extraño es que yo esté despierto a estas horas y no tú? —le pregunto.
Aún de brazos cruzados, ella agacha levemente la cabeza, algo avergonzada, con la cara roja. Entonces, a mí se me empieza a formar una sonrisa en los labios que la tranquiliza.
—Parece que te lo has pasado muy bien… —digo—. Espero que Mike también…
—Eso creo —responde—. No le he escuchado quejarse.
Camino hacia la cocina y enciendo la cafetera. Luego meto un par de rebanadas de pan de molde en la tostadora y, mientras espero, me apoyo contra la encimera de la cocina.
—¿Quieres desayunar antes de acostarte? ¿O ya vienes acostada?
—No pienso contestar a eso —me replica con agilidad—. Pero sí te aceptaré una tostada con mantequilla.
Asiento con la cabeza, mirándola de reojo, mientras me sirvo una taza generosa de café.
—Por lo que parece, a ti también se te ha dado bien la noche.  Espero que a mamá también… —dice, imitando mis palabras de antes.
—No la he escuchado quejarse.
Cassey sonríe, mirándome a los ojos. Se muerde el labio inferior durante un rato, justo antes de volver a hablar.
—Me gusta esto… Todo esto… —dice, señalándonos a ambos con un dedo—. Así es como siempre soñé que sería tenerte en mi vida.
—¿Soñaste que desayunábamos juntos mientras tú intentabas disimular la resaca?
—¡Oye…! —se queja, dándome un suave golpe en el brazo—. Eso no es verdad…
—Es broma, es broma —digo, mostrando las palmas de las manos.
—¿Tú también… soñaste con esto…?
—Todos los días de mi vida. Pero, ¿sabes qué? Eres mucho mejor que en mis sueños.
—Buenos días… —Escuchamos entonces a Jill—. ¿Por qué no me has despertado? 
—Trataba de encubrir a tu hija…
—Mamá, ni caso. Estoy perfectamente. Estuvimos en la fiesta y me bebí solo un par copas en toda la noche. Mike solo bebió Coca-Cola, y me trajo a casa perfectamente, como prometió.
—Qué majo es Mike, ¿verdad? —pregunto, mirando a Jill.
—Ajá… ¿Y bailasteis muy juntos o…?
—Vale. Ya lo habéis conseguido. Me voy a dormir —dice, dejando sobre el plato el trozo de tostada que le quedaba.
Ambos la seguimos con la mirada, intentando contener la risa. Jill se sienta en la silla que ha dejado libre Jill y coge el trozo de tostada que ella ha dejado.
—¿Café? —le pregunto.
—Por favor.
—Había pensado que podríamos salir a dar un paseo… Hace un día genial.
—¿A plena luz del día?
—Sí… No me quiero esconder más.
—Me parece genial…
—Además, hay un estudio que quiero enseñarte.
—¿Un estudio? Pensaba que era una excusa…
—En parte. Pero, en realidad, sí hay un estudio que quiero enseñarte. El nuestro.
—¿Nuestro?
—Lo he comprado, Jill. Es pequeño y… necesitará alguna actualización, pero es justo lo que quería. Un lugar para poder grabar mis propios discos y, quizá, con el tiempo, poder producir a otros artistas que estén empezando… Algo íntimo y… nuestro. Tuyo y mío. ¿Te parece bien?
—Solo si prometes cantarme todos los días.
—Hecho
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 29 Mayo - 5:16

EPÍLOGO “DE REGALO”
Y así fue como, cuando todo empezó de nuevo, fui completamente feliz
Estoy sentado frente a un piano, con los ojos cerrados y la boca pegada al micrófono, cantando con toda mi alma, vaciándome, como hacía mucho que no hacía. Y soy completamente feliz.
Es la primera vez que me subo a un escenario desde que todo empezó de nuevo. Y lo estoy haciendo para presentar mi último trabajo, un disco que he escrito, compuesto, grabado y producido yo mismo en mi pequeño estudio. Unas canciones que son completamente mías, de principio a fin. Unas canciones sencillas y sin adornos, en las que no muestro nada más aparte de mi voz, el sonido de mi guitarra y el de mi piano. Y soy completamente feliz.
El sonido de mi voz y el piano llenan la pequeña sala, en la que no hay más de cincuenta personas, todas ellas sentadas alrededor de pequeñas mesas sobre las que reposan diferentes bebidas. Y soy completamente feliz.
Nadie me grita, nadie corea mis canciones, nadie se desmaya, nadie me lanza su ropa interior. Unos sonríen, otros mueven la cabeza al compás de la canción, otros me miran satisfechos. Y soy completamente feliz.
Visto tal cual salí de casa esta mañana, con unas zapatillas de deporte sucias, un viejo vaquero y una camisa con las mangas arremangadas a la altura de los codos. Los únicos “adornos” que llevo son mis gafas de pasta negras y mis tatuajes. Y soy completamente feliz.
Separo mi boca del micrófono, echando la espalda hacia atrás, y deslizo los dedos por las teclas. Miro de reojo hacia el público, orgulloso por cómo está saliendo todo. Estoy disfrutando muchísimo, y eso se transmite. Una vez, Max me dijo que yo tenía el don de contagiar a la gente mi estado de ánimo sobre un escenario. Espero que sea cierto, porque entonces toda esta gente se marchará hoy a casa jodidamente satisfecha y exultantes de felicidad.
Cuando la canción acaba, el entregado público estalla en aplausos y vítores. Me pongo en pie con la botella de agua en la mano. Doy un largo trago, y luego miro alrededor, sonriendo alucinado.
Ashley sostiene en su regazo a la pequeña Abby, que levanta sus pequeños brazos en mi dirección. Me mira embelesada, e incluso parece cantar a coro conmigo alguna de mis canciones.
Max tiene la cara llena de orgullo. Se lleva la botella de cerveza a los labios y, tras dar un trago, la levanta como si brindara conmigo. Entonces, me hace una especie de teatral reverencia mientras asiente con la cabeza. En sus labios puedo leer como me dice: “eso es…”. Sé lo que siente, porque es el mismo sentimiento que tengo yo hacia él. Sería capaz de gritar a los cuatro vientos que ese tipo de ahí es mi hermano: alguien capaz de dar la vida por un desconocido, la clase de persona que mira por el bienestar de los demás por encima del suyo.
Cerca de ellos, Jimmy y Lexy sonríen de oreja mientras me vitorean alguna obscenidad. Para que no las eche de menos, me han dicho antes… Freddy y Jared están con ellos, riendo y disfrutando de lo lindo.
Papá y… mamá están de pie en un discreto lateral. Ella me mira con orgullo, con las manos frente a la boca. Él la abraza por la espalda, apoyando la barbilla en el hombro de ella, meciéndola a un lado y a otro. Entonces ella, al acariciarle la mejilla, frunce el ceño y se gira hacia él. Le coge la cara entre las manos y parece secarle algunas lágrimas que se le han escapado. Él agacha la cabeza, asintiendo algo avergonzado, pero ella le besa con cariño.
Simon, el mejor amigo de Max, ha venido acompañado de Chloe. Esta, a su vez, ha invitado a unas amigas, las cuales, según Max, me tienen que resultar familiares. Por más que las mire, no caigo por qué.
Mike está sentado con Cassey, pasando un brazo por encima de sus hombros mientras la mira embelesado. Supongo que sus sentimientos son un secreto a voces, y, la verdad, estoy contento por ello. Sentada en su silla, con las piernas encogidas, abrazándose las rodillas, Cassey me mira muy emocionada. Se muerde el labio inferior mientras Mike acerca la boca a su oreja y le dice algo que la hace sonreír.
Durante todos estos meses, no he podido evitar que los medios de comunicación se hicieran eco de mi recuperación. Mi antiguo manager se puso en contacto conmigo para ofrecerme otro contrato, varias discográficas quisieron ficharme, pero en todos los casos, rechacé su proposición. No necesito volver a esa vida, no necesito la fama, ni vender millones de discos. No quiero embarcarme en giras interminables y pasar varios meses fuera de casa. Ellos son todo lo que necesito. Ellos son todo mi mundo.
Acerco el taburete alto hacia el frente, colocando el micrófono delante. Camino hacia mi guitarra, que reposa en su pedestal, la cojo y me siento, acomodándola entre mis manos. Regulo la altura del micro, sonriendo y saludando a mi Cassey, que aplaude emocionada y muy orgullosa, con gesto cómplice.
—Te quiero —leo en sus labios.
—Y yo —contesto.
Y entonces fijo la vista en ella. A pesar de los años que hace que nos conocemos, mi corazón sigue dando un vuelvo cuando nuestros ojos se encuentran. Sigo emocionándome como cuando, al salir de clase, caminaba a mi lado y hacía chocar su hombro con el mío mientras me sonreía de medio lado. Sigo sonriendo como un bobo cuando hace alguna mueca divertida con la boca. Sigo preguntándome qué vio en mi para dejarme que la convirtiera en la protagonista de todos mis sueños, en la dueña de mi vida, en la inspiración para todas mis canciones.
Sonriendo sin despegar los labios, agacho la cabeza para comprobar que estoy afinando bien las cuerdas. Cuando creo tenerlo todo listo, mientras la sala se sume de nuevo en un respetuoso silencio, levanto la vista y clavo los ojos de nuevo en ella.
“It's a sad song that has no end
It's a bleeding heart that never mends
A minor miracle we can still pretend
After so long”
No aparto los ojos de ella, como si no hubiera nadie más en la sala, y pego los labios al micrófono, como si estuviera susurrándole al oído.
Me mira con la boca abierta, frunciendo el ceño, consciente de repente de que es la primera vez que me oye cantar esta canción. La he escrito en secreto, a escondidas. Necesito contarle al mundo el daño que nos hicimos, que todo parecía perdido. Pero quiero explicarles que nuestro amor superó todo eso. Que nunca nos rendimos.

“Too late for lullabies
Too soon for it alright
Love takes its toll sometimes
Let's start a clean slate,
mistakes are moments in time
For every time you ever raised up your hand
I'll give you mine to show you I understand
You taught me to fly by learning to fall”
Se tapa la boca con las manos, muy emocionada, mientras los ojos se le humedecen. Niego con la cabeza a la vez que sonrío, intentando decirle que no pretendo hacerla llorar. Ella se encoge de hombros, contestándome que no lo puede evitar.

“We built a brick wall
but it's all for nothing
Only bridges will cross this divide
We both know this road leads to nowhere
There is nothing left for you to hide”

Y entonces, al verme incapaz de consolarla, dejo de tocar la guitarra y la dejo a un lado. Saco el micrófono de su pie y, sin dejar de cantar, me bajo del escenario y camino lentamente hacia ella. Todo, siempre bajo la atenta mirada de todos. Entonces, cuando llego a su lado, me agacho y cojo su mano. Las lágrimas siguen rodando por sus mejillas, a pesar de que intenta sonreír. Sé que es feliz, así que no me importa que llore de emoción. Entonces, extiendo un brazo y le muestro la mano, con la palma hacia arriba, para que me la coja. Cuando lo hace, la ayudo a ponerse en pie. Con cuidado, dejo el micrófono sobre su mesa, y atraigo su cuerpo hacia el mío. Rodeo su cintura con mis brazos y, cuando ella pasa los brazos alrededor de mi cuello, agacho la cabeza para acercar mi boca a su oreja y sigo cantándole muy bajito, casi susurrándole.
Soy consciente de que nadie puede oírme cantar, pero solo quiero hacerlo para ella. Como hacía antes, como cuando solo nos teníamos el uno al otro. Y todo el mundo parece entenderlo, y mantiene un silencio sepulcral, como si no quisieron romper la magia, como si quisieran “dejarnos solos”.
Y así fue como, cuando todo empezó de nuevo, fui completamente feliz…
Fin
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 29 Mayo - 5:17

Y fueron felices y comieron perdices.
Después del sufrimiento por fin hubo luz.

:rumba: :rumba:
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por olsaal81 el Mar 29 Mayo - 7:29

Me encanta esta familia, me encanta esta autora ... me ha encantado la historia!!
Muchas gracias por el libro, nos vemos en la lectura de Junio sin lugar a dudas
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por Yrisol el Mar 29 Mayo - 18:20

Muchas gracias
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por Linxy el Jue 31 Mayo - 15:53

Me ha encantado la historia!!!. Me ha tenido en una montaña rusa constante durante todos estos capítulos, y sobre todo, he sufrido lo mío con Chris. Es una historia muy intensa, sobrecogedora. Anna García, describe perfectamente todos y cada uno de los sentimientos por los que pasan Chris, Jill y su familia, y sin darte cuenta los sufres o disfrutas en tu piel, tanto que de repente notas como se te caen las lágrimas o estás aguantando la respiración.
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Muchas gracias Axcia por compartir este libro con nosotras.  Besoo
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Linxy


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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

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