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EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

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EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 8 Mayo - 8:07

Recuerdo del primer mensaje :


Os voy a contar una historia de amor diferente. Una historia llena de lucha, derrotas, sacrificios, lágrimas, imperfecciones y cicatrices.
Una historia de amor de dos personas que se encontraron cuando no tenían nada y se separaron cuando lo tenían todo.
Os voy a contar qué pasó... cuando todo acabó.
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axcia


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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Vie 25 Mayo - 7:29

CAPÍTULO 23
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de salir a la escalera de incendios
—Esa mesa no cabe —le dice Max a Lexy, que hojea el catálogo de una tienda de muebles.
Ajeno al barullo de mi alrededor, guardo con sumo cuidado mis vinilos en la estantería contigua al tocadiscos. Abby está sentada a mis pies, mientras me los va pasando. Cada vez que le cojo uno de las manos, le hago una mueca distinta y ella ríe a carcajadas.
Ete e caca.
—¡Oye! Eso no es verdad. Ella Fitzgerald era una de las reinas del Jazz.
No tío Quis, caca —insiste al pasarme otro disco, esta vez de Miles Davis.
—Vale, lo pillo, no te gusta el Jazz —le digo, sacándole la lengua y provocándole otra carcajada.
—Ahora no, pero cuando tire esta pared de aquí, sí cabrá —vuelve a la carga Lexy.
—No voy a tirar ninguna pared —comento, sin dejar de prestar atención a Abby.
—Pues entonces tendrás que prescindir de eso —afirma, señalando el piano.
—Eso, es mi piano, y se queda, así que tampoco es una opción.
—¿Estamos locos o qué? —pregunta, abriendo los brazos.
—No exageres, que no es para tanto.
—Mamá, dile algo…
—Yo también creo que estarías más ancho, Chris, pero es decisión tuya —interviene Livy, que está atareada limpiando los armarios de la cocina.
—Últimas cajas —dice mi padre, entrando por la puerta seguido de Max—. Joder, lo recordaba más grande…
—¿Lo ves? ¿Será quizá porque no estaba esa monstruosidad? —le pregunta Lexy, señalando al piano.
—No seas tan dura contigo misma, tampoco has engordado tanto… —interviene entonces Max.
Mi padre y yo sonreímos, aunque enseguida cambiamos la expresión al ver la cara de mala leche de Lexy.
—Pues yo creo que queda genial —dice mi padre, guiñándome un ojo. Deja la caja en el suelo y se acerca al piano—. Y aunque es pequeño… creo que te pega mucho más. Aquí sí empiezas a ser tú.
—Gracias… —susurro, asintiendo con la cabeza.
—¿Quis canta? —pregunta Abby con los ojos abiertos como platos.
Incapaz de resistirme a ella, la cojo en brazos y me acerco con ella al piano. Me siento en la banqueta y levanto el atril para descubrir las teclas. La siento en mi regazo y enseguida empieza a aporrear las teclas.
—Eso es… Lo haces muy bien, ¿eh? —digo, mientras ella ríe a carcajadas.
Ahora Quis. —Me busca las manos y las coloca sobre las teclas. La miro durante unos segundos, sonriendo sin despegar los labios—. Ya. Música.
Pulso algunas teclas y las notas invaden el pequeño salón. Escucho el eco de las mismas durante un rato, en silencio. Levanto la vista y miro alrededor, como si pudiera ver las notas danzando alrededor, rebotando por las paredes, mordiéndome el labio inferior, muy emocionado. Entonces me doy cuenta de que todos me miran igual de ilusionados. Envalentonado, vuelvo a pulsar varias teclas, esta vez, formando una melodía. Giro la cabeza y la miro para comprobar si está satisfecha.
—¿Qué te parece? —le pregunto.
Más, quero más… —contesta, recostando la espalda contra mi pecho.
De nuevo, no me puedo resistir a sus encantos, y empiezo a tocar una de mis canciones. Aún no me atrevo a cantarla, pero la tarareo sin despegar los labios. Con eso, Abby parece conformarse, porque sigue sonriendo, esta vez con los ojos cerrados, disfrutando de la canción al máximo. Me permito incluso el lujo de cerrar yo también los ojos, mientras dejo que mis dedos sigan paseándose por encima de las teclas sin parar. Apoyo los labios en el pelo de Abby mientras la mezo al compás de la música.
De repente, me doy cuenta que no es la primera vez que hago esto mismo en este mismo apartamento, solo que en lugar de mecer a Abby mientras toco el piano, solía mecer a Cassey mientras cantaba y bailaba con ella, moviéndome por todo el salón.
La canción acaba y me mantengo con los ojos cerrados durante un rato más. Cuando los abro, miro a Abby, que se ha quedado dormida en mis brazos.
—No sabes lo mucho que te lo agradezco… —susurra Max, acercándose para cogerla—. La estiro en tu cama, ¿vale?
Asiento sin abrir la boca, mientras veo cómo se pierden por el pasillo.
—Oye, pues tampoco estás tan oxidado, ¿no? —me pregunta mi padre, golpeando suavemente mi hombro con su puño.
—Aún no soy capaz del todo… —contesto, deslizando los dedos por encima de las teclas, acariciándolas—. No… me sale… Esto se me da bien cuando… soy feliz. Y no es que ahora no lo sea… Es decir, os tengo aquí, no os habéis cansado de mí y… tengo a Cassey…
Lexy se sienta en la banqueta, a mi lado, y apoya la cabeza en mi hombro.
—¿Te cuento un secreto? —me pregunta—. He fardado de ti muy a menudo, mucho. Me he aprovechado de tener un hermano famoso durante años. Gracias a ello, en el instituto fui la más popular. Incluso ya de adulta, en el trabajo, todo el mundo me conoce por ser la hermana de Chris Taylor. Pero creo que ahora eres mejor. De este Chris es del que realmente quiero fardar. Del que reconoce sus errores, del que es consciente de sus carencias y defectos. Estoy orgullosa de ti, hermanito.
Sonrío sin despegar los labios, agachando la cabeza.
—Todos lo estamos —interviene Max, que vuelve de haber dejado a Abby en mi cama—. Te vemos… bien.
—No es todo mérito mío. Este sitio tiene mucho que ver. Aquí, me siento bien… 
—Muchos recuerdos… —añade Livy—. Y la mayoría buenos…
—Aún hay cosas que tengo que… superar. No soy capaz de salir aún ahí fuera —digo, poniéndome en pie y acercándome a la ventana que da a la escalera de incendios. Apoyo las palmas de las manos en el marco de madera y la frente en el frío cristal.
Después de la pelea que tuvimos anoche, vuelvo a casa dando tumbos. La verdad es que no me acuerdo demasiado de nada de lo que pasó. Sé que nos peleamos, que Jill me confesó que sabía que me había acostado con otras… A partir de ese momento, solo veo fragmentos dispersos. Me veo bebiendo en el bar, cantando borracho con gente que no conozco, esnifando una raya…
—¡Eh, mira! ¡Ese no es…!
—¡Eh! ¡Eh! —dice un tipo, interponiéndose en mi camino—. ¡Sí, es él!
Enseguida me veo rodeado por los cuatro tipos.
—¿Nos hacemos una foto? —le pregunta uno a los demás, pasando un brazo por encima de mis hombros—. Hazte una foto con nosotros.
Intento deshacerme de su brazo y esquivarles, pero son muy pesados y vuelven a la carga.
—¡Eh! ¡¿De qué vas?! ¡Hazte una foto con nosotros!
Me agobian, agarrándome y gritándome al oído.
—¡Joder, macho! ¡No te vayas! ¡Hazte una foto!
—¡Que me dejéis en paz! ¡Marchaos de aquí! ¡No pienso hacerme una puta foto con vosotros! —les grito.
Al instante, retroceden asustados, enseñándome las palmas de las manos, momento que yo aprovecho para alejarme.
—Menudo gilipollas… —susurra uno de ellos.
—¡Eres un mierda, capullo! —grita otro.
—Hacedle una foto, que luego la publicamos y nos hacemos de oro… Que las fotos de los famosos borrachos y drogados venden mucho…
—¡Dejadme en paz! —grito mientras intento quitarles el teléfono, fallando estrepitosamente y cayendo de boca contra el suelo.
—¡Ahora! ¡Ahora! —se mofan todos.
Rápidamente, me pongo en pie y me alejo lo más rápido que mi estado de embriaguez me permite, escuchando de fondo las risas de esos tipos.
Cuando consigo llegar a casa, me lleva un rato hacer encajar la llave en la cerradura. Cuando lo hago, me sorprende el silencio que reina en todo el apartamento por no ser nada habitual. No es que hubiera preparado ningún discurso de disculpa, pero me había preparado mentalmente para disculparme de todas las maneras posibles, así que no me esperaba encontrarme con esta soledad…
—¿Hola? ¿Jill…? ¿Estás con Cassey…?
Recorro el pasillo, apoyando las manos en las paredes de ambos lados. Cuando entro en el dormitorio de Cassey y lo descubro vacío, arrugo la frente, extrañado. Me acerco a la cuna y me doy cuenta de que faltan sus muñecos, así que abro la cómoda, que está vacía.
Siento unas náuseas repentinas, pero me las aguanto y voy dando tumbos hasta nuestro dormitorio. Esta vez, voy directo al armario y lo abro de par en par.
—No, no, no, por favor… —repito mientras mis manos tocan las estanterías vacías donde ayer estaba su ropa.
Aún no sé cómo llego hasta el salón, donde busco alguna prueba que contradiga mi sospecha. Después de dar varias vueltas sobre mí mismo, me acuerdo del teléfono y lo saco del bolsillo del pantalón. La llamo y me lo acerco al oído con mano temblorosa. Segundos después, la llamada se corta sin haberme emitido un solo tono. Lo vuelvo a intentar un par de veces más, hasta que, preso de la ira, lanzo mi móvil contra una de las paredes, haciéndolo estallar en pedazos. La emprendo con todo lo que encuentro a mi paso: sillas, cojines, algunos libros… Y entonces agarro mi guitarra por el mástil y la levanto en el aire con intención de golpearla contra alguna pared. Me detengo a tiempo, clavando la vista en la ventana que da a la escalera de incendios. Me acerco a ella con paso errático, aún con la guitarra en la mano, salgo y me dejo caer en el suelo metálico. Apoyo la cabeza en la pared de ladrillos y miro al cielo. Logro contener las ganas de vomitar, pero no puedo hacer nada con las lágrimas. Siento que me ahogo, como si algo me apretara el pecho con fuerza, pero no tengo fuerzas para oponer resistencia, así que, simplemente, me limito a quedarme allí sentado.
Y fue la última vez que lo hice. Nunca más me atreví a sentarme ahí fuera guitarra en mano.
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de salir a la escalera de incendios.
—Las vistas nunca han sido el punto fuerte de este apartamento… —interviene Max, apareciendo a mi lado y devolviéndome al presente.
—El secreto de ese sitio no son las vistas, sino con quién las compartía —susurro abriendo la ventana y agachándome para apoyar los antebrazos y quedarme mirando detenidamente ese sitio sucio y frío que tanto me aportó.
◆◆◆

Vestido con un pantalón de chándal y una camiseta vieja, pinto las paredes del que era y será mi dormitorio. En algún momento desde que me fui hace años, alguien decidió pintarlas de amarillo, haciendo desaparecer el gris claro que Jill eligió. Por alguna extraña razón, necesito volver a ver esas paredes como ella las quiso, como si formara parte de mi extraño y utópico plan para recuperarla. Por suerte para mí, las paredes del salón y la cocina siguen siendo blancas. En cuanto al color de la otra habitación, la que quiero que sea de Cassey, si algún día me atrevo a preguntárselo, lo dejaré a su elección.
Estoy a punto de abrir el bote de pintura cuando escucho el timbre.
—¿Hola? —contesto a través del telefonillo.
—Brigada de pintores a domicilio. —Se me escapa la risa al escuchar su voz, y enseguida pulso el botón para abrirle la puerta. La espero apoyado en el quicio, hasta que se presenta ante mí “vestida para la ocasión”—. En realidad, la brigada solo la formo yo, pero he pensado que no te vendrían mal un par de manos más.
Me aparto a un lado, aun sonriendo, haciéndole un gesto con el brazo para invitarla a entrar.
—En realidad, no he pintado nunca en mi vida, pero no me dirás que no le pongo empeño… que he traído hasta un pañuelo para cubrirme la cabeza… —dice, poniéndoselo con mucho estilo, justo antes de dar una vuelta sobre sí misma para ver cómo va cobrando forma todo—. ¡Guau…! ¡Me mola cómo está quedando…!
—Gracias… —digo, sonriendo con algo de timidez.
De algún modo, que le guste el apartamento, también forma parte de mi plan. No podría soportar que algo no le gustase, porque quiero que se sienta como en casa, como lo que fue.
—Aunque estoy de acuerdo con Lexy. Si tirases esa pared, ganarías mucho espacio.
—No. No lo haré.
—¿Por qué?
—Porque no quiero cambiar nada. Quiero que esté como estaba.
—Pero hay cambios que son para mejor… Vas a pintar, ¿no? Pues es lo mismo. Quizá harás un poco más de polvo y eso, pero viene a ser lo mismo… Si le echas imaginación, claro está.
—En realidad, pinto para dejarlo como estaba. Pinto para… no cambiarlo. —Cassey me mira frunciendo el ceño, así que antes de que empiece a pensar que he vuelto a beber o a drogarme, me veo obligado a explicárselo—: Verás… Tengo algo que contarte…
—Ay, madre… ¿Me tengo que asustar…?
—¡No! ¡No…! Bueno… supongo que no…
—Compréndelo, la última persona que me dijo esa frase fue mi madre justo antes de confesarme que tú eras mi padre…
—No es nada tan… trascendental. Creo.
—Te escucho… —dice, sentándose en la banqueta del piano.
—Verás… Que haya comprado este sitio, no es casualidad. no es la primera vez que vivo aquí. Ni tú tampoco, de hecho. —Cassey abre los ojos de par en par, mirando alrededor sin comprender nada—. Este fue nuestro primer apartamento. El de tu madre y el mío. Y luego el tuyo también. Aquí pasé los años más felices de mi vida… Este sitio, tan pequeño, tan antiguo, tan… lleno de vida, fue mi inspiración durante años.
Cassey se pone en pie y empieza a pasear por el apartamento. Esta vez, se toma su tiempo en cada rincón, acariciando incluso las paredes.
—Esto fue mi hogar… Estuviera donde estuviera, de gira, concediendo entrevistas… grabando o… —prosigo—. Hiciera lo que hiciese, siempre deseaba volver aquí. Y sé que no era por el apartamento en sí, sino por quién me esperaba dentro. Soy consciente de ello, pero… no sé… Es como si… no pudiera recuperarme del todo sin volver a donde todo empezó.
Me quedo callado, expectante ante su reacción. Por más que lo cuento, no dejo de pensar que parece una locura. Que, sin ellas, puede que este sitio no cobre vida…
—Por eso quiero que se parezca lo máximo posible a como era. Conozco cada rincón de esta casa, lo tengo grabado en mi memoria.
Finalmente, ella sonríe y camina hasta mí. Rodea mi cintura con ambos brazos y apoya la cabeza en mi pecho.
—No tires nunca esa pared —susurra sin despegar la cara de mi camiseta.
—Hecho.
◆◆◆

—¿De qué color estaba pintada esta habitación…?
—De rosa.
—Oh, mierda… Era… ¿la mía?
—Sí.
—¿Por qué no la paraste a tiempo?
—Cualquiera se enfrenta a ella.
—Cierto… ¿Y quieres… pintarla también…?
—Quiero hacer lo que tú quieras hacer con ella. Era tu habitación y lo seguirá siendo. No quiero decir con eso que espere que te vengas a vivir conmigo. Me acuerdo de lo que me dijiste y nunca te lo pediría si con ello me interpusiera entre tú y tu madre.
—Podemos… pintarla también de gris. Como esta —dice, después de pensarlo durante unos segundos.
—Me parece bien.
—¿Y puedo…? ¿Podría…? Poner un escritorio o algo así… Ya sabes, por si vengo algún día y tengo deberes del instituto…
—Vale —contesto, con una enorme sonrisa dibujada en mi cara.
Estoy exultante de felicidad, aunque intento contenerme.
—Ha quedado chula —interviene de nuevo.
—La verdad es que sí… —Miro alrededor, admirando el trabajo.
—Si quieres… podemos pintar ahora mi habitación…
—La verdad es que hemos acabado antes de lo que esperaba. Formamos un buen equipo. ¿Te parece si antes hacemos un descanso y comemos algo?
—Me parece una idea brillante —contesta mientras me sigue hacia el salón.
—¿Coca-Cola y patatas? —le pregunto desde la cocina.
—Genial.
Cuando salgo, la descubro sentada frente al piano. Me acerco a ella y me siento a su lado, poniendo el bol de patatas y las dos latas de refresco sobre la madera del mismo.
—¿Cuándo me vas a dar unas clases? —me pregunta, girando la cabeza hacia mí.
—Cuando sea capaz de enseñarte… Hace mucho que no soy el mismo, que perdí mi… esencia. Necesito sentarme aquí delante y sonreír satisfecho conmigo mismo al acabar de tocar o cantar antes de poderte enseñar nada.
—Pues a mí me encantó cuando me cantaste en mi regalo de cumpleaños…
—Qué va… Estoy lejos del que era…
—¿Y con ella? ¿Te has atrevido ya? —me pregunta, señalando a la guitarra con un movimiento de cabeza.
—Hay aún muchas barreras que tengo que superar —contesto, después de negar con la cabeza.
—¿Y yo te puedo ayudar?
—Ya lo estás haciendo. De hecho, si tú no hubieras… vuelto a mi vida, no creo que hubiera salido de ese pozo de mierda en el que estaba metido.
Se muerde el labio inferior, agachando la cabeza al sentir cómo se sonroja.
—Me refería a con la guitarra… Hay una canción que me gusta mucho… No sé si la conoces… ¿Undiscovered de un tal Chris Taylor? Un pajarito llamado Aaron me dijo una vez que fue la primera canción que él te escuchó cantar. ¿Qué te parece si es la primera que me escuchas tú cantar a mí?
La miro durante unos segundos, con las cejas levantadas, sorprendido. Entonces, me levanto y cojo la guitarra. Cuando me vuelvo a sentar a su lado, me la acomodo sobre una pierna y deslizo los dedos por las cuerdas. Respiro profundamente al sentir una especie de cosquilleo recorrerme todo el cuerpo. Pinzo alguna cuerda para hacerla sonar e intentar afinarla. Hace tanto que no toco, que ese proceso me lleva unos minutos.
Cassey cierra los ojos y empieza a cantar con una voz dulce que consigue erizarme el vello de todo el cuerpo. No reacciono durante un buen rato, mirándola embobado, incapaz de moverme. Cuando ya lleva cantadas un par de estrofas, abre los ojos y me mira intrigada.
—No me dejes sola… —me pide, dejando de cantar.
—Perdona… Estaba… Joder… Lo haces muy bien…
—¡Qué va…! Yo no sé cantar… me limito a susurrar bajito. Solo entonces me sale esta voz, así como… dulce. Si subo el tono, empiezan los gallos.
Río a carcajadas, contagiándosela.
—Vamos de nuevo. Te prometo que ahora sí intentaré tocar.
—¿Seguro?
—Prometido. Solo estaba… cogiéndote el ritmo.
Le hago una señal con la cabeza y ella empieza a cantar de nuevo. Esta vez, sí la acompaño a la guitarra, aunque me cuesta horrores concentrarme y no perder el ritmo al mirarla con esa pose tan dulce y concentrada. Para evitarlo, cierro yo también los ojos y me dejo invadir por la música y su voz.
I'm not running.
I'm not hiding.
If you dig a little deeper you will find me.
I'm not lost, not lost, just undiscovered.
And when we're alone we're all the same as each other.
You see the look that's on my face, you might think that I'm out of place.
I'm not lost, no, no, just undiscovered”
No sé el rato que llevo cantando, emocionado, cuando soy consciente de que ya no escucho la voz de Cassey. Entonces abro los ojos y la descubro mirándome embelesada. Dejo la guitarra a un lado, como si me hubieran pillado haciendo algo malo, y aprieto los labios hasta formar una mueca extraña. Aparto la vista al sentir cómo las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas, pero ella enseguida se me tira a los brazos.
Sentada en mi regazo, llora conmigo durante mucho rato, pero, incomprensiblemente, no estoy triste, no me siento mal. Al contrario, me siento aliviado, como si me hubiera quitado un enorme peso que oprimía mi pecho. La estrecho contra mi pecho con fuerza, con manos temblorosas.
—No me dejes… —sollozo—. Por favor, no me dejes…
◆◆◆

Llevo cerca de una hora de pie frente a la ventana, agarrando la guitarra por el mástil con una mano. Los momentos compartidos hoy con Cassey me han dado la fuerza necesaria para enfrentarme a la escalera de incendios, o al menos eso es lo que yo creía. Estaba decidido, o al menos eso pensaba cuando abrí la ventana.
—Vamos… No tienes por qué cantar… Paso a paso… Solo… salir.
Y repitiéndome ese mantra en mi cabeza, una y otra vez, consigo pasar una pierna y luego otra. Levanto la vista al cielo y luego cierro los ojos, respirando profundamente. Mantengo la espalda apoyada contra la sucia fachada de ladrillos. Si alguien me viera, seguro imaginaría que intento superar un miedo atroz a las alturas cuando, en realidad, es algo mucho más simple que todo eso: intentar estar aquí fuera sin tener instintos suicidas.
Cuando creo estar preparado, abro los ojos y miro a un lado y a otro sin mover la cabeza. Entonces miro hacia abajo, solo para descartar el vértigo. Hubiera sido una solución fácil: achacar mi comportamiento compulsivo al mal de alturas. Pero no, nunca he padecido de vértigo y no he empezado a hacerlo ahora.
Cabreado conmigo mismo por ser tan capullo, resoplo y me siento en los escalones. Agarro la guitarra y la vuelvo a apoyar sobre una pierna.
—Vaya… Segunda vez en un día, ¿eh? Hoy es tu día de suerte… —susurro, justo antes de empezar a pinzar algunas cuerdas.
—¡Eh! ¡Hola! ¡Eres Chris, ¿no?! ¡El puto desgraciado!
Miro hacia abajo, donde está Ron, saludándome con una mano. Sonrío al verle, así que, comprobando que llevo las llaves en el bolsillo, empiezo a bajar hasta el callejón.
—¡Hola, Ron! —le saludo, dándole un abrazo.
—¡Vaya! ¡Te veo… cambiado…!
—Ya ves —digo, abriendo los brazos.
—Aunque hay cosas que no han cambiado tanto, por lo que veo… la sigues sacando a pasear —dice, señalando la guitarra con un dedo.
—Bueno, tampoco he ido tan lejos… Ahora vivo ahí arriba.
—En… ¿tu antiguo apartamento?
—Ajá.
—¡Joder qué bien!
—Sí… Supongo que… intento recomponer mi vida, poco a poco.
—Creo que ella también —afirma. Le miro frunciendo el ceño, pero entonces se lleva la botella a los labios, y decido no darle mucha importancia a su comentario. Entonces me tiende la botella—. ¿Quieres?
—No, gracias. Estoy limpio.
—¿Del todo?
—Sí. Estuve en un centro de rehabilitación.
—Vaya… ¿De esos en los que te comen la cabeza, todo es amabilidad y ternura y los monitores estornudan confeti?
—De esos —río—, pero con mierda de caballo de por medio.
—Qué asco… No me extraña que quisieras salir…
—Sigo yendo a terapia y eso, pero la cosa pinta bien.
—¿Quiere decir eso que recuperaste a tu ex y a tu hija?
—No… Qué va… Bueno, solo un poco a Cassey, aunque no creo que pueda asegurar al cien por cien que la he recuperado. Digamos que estoy en ello.
—Así que ella se lo acabó por contar…
Le vuelvo a mirar con el ceño fruncido, extrañado de nuevo por su comentario. Es como si… como si él supiera cosas de ella. ¿Se las contaría yo?
—Se… puso en contacto conmigo estando en el centro y… digamos que fue más eficaz que la mierda de caballo —prosigo—. Desde que salí, nos hemos visto varias veces y hablamos constantemente. Me ha ayudado con la mudanza y viene a visitarme a menudo.
—Bueno, pues yo creo que también estás recuperando a su madre. ¿Acaso crees que ella no ha tenido nada que ver en el hecho de que estés viéndote con tu hija? ¿Acaso crees que, si ella no hubiera querido, se habría puesto en contacto contigo? ¿En serio crees que, si ella no estuviera de acuerdo, Cassey te vendría a ver a casa? Amigo, me parece estás consiguiendo más de lo que crees.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Vie 25 Mayo - 7:29

CAPÍTULO 24
Y así fue como, cuando todo acabó, se esfumó mi pasión
—El fin de semana que viene libro. Había pensado que podríamos ir a Miami a ver a María. ¿Qué te parece? Si hace buen tiempo, quizá podríamos aprovechar para tomar un poco el sol…
Miro a Cassey, que permanece muy callada, removiendo los guisantes de un lado a otro en su plato.
—¿Qué me dices?
—Sí… Claro… —contesta de forma distraída.
—Si no te apetece, podemos hacer otra cosa…
—Como quieras.
—Si prefieres pasar tiempo con tu padre en vez de conmigo, solo tienes que decirlo.
Entonces consigo que me mire. Chasqueando la lengua, deja ir el tenedor y, cruzándose de brazos, dice:
—Lo siento, mamá. Es que… me encantaría contarte una cosa… Pero no sé si querrás saberlo…
—Me estás asustando.
—No he hecho nada ilegal, tranquila.
—Vas bien.
—Es que… Sé una cosa que te encantará, pero no estoy segura de que quieras saberlo.
—¿Tan loca crees que estoy? —le pregunto. Ella mueve la cabeza a un lado y a otro—. De acuerdo, suéltalo. Me atendré a las consecuencias.
—Mejor te lo enseño —dice sacando el teléfono del bolsillo y plantándomelo frente a los ojos—. ¿Te suena este sitio?
En la foto solo se ve una ventana y una escalera de incendio que se entrevé a través de ella. Podría ser una ventana cualquiera de un edificio cualquiera de un barrio cualquiera, pero no es así. Sé exactamente dónde se encuentra porque, durante años, fue mi lugar favorito en el mundo.
—¿Cómo…? ¿Dónde…? ¿Qué…?
—He estado allí —contesta, simplemente—. Con papá.
—¿En… casa? —me descubro preguntándole.
No sé el motivo por el que me he referido a ese apartamento como casa cuando ninguno de los dos hace años que no vivimos allí. Es como si mi subconsciente y mi corazón se hubieran aliado para jugármela, porque ambos me conocen lo suficiente como para conocer ese gran secreto de mí: que nunca encontré otro hogar.
—Es su casa, mamá.
—¿Cómo? Pero él no… Él vivía en otro sitio…
—Sí, en ese ático del que te hablé. Pero no estaba a gusto allí. Para recuperarse del todo, necesitaba ese antiguo apartamento. Ese sitio en el que fue tan feliz. Ese sitio que le inspira y le trae tantos recuerdos felices. Así que lo compró.
—¿Lo… compró?
—Ajá. Y ha pintado las paredes exactamente del mismo color que cuando vivíais allí. Exceptuando mi habitación, en la que hemos prescindido del rosa por petición expresa mía, quiere conservarlo todo como estaba. Mamá… Él… Está asustado y… muy perdido… No sé cómo explicarlo… Se me abrazaba y me imploraba que no le abandonara, una y otra vez. Y durante unos segundos, creo que no era consciente de que me lo estaba diciendo a mí. Era como sí… tratara de decírtelo a ti. Me dio la impresión de que, durante unos segundos, había viajado atrás en el tiempo e intentara decir cosas que no se atrevió a decir en su día.
Vuelvo a mirar la fotografía con tanto anhelo como si pudiera traspasar ese cristal y sentir el aire fresco sentada en esa escalera.
—No se atreve a salir aún… —Levanto la vista y la miro. Frunzo el ceño, imaginando su desconcierto. Creo que yo tampoco sería capaz de salir ahí fuera sin perder el aliento—. Hay cosas que le cuestan… No ha vuelto a tocar su guitarra, no ha vuelto a componer, no se atreve a poner un pie ahí fuera… Dice que ese era vuestro sitio especial…
—Lo era…  —afirmo, sonriendo de repente, embargada por una enorme sensación melancólica.
—No quiero verle sufrir. Quiero que salga ahí fuera otra vez… ¿Me ayudarás…?
Los ojos se me llenan de lágrimas. Empiezo a negar con la cabeza al tiempo que me pongo en pie. Le devuelvo el teléfono bajo su mirada asustada.
—¿Mamá…? Yo…
—No pasa nada, cariño.
—Lo siento. No quiero que pienses que…
—Necesito… estar sola… —balbuceo mientras camino de espaldas hacia mi dormitorio—. Voy a… echarme un rato…
—Mamá…
—No te preocupes. Tranquila… —digo, justo antes de cerrar la puerta a mi espalda.
Me apoyo en ella y me dejo resbalar. Con los codos apoyados en las rodillas, me agarro la cabeza y me tiro del pelo. Una parte de mí está furiosa con él por, de alguna manera, arrebatarme ese sitio en el que fui tan feliz. Siento como si no tuviera derecho a vivir allí, porque precisamente fue él el que lo… voló en pedazos. Por su culpa, ese lugar dejó de ser nuestro santuario, así que no entiendo por qué lo valora ahora de repente. Siento como si él no quisiera realmente ese apartamento, así que no quiero que lo tenga.
Pero, por otro lado, que lo haya hecho y que quiera dejarlo como estaba, es como si… realmente se hubiera dado cuenta de que esos fueron nuestros momentos felices. A pesar de tenerlo todo, me doy cuenta de que solo en ese minúsculo apartamento fue feliz.
—¿Mamá…? —me llama Cassey desde el otro lado de la puerta—. ¿Puedo pasar…?
Me pongo en pie y, secándome las lágrimas, abro la puerta. Al verme llorar, se lanza a mis brazos.
—Lo siento mucho. No quería hacerte llorar… No debí contarte nada…
—No pasa nada, cariño…
—Sí pasa. Te ha hecho daño que él viva ahí…
—Bueno… Tengo sentimientos contradictorios… Por un lado, estoy feliz de que se haya dado cuenta de dónde fue feliz realmente, pero… Otra parte de mí está furiosa con él porque siento que no tiene derecho a vivir allí cuando antes no quiso hacerlo. Por su culpa lo perdimos.
Respiro profundamente mirando al techo, intentando tranquilizarme. Cassey me observa algo asustada, sin atreverse a intervenir, así que vuelvo a la carga:
—¿Dices que él está asustado? ¿Puedes hacerte una idea de lo asustada que estaba yo lejos de casa, sola, sin un dólar, y con un bebé que cuidar? —Cassey asiente, y sé que es un gesto sincero. Ella es consciente de lo mucho que tuve que trabajar para sacarnos adelante durante muchos años, casi en la clandestinidad—. Él no tiene ni idea de lo que es sufrir…
◆◆◆

—¡Será mamonazo…! —dice Cassey, nada más traspasar la puerta de casa, con la vista fija en la pantalla de su móvil.
Acurrucada en una esquina del sofá, con las piernas encogidas y tapada con una manta, doblo la página del libro que estoy leyendo, me quito las gafas y la miro.
—¿Estás bien…? —le pregunto.
—No lo estoy, no —contesta, justo antes de llevarse el teléfono a la oreja—. Hola. ¿Dónde estás? No, en casa enfermo no. ¿Qué cómo lo sé? ¡Pues porque Joannie te ha pillado dándote el lote con otra! ¡Y tanto que la creo! ¡Básicamente porque me ha enviado una foto y claramente eres tú! ¡Oh, por favor…! ¡Pero qué patético eres! ¡No te inventes excusas! ¡No, por supuesto que no podemos vernos! ¡No, no quiero escucharte! ¡Ja! ¡Ni de coña! ¡Que te jodan, Leo! ¡Que te jodan!
Cuando cuelga el teléfono, grita de rabia con la mandíbula apretada y tira el teléfono al sofá. Se deja caer a mi lado, haciéndose un ovillo al encoger las piernas, y esconde la cabeza entre sus rodillas. La observo durante unos segundos, apoyando el codo en el respaldo del sofá y la cabeza en la mano, esperando pacientemente a que se desahogue.
—¿Mejor…? —le pregunto cuando desentierra la cara.
—Es un capullo, ¿sabes? —me dice, con la cara llena de lágrimas. Asiento de forma comprensiva—. Y me da rabia, porque no se merece que llore por él.
—En realidad, ningún hombre se lo merece —digo, alargando el brazo para acogerla bajo él.
—Eso no puede ser verdad… —dice mientras se acurruca en mi costado—. No me creo que todas las lágrimas que has derramado por papá hayan sido en vano. Él ha significado demasiado para ti y solo esos tíos merecen nuestras lágrimas. Igual que tú mereces las suyas.
La observo pensativa durante unos segundos, tragando saliva al imaginar a Chris llorando por mí. Durante un tiempo, deseé que lo hiciera, quise que sufriera. Ahora, puede que no lo tenga tan claro…
—Mamá, ¿cómo sabes quién es el indicado? Quiero decir… Yo creía que Leo era diferente, ¿sabes? Creía que él era el amor de vida…
—Ay, cariño… —resoplo, dándole un beso cariño en el pelo, antes de proseguir—. Solo tienes diecisiete años… Aún te quedan muchos candidatos a amor de tu vida por conocer.
—Pero tú conociste al tuyo con más o menos mi edad… —Aprieto lo labios y miro hacia la ventana. Acaricio su espalda con mi mano, pensativa. Entonces ella se incorpora y me mira—. ¿No? Conociste a papá cuando teníais quince, ¿no?
—Algo así, sí…
—Cuéntamelo.
Camino por el pasillo, agarrando la carpeta contra mi pecho.
—¡Eh, Jill! ¡Jill!
Erik se coloca a mi lado y pasa un brazo por encima de mis hombros.
—¿Dónde estuviste ayer por la tarde? No viniste a verme entrenar…
—Estuve haciendo un trabajo en la biblioteca.
Y es una verdad a medias. Estuve haciendo un trabajo en la biblioteca. Durante una hora. Lo que tardaron en echarnos por hablar demasiado, pienso, recordando la maravillosa tarde anterior.
—¿Ves algo interesante? —le pregunté después de llevar más de quince minutos con la cara enterrada en el libro.
—Así me gusta, que seas optimista.
—¿Perdona?
—Me conmueve que sigas creyendo que hay algo interesante en estos tochos —dijo, señalando ambos libros. Me dejó con la boca abierta, mirándole con una ceja levantada—. ¿En serio te gusta esto?
—Shhhh… —Se escuchó a lo lejos, seguramente por parte de la bibliotecaria, a la que ambos miramos de reojo, girando nuestras cabezas.
—No especialmente —contesté susurrando—. Pero seguro que me gustará menos la charla de mis padres cuando les lleve la asignatura suspendida.
Sopesó mi respuesta durante unos segundos, y cuando yo volví a clavar los ojos en el libro, él volvió a la carga.
—¿Qué te gusta?
—¿Cómo?
—¿Qué te gusta hacer?
—Shhhh… Chicos, por favor… —insistió la bibliotecaria, esta vez plantada a nuestro lado.
—No sé… —contesté confundida cuando esta se alejó lo suficiente.
—Es una pregunta muy fácil… Te echo un cable. A mí me apasiona la música. Tocarla, sentirla, cantarla…
—Eh… No sé… ¿Leer…?
—No lo dices muy convencida…
—Me temo que no soy tan pasional como tú…
—Lo dudo.
—No me conoces.
—Tengo buen ojo para la gente. Hagamos una cosa. Vayámonos de aquí y te lo demuestro.
—¡¿Qué dices?! —pregunté, en un tono demasiado alto para el aguante de la bibliotecaria.
—Tercer aviso, chicos. Os tengo que pedir que os marchéis.
—Lo sentimos… —balbuceé yo.
—De acuerdo. Nos vamos —dijo Chris, recogiendo sus cosas y las mías y poniéndose en pie.
Y me dejé arrastrar por él, no solo fuera de la biblioteca, sino que le seguí hasta una tienda de discos. Me llevaba de la mano, y no me soltó hasta que estuvimos delante de uno de esos auriculares en los que puedes escuchar un CD.
—Toma. Póntelos.
Como un autómata, embriagada por su decisión, me los puse y dejé que pulsara el play y subiera el volumen. Él hizo lo mismo y enseguida empezó a mover la cabeza al ritmo de la canción que él estaba escuchando. Se puso a hacer que cantaba, cerrando la mano frente a su boca, como si llevara un micrófono. Yo le miraba embelesada. Enseguida me sacó varias carcajadas, y me descubrí imitándole y saltando mientras hacía ver que cantaba, moviendo la cabeza a uno y otro lado, haciendo oscilar mi pelo. Cuando mi canción acabó y abrí los ojos, él me estaba mirando con una sonrisa de oreja a oreja, achinando sus increíbles ojos azules, haciendo aparecer un par de hoyuelos en ambas mejillas.
—¿Has visto como esto te gusta más que las ciencias? —dijo entonces, y fui incapaz de contradecirle.
Mientras me acompañaba a casa, hablamos de cosas más personales y descubrí que su madre había muerto hacía pocas semanas, después de una larga enfermedad que la fue consumiendo lentamente. Me contó que tuvo que dejar de ir al instituto para cuidarla y vender todas sus posesiones para poder pagar los medicamentos. Me contó que era plenamente consciente de que lo perdía todo para pagar algo que paliaría sus dolores pero que, en ningún caso, la curarían. Así fue como acabó viviendo en Nueva York, con un padre que no sabía siquiera que Chris existía. Y me lo contaba con un brillo especial en los ojos, mientras yo era incapaz de ponerme en su lugar.
Fue entonces cuando supe que sí había algo que me apasionaba: Chris Taylor.
—Esta vez te lo perdono, pero al partido de mañana no puedes faltar.
Entonces le veo. Está delante de su taquilla, guardando la mochila y cogiendo el almuerzo. Cuando la cierra y se da la vuelta, nuestros ojos se encuentran. Yo sigo caminando, mirándole de reojo mientras él me sigue con la mirada, sonriendo de medio lado, justo antes de cerrar la mano en forma de puño frente a su boca y empezar a bailar. Consigo ahogar una carcajada, cerrando la boca, y me veo obligada a agachar la cabeza para que Erik no se dé cuenta de ello.
—¿Quién es ese?
—¿Eh?
—Ese —insiste, mirando hacia Chris, el cual sigue sonriéndome.
—Ah… Un compañero de clase.
—¿Te molesta?
—¿Qué? ¡No…! No… Él solo… Somos compañeros de pupitre en… ciencias, creo… —contesto de la forma más distraída posible.
Disimulo, haciendo ver que no he cruzado con él más de cinco palabras, intentando que Erik no se dé cuenta de que, desde ayer, Chris se ha convertido en el protagonista de todos mis pensamientos.
Al salir al patio, nos sentamos en la mesa donde están ya todos los compañeros de equipo de Erik. Un par de chicas se sientan también y empiezan a hablarme, pero yo ya no las escucho. En vez de eso, sigo con la mirada a Chris, que camina hacia una mesa vacía, haciendo oscilar su bolsa marrón hacia delante y hacia atrás, silbando una canción. Sonrío abiertamente, mordiéndome un poco el labio inferior, cuando nuestros ojos se vuelven a encontrar. Me saluda levantando las cejas, gesto que yo imito.
—¿Qué haces? —me pregunta entonces Erik.
—Nada… —contesto.
—¿Y ese capullo qué mira?
No me da tiempo a contestarle, que ya le veo en pie, caminando con paso decidido hacia Chris.
—¡¿Erik…?! ¡Erik, ¿qué haces?! —le pregunto, pero él no me escucha.
—¡Eh, tú! —le grita a Chris—. ¡¿Se puede saber qué haces?!
—¿Quién, yo? —pregunta Chris, mirando a un lado y a otro.
—¡Sí, tú! ¡Estás mirando a mi novia!
—¿Perdona…?
—¡Te prohíbo que le sonrías a mi novia! —grita de nuevo, señalándome.
Entonces, cuando Chris me mira frunciendo el ceño, me limito a agachar la cabeza, fijando la vista en mis pies. No quiero meterle en problemas, porque sé cómo se las gasta Erik.
—Aclaremos esto antes de que haya algún otro malentendido… Soy un tipo bastante simpático y tengo la mala costumbre de ser amable con la gente que me cae bien. Así que suelo sonreírles, e incluso hablarles, oye… Y, joder… mira que lo siento, ¿eh? Pero tu novia me cae bien, así que es muy probable que le vuelva a sonreír, a saludarla, e incluso charle con ella.
La cara de Erik va enrojeciendo por segundos, igual que la mía, aunque sospecho que por motivos muy diferentes.
—Y llámame iluso —prosigue—, pero tengo la esperanza de que algún día se dé cuenta de que eres un puto neandertal que no aportará nada de… pasión a su vida, y acepte salir conmigo.
Sin pensárselo dos veces, Erik se abalanza sobre Chris y le asesta un fuerte puñetazo que le tira al suelo. A pesar de ello, Chris consigue revolverse y darle una patada a Erik, que le hace perder el equilibrio. En ese momento, cuando el cerco de gente alrededor de ellos se había hecho muy numeroso, aparecen un par de profesores que, después de un rato haciéndose paso, consiguen acercarse y separarles. Cuando consigo ver la cara de Chris, tiene sangre en la ceja y el labio, mientras que Erik parece estar ileso, al menos físicamente, porque anímicamente ha recibido una soberana paliza. Le sigo con la mirada mientras se lo llevan, seguramente a la enfermería. Y Erik me mira a mí, con expresión confusa, quizá consciente de que siento lo mismo por Chris que él por mí.
—Es la petición para salir más extraña que he oído en mi vida —interviene Cassey—. ¿Y qué hiciste? ¿Le seguiste? ¿Le dijiste que sí querías salir con él?
Niego con la cabeza, justo antes de explicárselo.
—Sonó el timbre para volver a clase, y es lo que hice. Tocaba ciencias, y mientras el profesor hablaba, yo no hacía otra cosa que mirar el sitio vacío a mi lado. Recuerdo estar muy nerviosa, picando con el bolígrafo sobre el libro abierto frente a mí. Estaba hecha un lío… Mientras que mi cabeza intentaba obligarme a seguir la clase, mi corazón me pedía que corriera hacia la enfermería, latiendo tan fuerte que no me explicaba cómo nadie lo escuchaba.
—Dime que hiciste caso a tu corazón… —interviene Cassey, con las dos manos frente a la boca.
—Me levanté y empecé a caminar hacia la puerta. Todos me miraban, y el profesor me preguntó si me encontraba bien. Negué con la cabeza, por inercia, no porque realmente me encontrara mal, y corrí por el pasillo hacia la enfermería. Cuando entré, le vi sentado en la camilla, mientras la enfermera le ponía un apósito sobre la ceja. El ruido de la puerta al cerrarse le alertó de mi presencia. Nos miramos, nos sonreímos y caminé con decisión hacia él. Agarré su cara entre mis manos y le planté un beso en la boca. Sin más.
A Cassey se le escapa un largo suspiro que provoca mi sonrisa.
—Y desde ese día, no volvimos a separarnos. Logró contagiarme su pasión por la música, por bailar, por cantar a pleno pulmón, por reír a carcajadas, por pasear bajo la lluvia, por acurrucarme en el sofá con un buen libro, por tomarnos unas cervezas con amigos, por llevar a Max al parque, por hacer el amor… Básicamente, por todo lo que pudiera hacer con él.
—¿Cuándo supiste que era el indicado?
Resoplo por la nariz, sonriendo sin despegar los labios. Levanto la vista hacia el techo, pensativa, aunque en realidad no necesito pensar demasiado para recordar ese momento con todo lujo de detalles.
—Tu padre me gustó desde el mismo momento en que le vi, aunque no lo supe ver entonces. Me quedé prendada de sus ojos, por supuesto, de sus hoyuelos, de su manera de achinar los ojos al sonreír… Pero no habíamos hablado prácticamente nada. Salir con Erik era la opción cómoda. Era uno de esos tipos populares que juegan al fútbol. No es que saliéramos de forma oficial, porque el tipo nunca me lo pidió, pero pasábamos mucho tiempo juntos. No me gustaba, en realidad, aunque era guapo. Supongo que me… acostumbré a estar con él.
—Qué horror… Estar con alguien por costumbre.
—Patético, lo sé, pero es la verdad. En fin, que yo salía con ese tipo cuando apareció tu padre. Intercambiamos unas cuantas frases un día, y luego ya nada. Compartíamos algunas asignaturas, pero no teníamos nada más en común. Yo estaba en el grupo de los “populares” y tu padre no se relacionaba con nadie. Era como si… no encajara allí. Pero entonces nos emparejaron para hacer un trabajo juntos, y fue como… ¡boom! 
Realmente, no sé cómo explicárselo con otras palabras, porque eso fue lo que pasó exactamente.
—Guau… —susurra Cassey, totalmente concentrada en mi historia, demostrándome que me ha entendido perfectamente.
—Él era diferente a todos los chicos que había conocido. No había tenido una vida fácil, había sufrido demasiado. Seguía sin encajar entre el resto, pero entonces fue cuando me di cuenta que yo estaba más a gusto con alguien como él que como Erik. Él le dio vida a mi rutina y quiero pensar que yo le di estabilidad a su vida. Nos complementábamos.
—Joder… —dice, con la voz tomada por la emoción—. Confirmado. No he encontrado aún al amor de mi vida, pero cuando lo haga, quiero todo eso que acabas de contar.
Pero entonces, años después, me hizo llorar y yo, como Cassey hoy, me di cuenta de que no merecía que derramara ni una lágrima por él, pienso, aunque no me atrevo a decirlo en voz alta.
Y así fue como, cuando todo acabó, se esfumó mi pasión.
◆◆◆

—Soy patética… No debería haber venido… Esto es acoso de manual… —me sermoneo.
Llevo un buen rato apostada en la esquina del callejón, a salvo del curioso de Ron y, sobre todo, de la ventana que he venido a observar. Estoy escondida, como ya hice la vez anterior que vine, hace unos meses. Esa vez, porque sabía que no le vería. Esta vez, porque, aunque sé que es probable que esté, en ningún caso quiero que me vea.
En realidad, no sé por qué he venido, pienso mientras empiezo a dar media vuelta y volver a casa, pero entonces, se abre la ventana. Se me corta la respiración y aprieto la espalda contra la pared de ladrillo del edificio de delante, como si fuera un camaleón y pudiera camuflarme. Me quedo inmóvil durante un buen rato, esperando a verle aparecer, y cuando ya pensaba que eso no sucedería, le veo aparecer poco a poco. Primero una pierna, luego el resto del cuerpo, y por último su mano izquierda agarrando su guitarra. Se queda plantado en mitad del descansillo de la escalera de incendios, inmóvil durante un buen rato, como si tuviera miedo de perder la verticalidad.
Cuando se sienta en las escaleras, dándome la espalda, me relajo un poco e incluso me permito el lujo de sonreír. Pero eso me dura poco, lo que él tarda en dejar la guitarra en el suelo, y agarrarse la cabeza con ambas manos, hundiendo la cara en sus palmas.
—Estás sufriendo… —susurro, como si de repente me diera cuenta de que quizá estaba equivocada.
Incluso a esta distancia soy consciente de su terrible lucha, y siento como si debiera correr a abrazarle, pero tengo que ser fuerte. Yo también pasé muchas noches sola, sentada en esas mismas escaleras, llorando y sufriendo. Yo también necesité un abrazo, y él no vino a dármelo. Así que tengo que ser fuerte, dar media vuelta e irme a casa. Y como si me hubiera escuchado, Chris se levanta de golpe, agarra la guitarra por el mástil y le veo perderse por la ventana, prácticamente tirándose al interior.
Y entonces sé que está pasando por el mismo calvario que yo: sintiendo demasiado, sufriendo en soledad a pesar de estar rodeado de gente, perdido en su propia casa, intentando ser fuerte estando roto por dentro.
—Es su tercer intento que yo haya visto. —Sobresaltada, me doy la vuelta y descubro a Ron, mirándome con timidez desde una cierta distancia—. Lo siento. No pretendía asustarte.
Los dos volvemos a mirar hacia la ventana, ahora ya cerrada. Me coloco algunos mechones de pelo detrás de las orejas y me quedo cruzada de brazos.
—Puede que sea demasiado pronto —digo con la voz tomada por la emoción.
—Puede que lo sea. Pero miraos, ninguno de los dos dejáis de intentarlo…
—Yo no intento nada…
—Y sin embargo aquí estás, ¿no?
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Vie 25 Mayo - 7:31

Jill lo esta llevando desmasiado bien, no se si yo seria tan comprensiva con todo.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Sáb 26 Mayo - 5:49

CAPÍTULO 25
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé que el viento me susurrara al oído
—¿Estarás bien? —me pregunta mi padre.
—Sí, tranquilos.
—En el congelador no te cabe más comida, así que esta noche tendrás que cenar la lasaña y mañana comer las albóndigas. El resto, está todo ahí. Solo tienes que sacarlo y calentar…
—Gracias, Livy —sonrío agradecido—. Pero, ¿no crees que te has pasado un poco? ¿Por cuántos días os vais?
—Tonterías. Así me aseguro que si viene Cassey, tendrás algo comestible para darle.
—Siempre le doy algo comestible…
—De acuerdo. Algo diferente a pizza, entonces.
—No comemos siempre pizza… Ella sabe cocinar bastante bien.
—Explotador —interviene mi padre—. No has cambiado nada. Aún me acuerdo cuando conseguía que la madre de Jill le preparara fiambreras llenas de comida…
—O cuando me pidió que le guardara las sobras de aquella cena de Nochebuena —añade Livy, muerta de la risa.
—Cualquier cosa con tal de librarme de su pasta con tomate —me justifico señalando a mi padre, que me agarra por el cuello y me zarandea de forma cariñosa.
—Volveremos en un par de semanas —me informa cuando me suelta—. Vamos a ver cómo está la casa antes de poder ir con Cassey, como le prometimos… Seguramente habrá que hacer algún arreglo en el jardín, quizá pintar alguna contraventana… Nos vendrían bien un par de manos extra. ¿Seguro que no quieres venir con nosotros?
—Papá, por favor… —resoplo—. Sé lo que intentas…
—¿Mano de obra gratis? Porque no te pienso pagar…
—Puedo quedarme solo. Estaré bien —insisto.
Ambos me miran sin poder ocultar su preocupación. Entonces Livy se cuelga del brazo de mi padre y se lo acaricia de forma cariñosa.
—Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que llamar a tus hermanos… Ya sabes… Max estará pendiente de ti…
—Papá, por favor… —resoplo de nuevo.
—Y nosotros estamos solo a unas horas en coche. Si nos necesitas, podemos volver enseguida… —añade Livy.
—Sé que no os he dado motivos para confiar en mí, sé que he prometido dejarlo millones de veces, sé que os he mentido, sé que os he hecho daño, sé que os he hecho sufrir, pero os aseguro que ya no soy ese Chris. Os prometo que he cambiado y, aunque sé que no lo voy a conseguir de la noche a la mañana, os aseguro que no me voy a rendir. Esta vez no.
Ahora los dos sonríen, asintiendo con la cabeza, satisfechos. En ese momento, me suena el móvil y veo el nombre de Max en la pantalla.
—Bueno… Nosotros nos vamos… —se apresura a decir mi padre, al tiempo que yo descuelgo.
—Hola, Max.
—Hola, colega. ¿Qué haces? He acabo mi turno. ¿Quieres que me pase a verte y…?
—Podrías disimular un poco y esperar al menos a que se hubieran ido, ¿no?
—¿Aún están ahí?
—Ajá… Os estáis tomando al pie de la letra vuestro plan para no dejarme ni un minuto solo, ¿no?
—Solo estamos preocupados, Chris.
—Nos vamos… Ahora sí… —susurra Livy, dándome un abrazo.
—Por si luego te llama Lexy para intentar convencerte para pasar tiempo juntos, yo no tengo nada que ver… Y si luego te llama Jimmy para trasladarse aquí por unos días, tampoco —dice mi padre, señalando a Livy disimuladamente.
Segundos después, escucho el ruido de la puerta al cerrarse, y me dejo caer en la banqueta, dando la espalda al piano.
—Ya me han dicho que serás algo así como mi “perro guardián”.
—Solo si me lo pides, ya lo sabes.
—Siento que te hayas visto obligado a ser responsable de mí… Debería ser al revés, pero, ya ves…
—Lo hago encantado. Siempre me ha gustado pasar tiempo contigo.
—No mientas. No siempre.
—Cuando yo estaba tarado, tú querías pasar todo el tiempo del mundo conmigo. —La descripción de sí mismo me hace reír, como cada vez que la usa. Lo curioso es que no la usa solo consigo mismo, sino también conmigo, y lejos de molestarme, me hace sentir muy cerca de él—. Así que cuando tú lo estabas, por supuesto que quería devolverte el favor. Chris, yo sí quería pasar tiempo contigo, eras tú el que no quería.
Nos quedamos un rato callados. Yo asimilando sus palabras, él sabiendo que lo estoy haciendo. Así ha sido siempre. Esa siempre ha sido nuestra conexión, desde el mismo momento en que nos vimos. Yo sabía que era sordo, pero, en realidad, nunca nos hizo falta hablar para entendernos.
—¿Vas a ver a Cassey estos días? —me pregunta al final.
—Sí —contesto sonriendo—. Ella ya lo sabe todo acerca de este sitio…
—¿En serio? ¿Y qué te dijo?
Abro la boca para contestarle justo en el momento en el que suena el timbre.
—Espera, que llaman a la puerta —digo mientras camino hacia ella. Cuando abro, frunzo el ceño y, como un tonto, descolocado, miro la pantalla de mi móvil—. ¿Qué cojones haces aquí? Pensaba que estabas saliendo del hospital…
—Te mentí. Ya estaba aquí al lado —contesta colgando la llamada y guardando su teléfono en el bolsillo del pantalón—. Pero traigo cerveza para pedirte perdón.
—No bebo alcohol.
—Es sin alcohol. Si esto no es amor de hermano, que baje el de arriba y lo vea.
—Pasa —le pido, apartándome a un lado y dándole una colleja cariñosa cuando pasa por delante de mí.
Le sigo hasta la cocina y espero a que abra las dos botellas. Con ellas ya en la mano, caminamos hasta el salón.
—¿Y bien? —insiste.
Entonces, sin darle mayor importancia, abre la ventana y sale a la escalera de incendios. Le observo durante unos segundos, viéndole sentarse en los peldaños metálicos, levantando la cabeza y dejando que el sol caliente su cara. Cuando abre los ojos y me ve al otro lado, indeciso, levanta las cejas y busca mi mirada.
—¿No vienes? —Me lo pienso durante unos segundos, pero entonces él vuelve al ataque—: Me ha contado un pajarito que aún hay cosas que te cuestan un poco… Pero estoy aquí para ayudarte. No te estoy pidiendo que salgas a cantar. Sé que eso solo lo podrás hacer con Jill. Sal sin la guitarra, solo sal aquí fuera. Sal… al mundo, y demuéstrale que estás mejorando.
Salgo y me siento en el suelo, apoyando la espalda en la fachada.
—Alucinó, ¿sabes? Para bien. Ella… cuando se lo dije, cuando le conté por qué compré este piso, por qué no quiero hacer ninguna reforma, por qué quiero dejarlo todo como estaba, se emocionó y me abrazó y… Joder, Max… Fue como si de repente, nuestro vínculo estuviera ahí, como si nunca nos hubiéramos separado. Y luego quiso que me sentara con ella frente al piano y que le cantara… Lloré, ¿sabes? Me asusté y la abracé.
—¿Te asustaste?
—Sí… Ese momento fue como un tortazo de realidad en la cara. Y entonces supe que no podría soportar que ella se fuera. No puedo perder a Cassey, Max.
—¿Y por qué la ibas a perder?
—¿Y si no consigo salir del todo? ¿Y si me hundo? ¿Y si soy débil? ¿Y si los miedos de papá y tu madre, los de todos vosotros, no son infundados?
—Yo creo en ti, Chris. Y no solo creo en tu fuerza de voluntad, o tus ganas de salir de esa mierda, o en las de volver a los escenarios, sino también creo que, ahora sí, serás capaz de pedir ayuda si la necesitas. Nos desviviremos por ayudarte. Tenlo claro. Incluso Jill.
Asiento pensativo, bastante más animado. Las charlas con Max siempre me han venido bien, incluso cuando lo más elaborado que entonaba era un emocionante “te quiero a tú”.
—Aún te miro y te sigo viendo como ese crío pequeño y curioso que se convirtió en el centro de nuestro universo de la noche a la mañana. Te recuerdo con los ojos muy abiertos, intentando comprender el mundo que giraba a tu alrededor a toda pastilla, ¿y sabes qué? Que me doy cuenta de que lo entendiste antes que nadie. Tardaste en aprender a hablar, pero cada vez que lo haces, consigues que todos se paren a escucharte. Eres mi héroe, desde siempre, y quiero que sepas que estoy orgulloso de ti. Mucho.
—Tú me hiciste así. Si Bono, tú y tu padre no hubierais aparecido en nuestras vidas, no sé qué habría sido de mí…
—Habrías crecido rodeado de mujeres.
—Oh, joder… Sí… —dice, simulando que un escalofrío recorre su cuerpo, justo antes de empezar a reír.
Se acerca a mí y se sienta a mi lado. Me mira de reojo, sonriéndome de medio lado. Aún puedo ver algún resquicio de ese niño rubio, pienso mientras paso un brazo por encima de sus hombros y le atraigo hacia mí.
—Gracias por todo —le digo.
—Pensaba que había quedado claro que el afortunado fui yo.
—Lo dejaremos en un empate, entonces.
—Te echaba de menos, Chris —comenta un rato después—. Echaba de menos a mi hermano mayor…
—Lo siento, ¿sabes? Quiero que sepas que recuerdo algunos momentos… jodidos… Momentos en los que no me comporté demasiado bien contigo…
—No pasa nada. Ese no era mi hermano mayor… —me tranquiliza, encogiéndose de hombros.
Levanto la vista al cielo y me vienen a la memoria algunos de esos momentos. Es curioso cómo la mente te juega esas malas pasadas. Cuanto más te esfuerzas en olvidar todo eso, más vívidos son los recuerdos. Quiero pensar que es para ayudarte a evitar cometer los mismos errores.
◆◆◆

—¿Te las apañas bien?
—Sí, tranquila.
—Bien. ¿Tienes comida?
—Puedo montar un restaurante con toda la que me ha dejado tu madre.
—Perfecto. ¿Tienes ropa limpia?
—Lexy, por favor…
—¿Qué? ¿Acaso sabes poner lavadoras?
—Pues sí… Supongo, al menos.
La escucho resoplar antes de volver a la carga:
—¿Algún pensamiento impuro que deba saber?
—¿Cómo? ¿Ahora pretendéis controlar incluso mis sueños húmedos?
—¡No, por Dios! Me refiero a tentaciones que te lleven por el mal camino de nuevo…
—No. Podéis estar tranquilos.
—¿Has tirado ya la dichosa pared? —Abro la boca para contestarle, pero enseguida la escucho reír al otro lado—. Me encanta hacerte rabiar. Sigue siendo igual de fácil que antes.
Como me pasó con Max, nos quedamos en silencio durante un rato, escuchando nuestras respiraciones. De fondo, suena la música de Etta James, sonando en mi tocadiscos.
—¿Qué planes tienes?
—¿Planes… de vida en general, de fin de semana, para un futuro próximo…?
—¡Para esta noche, idiota!
—Me encanta hacerte rabiar —digo, imitando sus palabras de antes—. Voy a desembalar alguna caja que aún queda por aquí, cenar cualquier cosa y luego irme a la cama. Quizá incluso salga a dar una vuelta.
—¿Con el viento que sopla?
—Me gusta el viento.
La música atronadora hace retumbar las paredes. El volumen está tan alto, que soy incapaz de escuchar sus jadeos aun teniendo su boca pegada a mi oreja. A lo lejos, creo escuchar cómo llaman a la puerta, pero no tengo ninguna intención de ir. Tampoco creo que ella me deje alejarme demasiado.
Giro la cabeza para mirarla. Es preciosa, de eso no cabe duda. Y tenemos muchas cosas en común. Es una modelo con fama internacional, ambos tenemos éxito y somos aclamados allá por donde vamos, sabemos pasárnoslo bien, y el sexo es cojonudo. La pareja perfecta, según las revistas del corazón y las redes sociales. Aun así, a pesar de todo, no puedo continuar mirándola. Necesito cerrar los ojos y seguir imaginando que es Jill la que está conmigo. Es algo que se había convertido en costumbre, cerrar los ojos y camuflar la realidad.
Cuando acabamos, aun resoplando del esfuerzo, me estiro boca arriba y clavo la mirada en el techo esculpido de la habitación de hotel que compartimos. Estoy de gira y ella se ha acercado a verme y pasar unos días conmigo. No sé si lo ha hecho porque está enamorada de mí o porque nuestra relación le da una publicidad extra que le viene muy bien a su caché como modelo.
Apoya la cabeza en mi pecho y lo acaricia con sus uñas de forma distraída.
—Podría quedarme así todo el día…
Agarra el enorme edredón blanco y, colocándose encima de mí, nos tapa a ambos. El pelo cae a ambos lados de su cara, enmarcando la mía también. Sonríe de oreja a oreja, enseñando sus perfectos dientes blancos. Debería estar feliz. Cualquiera soñaría con estar en mi lugar, pero yo sigo queriendo estar entre los brazos de Jill.
De repente, todo me parece demasiado íntimo y abrumador, así que la aparto y, desnudo, me levanto de la cama, me preparo una raya de coca y la esnifo enseguida. Me limpio la nariz, sorbiendo los restos. Luego me acerco al mueble-bar y me sirvo un whisky doble. Me lo bebo de un trago y me sirvo otro. Cuando estoy a punto de llevármelo a los labios, la escucho hablarme:
—Chris, ¿no crees que deberías relajarte un poco? Son solo las diez de la mañana.
—Deja de darme sermones.
—Chris, solo intento decirte que algún día te encontrarán muerto por culpa de una puta sobredosis, ¿y sabes qué?! Eso queda muy mediático y seguro que las ventas de tus discos se dispararían, pero morirse es una putada.
Sin dejarla acabar, me pongo un vaquero y una camiseta de manga corta y salgo al enorme balcón de la habitación. Apoyo las palmas de las manos en la balaustrada de piedra y dejo que la brisa acaricie mi cara. A lo lejos, sigo escuchando su voz. Giro la cabeza para mirarla. En ese momento, ya vestida con una camisa que le cubre por debajo del trasero, me señala con un dedo. Me siento algo mareado, pero, por suerte, sé cuál es el remedio para sentirme bien de nuevo. Así que vuelvo a cerrar los ojos e imagino que es ella la que me acaricia, y que es su voz la que me susurra al oído.
Y así fue como, cuando todo acabó dejé que el viento me susurrara al oído.
Lo que también acabó pronto fue esa relación. Básicamente, lo que tardó en darse cuenta de que lo nuestro no iba a ir mucho más allá. Ella soñaba con tener hijos, yo solo quería dormir caliente por las noches. No quería nada serio con nadie. Durante mucho tiempo, solo le fui fiel al viento. Cada vez que soplaba con fuerza, soñaba que ella me hablaba y me acariciaba.
Entonces, me doy cuenta de que Lexy sigue al otro lado de la línea.
—¿Sigues ahí?
—¿Acaso creíste que te iba a abandonar? —me pregunta—. Solo estaba… dejándote algo de tiempo para echar la vista atrás.
—Supongo que tienes razón… Creo que, durante demasiados años, me obligué a no recordarla porque sabía que dolería demasiado.
—¿Y ahora estás preparado para hacerlo?
—Duele igual, y a eso nadie se acostumbra. Pero necesito ser consciente de lo que hice. La realidad me ayuda a recuperarme, aunque duela.
—Te echaba de menos, ¿sabes?
—¿Tú también? —le pregunto divertido al recordar esas mismas palabras en boca de Max.
—Me encanta cuando te pones trascendental. ¿Te acuerdas de nuestras charlas en aquellos tiempos en los que ambos nos sentíamos unos completos incomprendidos? ¿Cuándo tú te creías un huérfano abandonado y yo una completa incomprendida? —Se queda callada durante unos segundos, antes de añadir—: Mi adolescencia fue genial gracias a ti.
◆◆◆

Al escuchar el timbre, salgo de la ducha a toda prisa, anudándome una toalla a la cintura. Después de dar algún traspiés y de llevarme un par de golpes en las espinillas, abro la puerta al repartidor de comida china, el cual me mira de arriba abajo.
—Gracias —le digo, tendiendo la mano para que me dé la bolsa mientras con la otra aguanto un billete de veinte dólares.
—¿Eres…? ¿Tú eres…? —balbucea.
—Eh… Sí, soy, supongo…
—Pero… —Mira alrededor, sin creerse que alguien como yo viva en un edificio como este y pida comida china del restaurante cutre del barrio.
—Puedes quedarte con el cambio, si quieres —le corto para que se dé prisa.
—¿Puedo… hacerme una foto contigo?
—¿Conseguiré que me des la comida con eso?
—Eh… Sí. Perdona —dice, tendiéndome la bolsa. Se coloca a mi lado y alza el móvil. Sonrío, intentando no parecer forzado, y cuando la hace y la mira, añade—: Mi novia va a flipar. Gracias.
—Gracias a ti por la comida.
—Cuando quieras. Llama, pide y te la traigo yo personalmente.
Sonrío mientras cierro la puerta. Dejo la comida sobre la mesa de delante de la tele y me dirijo al dormitorio para ponerme un vaquero y una camiseta cualquiera. Cuando vuelvo al salón, mi móvil empieza a sonar.
—Ya decía yo que hacía dos horas escasas que no llamaban para saber qué hago… —resoplo, hasta que veo el nombre de Cassey en la pantalla—. ¡Eh! ¡Hola!
—¡Papá! ¡Soy Cassey! ¡Ven a casa, por favor! ¡Te necesito! ¡Mamá…! ¡Ella me hablaba mientras cortaba y…! ¡No debí distraerla!
—¡¿Qué?! ¡Cassey, más despacio! —grito, poniéndome en pie y caminando hacia la puerta, cogiendo las llaves del coche de camino.
—¡Ella se ha hecho un corte muy feo con un cuchillo! ¡Y no paraba de sangrar! ¡Y se cayó redonda, desmayada, dándose un golpe en la cabeza al caer…!
—Estoy de camino, Cass. Dime vuestra dirección —digo, intentando sonar lo más calmado posible.
Tarda un poco en responder, consciente de repente de que no tengo ni idea de dónde viven. Mientras corro por la acera hasta donde tengo aparcado el coche y entro en él, trazo el itinerario hasta su casa mentalmente.
—Cassey, ¿sigues ahí?
—Sí.
—El corte. ¿Has taponado la herida?
—Sí… Con un trapo de cocina.
—Bien. Dices que se ha dado un golpe en la cabeza al caer. ¿Se ha hecho herida?
—No… Creo que no…
—Pero, ¿se ha desmayado por la sangre o por el golpe?
—Por la sangre, seguro.
—De acuerdo. Bien. Bien. Estoy de camino. Tranquila, ¿vale?
—No sabía qué hacer. No sabía a quién llamar. Quizá… debería haber llamado a una ambulancia… Estoy asustada, papá…
—Tranquila. Lo has hecho genial —intento tranquilizarla, sin poder evitar sentirme orgulloso al saber que he sido su primera opción.
Afortunadamente, llegar a su casa no me ha llevado más de quince minutos. Cierto es que me he infringido algunas normas de circulación, como saltarme el límite de velocidad, invadir alguna acera y obviar el color de algún semáforo.
—Cassey, ábreme—digo, aún con el teléfono pegado a la oreja, corriendo hacia el portal.
Subo los pisos como un loco, hasta que veo una puerta abrirse y me cuelo por ella sin esperar a ser invitado. En cuanto llego al salón, seguido de cerca por Cassey, me freno en seco al verla tendida en el suelo.
—He intentado arrastrarla hasta el sofá, pero…
Empieza a decir Cassey, pero enseguida soy incapaz de entender una sola palabra más. Tampoco puedo moverme del sitio, e incluso dudo que pueda respirar con normalidad. Lo único en lo que puedo pensar es en que, después de tantos años, estoy de nuevo frente a ella.
—Papá… —Cassey me zarandea, devolviéndome a la realidad.
Entonces, recorro los escasos pasos que nos separan y me arrodillo frente a ella. Paso mis brazos por debajo de su cuerpo y lo alzo, poniéndome en pie. Su cabeza está apoyada en mi pecho, con su cara a escasos centímetros de la mía. Su respiración es calmada, así como su expresión, relajada y confiada. Por unos segundos, imagino que es porque sabe que estoy a su lado y que no tiene nada que temer. Me gustaría decirle tantas cosas, pero me conformo con sostenerla y mirarla.
—Las llaves de mi coche están en el bolsillo derecho —le informo a Cassey, acercándole mi cadera para que las coja.
En cuanto lo hace, nos damos prisa para salir del apartamento. Bajo las escaleras con cuidado, mirando dónde pongo el pie. De vez en cuando, la miro, intentando grabar su expresión en mi cabeza para recordarla más tarde. Tiene la boca un poco abierta, y los labios algo secos. Está algo pálida, y advierto algunas arrugas en los ojos y la comisura de la boca. Mi mente vuela y nos imagina en otro lugar, muy lejos de aquí. Ella mirándome fijamente, apoyando la mano en mi pecho y luego subiéndola hasta acariciarme la mejilla…
—No tengo carnet de conducir… —susurra Cassey a mi espalda.
Cuando vuelvo a la realidad, estamos frente a mi coche. Ella ya ha abierto la puerta, y está esperando expectante mi reacción.
—De acuerdo… Ponte atrás con tu madre —le digo.
Cassey entra y se echa a un lado, mientras yo entro con Jill en brazos. Cuando la estiro con sumo cuidado, reconozco que me cuesta separarme de ella, y me quedo un rato mirándola a una corta distancia, tentado de acariciarla o incluso besarla. Cassey se da cuenta de ello, así que, algo avergonzado, me separo y corro para sentarme frente al volante.
Mientras conduzco, no dejo de mirar por el retrovisor interior. Intento no parecer asustado, para no poner más nerviosa a Cassey.
—No pasa nada, Cass. Se va a poner bien. Es solo el golpe. Ya lo verás.
—Sí… —contesta, aunque no demasiado convencida—. Mamá es muy aprensiva y odia la sangre… Es una blanda…
Intenta sonreír, aunque enseguida vuelve a ensombrecer su expresión.
—¿Has llamado a alguien más…? Quizá a tu abuelo…
—No lo pensé. Estaba asustada y solo pensé en ti… Quizá debería haber llamado a una ambulancia, pero… fui egoísta. Estaba asustada y solo pensé en mí. Debería, ¿no? No sé si estará en la ciudad…
—Hiciste bien, Cass. Tranquila. Puedes llamarme siempre que lo necesites. Ya lo sabes. Y tu madre también.
Poco rato después, aparco en el parking de urgencias del hospital y corro para volverla a coger en brazos. Cargando con ella, corremos hacia la puerta. Los gritos de Cassey enseguida alertan a un par de enfermeras que salen a nuestro encuentro.
—¿Qué ha pasado?
—Se cortó y se desmayó. Pero al caer se dio un golpe en la cabeza… Creo… —explica Cassey a una de ellas—. Yo estaba en mi habitación, y escuché solo un golpe…
—De acuerdo. Esperen en esta sala. Cuando sepamos algo, les avisaremos.
Las puertas basculantes se cierran en mis narices. Inmóvil, observo a través de la pequeña ventana cómo se llevan a Jill hacia uno de los boxes de pruebas. Incluso después de perderles de vista, sigo ahí plantado. Me miro los brazos, en los que hasta hace poco la sostenía, sintiéndome abrumadoramente solo de repente.
—Mi abuelo viene para aquí… —escucho que me dice Cassey.
Me doy la vuelta y la veo cabizbaja, apoyando la espalda contra una de las paredes.
—Ven aquí —le digo, tirando de su mano hasta tener su menudo cuerpo entre mis brazos.
Le doy un fuerte abrazo, acariciando su espalda, con los labios apoyados en su pelo, mientras siento sus manos a mi espalda, aferrándose con fuerza de mi camiseta. Entonces la escucho reír, cada vez con más ganas.
—¿De qué te ríes? —le pregunto mientras me separo unos centímetros de ella para mirarla.
—Imagino qué habría pasado si mamá se hubiera despertado en el coche, o en tus brazos. Cuando se entere que te llamé, me matará. —Levanta la vista y me mira a los ojos—. A mí, en cambio, me ha encantado veros juntos. Parecía…
Se queda callada y empieza a caminar hacia una de las sillas, donde se deja caer con pesadez.
—¿Qué parecía? —le pregunto, sentándome a su lado.
—No sé… A ratos parecía como si la fueras a besar…
Me mira de reojo, sonrojada, mordiéndose el labio inferior.
—Verla de nuevo ha sido… abrumador. No te voy a mentir. Y ha despertado millones de recuerdos en mi cabeza. Y sí, he estado tentado de besarla y… —Miro al techo, cogiendo aire antes de seguir abriendo mi corazón de par en par— no soltarla jamás.
—¿Cassey? ¿Cassey, cariño?
Los dos nos ponemos en pie al ver entrar al padre de Jill en la sala, aunque, mientras ella se acerca corriendo a él, yo doy un par de pasos hacia atrás. Le acompaña una mujer que se ha fijado en mí, y me mira sonriendo. Sé que es la nueva pareja de Paul, a la que conoció en unas terapias de duelo para superar la muerte de la madre de Jill. Cassey me lo contó, y lo sentí mucho. Me hubiera gustado saberlo y poder mostrar mis respetos. La quería mucho y sé que ella también a mí. Prueba de ello es que, durante un tiempo, me estuvo alimentando para salvarme de los espaguetis con tomate de mi padre.
Me froto las palmas de las manos contra el pantalón, muy nervioso de repente. Los años no han pasado en balde, pero sigue imponiendo tanto respeto como antes, a pesar de la horrible camisa con motivos florales que lleva puesta.
Cuando se hace el silencio en la sala, siento sus ojos clavados en mí, así que, haciendo acopio de toda la fuerza que puedo, levanto la cabeza y le miro a los ojos. Empieza a caminar hacia mí, y confieso que tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no salir corriendo. Se frena cuando tan solo nos separan un par de pasos. Miro fijamente sus manos, cerradas en forma de puño a ambos lados del cuerpo. Lentamente, levanto el brazo y lo extiendo, mostrándole mi intención de estrecharle la mano.
—Hola —le saludo, aún con el brazo alzado.
—Largo de aquí.
—Abuelo, él… —empieza a decir Cassey, pero él levanta la mano y le pide silencio.
—Esto es algo entre él y yo.
—Señor, yo…
Doy un paso al frente, mostrándole las palmas de las manos en señal de rendición. Enseguida me doy cuenta de que he cometido un error. Arma el puño en una fracción de segundo y lo estampa en mi cara con fuerza.
—¡Paul!
—¡Abuelo, por favor!
—¡He dicho que te largues de aquí! —grita totalmente fuera de sí, mirándome amenazador, mientras yo sigo en el suelo, tocándome el mentón—. ¡¿Te piensas que puedes aparecer de nuevo y todos tenemos que hacer ver que no ha pasado nada?! ¡¿Eres consciente del daño que le hiciste a Jill?! ¡¿Del daño que nos hiciste a mí y a su madre, que en paz descanse?! ¡Nos arrebataste a nuestra hija!
—Señores, si me disculpan… —dice un guardia de seguridad que, acompañado por una enfermera, aparece en la sala de espera—, les tengo que pedir que salgan del hospital o me veré obligado a llamar a la policía.
—No, no… Yo… ya me iba… —digo, poniéndome en pie.
—Señor, ¿quiere que le miremos la herida? —me pregunta la enfermera.
Solo entonces me miro la mano y veo que está llena de sangre, seguramente del labio.
—No. No es nada… —contesto, limpiándome la sangre en la camiseta.
Empiezo a caminar hacia fuera, con la cabeza agachada. Por el rabillo del ojo, veo cómo Cassey hace un ademán de acercarse, pero yo giro la cabeza hacia el lado contrario y aprieto el paso para no cabrear más a Paul.
No me apetece conducir, así que me pongo a vagar sin rumbo durante horas, con los ojos llenos de lágrimas y la mandíbula apretada, lleno de rabia por mi ingenuidad. De repente, nada de lo sucedido parece real. Es como si el puñetazo hubiera borrado esa cálida sensación que se había quedado impregnada en mi cuerpo después de haber llevado a Jill en brazos. Durante un rato, mientras la tenía tan cerca, tuve la sensación de que podría recuperarla, pero Paul se ha encargado de devolverme a la realidad de un golpe.
Llevo varias horas caminando por la ciudad, sumido en mis pensamientos, perdido y desorientado. Al pasar por al lado de un pub irlandés, los gritos y las risas procedentes del interior llaman mi atención, atrayéndome como una polilla a la luz. Miro a través de los ventanales. Dentro, la gente parece divertirse. Ríen de forma despreocupada, se abrazan y cantan. Yo también solía ser así, antes de… intentar reconducir mi vida. Puede que no fuera feliz realmente, pero sonreía más, sufría mucho menos y no me sentía tan solo como ahora.
Mi reloj marca las dos de la madrugada cuando mis pies giran hacia la puerta y bajo los escalones que me llevan hasta la puerta pintada de rojo. Agarro el pomo con una mano y lleno mis pulmones de aire, decidido a entrar. Pero entonces, mi teléfono empieza a sonar. Al ver el nombre de Cassey en la pantalla, el corazón me da un vuelvo. Siento como si me hubiera pillado “in fraganti” haciendo algo malo, que es justamente lo que iba a hacer: beber hasta perder el sentido y olvidar todo lo sucedido. Como solía hacer antes…
—Cassey…
—Hola, Chris… No soy Cassey…
—Jill…
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axcia


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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Sáb 26 Mayo - 5:49

CAPÍTULO 26
Y así fue como, cuando todo acabó, la dejé soñar
—El escáner no muestra nada, así que está usted perfectamente. Esta noche la dejaremos en observación, pero mañana por la mañana le daremos el alta. Venga en una semana para hacerle la cura al corte de la mano. Me ha dicho su hija que es usted camarera…
—Ajá… —respondo mirando a Cassey que, por algún motivo, está como ausente.
—Pues debería tener cuidado con esa mano.
—Y mantenerte alejada de los cuchillos —interviene mi padre.
—Yo le iba a recomendar que se tomara unos días libres.
—Por supuesto que lo hará. Me ocuparé de que así sea.
—¿Hola? Sigo aquí y, que yo sepa, no estoy incapacitada, así que puedo hablar por mí misma.
El médico sonríe afable, justo antes de escribir algo en los papeles de su carpeta y salir por la puerta.
—Espero que te mantengas alejada de los cuchillos durante una temporada. A saber qué estarías pensando… —dice mi padre.
Si se lo dijera, seguro que se enfadaría.
—¿Estás bien, cariño? —le pregunto a Cassey, que responde asintiendo con la cabeza, pero rehuyendo mi mirada.
Estiro el brazo y abro y cierro la mano, pidiéndole que se acerque para cogérmela. Cassey se acerca, aunque su comportamiento sigue siendo extraño. La atraigo hasta mí y le doy un largo abrazo.
—Siento haberte asustado —le digo cuando nos separamos.
—No pasa nada… —contesta distraída.
—La verdad es que no recuerdo nada… Estaba haciendo la cena, me corté, vi la sangre y… 
—Y tu hija llamó a ese malnacido en vez de a su abuelo —interviene entonces mi padre.
—¿Cómo…? ¿Qué malnacido…? —pregunto, muy confundida.
Mi padre la mira de reojo, con cara de enfado, pero Cassey no se amedrenta, y enseguida le encara.
—¡Y el abuelo le pegó un puñetazo en la cara a pesar de que él corrió para ayudarnos y nos trajo hasta aquí!
—¡¿Y cómo querías que le recibiera?! ¡¿Haciéndole la ola?!
—Paul, por favor… —intenta calmarle Jackie, aunque él levanta la mano, pidiéndole con ese gesto que no la interrumpa.
—¡Tú no te acuerdas de lo que os hizo, y parece que tu madre tampoco!
—Perdonadme que os interrumpa, pero, ¿me explica alguien qué está pasando aquí?
—¡Te lo dije! ¡Sabía que no era una buena idea! —vuelve a la carga mi padre, esta vez dirigiéndose a Jackie.
—Paul, por favor. Tranquilízate —le pide ella, acariciándole el brazo.
—No tienen memoria… No se acuerdan… No quieren acordarse de lo mucho que sufrimos…  —susurra él, una y otra vez.
—¿Cassey? —la miro a ella, buscando las respuestas que no recibo.
—Estaba asustada y… —carraspea, mirándome de reojo— llamé a papá.
Ella hace una pausa, atenta a mi reacción. Reacción que intento disimular todo lo que puedo. Las manos me tiemblan, así que las uno, apretando una contra la otra. Mi respiración también empieza a ser errática, y mi corazón empieza a latir a más velocidad de lo habitual.
—No sabía qué hacer, mamá. Estabas en el suelo, sangrando, y no reaccionabas… Sé que tenía que haber llamado a una ambulancia, pero él fue la primera persona en la que pensé. Y vino corriendo. Actuó súper rápido. Te cogió en brazos, te metió en su coche y condujo hasta aquí… Con él me sentí segura, al instante. Sé que fui egoísta, porque debería haber llamado a una ambulancia, pero, en realidad, yo le necesitaba más que tú. Lo siento, mamá.
Se ha formado un nudo enorme en mi garganta, y me cuesta incluso respirar. No estoy enfadada con Cassey por haber llamado a Chris, e incluso lo encuentro algo normal teniendo en cuenta la buena relación que tienen.
De hecho, el único pensamiento que ronda mi cabeza es algo tan superficial que incluso me da vergüenza: ¿cómo mierda iba vestida? No lo recuerdo, pero seguro que, conociéndome, llevaba lo más viejo y poco femenino que encontré en el armario. Un sudor frío empieza a recorrer mi espalda, y me estoy poniendo muy nerviosa. Tengo que reconocer que he pensado muchas veces cómo reaccionar si nos viéramos de nuevo, y nunca, en ninguna de las opciones, me imaginé despatarrada en el suelo, inconsciente.
—¿Estás muy enfadada conmigo? —me pregunta Cassey.
—No, cariño, no…
—En realidad, la culpa no es de ella —vuelve a intervenir mi padre, aún con gesto contrariado—. Es tuya, por acceder a que la volviera a ver.
—Lo que yo decida hacer es cosa mía, ¿no crees? Al fin y al cabo, es su padre. ¿A qué venía ese puñetazo…? —Él se mueve por la habitación, nervioso. Al rato, cuando no me contesta, insisto—: ¿Papá…?
—¿Cómo que a qué venía ese puñetazo? Si te parece, me arrodillo frente a él y le beso la mano en agradecimiento.
—Créeme abuelo, un simple gracias habría bastado —interviene Cassey—. No hacía falta partirle el labio.
—¿Gracias? ¡¿Gracias por qué?! ¡Ese hijo de puta no se merece ni que le dirijamos la palabra!
—¡Papá! —grito, llegándome a incorporar de forma brusca.
Una punzada de dolor recorre mi cabeza y, en un gesto inconsciente, me la agarro con ambas manos.
—¡Mamá…! —dice Cassey, preocupada.
—Estoy bien… No pasa nada… —resoplo.
Cuando me recupero, miro de nuevo a mi padre que, con gesto preocupado, parece que se calma y empieza a hablar.
—No me pude controlar, cariño. Simplemente, le vi ahí tan… con… ahí… ¡Joder! Se me vinieron a la cabeza todos esos malos recuerdos… Te perdimos por su culpa, Jill. Cuando te fuiste, no solo te alejaste de él, también de tu madre y de mí. Y te llevaste a nuestra nieta contigo. ¿Tú sabes lo que significó para nosotros no poder veros todos los días? Fue una pesadilla que él y solo él provocó. Así que perdonadme si no le di ni la mano ni las gracias. No le puedo estar agradecido por nada.
Agotada y muy agobiada, dejando escapar un largo suspiro, me hundo en el duro colchón de la cama.
—Paul, dejémosla descansar… Lo necesita… —dice Jackie, tirando del brazo de mi padre.
Él me mira frunciendo el ceño. Abre y cierra la boca unas cuantas veces, intentando decirme algo, aunque sin encontrar las palabras adecuadas. Así que le pongo las cosas fáciles y asiento con la cabeza. Sé que lo hace por mi bien y entiendo su postura.
—Cassey, cariño, ¿quieres venir a casa a dormir o…?
Jackie deja la frase a medias, esperando respuesta.
—No… Me quedaré por aquí… —contesta ella.
—Está bien… Hasta mañana, cariño. Descansa.
—Adiós. Y gracias.
Ella hace una mueca con la boca antes de salir por la puerta, tirando de mi padre. Cuando nos quedamos solas, Cassey se deja caer en la butaca situada al lado de la ventana y pierde la vista a través de ella. Encoge las piernas y, agarrándolo con ambas manos, empieza a escribir algo en su teléfono. La observo sin atreverme a decir nada, aunque queriéndole hacer decenas de preguntas. No quiero parecer frívola, pero me encantaría saber cómo iba vestida cuando me desmayé para poder ser consciente del ridículo que hice. Tampoco quiero parecer desesperada, pero me gustaría mucho saber qué expresión puso al verme, cómo me miraba o si le temblaban las manos. No me importaría saber si le dijo a Cassey algo acerca de mí, si verme le hizo recordar algún momento especial… Y cuando creo haber encontrado las palabras adecuadas, ella se pone los auriculares en las orejas y se abstrae en su mundo.
◆◆◆

Me remuevo en la cama, incómoda. Realmente, desde que me obligué a cerrar los ojos, he sido incapaz de conciliar el sueño durante más de una hora seguida. Entonces escucho un sollozo, y giro la cabeza hacia la butaca, donde aún está sentada Cassey, escribiendo en su teléfono.
—Cariño, ¿estás bien? —le pregunto, susurrando.
Ella me mira y se seca las lágrimas con el dorso de la mano. Deja el teléfono a un lado y gira el cuerpo hacia mí. Encogida en la butaca, con la cabeza apoyada en el respaldo, niega con tristeza.
—Cariño…
—Pensaba que… —Sorbe por la nariz, antes de continuar—: Sé que te hizo mucho daño, y lo tengo muy presente. Sabes que nunca te he pedido que le perdones. Nunca te lo pediría. Pero una parte de mí, en el fondo, creía que sería posible que… os llevarais bien. Pensaba que, por ejemplo, en mi cumpleaños, podría estar con los dos a la vez… No hace falta que le perdones, solo que puedas estar en la misma habitación que él… Pero después de lo de hoy…
—¿Le…? ¿Le hizo mucho…?
—Le partió el labio… Sangraba bastante, pero no quiso que le atendiera ninguna enfermera. Prefirió huir. No le culpo.
—¿Y sabes cómo… está? —me arriesgo a preguntarle.
Seguro que ha hablado con él. Lo que ya no tengo tan seguro es que si yo quiero saber algo acerca de ello.
Cassey vuelve a levantar la vista para mirarme a los ojos.
—Dice que está bien, que no pasa nada. Le quita hierro al asunto —contesta después de pensarlo durante un rato.
—¿Y por qué no le crees? Puede que la herida fuera más escandalosa de lo que realmente fue…
—No es la herida del labio lo que me preocupa. Y seguro que a él no le duele nada comparado con…
—¿Comparado con…? —insisto cuando veo que ella no se atreve a continuar.
—Perderte. Esta vez, para siempre.
Lentamente y con cuidado, me incorporo en la cama, apretando el botón para incorporar el respaldo de la cama. Muevo la cabeza levemente, negando sin entender nada.
—Esta noche, vi algo en sus ojos. Cuando llegó a casa y te vio… —Aguanto la respiración ante la posibilidad de descubrir la respuesta a la gran pregunta que llevo haciéndome desde que desperté—. Cuando se arrodilló frente a ti, mientras te llevaba en brazos…
Se vuelve a quedar callada y esta vez, incluso gira la cabeza hacia la ventana.
—¿Qué viste? —le pregunto, colmada mi paciencia.
—Creo que una parte de él imaginó que nada había pasado. Te miraba con tanto amor… Sus ojos brillaban, mamá. Te acunaba como si no quisiera soltarte jamás. —Me caen las primeras lágrimas. Por suerte, las luces están apagadas y Cassey no puede verme llorar—. Creo que hubiera dado dinero por traerte hasta aquí en sus brazos. Pero entonces, el puñetazo del abuelo fue como un golpe de realidad, como si se lo hubieras dado tú. Imaginó que su reacción podría ser perfectamente la tuya.
—Yo nunca… Yo no… —balbuceo, sollozando.
—¿Mamá…? —Escucho cómo Cassey se levanta, y sus pasos sobre el suelo de la habitación. Entonces enciende la pequeña luz fluorescente sobre la cama y ve mis lágrimas. Me observa durante un rato, apretando los labios con fuerza, y con los ojos muy abiertos, como si hubiera descubierto algo—. Esa misma mirada. 
—Lo siento, cariño. Lo siento mucho. Yo no quería que esto fuera así… Yo no… Yo nunca le haría daño. Y que conste que sé pegar fuerte —río, contagiando a Cassey—, pero nunca querría hacerle daño. Bueno, hubo un tiempo en el que sí quería. De hecho, creo que mi cabeza me está diciendo: ¡que sufra, que sufra! Pero mi corazón no puede odiarle. Y mi cabeza me dice: ¡eres patéticaaaaaa! Pero mi corazón llora e intenta hacer oídos sordos…
—¿Mamá? —me corta.
—¿Qué? —contesto, secándome las lágrimas.
—Estás completamente loca.
—Creo que sí. De hecho, llevo un tiempo sintiendo toda esta… contradicción en mi cuerpo.
—¿Le quieres aún?
—Por supuesto que sí.
—¿Tanto como para… volver con él?
—No lo sé, cariño —confieso en voz alta, seguramente por primera vez, una duda que llevaba negándome a mí misma durante mucho tiempo—. No lo sé.
—Pues llámale —dice, tendiéndome su teléfono.
—¿Llamarle? —pregunto esbozando una sonrisa mientras las lágrimas vuelven a brotar de mis ojos, sintiendo los latidos de mi corazón en los oídos.
—Sí. Quizá, hablando con él soluciones tus dudas. Y si no es así, dile que no estás segura de nada. Confiésale tus miedos, tus inseguridades, tus sentimientos…
La miro durante un rato, sopesando sus palabras. Y entonces, movida por un impulso, en un arrebato de locura, le cojo el teléfono de las manos. Estoy muy nerviosa, y decenas de frases cruzan mi cabeza, valorando qué decir cuando conteste. Imagino decenas de situaciones diferentes que no me sirven de nada, porque cuatro tonos de llamada después, cuando escucho su voz, me quedo completamente en blanco.
—Cassey…
— Hola, Chris… No soy Cassey… —Es lo único que consigo articular, pasados unos segundos.
—Jill…
Cassey me toca la pierna y cuando la miro, sonríe abiertamente, señalándome la puerta para indicarme que sale de la habitación. Cuando la cierra a su espalda, agacho la vista hacia mi regazo. Escucho su respiración, luego el sonido de unos pasos y un largo suspiro. Yo me acurruco en la cama, apago el fluorescente y, tapándome con la sábana, me giro hacia la ventana. La habitación se queda en penumbra, iluminada levemente por la luz que proyecta la luna, mucho más cálida y reconfortante.
Por algún motivo que se me escapa, escuchar su respiración al otro lado de la línea me relaja, así que cierro los ojos y me dejo llevar.
Con cada exhalación, me siento más cerca de él. Su respiración me cuenta cosas. Me habla de la soledad que le rodea, de la tristeza que intenta disimular, de la pena de su corazón, de lo mucho que le reconforta saber que estoy al otro lado de la línea… O puede que sea lo que yo quiero que sienta, porque es un reflejo claro de lo que siento yo.
—Quiero decirte muchas cosas… pero creo que, de momento, me conformaré con este silencio… —me atrevo a susurrar finalmente, con la voz tomada por la emoción.
—Vale.
Y eso hacemos los dos. Permanecemos en silencio durante largo rato, con la única compañía de nuestras respiraciones. Tiempo después, escucho de nuevo sus pasos y cómo el barullo que se oía hace unos minutos, se va apagando poco a poco. Esporádicamente se oye alguna sirena, el sonido de una ráfaga de viento o las voces de gente con la que se debe ir cruzando. Luego, el ruido de una cerradura al girar y sus pasos amortiguados sobre un suelo de madera. De repente, mi imaginación vuela, y le veo en el que fue nuestro apartamento. Si cierro los ojos, aún puedo recrear en mi cabeza cada rincón, cada ruido e incluso el olor.
Entonces, escucho una nota de piano. Una sola resonando por la habitación. Y luego silencio de nuevo. Sin más.
Él sigue con el teléfono pegado a la oreja. Puedo sentirle, puedo escucharle tragar saliva y suspirar.
Segundos después, otra nota.
Y luego otra más.
Al rato, convencido de que no me voy a despegar del teléfono, escucho cómo lo deja a un lado y empieza a tocar una melodía. No se la había escuchado tocar nunca y aunque me encantaría oír su voz, la melodía es tan bonita, tan emotiva, que me cuenta muchas cosas sin necesidad de acompañarlas con la voz, haciéndome saltar las lágrimas.
Se me escapan unos sollozos que no soy capaz de retener, y entonces deja de tocar. La canción parece incompleta, así que escucho atentamente. Intuyo sus lágrimas, la respiración se le ha vuelto pesada y errática, y entonces la llamada se corta.
◆◆◆

Escucho las ruedas del carrito de las enfermeras en el pasillo, y algunas voces a lo lejos. También siento el calor de la luz que empieza a entrar por la ventana, así que, aún sin abrir los ojos, me doy la vuelta en la cama.
He dormido relativamente bien. Las enfermeras entraron para ver cómo estaba poco después de que Chris cortara la llamada. Me encontraron llorando, pero no insistieron cuando les dije que estaba bien. Y es que, a pesar de mis lágrimas, me encontraba realmente bien. De algún modo, a pesar del silencio, me sentía acompañada. Era como si caminara a su lado, cogida de su mano, o como si estuviera sentada a su lado en la banqueta, frente al piano.
Entonces, al abrir los ojos, le veo a través de la pequeña ventana de la puerta. Me incorporo de golpe, ahogando un pequeño grito que alerta a Cassey, la cual dormitaba sentada en la butaca.
—¿Mamá, estás bien? —me pregunta, interponiéndose en mi campo de visión.
Cuando giro la cabeza hacia la puerta, él ya no está. Miro a Cassey y luego abro la boca para hablar, pero no me salen las palabras. Vuelvo a fijar la vista en la puerta, por la que aparece una enfermera con la bandeja del desayuno.
—Buenos días —nos saluda—. ¿Cómo te encuentras?
Coloca la bandeja sobre la mesa, que acerca hasta mi cama y me mira afable. Al final, asiento por compromiso, esbozando una sonrisa algo tétrica.
—Ha pasado buena noche —le informa Cassey.
—Eso es genial. Debería comer algo… En un rato pasará el médico a darle el alta, ¿de acuerdo? —dice la enfermera, dirigiéndose a Cassey.
Me mira fijamente justo antes de darse la vuelta para marcharse. Solo entonces, me atrevo a preguntarle:
—¿Había alguien en el pasillo?
Ella mira hacia la puerta, y luego de nuevo a mí, con expresión confusa.
—¿Cuándo? ¿Ahora? Un par de compañeras…
—No. Un hombre…
—Aún es pronto para las visitas —contesta, y luego abre la puerta y nos deja solas.
—¿Estás bien, mamá? ¿A quién has visto?
—A nadie… Estaría soñando.
Nos quedamos un rato quietas, ambas sumidas en nuestros pensamientos, hasta que ella aprieta el botón para incorporar mi cama. Ahueca el cojín, que coloca en mi espalda y luego acerca la butaca y se sienta en ella. Por el rabillo del ojo, mientras me llevo la tostada a la boca, la veo agarrarse las manos, nerviosa. Anoche, cuando entró en la habitación poco después de que se marcharan las enfermeras, me encontró llorando. Se acercó a mí, se agachó hasta que su cara quedó a la altura de la mía y me observó durante un rato. Le tendí su teléfono, la vi comprobar la duración de la llamada y entonces se dejó caer en la butaca. No me preguntó nada, seguramente porque no se atrevería a hacerlo. Estaba confusa, incapaz de interpretar mi reacción. Sabía que habíamos “conversado” durante largo rato, a tenor de la duración de la llamada, así que mis lágrimas podían significar muchas cosas. Demasiadas para una adolescente soñadora.
La puerta de la cafetería se abre de golpe y Cassey entra como un vendaval. A pesar del calor que hace fuera en Florida en pleno mes de mayo, ella lleva un gorro de lana en la cabeza por el que asoman varios mechones de pelo de color rosa. Lanza la mochila contra uno de los sofás del fondo y, cuando se deja caer en él, apoya los brazos y la frente en la mesa. María me mira de reojo, levantando una ceja, mientras yo resoplo resignada.
—A ver qué es esta vez… —suspiro, soltando el trapo y saliendo de detrás de la barra para acercarme.
—¿Cómo ha ido el día, cariño? —le pregunto, sentándome frente a ella.
Me mira por encima de sus gafas de sol, levantando una ceja.
—Fenomenal —contesta con ironía.
—¿Me lo cuentas y tratamos de solucionarlo?
Sin abrir la boca, abre su mochila y saca de dentro un papel.
—Baile de padres e hijas… —leo cuando me lo tiende.
—Cariño… Ya lo sabes…
—Ya lo sé —me corta—. Y lo tengo asumido. Más o menos. Pero no me hace falta que las tres brujas de siempre escampen el rumor de que hemos alquilado un padre para ese día.
—¿Perdona?
—Molly me ha dicho que Suzanne le ha dicho que Summer va diciendo por ahí que has pagado a alguien para que finja ser mi padre esa noche y me lleve al puto baile de los cojones.
—Esa boca, Cass.
—¿En serio? ¿De todo lo que he dicho, lo que te indigna son las palabras puto y cojones?
A lo lejos, escucho la risa de María y la fulmino con la mirada de inmediato. Entonces vuelvo a centrarme en Cassey.
—¿Se lo has contado a tu profesora?
—Claro… Es lo primero que he hecho… ¿Pero tú estás loca, mamá? ¿Qué quieres que sea? ¿La chivata oficial de clase? Esas perras son populares, mamá. Mueven todo el cotarro, lo que ellas dicen va a misa, lo que hacen es lo más guay y lo que visten se convierte en la última moda.
—¿Y…? ¿Te tienes que dejar pisotear por ellas?
—Simplemente, no puedo ir a contracorriente.
—De acuerdo. Entonces, bajo mi punto de vista, tienes dos opciones: ir a ese puto baile de los cojones o no ir.  —Me mira frunciendo el ceño. Le aguanto la mirada con una sonrisa dibujada en mi cara. Al rato, ambas estallamos en carcajadas—. Espera, que se me está ocurriendo una tercera opción… Alquilar a un tipo para hacerse pasar por tu padre esa noche. No, espera. Alquilar a Keanu Reeves para hacerse pasar por tu padre y asistir a ese puto baile de los cojones.
Seguimos riendo durante un buen rato, hasta que nos calmamos. Entonces, ella apoya la espalda en el respaldo y mira al techo. Resopla de forma sonora, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Sabes? Ahora ya me da igual que sea astronauta, bombero, espía de la KGB, o el presidente de los Estados Unidos. Me conformo con que sea jugador de baseball, de los Marlins si no es mucho pedir. O podría ser piloto de motociclismo. ¡No, no, no! ¡Mejor aún! ¡Actor! ¡O cantante! ¿Te imaginas? ¿Crees que puede ser que sea algo de eso…?
Me encojo de hombros y niego con la cabeza, incapaz de articular palabra. Tengo miedo de decir algo que la haga sospechar. Es la primera vez que, después de tantos años imaginando qué puede ser su padre, se acerca tanto a la verdad.
—Lo sé, lo sé… No tienes ni idea de qué ha hecho ese impresentable con su vida. Pero déjame que siga soñando, ¿no?
Y así fue como, cuando toco acabó, la dejé soñar.
Durante años, hasta que un día, su sueño, se hizo realidad.
◆◆◆

—Eso es, cariño…
—Papá, no soy inválida.
—Ten cuidado por dónde pisas…
—Te dije que no hacía falta que vinieras a buscarme. Podría haber cogido el metro.
—Ni hablar. Y menos, teniendo en cuenta que Cassey no podía acompañarte.
—Estoy bien y ella tenía clase —digo, pero él ya no me hace caso.
—Tengo la furgoneta allí. Quédate aquí sentada y voy a buscarla.
Le miro entornando los ojos, demostrando mi hastío, pero él no se da ni cuenta, y camina decidido hacia el parking. Me dejo caer en uno de los bancos de la entrada, resoplando. Meto las manos en los bolsillos de la sudadera que Cassey me trajo para que tuviera algo que ponerme más adecuando que el horrible pijama con el que llegué, cierro los ojos y dejo que el sol caliente mi cara.
Al rato, escucho un motor aproximarse y abro los ojos. No es él, pienso, justo antes de fijarme en alguien que me mira desde la acera opuesta. Está muy quieto, mirándome fijamente. Sin mover la cabeza, miro a un lado y a otro y compruebo que estoy sola, así que no hay duda de que me mira a mí. Va vestido con unas deportivas, un pantalón vaquero azul y una sudadera negra, con la capucha puesta sobre la cabeza, tapándole la cara. Me pongo en pie y doy un par de pasos hacia delante, quedándome al borde de la acera. Por arte de magia, todo se detiene a nuestro alrededor, incluso enmudece hasta el punto de que creo que puedo escuchar su respiración aun estando a una distancia considerable. Justo como anoche, cuando parecía tener su boca echándome el aliento en mi oído. Entonces, él saca una de sus manos del bolsillo del pantalón y levanta el brazo para saludarme. Sonriendo, con el corazón bombeándome a toda leche, imito su gesto.
Y justo entonces, la furgoneta de mi padre se detiene frente a mí, impidiéndome verle de nuevo. Mi padre se baja y corre para abrirme la puerta del copiloto. Me siento y mientras espero que él entre, miro a través de la ventanilla del conductor para intentar volver a verle, pero ya no hay nadie.
De nuevo, como esta mañana, me quedo con una sensación extraña en el cuerpo: la de no saber si mi mente me está jugando una mala pasada y, en realidad, todo ha sido producto de mi imaginación.
—¿Te encuentras bien, cariño?
—Sí… Solo necesito descansar…
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Sáb 26 Mayo - 5:49

CAPÍTULO 27
Y así fue como, cuando todo acabó, echamos de menos reunirnos los cuatro
Había gente que me envidiaba por la fama. Otros por el dinero. Algunos decían que mi vida era una jodida locura, en el buen sentido de la palabra. Algunos me envidiaban por la cantidad de mujeres que me rodeaban y me pretendían. Otros, por mi capacidad para hacer magia con una guitarra entre las manos o sentado frente a un piano, con un cuaderno y un lápiz reposando a mi lado. Las mujeres me querían por mi aspecto físico, los hombres me envidiaban por lo mismo. Muchos decían que yo lo tenía todo, cuando, en realidad, no tenía nada.
Entonces, hace unos meses, vi mi oportunidad de recuperar algo, de conseguir tener algo que realmente me importaba. Cassey fue un rayo de esperanza dentro de toda la oscuridad que me rodeaba. Y creí que ella sería mi salvación…
Hasta anoche.
Verla de nuevo, cogerla en brazos, abrazarla, poder oler su aroma, sentir su aliento tan cerca… Todo eso me hizo rememorar aquello que tuve y dejé escapar. Estaba tan emocionado, tan… lleno de vida de repente… Pero entonces Paul me devolvió a la realidad de un solo golpe. Ese puñetazo obró milagros en mi jodida cabeza, abriéndome los ojos a la cruda realidad: la de que ella nunca jamás me perdonará. Puede que me haya dejado mantener relación con Cassey. Ahora me doy cuenta de que lo hizo porque no me lo podía prohibir, no porque aún sintiera algo por mí.
Si no la hubiera cogido, si no la hubiera sentido tan cerca, viviría aún en un estado de falsa esperanza. Creo que soy tan capullo que habría podido pasarme la vida entera esperando un acercamiento, pero ya no. Ahora sé que nos separa un mundo, un abismo que yo mismo creé.
Y ser plenamente consciente de ello me ha destrozado. Ya nada tiene sentido. Nada merece la pena. No me apetece salir, no me apetece caminar, no me apetece comer… Tampoco beber ni consumir. Quiero, simplemente, quedarme quieto y apagarme lentamente.
Mi teléfono lleva sonando un buen rato, pero no tengo intención de cogerlo. Como tampoco hice hace una hora, ni esta mañana, cuando volvía del hospital, después de verla irse a casa con su padre.
—¡¿Chris?! ¡Soy Jimmy! ¡Sé que estás en casa porque te estoy llamando y oigo tu teléfono desde aquí! ¡Ábreme, por favor! ¡Vamos, no vengo a darte “la brasa”! ¡Por favor! ¡Me estoy meando…!
La llamada se corta y él se queda callado, seguro que intentando escuchar si estoy caminando hacia la puerta para abrirla.
Tampoco me apetece hacer eso…
—De acuerdo, lo admito —dice, en un tono mucho más bajo—. Vengo porque mamá y papá me obligaron a hacerte de niñera. Así que ábreme para que pueda cumplir mi palabra y que mamá no me mate.
Se vuelve a quedar callado, aunque esta vez no por mucho tiempo.
—Joder, macho… ¿Max? Hola. Soy yo. Estoy delante de la puerta del apartamento de Chris. Le estoy llamando y escucho el teléfono desde aquí fuera, pero no me abre. No sé… Sí, estoy preocupado… ¿Puedes venir?
Alguien normal se levantaría y abriría la puñetera puerta para así evitarles la preocupación a los demás. A alguien consciente de que lo ha perdido todo, como yo, simplemente le importa una mierda lo que suceda a su alrededor.
—Max sale del hospital y viene para aquí. —No sé si se lo dice a alguien más o me está informando de ello—. Estoy empezando a preocuparme, porque puede que te hayas caído y roto una pierna y no puedas caminar hacia la puerta. Aunque, en ese caso, supongo que intentarías hacérmelo saber gritando, ¿no? A no ser que estés afónico… ¿Puedes gruñir? Ahora estoy pensando que puede que esté haciendo el capullo y que no estés en casa y te hayas dejado el teléfono dentro…
Los ojos se me cierran y escucho retazos de su disertación. A ratos, su voz me llega como distorsionada, otras con claridad. En ningún momento dejo de escucharla. Jimmy tiene esa capacidad, la de tener siempre algo que decir, algo que comentar, una anécdota que contar. Papá dice que el espíritu del otro Jimmy se coló en su pequeño cuerpo de bebé para hacerle de ese modo.
—¡¿Chris?! ¡Eh! ¡Somos nosotros! ¡¿Estás en casa?! ¡Joder, Chris!
Al momento, siento cómo me zarandean y me agarran de los hombros para incorporarme. Max me abraza por la espalda, y me mece entre sus brazos.
—Vamos, Chris, vamos. Yo sé que puedes… —me dice, con la voz tomada por la emoción.
—Oh, mierda… Debí echar la puerta abajo… —se lamenta Jimmy—. Está sangrando…
—No. Esta sangre está seca. No es reciente. Seguramente se haya peleado en un bar… —aclara Max, justo antes de darme unas suaves bofetadas en la mejilla—. Joder, Chris… ¡Eh, eh! Me cago en… Tienes que dejar de hacerte esto, o acabarás mal. No puedo estar sacándote de esta mierda cada vez que recaigas…
—¿Crees que… se ha… metido algo?
—Seguramente…
Pero entonces, me abre los ojos y enfoca una luz a mis pupilas. Los mantengo abiertos, mirándole, y al instante, con el ceño fruncido, se relaja. Se sienta en el suelo, aun sosteniéndome en brazos.
—¿Qué pasa, Max? —le pregunta Jimmy, aun visiblemente nervioso.
—Nada. Parece que nada. ¿Qué ha pasado, Chris? ¿Cómo te has hecho eso en el labio? —No le contesto, pero no se rinde—. Jimmy, acércame mi mochila. No tienes pinta de bebido ni tampoco drogado, pero alguien te ha marcado la cara. ¿Nos lo explicas?
Siguiendo las instrucciones de Max, Jimmy se coloca a mi espalda y me sostiene mientras él saca unas gasas y antisépticos para curarme la herida del labio. Le observo mientras se acerca a mí y, quedándose a escasos centímetros de mi cara, con la gasa en la mano, alza la vista hasta mis ojos y, cuando se encuentran, me sonríe.
—Te han dado bien, ¿eh? Quién lo haya hecho, se ha esmerado a tope. Pero no te preocupes, estás en buenas manos.
Me guiña el ojo y se vuelve a centrar en la tarea. Cuando gira la cabeza para buscar más gasas limpias, veo su implante. De pequeño llevaba el pelo algo más largo para tapárselo. Ahora ya no. Ya no le da vergüenza que se le vea, y todos, él el primero, nos hemos acostumbrado a verlo.
—Eso es… —dice, cogiéndome del mentón para mirar el resultado de su trabajo, satisfecho—. Y ahora, ¿nos sentamos en algún sitio más cómodo…? Venga.
Me tiende la mano y, ayudado por Jimmy, me levantan. Arrastro los pies hasta el sofá, en el que me dejo caer, estirándome y tapando mis ojos con un brazo.
—Me parece que esta situación necesita una quedada Taylor… Llama a Lexy, y que traiga pizza y cervezas sin alcohol.
—¿Sin alcohol? —pregunta Jimmy, con tono contrariado.
—Sí, Jim, sí.
—Papá nos va a desheredar… —susurra, mientras le escucho alejarse y empezar a hablar con Lexy.
◆◆◆

Cerca de una hora después, Lexy llama a la puerta y entra con un par de pizzas familiares y una caja de cervezas.
—Mmmm… Pizza… Hola, hermanita —la saluda Jimmy, quitándole las cajas de las manos y poniéndolas sobre la mesa de delante de la tele.
—Gracias —dice entonces Max, quitándole las cervezas.
—¿En serio me habéis llamado porque queríais que compartiera este momento con vosotros o solo me usáis de mera porteadora?
No recibe respuesta por su parte, aunque tampoco la espera. Max y Jimmy tienen un máster en sacarla de quicio, y ella, una vez que fue consciente de ello, aprendió a vivir con ello.
Se acerca hasta mí y se agacha hasta que su cara queda frente a la mía.
—Eh… Hola… —me saluda, acariciando mi mejilla y dándome un beso en la frente—. He traído pizza de pepperoni, tu favorita. ¿Me haces un hueco en el sofá, a tu lado? Los enanos pueden comer en el suelo.
Me incorporo un poco, hasta quedarme sentado, pero, en cuanto ella se sienta, me vuelvo a estirar y apoyo la cabeza en su regazo. Max y Jimmy la miran, y ella, suspirando, hunde los dedos en mi pelo y me acaricia la cabeza.
—¿Nos cuentas qué ha pasado? Chris, somos nosotros… Míranos…
Como un autómata, le hago caso y les miro uno a uno. Todos me miran intentando sonreír, aunque puedo ver la preocupación en sus ojos. Me siento y encojo las piernas, apoyando la espalda en el respaldo del sofá y mirando el techo.
—La he perdido —resoplo.
—¿A quién? —pregunta Jimmy.
—¿A Cassey? —pregunta a su vez Max.
Niego con la cabeza, antes de contestar:
—A Jill.
Los tres se quedan callados. Se miran, confundidos, hasta que es Lexy la que se atreve a intervenir.
—A lo mejor estoy un poco perdida, pero, ¿cuándo la habías recuperado?
—Nunca… Pero… —Dejo ir un largo suspiro, justo antes de continuar—: hoy he sido plenamente consciente de ello.
—Te ha costado un poco, ¿no? —me pregunta Jimmy, acercándome un botellín de cerveza—. No te lo tomes a mal, pero a esa conclusión llegamos todos cuando huyó por esa puerta con Cassey, y de eso hace ya diecisiete años.
—A veces, lo más difícil de olvidar a alguien es conseguir que se vaya del todo, aunque ya se haya ido —comenta Max con tono despreocupado. Cuando descubre que todos le miramos, se apresura a aclarar—: Lo leí una vez en un libro de psicología.
—¿Lees libros de psicología? —le pregunta Jimmy.
—Leo mucho. De todo.
Doy un largo sorbo, justo antes de continuar hablando.
—Era consciente de haberla perdido, pero creía que la estaba recuperando, como a Cassey. Ya sé que no habíamos tenido contacto, pero… creía que estaba en el buen camino.
—¿Y qué te ha hecho… darte cuenta de lo contrario? —me pregunta Lexy, usando un tono de voz cariñoso, como si hablara con alguno de sus hijos.
—Espera, espera… No me digas que eso te lo ha hecho ella —interviene Max, señalando mi labio partido.
—No.
—Joder… —resopla, aliviado—. Ya pensaba que te habías plantado frente a ella a…
—Me lo ha hecho su padre —les informo de sopetón, dejándoles de piedra de nuevo.
—Joder… Esto se pone interesante —dice Lexy, cogiendo su segundo trozo de pizza y llevándoselo a la boca. Cuando ve que todos la miramos mientras engulle, se queda quieta—: ¿Qué pasa? Cuando estoy inquieta, como. ¿Tenéis algo que decir?
Los tres levantamos las palmas de las manos, mostrándole rendición, aunque mirándonos de forma cómplice.
Entonces les cuento todo lo sucedido anoche, desde la llamada de Cassey, pasando por lo que sentí al volverla a tener tan cerca, al sostenerla en brazos, hasta llegar al puñetazo de su padre.
—Me pidió que me largara de allí, y cuando intenté acercarme para darle la mano, me asestó un puñetazo que me tiró al suelo. Sin darme tiempo a reaccionar, me empezó a gritar, y fue como si todas y cada una de sus palabras se me clavaran en el corazón. Eran como puñales… Gritándome que me largara de allí, preguntándome si sabía el daño que le había hecho a Jill y a ellos… De repente fui plenamente consciente de todo. Es curioso, porque siempre he sabido que lo que hice fue horroroso y, de hecho, llevo diecisiete años pagándolo, pero hasta anoche no supe realmente que ella nunca me perdonaría. Y la sensación de vacío que siento ahora aquí… —digo, agarrándome la sudadera a la altura del pecho—, es abrumadora…
—Pero tienes que ser valiente y mirar hacia delante —empieza a decir Lexy—. Has empezado a dar un giro a tu vida y, aunque ella no esté presente a partir de ahora, en parte ha sido gracias a ella. Tienes que seguir hacia delante. Lo estás haciendo genial y…
—No tengo fuerzas para seguir —la corto.
—¿Qué? ¿Después de todo el esfuerzo? —me pregunta Max, con gesto contrariado—. Después de todo el sufrimiento, ¿tiras la toalla?
—Max, no puedo más…
—No entiendo… —interviene Jimmy—. ¿Qué quieres decir? Max, ¿qué quiere decir? ¿Lexy…?
Los tres nos miramos, asustados, hasta que Jimmy, cansado de que nadie le haga caso, se pone en pie y, desesperado, grita:
—¡Os estoy hablando, joder! ¡Hacedme caso! ¡¿Qué quiere decir con que te rindes?! ¡¿Pretendes tirar a la basura todo lo que has hecho y empezar a drogarte de nuevo?! ¡Y lo más importante de todo: ¿te piensas que te vamos a dejar?! ¡Pues estás muy equivocado! ¡Que lo sepas! ¡Me niego! ¡Y haré todo lo necesario! ¡Me chivaré a mamá y papá de esta conversación si hace falta! —Se mueve de un lado a otro, caminando frente a nosotros, bajo nuestra atenta mirada, tirándose del pelo, hasta que vuelve a la carga—. ¡¿Insinúas que te rindes y que prefieres palmarla por culpa de una sobredosis antes que vivir sin Jill?! ¡Pues estás muy equivocado! ¡¿Quién es Jill para controlarte de esa manera?!
—Ella lo es todo… —susurro, asustado.
—¡Pues habértelo pensado mejor antes de joderla! ¡Ahora, si realmente no puedes hacer nada, échale cojones y afronta la realidad! ¡No quiero perderte! ¡No lo voy a permitir! ¡No quiero perderos a ninguno de los tres! ¡¿Os enteráis?!
Con lágrimas en los ojos, se queda quieto, agachando la cabeza, derrotado. Entonces me pongo en pie y le abrazo con fuerza. Segundos después, se me unen Lexy y Max y permanecemos así durante largo rato.
—Mamá estaría tan orgullosa de nosotros si nos viera ahora… —comenta Max, haciéndonos reír a todos, relajando el ambiente al momento—. Separémonos ya. Tengo mis dudas de que no haya puesto cámaras para espiar a Chris.
—Capaz es.
◆◆◆

—El mercado es muy amplio, Chris. Te lo digo yo —asegura Jimmy, asintiendo orgulloso—. Podríamos salir una noche los dos…
—Me parece que no me apetece… estar en el mercado.
—¿Y te pasarás al celibato, o qué? —pregunta Max—. ¿Cuánto tiempo puede aguantar un ser humano adulto sin sexo? No mucho, ¿no? Un par de meses a lo sumo, ¿no?
—Lo creáis o no, par de salidos, no todo es sexo en esta vida. Puedes canalizar tu energía con el yoga. Podrías venir conmigo.
—¿Practicas yoga? ¿Tú? —pregunta Jimmy, extrañado.
—Sí. A ver, so listo, ¿por qué te extraña tanto?
—Por nada… Supongo que canalizas energía, no la mala leche. —Lexy le da un golpe en el brazo—. ¿Lo ves? Chris, en serio, es más efectivo venirte de fiesta conmigo.
—O podrías meterte en una ONG e irte a ayudar a gente que lo necesita realmente. Cuando pasas un tiempo fuera, aprendes a ver las cosas desde otra perspectiva. —Con toda la tranquilidad del mundo, Max obra su magia. Sin levantar la voz de forma excesiva, sin darse importancia, consigue atraer la atención de todos—. De repente, tus problemas parecen nimiedades. Acordaos de lo preocupado que estaba yo siempre por ocultar el implante. Siempre avergonzado de que alguien pudiera ver un signo de debilidad en mí por culpa de eso… En Malí me di cuenta de lo fuerte que era, de lo importante que podía llegar a ser para esa gente por el simple hecho de estar allí, acompañándoles. Y entonces te das cuentas de que no tener el último modelo de móvil no es tan importante como tener una cabra que te dé leche y carne, o que ascender a toda costa en la empresa donde trabajas no es tan importante como sobrevivir al saqueo de una milicia terrorista… 
Max levanta la vista y nos descubre a todos mirándole con la boca abierta. Otra vez. Al rato, yo empiezo a sonreír con orgullo, asintiendo con la cabeza.
—Todo es cuestión de perspectiva, supongo —concluye, agachando la cabeza de nuevo, con algo de timidez.
—Tengo que… seguir con mi recuperación hasta que esté… limpio del todo. No sé aun cuando seré capaz de no volver a caer. Mientras, me tomaré las cosas con calma. No quiero estar con nadie, ni enrollarme con nadie ni… nada de eso.
—Dios le da pan a quién no tiene dientes… —suspira Jimmy—. Hay que joderse…
—Pues te voy a decir una cosa, Chris… Ella no sabe lo que tiene. Alguien capaz de plantearse… renunciar a todo al no tenerla… No sé… Me parece precioso. Pocas mujeres pueden decir que alguien les quiere tanto.
—Ya ves tú de qué me sirve…
—Nunca se sabe. El puñetazo te lo dio su padre, no ella.
◆◆◆

—Estáis pirados… —susurra Lexy.
—Calla. Es perfecto —dice Jimmy, abriendo la puerta—. Además, no están en casa.
—Me habéis hecho salir a la calle, con el tiempo de perros que hace, solo para volver a estar los cuatro juntos en casa de papá y mamá. A quién se lo cuente, no se lo creerá.
—Vamos… ¿Cuánto hace que no estábamos los cuatro juntos aquí? —pregunta Max.
—Os recuerdo que yo estuve viviendo aquí hace unas semanas y durante ese tiempo, Livy se empeñó en que cenáramos juntos casi cada noche… —intervengo, levantando un dedo.
—¿Ah, pero que te acuerdas de eso? —me pregunta Max, dándome una colleja—. Me refiero a los cuatro juntos en plenitud de facultades, como en los viejos tiempos.
En cuanto escuchamos el sonido de la puerta al cerrarse, todos nos sumimos en un sentido silencio. No es nada incómodo, y todos y cada uno de nosotros dedicamos ese momento a soñar con ese tiempo que seguro fue mejor para todos, cuando nada nos preocupaba porque estábamos bajo el cobijo de nuestros padres. Plantados cada uno en una parte del salón, nos miramos, sonriendo, de repente convencidos de la brillante idea que ha sido venir.
—¡Chicos! ¡A cenar! —grita Livy desde la cocina.
Dejo la guitarra sobre la cama y salgo al pasillo. Allí me encuentro a Max, que me mira de reojo, antes de gritar:
—¡El primero que llegue se queda con el trozo de tarta de chocolate que queda!
Ambos corremos por las escaleras, en mi caso más por competir que por el postre en sí, que sé que acabaré dándole, aunque gane yo.
—Os he dicho mil veces que no bajéis las escaleras corriendo —nos riñe Livy cuando llegamos abajo—. Que luego Jimmy os quiere imitar y pasa lo que pasa.
—Compréndelo, mamá, hay chocolate en juego. Y he ganado yo —le aclara Max.
—¿Te refieres al trozo de tarta que quedaba en el frigorífico? Pues tarde. Me lo he comido yo para merendar —interviene Lexy.
—¡Pero serás foca! ¡Era mío!
—¡Porque tú lo digas! ¡Y deja de llamarme foca, enano!
—¡Pues deja tú de comerte mis postres y de llamarme enano!
—¡Uno, no era tuyo! ¡Y dos, es un hecho contrastable que eres muy bajito para tu edad!
—¡Mamá…! ¡Dile que pare!
—¡Parad los dos! —interviene ella, con gestos evidentes de agotamiento.
—Uy, qué buen ambiente se respira por aquí, ¿verdad, Jimmy? —dice mi padre, sentando a Jimmy en su silla, al lado de la de él.
—¿Es sarcasmo? —le pregunta Jimmy en voz baja, confundido—. Porque no me apetece mucho sentarme con ellos.
—Sí, es sarcasmo, Jimmy —le aclara mi padre, reprimiendo la carcajada.
—¿Y bien? ¿Qué tal el colegio hoy? ¿Y el instituto? —pregunta Livy.
Jimmy se apresura a contestar.
—Yo he pintado con las manos —contesta, muy ilusionado.
—Y el jersey que llevabas puesto te ha quedado precioso, ¿verdad, Livy? —interviene mi padre, mientras ella asiente resignada—. Estamos ansiosos por ver el resultado en papel.
—¿Y al resto? —Max se encoje de hombros a modo de respuesta, centrado en su plato.
—Bien —contesta de forma escueta.
—Como siempre —digo yo.
—¿Sabéis qué? Que a mí tampoco me apetece sentarme con vosotros a cenar —dice Livy, levantándose de golpe de la mesa, llevándose su plato y el vaso.
Todos la seguimos con la mirada hasta el jardín, sorprendidos por su reacción. Luego miramos a mi padre, el cual nos mira con una ceja levantada.
—¿Estáis contentos? —nos pregunta, mientras todos le miramos sin entender nada—. Estos momentos que pasamos juntos los seis, son irrepetibles. Vosotros no los valoráis, pero algún día, los echaréis de menos. Echaréis la vista atrás y os arrepentiréis de haber pasado las noches peleándoos y de contestar a vuestra madre con monosílabos. Ella está deseando sentarse cada noche con vosotros y escucharos hablar y veros reír. Algún día, no podréis disfrutar de esto cada noche, y lo echaréis de menos.
Dicho esto, se levanta y, cogiendo su plato y el vaso, se aleja hacia el jardín, sentándose al lado de Livy. Los cuatro nos quedamos callados, muy serios y compungidos, pensando en lo sucedido. Poco a poco, uno a uno, levantamos la cabeza y nos miramos. Lexy le coge la mano a Max, este me mira de reojo sonriendo, y yo miro a Jimmy y le guiño un ojo. Entonces nos vamos levantando y, como ya hicieron mi padre y Livy, salimos al jardín.
—Lo sentimos —dice Lexy.
—¿Podemos sentarnos con vosotros? —pregunta Max.
—Hoy he hecho un examen de literatura. Era acerca del libro “Cumbres borrascosas”. ¿Te acuerdas, que lo comentábamos mientras lo leía? —empiezo a decir yo.
—Pues yo me acabo de manchar el pijama —interviene Jimmy—. No se me da muy bien caminar con el plato de sopa lleno hasta arriba.
Todos estallamos en carcajadas y, sentados en el suelo, disfrutamos de una cena al estilo Taylor, llena de risa, anécdotas y bromas.
Y así fue cómo cuando todo acabó, echamos de menos reunirnos los cuatro.
—Hace mucho —contesto la pregunta de Max—. Demasiado. ¿Sabéis lo que tendríamos que hacer? Hacernos una foto y enviársela a ellos. Les encantará vernos aquí juntos, de nuevo.
—Le gustará tanto que la próxima vez que vengamos, la veremos enmarcada y colgada en esa pared —asegura Lexy, acercándose a las fotos.
Los tres la seguimos y durante un buen rato, observamos los marcos llenos de caras sonrientes, de muecas y de abrazos. Max que, a pesar de lo que aseguraba Lexy acerca de su altura cuando éramos pequeños, es algo más alto que yo, me pasa un brazo por encima de los hombros, y me mira durante un rato, antes de volver a centrar su atención en las fotos.
—Papá tenía razón —interviene entonces Jimmy—. Echo muchísimo de menos esas cenas.
—Incluso aquellas en las que nos peleábamos por el postre —añade Max.
—O esas en las que os metíais conmigo —dice Lexy, que enseguida recibe el beso de Max en la mejilla y mi abrazo por la espalda.
—Tal vez, podríamos repetir de vez en cuando… —susurro, con la vista fija en una fotografía. En ella, se nos ve a Jill y a mí muy jóvenes, poco después de conocernos. A su espalda, yo la abrazo, rodeado su torso con mi brazo mientras ella no mira a cámara, sino que me mira embelesada.
De repente, el mismo sentimiento de pena vuelve a aplastarme el corazón. El mismo sentimiento de pérdida y soledad. Y realmente sé que no estoy solo, que les tengo a todos ellos, que tengo a Cassey… Pero me falta Jill y sin ella, nunca seré feliz del todo.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Dom 27 Mayo - 14:18

CAPÍTULO 28
Y así fue como, cuando todo acabó, nos limitamos a sobrevivir
Mientras espero a que la tostadora escupa las rebanadas de pan de molde y que la cafetera empiece a sacar mi tan ansiado café, miro a través de la ventana de la cocina. Anoche empezó a llover y, desde entonces, no ha parado. Las gotas resbalan por el cristal, dibujando formas hipnóticas. Lentamente, acerco la mano hasta sentir el frío en mi palma.
Enseguida, las tostadas salen disparadas, así que las cojo y las pongo en un plato, que llevo a la mesa. También el café está listo, y lo vierto en dos tazas. Y todo ello, por algún motivo que no he descubierto aún, lo hago de forma lenta y pausada, como si mi cuerpo hubiera decidido tomarse las cosas con calma y, simplemente, dejarse llevar.
“God knows what is hiding 
In this world of little consequence
Behind the tears, inside the lies
A thousand slowly dying sunsets
God knows what is hiding
In those weak and drunken hearts
Guess the loneliness came knocking
No one needs to be alone, no singing...”
Escucho la voz de Cassey a lo lejos, procedente de su habitación, cantando con una voz dulce y melódica. Dice que su padre le estuvo enseñando, que como él no se atreve aún a cantar, se limita a tocar y es ella la que pone voz a sus notas. La verdad es que se le da bastante bien.
Aparece en la cocina, vestida con sus inseparables botas militares, unos leggins negros, una camiseta de tirantes y una camisa de cuadros encima. Cuando descubre que la estoy escuchando cantar, atentamente, se calla de golpe y me sonríe con timidez.
—Buenos días, mamá —me saluda, acercándose para darme un abrazo.
—Buenos días, cielo. ¿Quieres una tostada?
—Vale —contesta sonriendo, justo antes de sentarse a la mesa.
—Hace un día horroroso. ¿No crees que pasarás un poco de frío así vestida?
—Por eso he cogido el gorro de lana —contesta, llevándose la taza humeante de café a los labios.
—Ah, es un consuelo —digo con ironía, a la que ella es totalmente inmune.
—¿Qué planes tienes para hoy?
—Aún no lo sé… El tiempo tampoco es que acompañe mucho…
—Recuerda los consejos del médico. Nada de heroicidades, y mantente alejada como unos cien metros de todo objeto afilado. Así que nada de limpiar, ni cocinar, ni poner lavadoras… Simplemente, tómate un tiempo para ti misma. Podrías ir a hacerte la manicura, o una limpieza de cutis, o a la peluquería, o a darte un masaje…
—Sí… Ya veré… —Le doy largas ya que, en realidad, no me apetece hacer nada—. ¿Y qué planes tienes tú?
—Pues hoy tengo el día completo. Después del instituto voy a casa de Mike, que le prometí que le ayudaría con los apuntes de química, así que, como no me dará tiempo de pasar por casa a buscar la ropa para ensayar, me iré desde allí directa a la clase de baile.
—¿Hoy no vas a ir a ver a tu padre…? —le pregunto, intentando hacerlo de la forma más casual posible.
—Esta semana no. Esta semana es solo para ti —contesta sonriendo—. Bueno, menos hoy. Tenemos el ensayo para las pruebas que te comenté para la obra esa… ¿Te acuerdas? Esa que se va a estrenar en un pequeño teatro cerca de Broadway. Es una obra pequeña, pero dicen que puede ser una gran plataforma de lanzamiento y que nos vea algún productor importante.
—Lo harás genial, seguro —digo—. Pero, si no sale bien, recuerda…
—Lo sé, lo sé. Pies en el suelo y cabeza alta.
—Suena a que volverás tarde. ¿Quieres que te vaya a buscar cuando salgas del ensayo?
—No hace falta. Mike se quedará a verlo y luego me acompañará a casa.
—Así que Mike, ¿eh? Es la primera vez que oigo hablar de él y, sin embargo, le has nombrado dos veces en los cinco minutos que llevamos hablando…
—Mamá, no imagines cosas que no son.
—Dame más detalles. ¿Qué hace ese tal Mike con su vida?
Cassey me mira con las cejas levantadas, dispuesta a no soltar prenda, pero es una chica lista, y sabe que tiene todas las de perder.
—No sé qué quieres que te cuente. Es un chico de clase…
—Al que se le da mal la química, según parece, y al cual sus padres le dejan salir hasta tarde para acompañar a las chicas a sus casas. Todo un galán.
—No tiene padre. Bueno, sí lo tiene, pero es un cabrón que se tiró a su madre y luego, “si te he visto no me acuerdo”. Vive con su madre y el nuevo marido de su madre, que se ve que sí mola bastante. Al menos, eso parece. Le está enseñando artes marciales, y eso le ha ayudado a quitarse de encima a algunos capullos que le acosaban en el instituto.
—Bien por Mike.
—Es solo un amigo.
—Si tú lo dices…
—Mamá, búscate un hobbie, en serio —dice, apurando su café antes de coger la mochila del instituto y la bolsa del baile y colgarse ambas de los hombros—. Te quiero.
—Y yo a ti, cariño.
—Te llamaré para asegurarme de que no has cogido ningún cuchillo.
—Descuida.
Cuando la puerta se cierra a su espalda, todo el apartamento se queda sumido en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de las gotas de la lluvia golpeando los cristales de las ventanas.
◆◆◆

Me despierto sobresalta por culpa de un trueno que hace retumbar las paredes del edificio. Descolocada, miro alrededor. El televisor está apagado, así como las luces, y juraría que no apagué nada de eso cuando me acurruqué en el sofá. Cojo el mando a distancia y pulso algunos botones, sin éxito. Luego me levanto y me acerco al interruptor de la luz. Nada. Se debe haber ido la luz por culpa de la tormenta. Me acerco a la ventana y me asomo para comprobar que tampoco hay luz en los pisos de los edificios de alrededor.
Y entonces, al otro lado de la acera, veo a un tipo que me mira fijamente. Aguanto la respiración, aunque no estoy asustada. Abro la ventana y saco un poco la cabeza, mojándome el pelo. Parpadeo varias veces por culpa de la lluvia, que golpea mi cara. Entonces, una furgoneta de reparto se detiene en mitad de nuestro campo de visión. Contrariada, empiezo a gritarle que se aparte. Cuando lo hace, no debido a mis gritos, sino a que la circulación ha avanzado, él ya no está. Saco medio cuerpo a través de la ventana, mirando a un lado y a otro de la calle, buscándole, pero ha desaparecido.
O quizá nunca haya estado allí. Quizá haya sido producto de mi imaginación, como las otras veces que he creído verle. Puede que incluso imaginara esa llamada telefónica. Ya no estoy segura de nada en la vida. Miento, sí estoy segura de una cosa: que, aun siendo un producto de mi imaginación consigue alterarme.
Llevo años luchando contra su recuerdo, desde que tomé la difícil decisión de marcharme, desde que me rompió el corazón. ¿Cómo entonces ha conseguido que un corazón roto lata a tanta velocidad tan solo intuyéndole cerca?
◆◆◆

Una hora más tarde, ataviada con un viejo chubasquero y un paraguas, estoy en la calle. He decidido que, puesta a no hacer nada en casa, lo hago en la calle. Al menos, conseguiré despejar la mente.
El viento empieza a soplar con fuerza, haciendo de mi paseo una experiencia bastante molesta, y doblando las varillas de mi paraguas. Viendo su lamentable estado, decido deshacerme de él y lo tiro en el primer contenedor de basura que encuentro.
En lugar de dar media vuelta y volver a casa, mis pies siguen caminando sin rumbo. O al menos eso es lo que mi cabeza trata de hacerme creer, porque mi corazón tiene otros planes bien distintos. Sí sigo un rumbo prefijado, aunque no quiero darme cuenta hasta que me planto frente al edificio.
—¿Qué narices hago aquí? —me pregunto a mí misma.
Levanto la vista hacia la fachada, chasqueando la lengua, contrariada.
—¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? ¿Llamar a su timbre y qué? Hola. Me preguntaba si has estado espiándome en el hospital y en mi casa… Y si me dice que sí, ¿qué hago? ¿Y si me dice que no? Casi que quedo aún peor…
Empiezo a alejarme del portal, negando con la cabeza. Las gotas de lluvia golpean con violencia la capucha de mi chubasquero. Parecen pequeños clavos, martilleándome la cabeza sin descanso.
—¿En serio no quieres saber si ha ido a verte?
Escucho la pregunta en mi cabeza. Me detengo y vuelvo a chasquear la lengua.
—¿Acaso eso cambiaría las cosas? —replico, esta vez en voz alta.
Giro la cabeza al darme cuenta de que estoy pasando junto al callejón y, sin poder evitarlo, levanto la vista hacia la escalera de incendios. Se me corta la respiración al verle ahí de pie, con la guitarra en la mano. De nuevo, como la vez anterior, permanece inmóvil, como si estuviera haciendo otro intento.
—Como yo —susurro recordando las palabras de Ron, dándome cuenta de que yo también he vuelto al mismo sitio.
Él se empeña en salir, en vencer su miedo a estar ahí fuera sin mí. Yo me empeño en venir y comprobar si soy capaz de contarle todo lo que necesito que sepa. Necesito que me escuche contarle lo mucho que lloré por su culpa. Necesito que sepa lo sola y perdida que me hizo sentir. Quiero hacerle ver que nunca en la vida le perdonaré que permitiera que su hija creciera sin padre. Todo eso que la otra noche fui incapaz de contarle por teléfono.
Entonces, la guitarra se le escurre de la mano y cae sobre el suelo metálico de la escalera. Ni siquiera hace el intento de recogerla. Se mantiene impertérrito, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo y la cabeza agachada.
—¿Por qué haces eso? ¿Por qué pareces sufrir tanto como yo? —Mis primeros pasos son dubitativos, pero, conforme me adentro en el callejón, voy ganando en decisión—. No tienes derecho a ello… Fuiste tú el que provocó todo esto…
Cuando llego al pie de la escalera, levanto la cabeza para situarme. Las gotas de lluvia pican en mi rostro, y me veo obligado a cerrar un ojo para poder ver de dónde tengo que agarrarme para hacer bajar el último tramo de escaleras. Después de un par de intentos, consigo hacerla bajar y empiezo a subir. Mientras lo hago, no paro de repetirme que estoy loca, de preguntarme qué se supone que le diré cuando le tenga delante o qué reacción espero por su parte.
Conforme subo el último tramo de escaleras, el que me lleva al tercer piso, mi garganta y mis ojos sufren efectos opuestos. Mientras que mi garganta se seca, dificultándome incluso respirar, mis ojos empiezan a llenarse de lágrimas contenidas que me impiden ver con nitidez. Y la cosa no mejora una vez arriba cuando, con el pecho subiendo y bajando sin descanso, intentando recuperar el aliento, le tengo a escasos centímetros por primera vez en años. Al menos, consciente.
Tengo serias dudas de que se haya dado cuenta de mi presencia. Sigue con la cabeza agachada y los brazos inertes a ambos lados del cuerpo. De su boca sale vaho, producto del frío. Al menos, de esta manera, sé que respira.
—¡¿Se puede saber qué haces?! —grito, totalmente fuera de control.
Chris no demuestra ninguna reacción, hecho que no sé si me cabrea más que me preocupa.
—¡Mírame al menos cuando te hablo! —grito de nuevo, dándole un empujón que le hace retroceder un par de pasos.
A pesar del ruido de la lluvia y del incesante ritmo de la ciudad, puedo escuchar su respiración con nitidez. Justo como la otra noche, demostrándome que no lo soñé, que, durante un buen rato, estuvimos juntos, y que tocó una preciosa canción solo para mí.
—¡¿No me quieres mirar?! ¡Pues perfecto, pero me vas a escuchar! —grito con el dedo en alto—. ¡Te odio! ¡Te odio, Chris Taylor! ¡Me hiciste muchísimo daño y nunca en la vida te podré perdonar por ello! ¡Quiero…! ¡Quiero…! ¡Quiero que sepas que me rompiste el corazón! ¡Lo eras todo para mí, todo! ¡Y te lo cargaste! ¡Me hiciste huir! ¡Me hiciste alejarme de todos porque no podía soportar estar un segundo más a tu lado sabiendo en lo que te estabas convirtiendo!
Vuelvo a empujarle y golpeo sus hombros con los puños cerrados. La capucha del chubasquero se ha caído hacia atrás y ahora siento las gotas golpear sobre mi pelo y mi rostro, pero no me importa.
—¡Me obligué a olvidarte! ¡Y casi lo consigo! —Intento peinarme el pelo mojado hacia atrás, pero resulta casi inútil—. ¡Y ahora vuelves y…! ¡¿Qué se supone que tengo que hacer?!
Le vuelvo a empujar, y su espalda choca con fuerza contra la fachada de ladrillos del edificio. A pesar de que sigue sin mirarme, puedo ver cómo se humedece los labios y, al abrir la boca de nuevo, una gran bocanada de vaho vuelve a salir de su boca. Es entonces cuando, al bajar la vista por su cuerpo, me doy cuenta de lo delgado que está. La nuez en el cuello se le marca muchísimo, así como los huesos de los hombros. Lleva una camiseta blanca con las mangas de color azul oscuro arremangadas a la altura de los codos que, al estar mojada por la lluvia, se le ciñe completamente al torso, y a través de la cual se le marcan las costillas. Entonces sigo los dibujos de los tatuajes de sus antebrazos, y me fijo en las cicatrices de ambas muñecas. Sabía de ellas, conocía su historia, pero verlas tan de cerca me impresiona. Frunzo el ceño, preocupada, mientras el cabreo se me va esfumando poco a poco. Doy un par de pasos hacia él y le agarro de las manos para mirar sus muñecas más de cerca. Es cierto que los tatuajes disimulan un poco las cicatrices, pero no creo que pretendiera ocultarlas del todo, ya que, así de cerca, se pueden ver perfectamente. Es como si, de alguna manera, no quisiera olvidar que eso sucedió, ni quizá tampoco el motivo por el que lo hizo. Acaricio con mis pulgares su piel arrugada, lentamente, con cuidado, y entonces siento sus ojos clavados en mí. Por primera vez en el rato que llevo aquí, reacciona de algún modo. Así que poco a poco, sin soltarle las manos, levanto la vista hasta que nuestros ojos se encuentran. A pesar de las ojeras, de los ojos hundidos, de los pómulos marcados, de su barba descuidada, del labio hinchado, el azul de sus ojos sigue dejándome sin aliento. Unos ojos que se bastan ellos solos para contarme lo arrepentido que está, lo mucho que ha sufrido, lo solo que se encuentra y los consciente que es de que lo nuestro se ha acabado.
Y entonces, sin saber por qué, suelto sus muñecas y acerco mis manos a su cara. Trazo con los pulgares la línea de su mandíbula y el contorno de sus ojos. Lentamente, acerco mi boca a su labio partido y lo beso con delicadeza. Luego, simplemente, poso mis labios sobre los de él. Los siento fríos, casi sin vida, cortados por el frío, aunque su aliento, que se cuela en mi boca, es caliente. Le beso con los ojos cerrados, de repente sacudida por cientos de recuerdos de los miles de besos que nos dimos durante los años que estuvimos juntos, desde ese primero en la enfermería del instituto hasta el último, el día antes de marcharme. Un jadeo se escapa de su boca y entonces abro los ojos y le miro sin separarme de él un solo centímetro. Permanece con los ojos fuertemente cerrados, con una expresión de profundo dolor dibujada en todo su rostro.
—Chris… —susurro, separándome un poco para mirarle, y solo entonces soy consciente—. ¿Te has rendido?
Le suelto, dando otro paso hacia atrás, ampliando la distancia entre ambos. Golpeo su guitarra con el talón, y entonces me detengo. Él, aún sin abrir los ojos, vuelve a agachar la vista hacia el suelo.
—Te has rendido —repito.
Y entonces, muerta de la vergüenza, desolada, y con el corazón roto de nuevo, empiezo a bajar las escaleras lo más rápido que puedo, a riesgo de resbalar y abrirme la cabeza. Una vez en el callejón, sigo corriendo sin mirar atrás. Solo cuando giro la esquina me freno un poco y me permito el lujo de mirar y descubrirle plantado en el mismo sitio que le he dejado, inmóvil.
◆◆◆

Cierro la puerta de casa a mi espalda y me apoyo en ella. Todo está oscuro, así que Cassey no ha llegado aún a casa. Me dejo resbalar hasta quedarme en cuclillas, jadeando mientras las lágrimas caen por mis mejillas, sin consuelo.
Esta noche he sido plenamente consciente de que le amo tanto como le odio. He vuelto a experimentar esa extraña sensación contradictoria al darme cuenta de que, sin él, es probable que viva sin vivir realmente.
Camino por el pasillo del instituto, acompañada por Janice. Aprieto la carpeta contra mi pecho con fuerza, como si la usara de escudo.
—¿Has hablado con él?
—Claro que no.
—Tara me dijo que le había visto en el parque, paseando al perro. ¿En serio que no te llamó para decirte que volvía?
La miro de reojo, con las cejas levantadas, mientras abro mi taquilla.
—¿En serio crees que, después de creer que le había dejado por otro, me avisaría si volviese?
—Era una posibilidad… Lo vuestro fue… como… ¡boom! —dice, moviendo las manos como si le hubiera explotado una bomba entre ellas.
—Precisamente por eso, no estoy preparada para verle aún…
—¿Y por qué crees que ha vuelto? Su padre era algo así como el guardaespaldas del presidente, ¿no? Parece un buen curro.
—Su padre está colado por la que era su jefa. Y ella por él. Se separaron porque la hija de Livy no soportaba a Aaron.
—¿Y ahora ya le soporta?
—Sí… ¿Quién en su sano juicio no soportaría a ese hombre? Recapacitó. Así que, salvado ese escollo, ni el mismísimo presidente del país le pudo retener en Washington.
—Oh, mierda.
—¿Qué te pasa?
—¿Te acuerdas cuando me has dicho que no estabas preparada aún? —Asiento con la cabeza, frunciendo el ceño—. ¿Lo estás ahora?
—¿Qué? No… Claro que no…
—Ajá. Interesante.
Janice ríe de forma exagerada, posando su mano en mi antebrazo.
—¿Te encuentras bien, Janice?
—¡Hola, Chris! ¡¿Qué tal por Washington?! ¡¿Bien?! ¡Uy, qué tarde es ya! ¡Me voy!
Con los ojos abiertos como platos, me quedo inmóvil. Siento un sudor frío recorrerme la espalda, pero enseguida tengo que recomponerme, porque él se me planta delante.
—Adiós, Janice —dice sin dejar de mirarme.
Yo sí la miro, y la veo haciéndome señas exageradas mientras se muerde el labio inferior de forma lasciva y luego simula que se da el lote con alguien. Todo muy maduro.
—Hola… —me saluda.
—¡Hola! —le contesto, quizá de forma demasiado efusiva—. ¡Así que has vuelto!
—Eso parece… —contesta.
Le miro nervioso, forzando una sonrisa. Quizá forzándola demasiado, pero no me esperaba que, después de cómo acabamos o, mejor dicho, de cómo le dejé y lo mucho que le dolió, se acercara a mí y se comportara tan normal.
—¡¿Qué tal por Washington?! —Me veo forzada a preguntarle para llenar el silencio entre nosotros.
—Bien. Escucha… —Mierda, mierda, mierda… No tengo el cuerpo para aguantar confesiones ni declaraciones de amor… Necesito hacerme a la idea de que ha vuelto y ordenar mis sentimientos. No estoy preparada para…—. Esa es mi taquilla.
Señala con el dedo en la que estoy apoyada, así que, después de unos segundos de confusión, roja como un tomate, me enderezo y me aparto.
—¡Ah! ¡Perdona! ¡Qué tonta…! ¡Lo siento!
Escupo las palabras sin pensarlas mientras veo cómo él pone la combinación que le han escrito en un papel, abre la puerta y entonces dejo de ver su cara. Saca un libro, el portafolio y un bolígrafo de la mochila y la guarda dentro. Y entonces, cuando estoy a punto de dar media vuelta e irme de forma sigilosa, se queda quieto, agarrando la puerta de la taquilla y deja escapar un largo suspiro.
—¿Sabes qué? —me pregunta, cerrando la taquilla y quedándose a escasos centímetros de mí—. Te he mentido. Lo de Washington estuvo bien hasta que me dejaste. A partir de ese momento, se convirtió en un puto martirio. Y pensaba que volver a Nueva York, y a este mismo instituto, volver a compartir pasillos, recreos y clases, cambiaría las cosas. Pero me equivocaba. Me acabo de dar cuenta que, por más que me lo proponga, por más que lo intente, soy incapaz de vivir sin ti. No se puede llamar vida a lo que hago cuando tú no estás a mi lado. Es como… Contigo vivo, sin ti sobrevivo.
Me quedo con la boca abierta, sin aliento. Ha descrito a la perfección lo que yo he sentido durante este tiempo que hemos estado separados. Cuando se marchó, lloraba cada noche. No tenerle cerca me mataba. Por eso decidí cortar con él. Le dije que había conocido a otro, pero le mentí. Entonces empezó el verdadero infierno. Me di cuenta del error que había cometido, porque todos los días se convirtieron en una carrera de obstáculos para sobrevivir a su ausencia. Dejé de reír, dejé de comer, dejé de ilusionarme por las cosas, dejé de escuchar música, dejé de leer… En definitiva, dejé de vivir.
La carpeta se escurre de entre mis brazos y cae al suelo, y el ruido que hace me devuelve a la realidad. Me mira expectante, esperando que diga algo. Al rato, cansado de esperar, se agacha, recoge mi carpeta, me la tiende y, cuando la cojo, se da media vuelta y se pierde por el pasillo.
Así fue como descubrí que había sufrido tanto como yo. Así me confesó que vivir separados era una tortura para ambos.
Así fue como, cuando todo acabó, nos limitamos a sobrevivir.
Justo lo que tengo que acostumbrarme a hacer a partir de ahora, que sé que se ha rendido. Ahora que me he dado cuenta de que no está dispuesto a luchar por mí… Justo ahora que yo estaba decidida a volver con él…
◆◆◆

—¿Cómo te ha ido el día? —me pregunta Cassey.
—Bien. ¿Y el tuyo?
—¡Genial! Creo que tengo muchas posibilidades de que me cojan para la obra que te comenté. El director quiere gente joven y me dijo el otro día que me movía bien… Puede que necesite algunas clases de canto. Se las pediré a papá. ¿Te parece bien? Es muy importante para mí. Es lo que quiero hacer con mi vida y… Sé que no tengo que hacerme muchas ilusiones, y que, aunque me cojan ahora, puede que no pase nada más y…
Habla sin parar, más de lo habitual, desde varios días. Exactamente desde que me encontró estirada en mi cama aquella noche, hecha un mar de lágrimas. Aunque me preguntó, nunca le conté qué había pasado. No hizo falta, porque poco después descubrió que su padre estaba igual de triste que yo, y no le llevó nada de tiempo atar cabos.
—¿Mamá…?
—¿Mmmm…? Dime.
Cassey abre la boca con intención de preguntarme algo de lo cual se arrepiente enseguida y la vuelve a cerrar. Y así, hasta en un par de ocasiones
—Mamá, ¿te apetece que hagamos algo por tu cumpleaños? —me pregunta Cassey.
—No.
—Me refiero a hacer algo las dos juntas… Ya sabes. Podríamos irnos a un spa, o a la peluquería. Luego ir de compras… ¿Qué me dices?
Me encojo de hombros, sonriendo, intentando parecer emocionada.
—Si quieres podemos hacer algo cuando llegue de trabajar.
—¿En serio vas a ir a trabajar? ¿Por qué no te tomas el día libre?
—No quiero hacer nada especial —contesto, encogiéndome de hombros—. Sabes que odio las fiestas de cumpleaños.
—Sé que las odias desde que papa y tú lo dejasteis.
—Puede.
—Pero podemos hacer que te vuelvan a gustar.
—Lo dudo.
Cassey resopla, dándose por vencida.
—Está bien. Como quieras. ¿Cena y cine cuando vuelvas de trabajar?
—Hecho.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Dom 27 Mayo - 14:18

CAPÍTULO 29
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de hacer música
El sonido del teléfono móvil me despierta. Es la tercera vez que suena y quien sea, no parecen rendirse, así que imagino que deben ser Livy o mi padre. Salgo de la cama y, arrastrando los pies, bostezando y rascándome la nuca, llego hasta el recibidor, donde lo dejé, dentro del bolsillo de mi chaqueta. Antes de contestar, leo el nombre de mi padre en la pantalla.
—Supongo que es tu llamada rutinaria para saber si estoy vivo. Te lo confirmo, lo estoy. Hasta luego, papá.
—¡Chris, espera!
—Dime —resoplo.
—¿Quieres ir a correr? ¿O a nadar?
—Papá, por si aún no lo has notado, mi forma física dista mucho de ser la óptima. Y, sinceramente, me apetece bien poco echar el hígado por la boca a propósito…
—De acuerdo… Pues Livy dice que te vengas a comer. Hará pastel de carne…
—Papá…
—O si te apetece otra cosa…
—Papá.
—Dice que, si lo prefieres, podemos salir a comer al nuevo italiano que han abierto en el barrio…
—¡Papá! —le corto, viéndome obligado a gritar para hacerle callar. Cuando lo consigo, añado—: Ya sé que no os fiais de mí, que teméis que cometa una locura, y que por eso me queréis tener controlado.
—No es eso…
—Sí lo es. A todas horas, papá. A todas horas. Y necesito estar solo. Lo necesito. Sé que no os he dado motivos para confiar en mí, pero no puedo más…
—Solo queremos que estés bien… —susurra—. No queremos perderte, Chris.
—Lo sé, y lo entiendo… Pero os pido que confiéis en mí. Aunque sea una última vez.
—De acuerdo —resopla—. Prométeme que me llamarás si me necesitas.
—Lo prometo.
—De acuerdo… —Escucho de fondo la voz de Livy, hablándole—. No, Liv, no necesita comida. ¿Verdad, Chris?
—Aún tengo el congelador lleno —contesto, sonriendo con cariño.
—Está bien. Te quiero, Chris.
—Y yo.
Cuelgo y camino de vuelta al dormitorio para volverme a echar en la cama, cuando suena el timbre de la puerta.
—Joder… —resoplo, hundiendo los hombros, justo antes de dar media vuelta y dirigirme hacia el recibidor.
Sin molestarme a preguntar, porque imagino que serán Max, Lexy o Jimmy, cumpliendo órdenes de Livy y mi padre, abro la puerta y me apoyo en ella.
—Hola —me saluda Cassey, entrando en mi apartamento sin esperar a que le dé permiso.
—¿Tú también?
—Yo también, ¿qué?
—¿Quién te envía?
—Nadie.
—¿Pretendes hacerme creer que estás aquí simplemente porque quieres?
—¡Sí! —contesta, arqueando las cejas, entre confundida y sorprendida—. ¿Acaso te piensas que vengo obligada? ¿Todas las veces que he venido antes?
Me encojo de hombros y muevo la cabeza. Abro la boca para intentar hablar, pero la cierro poco después, cuando me doy cuenta de que no tengo nada bueno que decir. Frunce el ceño y luego agacha la cabeza.
—No me lo puedo creer… —susurra, con la voz tomada por la emoción—. No…
—Escucha…
Extiendo un brazo e intento tocarla, pero ella se aparta rápidamente, levantando las palmas de las manos. Hace el ademán de darse la vuelta, y entonces consigo agarrarla por el codo.
—Espera, Cassey… Lo siento, ¿vale? Escucha… Todo esto… Mira, a veces me parece como si os turnarais para cuidarme, como si cumplierais a rajatabla con un plan de visitas…
—Yo solo quiero estar contigo… —dice con un hilo de voz, sollozando—. Necesito que confíes en mí, papá. Necesito que creas que quiero estar contigo, y que lo hago porque quiero, no porque alguien me lo diga.
Entonces, la atraigo hasta mí y la estrecho entre mis brazos.
—Lo siento. Lo siento. Lo siento —repito una y otra vez—. Es solo que…
Al rato, desentierro su cara de mi camiseta y seco sus lágrimas con mis pulgares. Luego, aun agarrándola, camino hacia el interior de mi apartamento, cerrando la puerta a nuestra espalda. Nos quedamos de pie al lado de la puerta durante lo que parecen siglos, simplemente abrazados, consolándonos mutuamente.
Cuando nos separamos, deambulo por el salón hasta llegar a la ventana que da a la escalera de incendios. Apoyando la cabeza en el brazo, y este en la pared, sopeso mi respuesta.
—Simplemente, estoy… deshecho. Sí, creo que esa es la palabra…
—¿Deshecho…?
—Me siento exhausto. Me siento apático, triste, desinflado… Es como si… nada me importara ya.
—Pero… Yo pensaba que… Bueno… Yo… pensaba que estabas mejor. Creía que yo… había… no sé… mejorado un poco las cosas para ti. 
—Por supuesto, Cassey. Tú has dado sentido a mi vida. Sin ti, no habría salido del pozo —digo, dándome la vuelta para mirarla.
Doy un par de pasos hacia ella, pero retrocede, rehuyendo incluso mi mirada, asustada. Así pues, cambio la dirección hacia la banqueta y me dejo caer en ella, dándole la espalda al piano. Apoyo los codos en las rodillas, agarrándome la cabeza, justo antes de continuar.
—Es… complicado… —susurro.
—Mamá… Ella… está como ausente desde hace unos días… También parece… deshecha. —Me mira de reojo, expectante por mi reacción. Resoplo y me rasco el pelo de la nuca—. ¿Tiene algo que ver ella en el cambio en tu estado de ánimo? ¿Y tú en el de ella?
—Ella… vino a verme.
Ahoga un grito, mirándome con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? No… me dijo nada…
—Ella… se plantó delante de mí. Ahí fuera. —Señalo con el dedo hacia la escalera de incendios—. Yo estaba…
—Intentándolo de nuevo —dice, antes que yo lo haga.
—Sí… Ella… me gritó, me pegó… Descargó toda su ira contra mí. Luego me vio. Quiero decir, se dio cuenta de mi… patético estado… y entonces… supongo que le di pena. Y me besó. Como si se sintiera culpable e intentara expiar su culpa. Así que, simplemente, me quedé inmóvil. No le devolví el beso… y sabe Dios que no hay nada que quiera más en este mundo que besarla de nuevo. Pero no de esa manera. No así. No por pena.
—No te creo… No… puedo creer que no hicieras nada… No puedo creer que pienses que te besó por pena… —Me mira con expresión triste, con las lágrimas asomando en sus ojos—. No puedo creer que tuviera el valor para hacerte frente, para besarte, y tú, simplemente, no hicieras nada. 
La observo mientras se mueve nerviosa por la habitación. Dicho así, sin tapujos, sin rodeos, sí parece que me comporté como un cobarde, pero necesito que entienda mis motivos. Necesito que entienda que yo quiero que me quiera, no que sienta pena por mí. Quiero que me bese con toda su alma. Acepto que acompañe su beso con un toque de reproche, de venganza e incluso de odio, pero no quiero darle pena. Ni una pizca.
Entonces, se frena en seco y deja de dar vueltas. Me mira fijamente. Abre la boca varias veces y la cierra acto seguido. La miro expectante, y tengo que decir que con algo de miedo.
—Ahora mismo —empieza a decir, señalándome con un dedo—. Me arrepiento de haberte conocido, ¿sabes?
Me pongo en pie e intento cogerla para abrazarla. Como antes, retrocede para evitarme, mostrándome las palmas de las manos.
—No… no quiero estar aquí… No… —balbucea de nuevo, girando sobre sí misma, como si estuviera desorientada e intentara encontrar la puerta.
—Cassey… Lo siento… Yo…
—¿Tú qué? ¿Te lo digo yo? Eres un cobarde, papá. Y dices que no quieres darle pena, pero en realidad no haces otra cosa que intentar parecer un mártir… Que todos piensen “pobre, lo que está sufriendo…” y no tienes ni puta idea de lo que es sufrir comparado con mamá.
—¡Cassey, espera! —le pido cuando la veo abrir la puerta. Consigo que se detenga unos segundos, que aprovecho para suplicarle—: Perdóname, por favor…
—Yo no me acordaba de ti y, gracias a mamá, no te eché nada de menos. Yo fui feliz. No es a mí a quien tienes que pedir perdón.
El sonido de la puerta al cerrarse retumba en mis oídos durante lo que se antojan siglos. De hecho, creo que sigo escuchándolo horas después cuando, tumbado en la cama, soy incapaz de conciliar el sueño.
◆◆◆

Arrastro los pies hasta la cocina para prepararme un café cargado y así intentar que la cafeína me levante un poco el ánimo. Desde que Cassey dio ese portazo esta mañana, me he sumido en un letargo extraño. Un letargo que me ha tenido como adormilado, aunque no he sido capaz de conciliar el sueño. He deambulado por el apartamento como un zombi, sin saber qué hacer, y sin ganas de nada.
Mientras espero a que la máquina escupa mi preciado líquido marrón, apoyándome en la pared, me fijo en el calendario colgado en la pared frente a mí. Me lo regaló Cassey, y se encargó de anotar todas las fechas que ella creía relevantes. Su criterio resultó ser muy dispar, así que tengo marcadas fechas como el aniversario de no sé qué victoria de los Marlins, solo para hacerme rabiar, o la fecha del estreno de la obra en la que va a participar.
Hoy, hay otro evento importante marcado. El día está enmarcado dentro de un corazón rojo. Me acerco lentamente, al tiempo que escucho cómo la cafetera empieza a expulsar mi café. Giro la cabeza y compruebo que cae dentro de la taza y, como pretendo tomármelo muy cargado, sigo caminando hasta quedarme a un palmo del calendario. Apoyo las palmas de las manos a ambos lados, respirando profundamente, leyendo esas palabras una y otra vez.
—Cumpleaños de Jill… Cumpleaños de Jill… —repito sin parar.
Chasqueo la lengua y, decidido, apago la cafetera y corro hacia el dormitorio. Me pongo el primer pantalón vaquero que encuentro, una camiseta de manga larga y una sudadera negra con capucha. Me calzo las zapatillas de deporte y salgo corriendo hacia la puerta. Al pasar por el salón, me fijo en mi guitarra, que reposa sobre su pedestal, en su sitio privilegiado. Producto de un arrebato repentino, sin pensar demasiado por qué, la cojo y me la cuelgo a la espalda. 
Una vez en la calle, corro sin descanso, esquivando peatones, cruzando calles sin mirar, e incluso saltando por encima del capó de un taxi. Recibo reproches, bocinazos e incluso insultos, y, aun así, no se me borra la sonrisa de la cara. Cualquiera diría que, hasta hace unos minutos, deambulaba por mi apartamento como un alma en pena. Ahora sonrío porque tengo un propósito. Ahora sonrío porque sé lo que quiero. Ahora sonrío porque quiero estar con ella.
Cuando llego a su calle, aminoro un poco la zancada para poder fijarme en los números de los bloques de apartamentos, hasta que me planto frente al suyo. Me acabo de dar cuenta de que mi plan tiene un pequeño fallo: no sé el piso en el que viven. La anterior vez que vine, Cassey me abrió la puerta de abajo y corrí como un loco hasta que encontré una puerta abierta. Esta vez, estoy solo ante el peligro. Así que aquí estoy, parado frente a la fachada, agarrando la correa de mi guitarra con ambas manos mientras miro hacia arriba, intentando recuperar el aliento a marchas forzadas y, quizá, recibir alguna señal divina que me ayude con mi problema. Cuando bajo la vista, con un leve atisbo de derrota en el ánimo, me doy cuenta de que estoy parado frente al escaparate de la peluquería que ocupa la planta baja del bloque, y que las clientas y peluqueras no me pierden de vista. Las miro a todas, una a una, y entonces se me ocurre una idea.
—Hola… —las saludo en cuanto entro, levantando una mano.
—Hola —contestan unas.
—¿Qué tal…? —dicen otras.
—¿Vienes a deleitarnos con una serenata? —pregunta una de las peluqueras.
—Puede que otro día —contesto, justo antes de añadir—: Antes necesito un favor. ¿Conocen a la gente que vive en el bloque?
—A algunos… —responde una de las peluqueras.
—Una mujer y su hija…
La peluquera asiente, con los brazos cruzados sobre el pecho. Me mira de forma altiva, levantando el mentón, dándome a entender que sí las conoce y que no me va a poner las cosas fáciles.
—Las conozco —me confirma.
—Genial. Genial. Necesito saber en qué piso viven…
Me mira levantando las cejas.
—¿Y por qué debería decírtelo?
—Porque… necesito verlas.
—Si no sabes donde viven, quizá sea porque no te lo han querido decir… Y si no te lo han querido decir, por algo será, ¿no? ¿Por qué debería decírtelo yo?
—Soy de fiar. Lo juro. He venido antes, pero no me fijé… Cassey me dijo donde vivía, pero no el piso…
—Cassey es muy joven para ti —asevera, frunciendo el ceño.
—¿Qué? ¡No! ¡O sea…! ¡No! ¡Yo no…! ¡Ella y yo, no…! —Les muestro las palmas de las manos, intentando demostrar mi inocencia—. Lo juro. Su madre y yo fuimos… tuvimos algo hace un tiempo. De hecho… Cassey es… mi hija.
—Espera, espera… ¿Tú eres…? No puede ser… ¿Tú…? —balbucea la otra peluquera, más joven y probablemente, debido a su evidente parecido, hija de la otra.
La miro con las cejas levantadas, expectante. No sé lo que Cassey le ha podido contar de mí, o hasta dónde, mejor dicho. Aunque también puede ser que me haya reconocido.
—¿Qué sabes, Tallulah? —le pregunta su madre.
—¿Eres…?
—No sé hasta qué punto sabes quién soy… Estoy algo... perdido —digo.
—Eres realmente su padre. Eres Chris Taylor.
Me encojo de hombros y abro los brazos. Hago una mueca con la boca mientras las observo a todas.
—¿Ese Chris Taylor? —pregunta una de las clientas, poniéndose en pie con la permanente a medio hacer, acercándose a mí.
Al instante, me veo rodeado por todas ellas, teléfono móvil en mano, queriéndose hacer una foto conmigo. Accedo a todas sus peticiones, intentando esbozar la mejor de mis sonrisas, hasta que Tallulah viene en mi rescate.
—Apartaos todas. Apartaos —dice, empujándolas hasta conseguir plantarse frente a mí—. Habla.
Confundido, niego con la cabeza.
—Yo le hago las mechas a Cassey. Muy a menudo. Tengo la versión de la historia actualizada. Diría que muy actualizada. Hasta el punto de que, ahora mismo, no sé qué pretendes presentándote aquí… Ni Jill ni Cassey quieren saber nada de ti.
—Lo sé, pero… Me comporté como un capullo, de nuevo, y necesito enmendar mi error.
—¿De qué manera? —me pregunta cruzándose de brazos, en una pose muy similar a la de antes de su madre.
—Necesito decirle que la quiero, que siempre la he querido, y que siempre la querré. Quiero demostrarle que tenía razón, que me había rendido… hasta que la vi de nuevo.
Su expresión se empieza a suavizar, aunque sigue mostrándose algo altiva.
—Hoy es el cumpleaños de Jill —prosigo—. Odia su cumpleaños por mi culpa, por culpa de mis… ausencias. Quiero estar aquí para ella hoy. Así que, aunque no quiera verme, quiero que sepa que estoy aquí.
Me mira durante unos segundos más, parpadeando. Finalmente, deja ir los brazos, que caen inertes a ambos lados de su cuerpo.
—Tercer piso, segunda puerta.
—Gracias. Gracias, de verdad —empiezo a decir mientras me alejo.
—¡Vamos! ¡Corre! —Escucho que dice una de las clientas.
—¡Qué bonito es el amor! —dice otra.
—A mí ya no me pasan estas cosas. Si un mozo como ese llamara a mi puerta, dejaría a Alfred sin dudarlo.
—Si un tío como ese llama a tu puerta, será porque se ha equivocado de piso.
El ruido de sus risas aún se escucha en la calle cuando, con un dedo tembloroso, llamo al interfono. Tardan un rato en responder, así que aprovecho para hacerme un pequeño guion en la cabeza.
—¿Diga?
—Eh… —Vale, a la mierda el guion. Me he quedado en blanco—. ¿Jill…?
—Sí. ¿Quién es?
—Soy… yo. Chris.
—¿Qué haces aquí?
—Ábreme, por favor.
—Vete.
Vuelvo a llamar de forma insistente, aunque esta vez nadie contesta. Así que me decido por hacer servir una táctica algo rastrera: llamo a otro piso, concretamente a uno del segundo piso, y pruebo a ver si me abren.
—¿Diga? —responden, con claro acento extranjero.
—Hola. ¿Me puede abrir, por favor?
—¿Quién ser?
—Necesito ir al tercer piso…
—¿Es hombre que trae cartas?
—No. Necesito ir al tercer piso…
—¿Trae carta para segundo piso?
—No, yo… Necesito…
—Estoy esperando carta urgente de mi tía…
—Sí, le traigo una carta.
—¡Ah, bravo! ¡Le abro!
Tiro de la puerta en cuanto escucho que se abre y empiezo a subir los escalones de tres en tres. Al llegar al rellano del segundo piso, veo a la debe de ser la señora con la que he hablado, esperándome. La esquivo y sigo corriendo, disculpándome con la mirada.
—Lo siento…
—Carta es para segundo. Por ahí va a tercero. Segundo aquí.
—No traigo ninguna carta. Lo siento.
—¡Usted miente! —grita, mientras yo empiezo a subir el último tramo de escaleras.
—¡Lo siento!
—¡Sucio americano mentiroso y rastrero! —Escucho, justo antes del ruido de la puerta al cerrarse.
Al llegar al tercer piso, me planto en la segunda puerta y, aun jadeando, pico al timbre de forma insistente. No recibo respuesta, así que insisto pulsándolo varias veces seguidas.
—¡Por favor, Jill…! —Grito, golpeando la puerta con las palmas de las manos—. ¡Necesito hablar contigo! ¡Quiero decirte tantas cosas…! ¡Déjame entrar, por favor! ¡Jill! ¡Escucha, perdóname, ¿vale?! ¡Te lo tuve que decir el otro día, pero, me bloqueé, ¿vale?! ¡No es que no quisiera, es que no pude! ¡No te esperaba, ¿sabes?! ¡Me pillaste desprevenido! ¡Jill, por favor!
Dejo de golpear la madera para intentar escuchar lo que sucede al otro lado, pero no escucho nada. Entonces, decido usar otra táctica, e intentar ayudarme de la otra persona que vive aquí y que puede que me eche un cable. O no, si tenemos en cuenta lo de esta mañana, pero estoy desesperado, y voy a agotar todas mis opciones.
—¡Cassey! ¡Eh, Cassey! ¡Escúchame! ¡Ábreme para que pueda hablar con tu madre! ¡Por favor! ¡Cassey! ¡Tú sabes lo que siento por ella! ¡Lo sabes! ¡Cassey, te necesito!
Golpeo la puerta con la frente y los ojos cerrados.
—Por favor… —suplico cada vez con menos fuerza.
—No metas a Cassey. Esto es algo entre tú y yo. Te permití conocerla, cuando sabes bien que no te lo merecías, pero no voy a permitir que la utilices entre tú y yo.
—¡Jill! —Me aprieto contra la madera, como si intentara traspasarla—. Jill, no te vayas. Está bien. No meteré a Cassey en esto. Lo prometo. Pero no te vayas.
La escucho suspirar al otro lado de la puerta y me remuevo en el sitio, ansioso. Me gustaría obligarla a quedarse, impedir que se dé la vuelta, y no poder hacerlo, estando al otro lado, no tener ese control, me pone muy nervioso.
—Por favor… —susurro de nuevo.
Entonces, veo su ojo a través de la mirilla de la puerta y me vuelvo a abalanzar contra ella.
—Hola, hola… —repito una y otra vez, acariciando la madera como si la estuviera acariciando a ella, incluso pasando los dedos por encima de la mirilla—. Estás ahí… ¿Me abres la puerta? Por favor…
La mirilla se cierra, y eso me hace enloquecer.
—¡Jill! ¡Jill, por favor…! ¡Por favor…! Por favor… —repito mientras me voy apagando lentamente.
Me dejo caer de rodillas sobre el felpudo, con las manos y la frente apoyadas en la puerta, como si estuviera rezando.
—No me marcharé… Esta vez, no te dejaré… No me marcharé… No te dejaré sola… —me descubro repitiendo, como un mantra.
Entonces, me siento en el suelo, apoyando la espalda en la barandilla de la escalera, sin perder de vista la puerta, con la guitarra al lado. Resoplo con fuerza, agotado, pero no tengo otro sitio mejor en el que estar, y tampoco parece que me vaya a dar la oportunidad de explicarme cara a cara, así que, me resigno y empiezo a hablar:
—Mi vida era un sinsentido, una sucesión de mentiras, desde el mismo instante en que me dejé arrastrar por la fama y el dinero. Tú eras lo único que me mantenía cuerdo, pero fui un… gilipollas. No te culpo. Entiendo que me dejaras, y también que huyeras lejos de mí. Como me dijo tu padre, fue por mi culpa… —Chasqueo la lengua, intentando encontrar las palabras adecuadas que expresen todo lo que siento—. Mi vida no es la música, Jill. Muchos me han dicho que antepuse la música a mi familia. Y eso no es verdad. Mi vida eres tú. Tú eres la protagonista de todas mis canciones, Jill. Sin ti, no tengo música…
Apoyando la frente en el piano, dejo que mis dedos pulsen las teclas de forma aleatoria.
—Necesitamos un bombazo, una joya que nos lleve al número uno de nuevo —dice Jeff, nuestro representante.
Camina nervioso a un lado y otro del estudio, rascándose la nuca. El resto de chicos del grupo le miran sin saber qué hacer, básicamente porque soy yo el que tengo que hacer algo. Desde siempre, desde nuestros inicios, soy yo el que escribe y compone las canciones. Yo ideo, yo lo creo, ellos tocan lo que yo les digo y yo lo canto. Este es el secreto de nuestro éxito: grandes letras y mejores músicos. Pero si algo de esta ecuación no funciona, todo se va a la mierda.
—Joder, Chris… ¡Ponte las pilas, macho! —Se queja Jeff, blandiendo en alto los folios de mis intentos de escribir una canción—. ¡Todo esto es una mierda! ¡Pura basura!
Me lanza los papeles a la cara. Los veo caer lentamente, como las hojas de los árboles en Central Park en otoño. Recuerdo lo mucho que le gusta a Jill esa estación del año: los colores de la naturaleza, empezar a sentir el frío en las mejillas, los paseos agarrados y con el cuello de las chaquetas tapándonos las mejillas, los cafés calientes en los puestos callejeros, el ruido de las hojas al pisarlas, el vaho saliendo de nuestras bocas…
—Vamos, Chris… Tienes que sacarte algo de aquí dentro… —insiste Jeff, devolviéndome a mi triste realidad y golpeándome la sien con un dedo—. Tienes que volver a salir ahí fuera, sin camiseta, enseñando tus tatuajes a todas las tías que se desgañitan frente a ti. ¿Qué necesitas? Pídemelo y te lo daré. ¿Más bebida? ¿Más drogas? ¿Tías? Puedo llamar a quién quieras ahora mismo. Sé de muchas modelos internacionales que se abrirían de piernas ante ti con una simple llamada
Sin contestarle, me levanto y camino hacia la estantería llena de botellas de alcohol y me sirvo un vaso generoso de whisky. Luego, extiendo una raya de coca y, tapándome uno de los orificios de la nariz, lo esnifo entero.
—Jeff… ¿Y si nos damos un descanso? —Se atreve a insinuar Charlie.
—¿Descanso? ¿Vosotros tenéis idea del dinero que cuesta todo esto? ¡Millones! Ahora imaginaos si no tenemos con qué pagarlo.
—Chris no está bien desde… Bueno… Desde que…
—¡¿Desde qué?! ¡Vamos! ¡Atrévete a decirlo! —le grito, empujándole con violencia.
—Chris, tranquilo. Estamos de tu parte… No queremos que…
Entonces, sin más, armo el puño e intento darle en la cara. No consigo enfocar bien la vista, y me siento algo mareado, así que todo se queda en un intento patético, y acabo de bruces en el suelo. Los chicos se arremolinan a mi alrededor y se preocupan por mi estado.
—Chris… ¿Estás bien?
Entonces, sin poder evitarlo, empiezo a llorar de forma desconsolada, consciente de una forma brutalmente abrumadora de que tienen razón. Consciente de que, sin ella, soy incapaz de hacer música.
—Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de hacer música —me descubro diciendo en alto, de vuelta en el rellano del tercer piso de un bloque del barrio de Hell’s Kitchen, muy alejado de ese estudio de grabación lleno de excesos al alcance de mi mano, pero muy alejado de la verdadera felicidad—. Y es la pura realidad. Desde entonces, no he sido capaz de tocar más de dos notas seguidas en mi guitarra, ni de escribir nada coherente en un papel. Hace poco que he conseguido tocar el piano de forma más o menos correcta, aunque estoy lejos de ser lo que era. Y no me atrevo a cantar porque sé que la voz se me ha… roto, de alguna manera.
Apoyo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos.
—Soy tremendamente desdichado, Jill —prosigo, aun con los ojos cerrados—. Me despierto por las noches sobresaltado, rememorando una y otra vez la sensación de vacío absoluto que sentí cuando descubrí que te habías marchado.
Escucho lo que me parece un leve movimiento al otro lado de la puerta como si alguien se apoyara en ella. Una parte de mí quiere creer que Jill está al otro lado, escuchándome atentamente con el corazón encogido. De alguna manera, si lo creo así, me siento más cerca de ella.
—Me siento como si no solo hubiera arruinado mi vida, sino que también te robé la tuya. Y lo siento. Lo siento muchísimo. De veras. Pero, ¿sabes qué? Quiero devolvértela, y sé que soy el único que puede hacerlo. Sé que soy el único capaz de hacerte sonreír como antes, sé que eso solo pasará cuando me dejes entrar de nuevo en ella. Sé que es así. Estoy convencido de ello. No pretendo sonar engreído, y soy consciente de que estás en todo tu derecho de odiarme, pero, sé que estás tan perdida como yo. Tú y yo… siempre seremos tú y yo. Juntos hacemos cosas tan increíbles como esa adolescente que tienes ahí dentro contigo. Y sé que no tengo derecho a atribuirme ningún mérito en lo que respecta a ella más que sus ojos, su cabezonería y quiero pensar que su sentido del ritmo, pero ella es el resultado de lo que pasa cuando hacemos cosas juntos.
Giro la cabeza a un lado y veo mi guitarra, como si esperara su turno para intervenir. La coloco sobre mi regazo y pinzo con los dedos algunas de las cuerdas al azar, haciéndolas sonar.
—La he traído conmigo —le informo—. Creo que lo he hecho porque solo contigo a mi lado seré capaz de tocarla de nuevo. Y ya sé que técnicamente no estoy a tu lado, no era así como había planeado que iría… Supongo que, iluso de mí, pensé que conseguiría que abrieras la puerta de buenas a primeras y te lanzaras a mis brazos… Ni siquiera me planteé que todo acabara así…
Se me escapa una tímida risa mientras sigo pinzando las cuerdas, aún sin tocar ninguna melodía concreta.
—¿Te acuerdas de la primera vez que toqué para ti? Yo sí… Fui corriendo hasta tu casa para enseñarte la guitarra que me había regalado mi padre para Navidad. Hasta ese momento, no sabías que supiera tocarla. Nadie sabía que tocaba… Bueno, excepto mi padre, que lo supo poco antes, cuando se lo comenté una tarde, sin darle más importancia… Recuerdo perfectamente tu cara cuando me senté en tu cama y empecé a tocar y a cantar… Supe desde ese mismo instante que nunca dejaría de hacerlo, que nunca dejaría de tocar para ti. Quizá esto que me pasa haya sido un plan orquestado por el mismísimo karma… Ya sabes, eso de no poder tocar ni cantar porque, si no lo podía hacer para ti, ¿para qué intentarlo siquiera?
Y entonces acaricio la caja de mi guitarra, con cariño, encomendándome a ella. La he echado casi tanto de menos como a Jill, como si la hubiera perdido también, a pesar de haber estado siempre a mi lado. Cerrando los ojos, temeroso porque el resultado no sea el esperado, empiezo a tocar. Carraspeo un par de veces, justo antes de empezar a cantar.
“I found a love for me
Darling just dive right in
And follow my lead
Well I found a girl beautiful and sweet 
I never knew you were the someone waiting for me
'Cause we were just kids when we fell in love
Not knowing what it was
I will not give you up this time
But darling, just kiss me slow, your heart is all I own
And in your eyes you're holding mine”
Poco a poco se me va apagando la voz por culpa de las lágrimas y del nudo que se me ha formado en la garganta.
—Como ves, no me rindo… —consigo decir al final, con la voz tomada por la emoción, agachando la cabeza.
De repente, la puerta se abre y ella aparece frente a mí. Me mira con la cara bañada en lágrimas y la respiración entrecortada. No sé qué se supone que espera que haga, tampoco sé a ciencia cierta lo que yo seré capaz de hacer, así que permanezco sentado, con la boca abierta, observándola.
—Diga lo que diga… Haga lo que haga… —susurra entonces. Lentamente, me pongo en pie. Me quedo muy quieto, esperando quizá a que ella se mueva antes. Pero entonces, ella vuelve a hablar—: Sufra lo que sufra…
—Duela lo que duela, pase lo que pase… —prosigo. Son las mismas palabras que yo dije hace un tiempo, concretamente, ese triste día que todo acabó—. Siempre te amaré.
—Durante todo este tiempo, me he dado cuenta de que esas palabras son tremendamente ciertas, porque las he sufrido. Cada día de mi vida… —dice, abrazándose el cuerpo, muy emocionada.
No sé si estoy malinterpretando las señales, pero no quiero perder mucho tiempo averiguándolo. Ya llevo diecisiete años de desventaja. Así pues, me atrevo a dar los dos pasos que nos separan. Cojo su cara entre mis manos, acerco mi boca a la suya y la beso. Siento sus manos agarrándose a mi sudadera con fuerza, mientras se le escapan varios jadeos.
—Feliz cumpleaños, Jill. —Abre los ojos de par en par, sorprendida. Segundos después, emocionada, deja que una sonrisa se le empiece a dibujar—. Necesito devolverte la ilusión por este día. Sé que yo te la robé, y quiero ser el culpable de que vuelva a hacerte ilusión este día.
Rodeo su cuerpo con mis brazos, apretándola con fuerza, alzándola en el aire, como si me la quisiera llevar lejos para asegurarme de no perderla jamás. Necesito sentir cada poro de su piel, palparla para que mis manos se aseguren de memorizarla de nuevo.
—Te he echado demasiado de menos… —susurro, apoyando mi frente en la suya—. Te necesito… No te decepcionaré. Seré mejor. Para ti y para Cassey. No volveré a… Todo volverá a ser como antes, como al principio… Se acabó todo lo demás… Se…
Entonces ella pone un dedo sobre mis labios, obligándome a callar. Se separa unos centímetros de mí para mirarme a los ojos.
—No más promesas. No más palabras.
—Vale. Sí. De acuerdo —Asiento sin parar a la vez que hablo.
—No te alejes de nosotras —me pide, acariciando mi cara con sus manos, como si quisiera asegurarse de que estoy realmente frente a ella—. Nunca más.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por Yrisol el Dom 27 Mayo - 20:39

Gracias
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Yrisol


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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por olsaal81 el Lun 28 Mayo - 5:33

Que tierno ... y que fortaleza la de Jill después de todo lo que ha tenido que sufrir , ser ella la que de el primer paso para la reconciliación ; no sé si yo hubiera sido capaz ... 
muchas gracias por los capis
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olsaal81


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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

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