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EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

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EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 8 Mayo - 8:07

Recuerdo del primer mensaje :


Os voy a contar una historia de amor diferente. Una historia llena de lucha, derrotas, sacrificios, lágrimas, imperfecciones y cicatrices.
Una historia de amor de dos personas que se encontraron cuando no tenían nada y se separaron cuando lo tenían todo.
Os voy a contar qué pasó... cuando todo acabó.
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axcia


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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por olsaal81 el Vie 18 Mayo - 1:49

Muchas gracias por los capis
Menos mal que Chris ha reaccionado y se va a desintoxicar ... 
Paso a paso !!
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olsaal81


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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Vie 18 Mayo - 13:30

CAPÍTULO 15
Y así fue como, cuando todo acabó, empezó la pesadilla
—¿Qué te pongo?
Miro detenidamente las fuentes llenas de comida expuestas frente a mí. Todo muy sano, todo muy verde, todo muy… soso. Empiezo a negar con la cabeza, dando un par de pasos hacia atrás.
—No tengo hambre.
—Mira, ya sabes cómo funciona esto. Tienes que comer para que te dejen salir del comedor. Y solo te dejarán salir cuando te pongan el sello en tu cartilla. Y solo te lo pondrán si te comes todo lo del plato. Y solo te lo podrás comer si me dices qué te pongo.
Resoplo demostrando mi disconformidad, aunque me parece que al tipo de detrás del mostrador le da completamente igual que esté o no de acuerdo con las reglas. Él tampoco las ha puesto. Él es alguien como yo, que cumple con el cometido que le han asignado.
Miro el recuadro de mi cuartilla. En ella ya hay algunos sellos, los de algunas comidas, los de las tomas de las pastillas, los de mis visitas con la psicóloga del centro y los que me otorgaron por hacer bien mi tarea asignada, en mi caso, limpiar los establos de los animales. Necesito cien sellos para que se planteen dejarme salir de aquí. Cien sellos para que un comité evalúe mi progresión. Cien sellos para que un médico diga que estoy limpio. Cien sellos para que un psicólogo diga que soy apto para soltarme de nuevo ahí fuera. Cien sellos me separan de Cassey. Cien buenas acciones para intentar recuperar el tiempo perdido con ella. Con ellas…
—Eh… Ponme… Joder… Eso mismo —le señalo sin poder evitar la expresión de asco.
—¿Esto? ¿En serio? —me pregunta el tipo.
Levanto la vista y le miro, asustado, levantando las cejas.
—No me jodas. ¿Alguna recomendación…?
El tipo empieza a reír a carcajadas mientras hunde el cucharón en la crema de verduras que he elegido.
—Me estoy quedando contigo, blanquito —me dice mientras me tiende la bandeja—. Te creía más espabilado…
—Que te jodan.
Me alejo caminando de espaldas, enseñándole el dedo corazón, gesto que parece no importarle lo más mínimo, ya que sigue riendo y comentando la anécdota con el siguiente tipo de la fila.
—Hola, Chris —me dice una de las enfermeras al acercarse a mí. No la había visto hasta ahora, pero aquí todos parecen saber cómo te llamas—. Aquí tienes tus pastillas.
Se queda plantada a mi lado, esperando a que me las tome. No contenta con ello, cuando lo hago, tengo que abrir la boca y sacar la lengua para que se asegure de que las he tragado.
—Perfecto. Otro sellito para tu cartilla.
Fuerzo la sonrisa, hasta que se encamina hacia su siguiente “víctima”. Entonces me concentro en el plato que tengo frente a mí. Acerco la nariz, pero no huele a nada. Hundo la cuchara y me la llevo a la boca. No puedo decir que esté malo, pero tampoco bueno. Es insípido y, básicamente, demasiado sano.
—¿A que está delicioso?
Se sienta frente a mí el tipo que me ha servido la comida.
—Piérdete.
—No.
—Oye, mira… Llevo dos semanas aquí, encerrado en una puta habitación de color gris, metido en una cama con sábanas grises, vestido con un puto pijama gris, atado con correas…
—¡No me lo digas! ¡Correas grises!
—Gilipollas… —susurro con una mueca de asco dibujada en los labios, apartando la bandeja.
—Dos semanas de aislamiento son muchas, así que supongo que llegaste hasta arriba, ¿no? —Aprieto los labios, soltando el aire por la nariz, realmente exasperado—. No se lo tengas en cuenta. Comprende que antes de dejarte pulular por aquí a tus anchas, se han tenido que asegurar de que no vas a autolesionarte. Además, tampoco iban a dejar que te pasearas por aquí con aspecto de muerto viviente, asustando al personal.
—Piérdete, colega.
—Es mi tiempo de descanso para comer y nos podemos sentar donde queramos.
—¿Y tiene que ser aquí?
—Sí.
—Pues todo tuyo, porque yo ya he acabado.
—¡Ni de coña! Ahí hay mejunje aún… No te lo van a dar por bueno.
Y entonces, miro alrededor para comprobar que ningún orientador nos mira y vierto el contenido de mi bol en el suyo.
—Pero, ¿qué…? —El tipo abre los brazos, alucinado, mientras yo me alejo susurrando—: Empate a uno…
Cuando llego a la puerta, muestro mi bol vacío y consigo un nuevo sello. Consciente de que mi nuevo amigo estará mirándome, sin darme la vuelta, me alejo levantando ambos brazos, con gesto triunfante.
◆◆◆

Hace un frío de la hostia y son las seis de la mañana. A duras penas me ha dado tiempo de tomarme un zumo de naranja, lo único que Nick, el orientador que me guía durante los primeros días en mi trabajo en los establos, me ha dejado tomar.
Mientras caminamos hacia los establos, pisando la hierba helada, me resguardo del frío con mi sudadera, metiendo las manos en el bolsillo delantero, con la capucha puesta.
—La idea principal es mantener esto lo más limpio posible… No es un trabajo difícil, pero sí tienes que dedicarle tiempo. O sea, por la mañana puede estar limpio, pero por la tarde te lo puedes llegar a encontrar fatal… Con la pala puedes retirar los excrementos, y con la horca puedes extender paja donde haga falta. Hay un grifo ahí para que puedas poner agua en los abrevaderos… ¿Me estás escuchando?
Giro la cabeza y le miro encogiéndome de hombros.
—Limpiar la mierda, poner paja y dar de beber a los bichos. Lo pillo.
—Es que no te veo muy… predispuesto al trabajo. —Me mira de arriba abajo, señalándome con una mano—. La gente no suele venir a currar con las gafas de sol puestas, y menos a las seis de la mañana… 
—Oye, mira. Necesito los putos sellos para salir de aquí, así que, tranquilo, lo haré —le corto—. No creo haber leído que haya un código de vestimenta exigido para realizarlo.
—De acuerdo. Si tienes cualquier problema, estaré cortando leña.
Asiento mientras él se aleja. Cuando me quedo solo, doy una vuelta sobre mí mismo, aun con las manos en los bolsillos. Un escalofrío recorre mi cuerpo, así que empiezo a caminar de un lado a otro. Me asomo a una de las cuadras, apoyando los brazos en la puerta, que me queda a la altura del pecho.
—Joder, macho. Te has quedado a gusto, ¿eh? —le hablo al caballo que hay en el interior.
En cuanto me escucha, se despierta y se empieza a poner en pie. Tiene un porte imponente que me da mucho respeto.
—Eh, eh, eh… —digo, enseñándole las palmas y dando un par de pasos hacia atrás—. No pretendía ofenderte.
El caballo camina de forma pausada hasta asomar la cabeza. Me mira fijamente y, aunque dudo durante unos segundos, me empiezo a acercar alargando una mano hasta tocarle el hocico. Poco a poco gano confianza y consigo posar ambas manos.
—Vaya… ¿Te cuento un secreto? Es mi primera vez con uno de tu especie… Moláis bastante, ¿sabes? Excepto por… toda esa mierda que ahora resulta que es mi trabajo recoger.
—¡Eh, colgado! ¿Ahora resulta que hablas con animales! ¡Ah, cojones! ¡Ya sabía yo que tu cara me sonaba de algo! ¡Eres el tipo que susurraba a los caballos! ¡No, no, no! ¡Eres el tipo que recogía la mierda de los caballos!
—Oh, joder… Qué suerte la mía… —digo mientras me alejo hacia el fondo del establo para hacer ver que cojo una de las herramientas.
—¡La hostia! ¡Qué peste, joder! —insiste, siguiéndome al interior—. Esto viene bien… Ver cómo están los demás para valorar lo que tienes… ¿A que ahora no te parece tan chungo el olor del mejunje de verduras?
—En serio, tío. ¿No tienes sueño? —le digo, ya con la horca entre las manos.
—Eh, eh, eh… —Me muestras las palmas de las manos, hasta que me ve entrar en uno de los establos y se relaja—. La coca me ha vuelto insomne. ¿A ti no?
Le miro de reojo mientras apunto la horca hacia el caballo al que estoy molestando. El pobre animal se levanta algo asustado y se aleja sin perderme de vista.
—Se te da de puta madre, ¿eh?
—Que te jodan.
—Igualmente. Soy Jay, por cierto. De DJ, no de Jason. —Me tiende la mano para que se la estreche mientras yo le miro con una ceja levantada, apoyándome en el palo de la horca—. ¡Vamos! ¡Esto es una ofrenda de paz! ¡Deja de fruncir el ceño!
—Paso —digo, justo antes de darme la vuelta y empezar a repartir el heno por el suelo del establo.
Él chasquea la lengua y se marcha. Nada más salir al exterior, hace unos estiramientos y, poco después, empieza a correr.
◆◆◆

Con la cartilla en la mano, arrastrando los pies, busco la sala donde se imparte la terapia. Solo me quedan dos sellos hoy, este y el de la cena, y no sé a qué le tengo más miedo.
—¿Te ayudo, Chris? —me pregunta un orientador al que tampoco había visto hasta ahora pero que, oh sorpresa, sabe cómo me llamo.
—Me toca terapia y… —Levanto ambos brazos mientras me encojo de hombros y miro a lo largo del pasillo.
—La última puerta. Te deben estar esperando ya.
—¿Deben…?
—Claro. Todos los demás.
—Creía que era una terapia…
Pero el tipo ya se ha marchado pasillo arriba, así que camino hacia la puerta que me ha indicado. En cuanto la abro, me quedo paralizado. Hay un montón de sillas colocadas formando un círculo, y todas ellas ocupadas menos una.
—Hola, Chris. Soy Martin. Te estábamos esperando. Toma asiento.
Frunzo el ceño, mirando a todos. Cuando mis ojos se encuentran con los de mi nuevo amigo Jay, él levanta una mano y mueve los dedos de forma cómica para saludarme.
—Creo que… No sé si estoy… —balbuceo, muy confundido.
—Estás en el sitio correcto. Bienvenido a la terapia de grupo —insiste el orientador, sosteniendo una carpeta sobre su regazo, mirándome por encima de las gafas.
Con paso dubitativo, me acerco a la silla libre y me siento en ella. En cuanto lo hago, meto las manos en los bolsillos y me tapo la cara con la capucha, agachando la cabeza.
—Y ahora que estamos todos, podemos empezar. ¿Cómo estáis hoy?
—Bien —responden unos.
—Muy bien —contestan otros.
—Hoy me siento algo alicaída —interviene una chica.
—¿Y eso? —le pregunta el orientador, centrándose en ella.
—Echo de menos a mi novio y… Sé que él no es la mejor influencia posible… O sea, sé que por su culpa yo… pero… él es toda mi vida y…
—Nora, tienes que centrarte en ti y en tu mejoría. ¿Recuerdas a la conclusión que llegamos hace unos días? Él no es alguien que merezca tu atención. Tienes que centrar tus esfuerzos en ti y en toda esa gente que te apoya, no aquellos que te perjudican…
—Ya, pero él ha estado ahí siempre…
—Estuvo allí porque consiguió que te alejaras de tu madre… —interviene otra paciente.
—Sí, lo sé. Pero… tía, él es el amor de mi vida y…
—Joder… —susurro resoplando.
Mi comentario no pasa desapercibido, y enseguida todos me miran, la mayoría con gesto reprobatorio.
—¿Querías decir algo? ¿Quizá darle algún consejo a Nora? —Niego con la cabeza sin levantar la vista de mi regazo, pero él no parece rendirse fácilmente—. Insisto. Todas las aportaciones son valiosas y bienvenidas.
—No quiero… aportar nada —susurro.
—Me temo que eso no es una opción. Todos hemos compartido nuestras experiencias.
—Enhorabuena. Yo me limitaré a aparecer, escuchar vuestras penas y esperar a que me pongas el puto sello.
—Eso tampoco es una opción válida. Si quieres el sello, tendrás que participar.
—En las normas pone “asistir a las terapias”, no dice nada que haya que participar en ellas.
—Verás… quizá te parezca complicado al principio, pero a la larga te das cuenta de lo mucho que puedes aprender de los demás.
—No creo que… Nora o… Jay de DJ no de Jason, puedan aportarme nada —contesto con tono burlón.
—Te sorprenderías.
—No lo creo.
—Listillo… —susurra Jay.
Víctor levanta una mano para calmar a Jay sin dejar de mirarme. Lejos de parecer molesto, parece encantado.
—Puedes guardar la cartilla y largarte. Si te piensas que te voy a poner un sello por el simple hecho de aparecer, estás muy equivocado. Así que, por favor, déjanos trabajar. Porque ellos quieren mejorar y contigo interrumpiéndonos no van a conseguirlo. Sea cual sea el motivo por el que quieran hacerlo, por ellos mismos cuando vieron que tocaron fondo, o porque se lo prometieron a alguien, merecen poder hacerlo.
Todos me miran, esperando mi reacción. Supongo que unos esperan que me rebote y me vaya montando un espectáculo, otros que claudique y agache la cabeza como un cachorrito asustado.
—¿Por quién estás tú aquí, Chris? —No tengo intención de contestar porque no quiero dar información acerca de mi vida a nadie—. Hay mucha gente que ingresa con tu actitud, pensando que ellos no hacen nada malo, que lo tienen controlado. Y todos ellos tienen detrás a alguien que les empuja o les obliga a dar el paso.
—Yo fui uno de ellos… —interviene un chico—. Pensaba que la gente estaba pirada por pensar que yo tenía un problema. Para mí, yo lo tenía todo bajo control… Mi hermana me metió aquí, cansada de tener que sacarme de comisaría cada vez que me pillaban.
El silencio vuelve a reinar en la sala. Supongo que esperan que me ablande y acabe colaborando.
—Muy bien. Si nos haces el favor de salir…
Me levanto y salgo de la sala, arrastrando los pies. Nada más cerrar la puerta, vuelvo a escuchar la voz de Martin, hablándoles a los demás, aunque no pierdo ni un segundo y me empiezo a alejar.
—¡Eh!
Cuando me giro, veo a Jay corriendo hacia mí.
—Joder… —maldigo, poniendo los ojos en blanco—. Te vas a quedar sin el puto sello.
—Al contrario —dice, enseñándome su cartilla, sonriendo satisfecho—. Me lo ha puesto igualmente cuando le he dicho que salía porque me daba la sensación de que necesitabas hablar, pero no lo ibas a hacer rodeado de tanta gente.
—Siento decepcionarte y privarte de la diversión, pero no me apetece hablar con nadie. Vuelve dentro y siéntate en la silla a escuchar a esos fracasados y ganarte meritoriamente ese sello.
—¿Te crees mejor que los demás? ¿Te crees distinto?
Chasqueo la lengua y empiezo a darme la vuelta, pero él me agarra de la muñeca.
—¡Suéltame! —grito, al tiempo que, como un resorte, armo el puño y le asesto un puñetazo en el mentón. Ya en el suelo, tocándose la zona afectada, clava los ojos en mis muñecas.
—¿Qué pasa aquí? Jay, ¿estás bien?
Martin, alertado por el barullo, aparece y se acerca a la carrera. Se agacha al lado de Jay, que sigue inmóvil, mirándome, igual que yo.
—No ha pasado nada. Una tontería.
—¿Seguro? Jay…
—Seguro, Martin. No ha pasado nada. Ya está olvidado.
◆◆◆

Me subo al escenario y los gritos se convierten en abucheos. Incluso me lanzan botellas, y alguna de ella me da en la cabeza, abriéndome una profunda brecha. Toco la herida con los dedos y, cuando me los miro, aparte de sangre hay… ¿sesos? Asustado, levanto la vista al frente y veo a mi padre riendo a carcajadas. A su lado, Livy hace lo mismo, y entonces me fijo que también están Lexy, Max y Jimmy. Todos se ríen de mí, incluso me llegan a insultar. Pero entonces, a su derecha veo a Jill y a una chica adolescente. Ambas charlan de forma animada, y entonces Jill me señala y las dos me miran sonrientes. Reconozco en la chica a Cassey, por la foto que mi padre me enseñó.
—No… ¿De qué os reís…? ¿Por qué…? No… Por favor…
Me despierto totalmente empapado en sudor, con la camiseta pegada al pecho. He vuelto a tener una pesadilla, otra más, como las que tengo desde la primera noche que intenté dormir después de que ella se marchara.
—No tienes buena cara… Mamá está preocupada. Dice que no duermes mucho.
—No. No duermo nada. —Abre la boca, pero se lo piensa mejor y no dice nada. En vez de eso, se lleva la botella a los labios y da un largo trago, gesto que yo imito—. ¿Por eso me has llamado?
—Bueno… Tu insomnio no es preocupante. Yo diría que es hasta normal dadas las… circunstancias.
—¿Pero…?
—Pero mamá está preocupada —repite.
—Y te ha mandado a interrogarme.
Lexy se encoge de hombros y da otro sorbo de la botella.
—Ya lo conoces. Aunque la verdad es que todos estamos algo… 
—No tenéis nada de qué preocuparos —me corta—.  Jill se ha largado. Punto. No es la primera ruptura de una pareja en el mundo, y afortunadamente tengo a muchas mujeres esperando en mi puerta. Así que, gracias por tu preocupación, hermanita, pero creo que podré soportarlo.
Lexy me mira fijamente y deja ir un largo suspiro.
—Hola, Chris —me dice, moviendo la mano frente a mis ojos. Frunzo el ceño, confundido. Muevo la cabeza levemente a un lado, justo antes de abrir la boca y volverla a cerrar segundos después—. Soy yo. A mí no me engañas, así que no hace falta que interpretes un papel. Sé que Jill no es una cualquiera a la que puedas sustituir por la que esté en la puerta esperándote. Además, ¿qué me dices de Cassey? ¿A ella también la vas a poder sustituir chasqueando los dedos?
Se me forma un nudo en la garganta y agacho la cabeza. Siento como una presión en el pecho y me remuevo en la silla, incómodo. Entonces siento su mano sobre mi antebrazo. El contacto desata los sentimientos que encerraba en mi interior, tras la coraza de tipo duro e insensible que esperaba que me protegiera.
—En cuanto cierro los ojos, millones de imágenes de ellas me asaltan, recordándome lo feliz que era cuando las tenía. Y en cuanto consigo dormirme, tengo horribles pesadillas… y todas tienen que ver con ellas. Así que, para mantenerme despierto, bebo.
—Podrías hacer algo más… sano. Podrías componer.
—Componer sin tenerla a mi lado, sin verla dormir, sin escuchar su risa… es imposible.
—Pero llegará un momento en el que caerás enfermo. Necesitas descansar para mantener el ritmo que llevas…
—Ya se me ocurrirá algo.
Y así fue como, cuando todo acabó, empezó la pesadilla.
◆◆◆

Los pasillos están solitarios y en penumbra. De vez en cuando, se escucha algún sollozo. Ninguno de los que estamos aquí dentro dormimos plácidamente, eso es seguro. Todos tenemos el mismo problema, todos cometimos los mismos errores, aunque las motivaciones de cada uno sean diferentes.
Aquí no tengo acceso al alcohol y las drogas que hacían mi insomnio más llevadero, así que me las tengo que ingeniar como puedo. Normalmente paseo por el exterior, acercándome al establo, donde paso la mayor parte del día, pero hoy está lloviendo a cántaros, así que tendré que buscar alternativas. Llego a la sala común, con su enorme chimenea. Hay varias estanterías llenas de libros, un tocadiscos y un par de ordenadores. Nunca he sido un gran amante de la lectura, y tampoco son horas de poner música, así que me acerco a uno de los ordenadores.
Me siento en la silla y lo enciendo. Abro el buscador y me quedo quieto, con el cursor parpadeando en la barra de búsqueda. Recuerdo que cuando empezaba a ser famoso, Jill escribía mi nombre en la barra y leíamos varias de las noticias relacionadas. Hace mucho que dejé de hacerlo. Primero porque eran millones los resultados, más tarde porque la mayoría eran noticias acerca de escándalos. Así pues, me decido por leer los titulares de un diario deportivo, y luego, más por aburrimiento que por curiosidad, decido comprobar mi correo electrónico.
Prácticamente nadie conoce mi dirección, así que no tengo muchos correos, y la mayoría son de publicidad. Estoy tan aburrido, que abro alguno de ellos y lo leo, y solo cuando estoy harto de que me intenten vender libros, discos o incluso muebles de diseño, me dispongo a borrarlos todos cuando una dirección de correo llama mi atención:tinydancer@gmail.com. Enseguida me descubro tarareando en mi cabeza la canción de Elton John y, aunque el mail no tiene asunto y perfectamente podría tratarse de un correo basura, hago doble click para abrirlo.
Al leer el nombre que acompaña a la dirección, el corazón empieza a latirme a mucha velocidad. Entonces, buscando pruebas que reafirmen mis sospechas, sin querer hacerme demasiadas ilusiones, empiezo a leer el resto del mensaje.
“…Creo que no sabes nada de esto… que no sabías que te iba a escribir, así que, ¡sorpresa! Créeme, no es comparable con la que me llevé yo al saber que tú eras mi padre, así que te sigo debiendo unas cuantas…”
“…Tú eras mi padre…” Leo esa frase una y otra vez. Entonces busco la firma al final del escrito, y ahí aparece de nuevo su nombre. Agarro la pantalla y me acerco hasta que mi cara queda a escasos centímetros.
De repente empiezo a sudar y froto mis manos contra el pantalón. Un cúmulo de sentimientos de apodera de mí. Río, lloro, tengo miedo y a la vez quiero gritar de emoción. Necesito contestarle, pero antes quiero memorizar estas palabras, y sé que no dispongo de mucho tiempo, así que miro alrededor de forma precipitada, buscando una impresora. Cuando la encuentro, al lado del otro ordenador, la enciendo y aprieto el botón para imprimir el correo electrónico. La impresora hace un ruido infernal, y tarda lo que se me antojan años en empezar a tragarse el papel. Miro alrededor, sobre todo hacia el pasillo, porque es posible que el ruido alerte a alguien, y no quiero espectadores. No sé quién le ha dado mi correo electrónico ni cómo se le ha ocurrido escribirme, aunque puede que mi padre tenga parte de culpa. De repente, mientras espero, recuerdo la foto que él mismo me enseñó y la imagino contándome todo lo que me dice en la carta. Y quiero hacerlo realidad. Quiero verla. Tengo que salir de aquí.
—¿Hola? ¿Quién hay ahí? —pregunta alguien, entrando por la puerta.
Agarro el papel justo antes de que aparezca, y cierro el correo electrónico. El periódico deportivo que leía antes vuelve a aparecer en la pantalla.
—Estaba… leyendo la crónica del partido de los Yankees… —miento.
Uno de los orientadores se sitúa a mi lado.
—Los ordenadores solo se pueden usar de diez de la mañana a diez de la noche.
—Lo sé, lo sé… Lo siento. Es solo que… llueve y no podía salir a pasear…
—Tampoco puedes deambular por los pasillos, y menos por los exteriores…
—Cierto, cierto… —digo, empezándome a alejar—. Mejor me vuelvo a mi habitación… No volverá a ocurrir. Lo prometo.
—Puedes coger un libro y llevártelo a la cama, si quieres matar el insomnio.
—Genial. Lo haré. Mañana. Ahora, parece que me está entrando el sueño… ¡Hasta mañana! ¡Gracias!
—Shhhh… —me pide silencio, poniendo un dedo delante de sus labios mientras yo salgo de la habitación mostrando las palmas de las manos.
Ya en el pasillo, corro hacia mi habitación con una enorme sonrisa en los labios. Voy a leer, sí. De hecho, pienso aprenderme el mail de Cassey de memoria y empezar a pensar en mi respuesta.
De repente, tengo algo por lo que luchar. De repente, tengo algo que hará mi día a día aquí dentro más llevadero. De repente, tengo ganas de curarme, ganas de salir de aquí.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Vie 18 Mayo - 13:30

CAPÍTULO 16
Y así fue como, cuando todo acabó, supe lo mucho que me quería
Agarro la taza de café con ambas manos. La mantengo cerca de mis labios, dejando que el humo acaricie mi cara. En ese momento, escucho el despertador de Cassey y sé que ahora mismo estará saltando de su cama para encender su portátil y comprobar el correo electrónico. Es lo primero que hace cada mañana, nada más despertarse, como un ritual desde que escribió a su padre. Y cada mañana también, poco después, aparece cabizbaja, arrastrando los pies.
A partir de ese momento, empieza mi trabajo para tratar de animarla. Las primeras mañanas le pedí que tuviera paciencia, que podía ser que no todos los días le dejaran usar el ordenador. Las siguientes, le dije que a lo mejor su padre no había comprobado su correo electrónico. Otras, que a lo mejor no se encontraba del todo bien. Más adelante le recordé que ambas sabíamos que esto podía pasar, que su padre podría no haber comprobado su correo, o quizá tuviera tantos que los borrase todos. Nunca hasta ahora le he dicho que podría haber visto su mail y decidiera no contestarle. Esa es una posibilidad que me pienso guardar para mí sola, pero para la que me estoy preparando mentalmente, por si se hace realidad.
Entonces, aparece arrastrando los pies, cabizbaja. Se deja caer en una silla frente a mí y fija la vista en la mesa, rascándola de forma distraída con una uña. Abro la boca varias veces, valorando qué decirle hoy, cuando ella se me adelanta.
—Mamá, ¿papá me quería?
—Cariño…
Se me saltan las lágrimas al ver las suyas cuando me mira fijamente. Me abalanzo sobre ella y la estrecho entre mis brazos. Ella apoya la cara en mi hombro mientras yo acaricio su pelo con cariño.
Empieza a hablar, pero soy incapaz de entender una palabra, así que la agarro por los hombros y la separo de mí. Le retiro el pelo con ambas manos y coloco ambas palmas en sus mejillas mientras ella sorbe por la nariz.
—Te quería con locura, y estoy segura de que lo sigue haciendo.
—Yo ya no estoy tan segura…
—Mira, te voy a contar una cosa que solo sabemos él y yo. Antes de que tú nacieras, yo le acompañaba siempre en todas las giras. Él decía que mi trabajo era mantenerle cuerdo, ¿sabes? —Sonrío al recordar sus palabras—. Pero entonces me quedé embarazada de ti, y poco a poco tuve que dejar de viajar porque no podía seguir ese ritmo. Muchos días, ni siquiera podíamos hablar, a veces por culpa de las entrevistas y los viajes, otras por culpa de la diferencia horaria. Así que ideó un sistema para hacerme saber que siempre estaba presente donde él estuviera. Se ató un cordón de lana violeta alrededor de la muñeca que me dijo que nunca se quitaría. Y cuando naciste tú, se ató un segundo cordón del mismo color.
—¡¿Y qué?! ¡Eso es una gilipollez! —me grita, totalmente descompuesta.
—Trae tu portátil.
Me mira confusa durante unos segundos, pero luego me hace caso. Cuando vuelve y lo coloca frente a mí, escribo el nombre de Chris en Google y busco las últimas imágenes que hay de él por la red. Es un reportaje acerca del desplante en el último concierto, la última vez que se le ha visto en público. Marco una de las fotos y hago zoom en su muñeca para que Cassey vea los dos cordones de color morado.
—Pero… puede que eso no quiera decir nada…
—¿Tú crees? ¿Después de tantos años?
—Pero entonces… ¿crees que te sigue queriendo a ti también?
—Tanto como yo a él.
En cuanto la veo salir de su clase, levanto la mano para que su maestra me vea.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño —la saludo, dándole un beso en la mejilla—. ¿Qué tal ha ido hoy?
—Aburrido, como siempre.
—Cassey…
—¿Qué? ¿Por qué tengo que aprender matemáticas si lo que yo quiero es bailar? ¿De qué me va a servir saber multiplicar cuando me suba a un escenario?
—Te servirá para que tu madre te deje subirte a un escenario.
Me mira de reojo, torciendo el gesto, cuando algo en la televisión llama mi atención.
—El grupo liderado por Chris Taylor ha aterrizado en nuestra ciudad, desatando la locura entre sus fans, para ofrecer el viernes que viene un concierto en nuestra ciudad… —dice la voz en off de la periodista mientras en la pantalla salen imágenes de Chris, rodeado de guardaespaldas que le intentan proteger de chicas que gritan histéricas a su alrededor.
Al verle, me da la sensación de que el tiempo se detiene.
—Justin ha dicho que había sido Jeff, y Jeff que había sido Manuel, y Manuel que había sido yo. La “profe” se ha enfadado un huevo y… —Chris parece mirar a cámara y veo sus infinitos ojos y esos hoyuelos en ambas mejillas. Su expresión es extraña, como distante y triste, pero nadie parece darse cuenta de ello. Excepto yo, que le conozco lo suficiente para saber que algo le pasa—. Me ha escrito una nota que tienes que firmar y…
—Espera, Cassey… ¿Qué?
—Que Justin ha dicho que…
—Sáltate todo eso… ¿Has sido tú?
—¿Por quién me tomas, mamá? —me pregunta mientras miro de reojo el televisor, colgado en un lateral de la cafetería.
—Te conozco lo suficiente.
—Vale, fui yo, pero se estaban poniendo pesados con la pelotita… —Entonces Chris, antes de entrar en el hotel, se da la vuelta y saluda con un brazo en alto. Los fans enloquecen, e incluso parece haber algún desmayo, pero yo solo veo los dos cordones violetas anudados en su muñeca, y entonces sonrío.
—No pasa nada, cariño —digo, firmando la nota que Cassey me tiende.
Ella me mira con los ojos muy abiertos.
—¿En serio?
—No es tan grave.
Cassey sonríe y se le forman esos hoyuelos, que heredó de su padre. Miro a la pantalla, donde la imagen fija de un sonriente Chris me hace suspirar.
Y así fue como, cuando todo acabó, supe lo mucho que me quería.
—Créeme, cariño. Te quiere muchísimo, eso no lo dudes nunca. Pero sabes que no está pasando por su mejor momento, y eso le impide ser él, ser el Chris del que yo me enamoré desde el minuto en que le vi.
—Pero quiero que me conteste… Quiero que sepa que existo y que quiero verle…
—Pero si eso no sucede, lo que tienes que tener claro es que él piensa en ti cada día de su vida.
◆◆◆

Mientras conduzco hacia el trabajo, no paro de darle vueltas a mi conversación con Cassey. No puedo verla pasarlo mal, y ahora mismo ella está sufriendo. El hombre que yo conocí, hubiera movido cielo y tierra por contestar a su hija, pero no puedo poner la mano en el fuego por el nuevo Chris…
Cierto es que, mientras esté ahí dentro, no tiene contacto directo con nadie de exterior. Aaron y Livy mantienen contacto con el médico del centro, que es el que les cuenta sus avances, pero nunca con Chris. No podemos saber si ha leído el correo y, si es así, si piensa contestarle. Así que, que Cassey consiga tener contacto con su padre, desafortunadamente no depende de mí. Pero sí puedo conseguir que tenga contacto con sus abuelos.
“Llámame cuando puedas”
Traspaso la puerta y la cabeza de Frank asoma por el pasaplatos.
—¡Llega usted tarde de nuevo, princesa! ¡Que hoy es el día libre de Janine…!
—Lo siento, lo siento, lo siento —digo mientras corro hacia el almacén para dejar el bolso, guardándome antes el teléfono en el bolsillo del vaquero.
Cuando vuelvo al salón y me coloco detrás de la barra, descubro a Walter mirándome desde el otro lado. Mientras me pongo el mandil, soplo para apartar un mechón de pelo que me cae sobre los ojos.
—¿Café? —le pregunto sin mirarle, con la jarra de café en la mano.
Le vierto el líquido en la taza sin esperar respuesta, y me doy la vuelta para poder comprobar el teléfono lejos de miradas ajenas. No me ha contestado aún, y aunque sé que es pronto, eso me cabrea.
—Jill.
Me acerco a una de las mesas, que acaba de ser ocupada, para tomarles la comanda.
—Jill.
—Frank, unas tortitas y unos huevos revueltos.
—Marchando —contesta él desde la cocina.
—Jill. —Esta vez, escucho su voz justo a mi lado. Giro la cabeza y veo a Walter junto a mí, apoyando su mano en mi antebrazo—. Cuéntamelo. Soy tu amiga con pene. ¿Recuerdas?
—Es… complicado.
—Lo imagino porque, desde que te conozco, nunca te había visto tan ausente como de un tiempo a esta parte.
—¡Jill, huevos! —grita Frank, poniendo el plato sobre el pasaplatos.
Me llevo una mano a la cara, frotándomela agobiada. Cuando voy a ir a recogerlo, él me frena.
—Ya lo sirvo yo —me dice—. Tranquila.
—¿Tienes también las tortitas, Frank?
—En un minuto, pero no te pienso pagar, so capullo.
Cuando Frank acaba las tortitas también, Walter coge ambos platos y los lleva a la mesa mientras yo sirvo los dos cafés. Entonces, me agarra de una mano y me conduce hacia la cocina.
—Frank, está todo en orden ahí fuera. Me llevo a Jill atrás un momento.
—¡¿Tenéis algo que contarme?!
—Tranquilo, somos solo amigas —contesta, poniendo especial énfasis en el género femenino de la palabra.
Nada más traspasar la puerta trasera, caminamos por el suelo lleno de piedras del aparcamiento y me apoyo contra mi coche. Me peino el pelo detrás de las orejas y cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿Y bien? ¿Qué ha pasado con Chris?
—¿Cómo sabes que tiene que ver con él? —le pregunto, sonriendo tímidamente.
—Porque te he visto enfadarte con tu hija decenas de veces, y nunca parecías tan rota. —Ladeo la cabeza, frunciendo el ceño—. Parece como si alguien te hubiera roto el corazón… Y solo él tiene el poder de hacerlo a su antojo.
—Se lo ha roto a Cassey, en realidad, pero me duele más que si me lo hubiera hecho a mí.
—¿Se han… conocido? —me pregunta, pareciendo realmente ilusionado.
—No… Él parece haber tocado fondo, y ha ingresado en una clínica de desintoxicación de esas en la que le prohíben todo contacto físico con el exterior… De esas en las que están controlados las veinticuatro horas del día. Tampoco tiene su teléfono móvil, pero su padre creyó que sería muy buena idea que Cassey o yo le escribiéramos un mail para animarle. Él sabía que yo me iba a negar en rotundo, pero Cassey estuvo encantada de hacerlo.
—¿Y…? ¿Le ha contestado alguna desfachatez…?
—No… Ni siquiera le ha contestado.
—Puede que no lo haya leído…
—Eso es lo que le he dicho yo. O que ni siquiera haya comprobado el correo. O que no tenga ganas de tocar un ordenador. No sé… Mil cosas… Pero ella empieza a dudar que su padre la quiera. Y yo sé que no es así, pero también sé que su padre no es la misma persona…
Walter se frota la cara y luego se pasa las manos por el pelo.
—Qué putada…
—Me da igual lo que haya pasado entre nosotros, ¿sabes? Ahora que ella sabe la verdad, quiero que se conozcan y que disfruten el uno del otro. Sé que Cassey le puede ayudar a salir de la mierda en la que está metido. Lo sé.
En ese momento, me suena el teléfono y me apresuro a sacarlo del bolsillo del vaquero. La cara se me ilumina al leer el nombre de Aaron en la pantalla.
—¿Es él? —me pregunta Walter.
—No, pero me sirve. Hola, Aaron. —Con la mano, aprieto el antebrazo de Walter y me alejo de él para tener algo más de intimidad.
—Siento no haberte llamado antes. Estaba en la piscina con Livy.
Sonrío al imaginarle. A pesar de haberse jubilado hace tiempo, se mantiene en una perfecta forma física, igual que Livy. Ambos salen a correr cada mañana y van al menos un par de veces a la piscina. Recuerdo que hace años, también iba con Chris a veces. Él me contó que antes de Livy, Aaron había tenido varias aventuras con algunas monitoras y clientas de allí. Todo un Don Juan. Hasta que llegó ella. Justo al revés que su hijo, pienso con algo de tristeza.
—Tranquilo…
—¿Le ha contestado?
—No.
—Pero puede que no lo haya visto… o que no se haya conectado… o…
—Ya —le corto, cansada de escuchar las mismas excusas que parece que yo inventé.
—Era una idea… Me sabe mal que Cassey se haya ilusionado tanto para nada… Te juro que… Él la quiere. A las dos. Con locura, Jill.
—Escucha, Aaron… Necesito que hagas algo por Cassey.
—Lo que sea.
—Me gustaría que os conociera.
—¿A mí? O sea… ¿A nosotros? ¿En serio?
—Necesito que sepa que tiene más familia que yo y mi padre… Me gustaría que… Mira, quizá no pueda tener a su padre, pero tú eres lo más parecido a él y…
—Sí. Claro. Por supuesto. Cuando quieras. Pero yo tengo que pedirte otro favor a ti. En realidad, dos favores. El primero es que vengas tú también. Jill, formas parte de nuestra familia. Fuiste muy importante para mí, por todo lo que me ayudaste con Chris.
Dejo ir un largo suspiro y me tomo mi tiempo antes de contestar.
—Más adelante, por supuesto. De momento, solo os pido una tarde con ella, en vuestra casa. Necesito que vea donde se vivió su padre, el piano que tocaba de adolescente, donde creció…
—De acuerdo…
—¿Y el segundo favor?
—Necesito que me ayudes a confesarle a Livy que yo sabía dónde estabais durante todos estos años.
—¿Perdona? ¿Aún no se lo has contado?
—No.
—Cobarde…
—Cuando se trata de Livy, mucho. Lo confieso. Así que, ¿me ayudarás? A ti es imposible que te odie.
Chasqueo la lengua, contrariada, pero poco a poco se me escapa la risa.
◆◆◆

—¿Tú no te quedarás?
—Solo un rato, pero luego me iré a trabajar.
—¿Y cuándo volverás?
—Puedes volver sola a casa cuando quieras. O te puedo recoger yo por la noche, cuando vuelva de trabajar.
Cassey mira por la ventana, mordiéndose el labio inferior. Está muy nerviosa, y prueba de ello es que se ha pasado todo el trayecto moviendo las piernas, picando con los pies en el suelo de forma compulsiva.
—¿Vivíais cerca?
—No mucho. Digamos que el punto de unión entre su casa y la mía era el instituto.
—¿Te acompañaba a casa?
—Cada día.
—¿Te llevabas bien con sus padres?
—Mucho. Son geniales, ya lo verás. Y sus hermanos también. Te van a encantar. Todos.
—¿Estarán todos hoy?
—Conociendo a Livy, pobre de ellos que no aparezcan.
—¿Cómo son…? —Cassey se lleva los dedos a la boca para morderse las uñas—. O sea… ¿crees que les caeré bien? O sea… tú siempre dices que llevar el pelo teñido de colores como yo, es de locas… A lo mejor tenía que haberme vestido más… formal.
—Cassey, son tus abuelos y tus tíos, no el presidente de los Estados Unidos y su familia. Aunque Aaron estuvo un tiempo trabajando en la Casa Blanca… —comento de forma distraída mientras aparco el coche.
—No jodas… Oh, mierda, mamá. Da la vuelta.
—Ni hablar —río—. Sé solo tú, y les encantarás. Es ahí.
Ella sigue la dirección de mi dedo y mira la fachada con la boca abierta. Se queda quieta, mirando a un lado y a otro de la calle.
—¿Estás bien? —le pregunto al cabo de un rato, cuando nos hemos puesto de nuevo en marcha y estamos a solo un par de pasos de la puerta de entrada.
—Es como… extraño. De repente me siento muy cerca de él a pesar de estar tan lejos… ¿Suena muy raro?
—Suena perfectamente normal, cariño. ¿Sabes? Para mí también es algo extraño. Hace mucho tiempo… A Max, por ejemplo, le recuerdo así —digo, poniendo una mano por debajo del pecho.
Caminamos en silencio los pocos pasos que nos quedan, hasta que nos plantamos frente a la puerta.
—¿Preparada?
Cassey asiente, así que llamo a la puerta. La escucho coger aire y soltarlo de forma larga y prolongada. Agarro su mano para infundirle confianza, justo en el momento en el que se abre la puerta y Aaron aparece frente a nosotras.
—Hola —nos saluda.
Duda si acercarse a darnos un abrazo o simplemente levantar la mano para estrechárnosla.
—Hola, Aaron —le saludo yo y entonces doy un paso al frente y me abrazo a él.
De nuevo, me siento muy protegida, me siento bien. Pero no quiero alargar más el momento, y me separo de él, apartándome a un lado para dejar paso a Cassey. Ella da un paso al frente, con timidez.
—Hola… —le saluda.
—Hola… Tenía… muchas ganas de que llegara este momento, ¿sabes?
—Yo también —contesta ella con timidez.
Entonces, Aaron se acerca a ella y la estrecha entre sus brazos. Emocionada, observo la reacción de mi hija. Cierra los ojos y sonríe, mientras sus brazos intentan abarcar el contorno del torso de su abuelo, sin éxito, por supuesto.
—Pasad, por favor —nos pide.
—Yo me tengo que ir a trabajar… —empiezo a excusarme, pero me callo en cuanto veo a Livy.
Ella, a diferencia de Aaron, no duda un instante y se abalanza sobre mí, abrazándome con mucha fuerza mientras no deja de hablar:
—No nos vuelvas a dejar. No quiero que te alejes de nosotros nunca más. Me da igual lo que pasara entre tú y Chris, siempre tendrás un sitio en esta casa. ¿Me escuchas?
Asiento con la cabeza, y ella me coge de los hombros y me separa unos centímetros para poder mirarme a la cara. Entonces mira a Cassey, con la cara bañada en lágrimas.
—Dios mío… Eres… preciosa… —balbucea.
—Hola —la saluda Cassey, sonriendo con timidez.
—Eres un calco de tu madre, pero tienes su sonrisa… Madre mía…
Acaricia su cara y su pelo. Luego la abraza y segundos después la aparta unos centímetros para mirarla de arriba debajo de nuevo, para estrujarla otra vez al rato.
—Mamá, la vas a marear.
—Me da igual —contesta ella sin soltarla.
Al escuchar su voz, levanto la vista y le veo. A pesar de ser más alto que yo, reconocería su expresión risueña a kilómetros. Él levanta las dos cejas y agacha la cabeza con timidez, mientras encoge los hombros. Ya no puedo aguantar más y rompo a llorar de forma desconsolada. Me tapo la boca con ambas manos, pero no sirve de nada, así que enseguida extiendo los brazos y corro hasta él.
—¡Mi niño…! —exclamo, justo antes de que él me coja en volandas y dé vueltas conmigo, convirtiéndonos en el centro de atención.
—Te he echado de menos, Jill —me dice al dejarme en el suelo.
—No puedo creer lo que…
—No lo digas, por favor… —la corto—. Han pasado un huevo de años…
—¿Cómo te va…? —le pregunto, girándole la cabeza para ver su implante.
—Controlado —asegura, levantando el pulgar—. Tengo una hija, ¿sabes? Se llama Abby. Me encantaría que la conocieras… Y también a Ashley…
—¡Qué fuerte…! ¡Me encantaría…! —Le abrazo de nuevo, justo antes de cogerle de la mano y acercarnos al resto—. Max, ella es Cassey.
—Si mamá deja de acapararla… —comenta, al ver que Jill sigue estrujando a Cassey—. Mamá. Hola, mamá. ¿Hola…? ¡Mamá! ¡Suéltala ya, por Dios!
—Tengo que recuperar mucho tiempo perdido.
—Vale, pero no hace falta que lo hagas de golpe. Contrólate, mujer. —En cuanto ella le hace caso, Cassey de gira hacia él—. Guau… No puedo creer lo que…
—No lo digas, por favor —le corta ella, repitiendo las palabras que él mismo me dijo antes.
—Tienes toda la razón. Pero, igualmente, has crecido un huevo, enana.
—Lexy y Jimmy están a punto de llegar… —nos informa Livy.
—Pero yo me tengo que ir. Prometo que otro día vendré con tiempo…
—Tranquila… Cuidaremos bien de ella —asegura Aaron, acompañándome a la puerta. Cuando estamos solos, acerca la boca a mi oreja y susurra—: ¿Cuándo tienes pensado contarle a Livy nuestro pequeño secreto…?
—Voy a darte algo de margen para que lo intentes tú solito… —aseguro, guiñándole el ojo mientras le doy un par de palmadas en el hombro, justo antes de dar media vuelta e irme. 
◆◆◆

He estado sumida todo el día en una especie de éxtasis optimista. Janine me lo notó nada más entrar por la puerta, pero le conté una milonga. Solo Walter sabe mi verdad, pero él hoy no ha aparecido por la cafetería.
Al salir, antes de arrancar el coche, llamé al móvil de Cassey y me contó que seguía en casa de los padres de Aaron. Me contó que Lexy y Jimmy estaban allí y que estaba siendo genial. Supe que era verdad porque su tono de voz la delataba. Así pues, quedamos que yo la recogería por su casa. Eso le daba la oportunidad de quedarse un rato más con ellos.
Y aquí llevo un rato, sentada alrededor de la mesa, después de haber compartido un par de pizzas entre todos, riendo y charlando con los Taylor, como si nada hubiera cambiado. Solo que eso es una mentira enorme, porque nada es igual que antes.
Miro alrededor, de repente seria. El color de las paredes es distinto, pero aún puedo reconocer las fotos que las adornan. El sofá es nuevo, también la alfombra, pero aún me recuerdo sentada en el antiguo, tapada con la manta mientras Chris, sentado al piano, tocaba solo para mí.
—¿Estás bien? —me pregunta Lexy, agarrando mi mano.
Yo asiento intentando sonreír, pero enseguida vuelvo a mirar al piano. Cassey sigue la dirección de mis ojos.
—¿Puedo? —pregunta señalándolo.
Cuando Aaron asiente, se levanta y se sienta frente al piano. Posa los dedos sobre las teclas, sin presionarlas, casi como si las estuviera acariciando.
—¿Sabes tocarlo? —le pregunta Jimmy, sentándose a su lado.
—No.
—A mí me enseñó Chris —afirma, sonriendo—. Puedes pedirle que te enseñe a ti también. Ya sabes, cuando salga de ahí. Porque saldrá, lo sabes, ¿verdad?
Mientras habla, empieza a tocar algunas notas, deslizando los dedos por las teclas sin dejar de mirar a Cassey. Les observo charlar y, a pesar de darnos la espalda y no ser capaz de verles la cara, sé que están conectando.
—Me recuerda mucho a él —susurra Max, buscando mi mirada. Aaron, Livy y Lexy asienten con la mirada—. Sus gestos, su manera de hablar, la luz en sus ojos, su… entusiasmo. Veo a mi hermano en ella.
—Lo sé…
—Él… Chris… ¿Eres consciente de lo que siente por ti? ¿De lo que significas para él? Le he tratado durante años… Le he cuidado de forma incansable desde que volví de Mali y fui consciente de lo mucho que todo se le había ido de las manos… Hemos compartido muchas horas de charla en el hospital, y sé que la respuesta a todo eres tú, Jill.
Me seco las lágrimas que empiezan a asomar en mis ojos. Soplo para dejar ir todo el aire de mis pulmones e intentar así deshacerme del enorme peso que aprisiona mi pecho.
—Parece entonces que tenemos mucho en común, porque el causante de todo, el centro de mi vida y mi respuesta a todo, también sigue siendo él.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por divinecc el Vie 18 Mayo - 17:44

Gracias por los capis

❤️❤️❤️❤️

Que mierd... la droga, el que cae en ella no solo fastidia su vida , destroza la vida de los que le quieren
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por Linxy el Sáb 19 Mayo - 16:39

Muchas gracias por los capítulos. :empathy:

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  Este libro me hace pensar en lo difícil que es para las personas adictas alejarse de las drogas. Quizás en algunos casos sólo necesitan encontrar esa motivación que les devuelva las ganas de vivir.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Dom 20 Mayo - 5:32

Les llega la fama de golpe y no saben gestionarla. Les ponen todo delante incluso las drogas y se va todo al garete. Pero si se quiere, se puede. Aunque es difícil, si.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Dom 20 Mayo - 5:32

CAPÍTULO 17
Y así fue como, cuando todo acabó, me escondí de todos
He pasado la noche en vela, sujetando ese trozo de papel en mis manos, leyendo la carta una y otra vez hasta aprendérmela de memoria. La he imaginado escribiéndolo nerviosa, sonriendo mientras tecleaba, y he deseado que su madre estuviera a su lado. Pensar que las dos estaban juntas y pensando en mí, aunque fuera para escribirme este mail, pone mi corazón a mil por hora. Y he pensado durante mucho rato en la respuesta, trenzando frases, pensando qué quiero contarle y cómo se lo quiero contar. Lo que sí sé es que quiero compartir con ella mi mundo, así que tengo que averiguar cómo puedo hacerlo.
—Sorpréndeme. —Levanto la cabeza y descubro a Jay mirándome con la espumadera en la mano—. El menú de hoy es el mismo que ayer, así que tú dirás lo…
—Ponme… de eso —le corto, señalando unas tortitas.
Con el plato ya en la mano, busco una mesa solitaria y apartada y voy hacia ella. Me siento dando la espalda a todo el mundo y saco de nuevo el papel y un lápiz que he cogido prestado de la sala común. Releo su carta una y otra vez, y empiezo a escribir mi respuesta. Por una parte, necesito meditar mis palabras. Es un momento muy importante en mi vida, la primera vez que tenga una conversación con ella, si es que se le puede llamar así a esto. Por otra, una vez esté frente al ordenador, necesito ser rápido para que no me pillen, no puedo dudar.
Hola, Cassey…
Si te soy sincero, y quiero serlo del todo, estoy nervioso… Mucho. Tengo muchas cosas que contarte y muchas ganas de hacerlo. Quiero… De hecho, me gustaría impresionarte, aunque no sé bien cómo hacerlo. No creo estar en disposición de impresionar a nadie ahora mismo, pero te aseguro que normalmente soy… mejor. Y prometo volver a serlo. Lo prometo. Esta vez de verdad.
No la quiero cagar, así que te pido que no tengas en cuenta las gilipolleces que pueda decir. No sé ser padre, pero tengo un gran referente en el que fijarme, así que prometo esforzarme en aprender.
—¿Qué haces? —me interrumpe Jay, sobresaltándome.
Se sienta frente a mí, así que escondo el papel rápidamente.
—¿Qué escondes? —me pregunta.
—En serio, ¿me tienes manía o qué?
—¿Qué hacías con ese papel? ¿Escribes?
—¿No tienes otro sitio donde sentarte?
—Parecías muy concentrado. Eso es raro en ti.
—¿Seguro que no eres uno de esos tipos de gris? —le pregunto, señalando a uno de los orientadores—. ¿Ahora me psicoanalizas?
—Puedes contármelo. Ya que no te abres a todos, podrías contármelo a mí.
—Paso.
—Quizá luego te haga una visita en la cuadra.
—Esperaré ansioso… Y ahora, ¿me dejas solo?
Parece rendirse, y al final se levanta y se lleva su bandeja a otra mesa. Así que vuelvo a sacar el papel, releo lo escrito, y prosigo.
No sé si terapia es la palabra ideal para lo que estoy haciendo. Me hacen limpiar mierda, literalmente, y eso se supone que tiene que irme bien… Se supone también que tengo que asistir a unas charlas en grupo con gente desconocida a la que tengo que contarle mi vida… Les imagino coreando al unísono: “¡te queremos, Chris!” y me da la risa. No es mi estilo, la verdad, así que digamos que no colaboro mucho.
Me encantaría responder a todo lo que quieras preguntarme… Espero que no te creas todas las cosas que has leído de mí en internet. Muchas de ellas no son verdad. Muchas otras, desgraciadamente sí. En cuanto a las cosas que te ha contado tu madre… Me cuesta incluso pensar en ella. Se me forma un nudo extraño y… Joder… Me dijiste que estuvo a tu lado mientras escribías tu mail, si está a tu lado ahora… Jill, yo… Son tantas las cosas que quiero decirte… pero creo que no tengo derecho a hacerlo… Fuiste, eres y siempre serás el amor de mi vida, y ser consciente del daño que te hice, me está matando. Tienes todo el derecho a estar muy enfadada conmigo, al igual que Cassey. Si me odiarais, lo entendería perfectamente… Aunque espero que no lo hagáis del todo. Que hayas accedido a esto, significa un mundo para mí.
Cassey, recuerdo el día de tu cumpleaños perfectamente. El día que naciste fue uno de los más felices de mi vida. Fue a las siete y media de la mañana, después de hacer pasar a tu madre una noche horrible de contracciones. Yo estaba a su lado, apuntando en una libreta cada cuanto eran las contracciones, despertándome cada vez que tu madre apretaba mi mano. Recuerdo la sensación de impotencia al verla sufrir, pero luego escuchamos tu llanto y sonreímos como un par de bobos, con la cara empapada en lágrimas. Y recuerdo mecerte en mis brazos, y lo primero que hice fue cantarte muy bajito al oído y bailar contigo, intentando calmar tu llanto. Cada año recuerdo ese día, y este no será diferente.
Tengo sentimientos encontrados, porque me encanta saber cosas de ti, pero a la vez siento una pizca de tristeza al saber todo lo que me he perdido. Estoy cabreado… Muy cabreado conmigo mismo por ello… No te preocupes, viviré con ello, es la penitencia que me ha tocado soportar. Y te advierto, necesitaré saber muchísimas más cosas, excepto lo de tu primer beso con un humano. Eso te lo puedes ahorrar. No tendrás novio, ¿no? Es igual, no quiero saberlo. ¡Ah! Y tenemos que discutir seriamente acerca de tus gustos deportivos… ¿En serio? ¿Los Marlins? ¿Qué han ganado esos en toda su historia? Por favor… No me hagas reír… Aparte de ese pequeño inconveniente, que me encargaré de solucionar, compartimos bastantes gustos… ¡Ah! Otra cosa que podríamos solucionar es el tema de tocar instrumentos o cantar. Cuando quieras y donde quieras. Al fin y al cabo, lo llevas en la sangre, ¿no?
Me pedías que te contara algo que nadie supiera, y es difícil, porque tu madre lo sabe todo de mí… ¿Sirve que te diga que llevo gafas? Poca gente lo sabe porque siempre llevo lentillas y así disimulo un poco más que soy miope de cojones… Aunque ahora que lo pienso, es una mierda de confesión…
Te puedo contar algo de cuando vivía en Montauk, algo que solo yo sé. Te puedo hablar del miedo que pasé cuando mi madre enfermó. Nadie sabe que incluso vomitaba cuando pensaba en el hecho de quedarme solo. Luego, cuando llegó lo inevitable, estaba cabreado con ella por haberme dejado… ¿Te lo puedes creer? La culpaba de no haber luchado lo suficiente, de haberse rendido, incluso cuando yo mismo sabía que eso era injusto, pero necesitaba hacerlo. Así que ahora pienso: ¿me odias? Tú tendrías motivos totalmente lícitos para hacerlo… Dios mío, qué sensación más extraña… Necesito que no me odies, quiero pedirte que me des esa oportunidad, y yo mismo sé que te pido un imposible…
He escrito un borrador antes de transcribirlo en el ordenador, y está lleno de tachones. Cosas que he querido decirte, pero me he arrepentido a tiempo. Cosas que he escrito sin pensar, o palabras que prefiero decirte en persona. Solo si tú quieres, claro. Yo sí quiero, aunque me temo que voy a necesitar un tiempo antes de hacerlo. No quiero que me veas en mi estado actual, así que no te diré hasta pronto, tampoco hasta nunca. Te diré, hasta dentro de un rato.             
C.T.
Me humedezco los labios mientras lo leo una y otra vez. Al rato me doy cuenta de que cada vez que lo leo de nuevo, tacho algo, así que doblo el papel y me lo guardo en el bolsillo.
Algo de ruido a mi alrededor me distrae y vuelvo a la realidad. Me doy cuenta de que no he comido nada del desayuno, así que arrugo la tortita y me la meto en la boca. Me pongo en pie masticándola, acercándome al orientador para que me ponga el sello correspondiente, y corro hacia los establos.
◆◆◆

Intento averiguar cómo puedo hacerme con un ordenador, algo fácil a priori, entrar en mi correo sin que alguno de los orientadores se dé cuenta, complicado, y estar ahí el suficiente tiempo como para transcribir lo que he escrito y enviárselo, imposible del todo. Las normas están claras, y son contundentes con ellas.
Quizá podría ir a las claras, y pedirles permiso. Quizá podría jugar la baza de quién soy. Puede que incluso si hablo con el director del centro y les prometo algún tipo de gratificación económica…
—Vas a marear la paja.
Me apoyo en el rastrillo y miro a Jay.
—Hurra… Has cumplido tu palabra… —digo con tono cansado.
—¿Qué te pasa?
—¿En serio? ¿Otra vez? ¿Qué te hace pensar que ahora te contaré mis problemas si antes no lo he hecho? Mejor aún, ¿qué te hace pensar que te los voy a contar precisamente a ti, que no pones sellos, y no a un orientador, que son los que tienen la llave para hacerme salir de aquí?
—Pero no me niegas que algo te pase.
—Jay, tío… A todos los que estamos aquí dentro nos pasa algo. Ninguno de nosotros está aquí por propia voluntad, así que…
—Yo sí.
Me quedo callado, mirándole con la boca abierta.
—Perdona, me parece que no te he escuchado bien… ¿Qué?
—Yo conseguí mis sellos hace mucho.
—¿Y qué cojones haces aquí?
—Ayudar a capullos como yo. Cuando entré aquí era exactamente igual que tú. Estuve tres meses sin hablar con nadie, cabreado con todo el mundo en general y con mi hermano pequeño en particular por meterme aquí dentro. Sí, tío, mi hermano pequeño… Resultó tener mucha más cabeza que yo… Nos mudamos con mi abuela cuando mi madre murió, y aunque ella nos intentó implantar la rectitud que a mi madre le faltaba, me pilló tarde y yo ya era un caso perdido. Con mi hermano funcionó… ¡Vaya si lo hizo…! Es abogado, así que alucina con lo lejos que ha llegado habiéndose criado en el Bronx. A lo que iba, que estaba tan cabreado que no hablé con nadie hasta pasados tres meses. No supe lo mucho que necesitaba contarle a alguien mis problemas hasta que abrí la boca por primera vez. Desde ese día, vomité toda la mierda que llevaba dentro y…
—Y lo sigues haciendo.
—Mira, Chris… —Chasquea la lengua y da un paso adelante, acercándose a mí—. Aunque no lo creas, yo era como tú. Entiendo tus problemas, sé por lo que estás pasando y…
—¿Tú pones sellos? Quiero decir, si hablamos, ¿me cuenta como terapia?
—Oficialmente no.
—¿Pero…?
—Pero podría valer… Lo puedo comentar. Pero no sirve con escucharme rajar sin parar y ya está. Lo nuestro será un diálogo, no un monólogo. ¿Entendido?
Me tiende la mano para que se la estreche. La miro entornando los ojos, valorando las escasas opciones que tengo. Al cabo de un rato, claudico.
—Tengo una condición —digo, con las manos aún entrelazadas—. Hablaré contigo, pero necesito enviar un mail.
—Primero, no estás en disposición de poner condiciones. Y segundo, me pides algo prohibido en las normas del centro.
—Es un mail personal.
—Precisamente por eso.
Entonces, movido por un impulso, saco la copia que imprimí del mail de Cassey y se la tiendo. Él mira el papel, confundido durante unos segundos, hasta que la coge y la empieza a leer. Cuando levanta la vista al acabar, nos miramos durante unos segundos.
—Si ha cambiado mi… predisposición, ha sido gracias a ella.
—¿Quién eres…? —me pregunta, girando levemente la cabeza—. ¿Eres… famoso?
Entonces, me quito la sudadera, quedándome en manga corta, y me quito las gafas de sol. Me encojo de hombros mientras hago un mohín con la boca. Él me mira de arriba abajo, alucinado, hasta que se lleva el puño frente a la boca y se le escapa la risa.
—¡Joder, colega! ¡Qué fuerte! —grita mientras ríe y aplaude a la vez—. ¡Eres ese Chris!
—Supongo que sí…
—Estás… hecho un asco, macho.
—Gracias por tu sinceridad.
—Ella es… tu hija… —Asiento apretando los labios, intentando disimular lo que me provoca escuchar esa palabra en alto—. No sabía que tenías una hija…
—Siempre fui muy cuidadoso con mi vida privada.
Supongo que espera que me explaye algo más, y se mantiene callado durante un rato.
—¿Y cuándo…? Espera, no… ¿Cómo…? No. —Me apoyo en el palo del rastrillo, cambiando el peso de una pierna a la otra, mirándole levantando una ceja. Él mismo se da cuenta de su indecisión, así que acaba diciendo—: Prométeme que me lo contarás todo.
—Prométeme que podré mandar el mail.
Jay inspira profundamente y luego exhala el aire de forma sonora.
—Tengo que preguntarlo, ¿vale? No puedo, simplemente, dejarte hacerlo, sin más.
—Hazlo, y tendremos trato.
—De nuevo, te recuerdo que…
Me vuelvo a poner la sudadera, con la capucha, y me coloco las gafas de sol, dando la conversación por acabada.
—No podrás esconderte ahí debajo durante mucho más tiempo, Chris —dice, señalándome.
—Llevo haciéndolo durante bastante…
Entro en el camerino y me dirijo a la nevera, de donde saco un botellín de cerveza.
—¡Chris! ¡Chris! —grita mi representante, entrando tras de mí como una exhalación—. ¡Escúchame!
—No pienso hacerlo.
—Pero…
—No.
—Esa exclusiva representaría un enorme impulso en…
—¡He dicho que no! ¡No pienso contar mis penas! ¡No pienso contar en ninguna entrevista que tengo una hija y que su madre me ha abandonado solo para vender más discos!
—¡Nadie ha dicho que tengas que contar eso! ¡Solo quieren saber un poco sobre tu vida privada!
—¡No tengo vida privada! ¡Ellas eran mi vida privada y ya no las tengo!
—Tus fans quieren saber cosas de ti. Quieren ver al mismo Chris de siempre, risueño y canalla.
—Ese Chris ya no existe.
—Por eso mismo. Y tienen que saber el motivo. —Le miro frunciendo el ceño mientras subo la cremallera de mi sudadera y me tapo la cabeza con la capucha.
—¡No puedes esconderte debajo de eso, Chris! ¡Ese aspecto no vende discos ni llena estadios!
—No me importa.
—Chris, por favor —insiste al ver lo poco que me importa todo—. Cada músico tiene su estilo, y el tuyo no es este. Vendes discos por tu música, pero también por tu aspecto y tu carisma. No puedes esconderte debajo de esa capucha y tras esas gafas. Las tías quieren verte y la gente quiere saber qué pasa en tu vida…
—Pues paso —digo, marchándome del camerino, escuchándole llamarme.
—¡Chris! ¡Chris!
Y así fue como, cuando todo acabó, me escondí de todos.
◆◆◆

Llevo un rato buscando a Jay para intentar averiguar si ha conseguido permiso para que conteste ese mail a Cassey. Desde esta mañana no le he vuelto a ver, y me extraña, ya que es muy aficionado a tocarme los cojones constantemente. Para una vez que le busco yo…
Camino por el pasillo, hacia está la sala donde intentaron que participara en la terapia de grupo, imaginando que puede que esté allí, pero antes, paso frente a otra cuya puerta está abierta. Me detengo al instante, movido por una fuerza que soy incapaz de controlar. Aun no me atrevo a entrar, así que, desde la puerta, echo un vistazo al interior. Es muy parecida al resto, solo que hay un tocadiscos en una esquina y una estantería lleva de discos al lado. Abro los ojos de par en par, miro a ambos lados para asegurarme de estar solo, y camino lentamente hacia el interior. Pero nada más traspasar la puerta, veo un piano de pared y mis pasos se desvían. Deslizo los dedos por la madera ajada y luego me atrevo a levantar el atril y descubrir las teclas. No hay ninguna banqueta frente a él, así que me limito a quedarme de pie, con las yemas de los dedos rozando algunas teclas. Pasado un rato, resoplo con fuerza y me alejo un par de pasos.
—Puedes tocarlo, si te apetece. Para eso está. —Me doy la vuelta y descubro a Jay apoyado en el quicio de la puerta. Entonces, señala al tocadiscos—. Igual que los discos. En alguna parte había unos auriculares que se le podían conectar…
Entra y se pone a rebuscar dentro de un armario situado a mano izquierda de la habitación. Mientras, yo me acerco a la estantería repleta de discos y deslizo un dedo por el lomo de los mismos.
—Aquí están… —Se acerca y los conecta al tocadiscos. Busca uno de los discos, sonriendo al dar con él—. Te reto. Seguro que la conoces. Todo el mundo la conoce. Cántala para mí.
Me hace una señal con la cabeza para que me ponga los auriculares sobre las orejas y, le obedezco sin titubear. Al instante, el sonido que hace la aguja al recorrer los surcos del disco me invade por completo.  Cierro los ojos y levanto la cabeza, disfrutando de cada segundo. Entonces, mi propia voz resuena en mis oídos. Abro los ojos, con intención de quitarme los auriculares, pero Jay me lo impide.
—¿Quieres escribirle ese mail a Cassey? Canta.
Le mantengo la mirada durante unos segundos, sopesando mis opciones, e intentando adivinar si va lo suficientemente en serio. Él no parece claudicar, y yo quiero escribir ese correo electrónico, así que…
“All I ever did was get it wrong
All I ever had was a sad song
But I can see the proof looking in your eyes
Yeah I must have done something right”

No le miro cuando canto, me mantengo con los ojos cerrados, apretándolos con fuerza. Sé que la voz no me sale con claridad, sé que no afino bien, sé que mi respiración no es la correcta para cantar esta canción como habría hecho hace un tiempo, pero, aun así, pongo todo mi empeño en ello. Aprieto los puños a ambos lados del cuerpo, encorvándome para sacar la voz del lugar más recóndito de mi cuerpo.
“Cause if I'm really such a fool
How come I'm the one who's lying next to you
It's in your touch when you hold me tight
Yeah I must have done something right
Must have done something right
Must have done something right”
Repito esa frase varias veces, hasta que se convierte en un susurro. Me siento cada vez más derrotado, pero no quiero mostrar ningún signo de flaqueza delante de él. Así pues, antes de volver a abrir los ojos, trago saliva varias veces. Cuando lo hago, descubro que tengo más espectadores aparte de Jay, todos mirándome con la boca abierta. Frunzo el ceño y desvío la mirada, avergonzado, justo antes de empezar a caminar deprisa para huir de la sala. Al pasar junto a Jay, le agarro de la camiseta y, sin mirarle, susurro:
—Voy a contestar ese mail. Me lo has prometido.
—Todo tuyo —contesta, con una enorme sonrisa dibujada en la cara.
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Dom 20 Mayo - 5:33

CAPÍTULO 18
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de cantar en la ducha
Hace un rato que he llegado a casa y, a pesar de estar agotada después de ocho duras horas de trabajo sirviendo cafés, porciones de tarta y huevos revueltos a camioneros y gente de paso, me he puesto un pantalón de chándal y una camiseta vieja, me he atado el pelo con una coleta y estoy poniendo algo de orden. Además, una pila de ropa sucia amenaza con desmoronarse en un rincón del baño, así que hoy me toca bajar al cuarto de las lavadoras para hacer la colada.
Cassey tiene clase de baile y aún tardará un poco en volver a casa, así que me da tiempo de bajar ahora, antes de empezar a hacer la cena.
Con el cesto de la ropa apoyado en la cadera, cojo las llaves y me las guardo en el bolsillo del pantalón. Decidida, abro la puerta de casa y me encuentro a Livy en el rellano, mirando el número de las puertas.
—¿Qué…? —la miro sorprendida, mientras ella se sonroja—. Hola…
—Pasaba por aquí y… ¿Te pillo en mal momento?
—Eh… Bueno… No… En realidad, iba a bajar a hacer la colada, pero puede esperar… Pasa…
Dejo el cesto con la ropa en el suelo, mientras yo, nerviosa, me aparto a un lado para dejarla pasar. Cuando lo hace y cierro la puerta, ambas nos quedamos calladas, sin saber bien qué decir. Me coloco detrás de las orejas algunos mechones de pelo que se escapan de la coleta, y miro a un lado y a otro, comprobando el desorden y maldiciéndome por él…
—Siento todo esto. Acabo de llegar de trabajar y…
Pero Livy no me presta atención, ni a mí, ni parece que al desorden. Mira alrededor sonriendo, hasta que ve las fotos en la estantería y las señala, pidiéndome permiso para acercarse a verlas. Asiento moviendo la mano en esa dirección. Coge algunos marcos, tal y como hizo Aaron cuando vino, y entonces se lleva una mano a la boca, tapándosela emocionada.
—Lo siento —se disculpa—. No puedo evitarlo…
—Tranquila… —digo mientras me acerco lentamente.
Entonces, se abalanza sobre mí y me abraza con fuerza. Empieza a balbucear frases, pero ni las lágrimas ni los continuos sollozos me dejan entender nada, así que espero paciente a que se calme un poco. Froto su espalda y noto cómo, poco a poco, consigue serenarse. Cuando se separa de mí unos centímetros, se seca las mejillas y repite:
—Lo siento… He venido todo el camino arengándome a mí misma para no montar una escena… —Saca de su bolso un paquete de pañuelos de papel y se seca los ojos con uno de ellos, intentando no destrozarse el maquillaje—. Y nada más llegar, es lo que hago.
—¿Quieres un vaso de agua…? —le ofrezco.
—¿Tienes cerveza?
La miro con las cejas levantadas durante unos segundos, pensando que está bromeando. Cuando me doy cuenta de que habla en serio, no puedo evitar que se me forme una sonrisa en la cara.
—Buena idea.
Cuando vuelvo a su lado, ya con las dos botellas en la mano, le ofrezco sentarse en el sofá, y yo hago lo propio.
—Disculpa… No te traje vaso… —digo, haciendo el ademán de levantarme del sofá.
—No, tranquila —me detiene—. Estoy acostumbrada a beberla así.
Ambas damos un trago, y nos quedamos calladas durante unos segundos, hasta que al rato empieza a hablar.
—En realidad, no sabía si hacía bien viniendo… Una parte de mí me decía que no tenía derecho a… entrometerme en tu vida. Tú decidiste alejarnos de ella, y que conste que no te culpo… Por otro lado, necesito que sepas que siempre vamos a estar aquí para lo que necesitéis…
—Lo sé… Necesito que entendáis por qué hice lo que hice…
—Aaron me lo ha contado. Y lo entendí desde el primer momento, aunque te… odiara un poco por irte. Te odié, pero te entendí a la vez. ¿Me explico?
—Me parece que sí.
—Y, aunque habría querido arrancarle las pelotas de cuajo cuando me enteré, entendí que Aaron no me confesara que os había encontrado y que os había ido a visitar.
—En su defensa diré que yo misma le pedí expresamente que mantuviera el secreto, y que nunca supo que volvimos a Nueva York hace algunos años.
—Si te soy sincera, creo que habría sido incapaz de no ir a veros, y seguro que habría tratado de convencerte de que le dieses otra oportunidad. Así que, en el fondo, hizo bien.
—Para mí también fue muy duro, Livy. Yo… lo dejé todo atrás. Incluso a mi familia. Siento que durante el tiempo que mi madre estuvo enferma, no la apoyé lo suficiente. Sé que no habría cambiado nada de haber estado aquí, pero no puedo evitar sentirme culpable. Y todo fue por culpa de lo que me hizo. Me destrozó, ¿sabes? Él era… todo. Y yo pensaba que nosotras para él también.
—¡Y lo eráis…! Pero no lo supo ver. No os valoró hasta que os perdió. Y entonces ya era tarde, y se volvió loco. Desde que te fuiste, a pesar de lo que pudiera parecer, no volvió a levantar cabeza, y su vida se convirtió en una espiral descendente sin fin. Le hemos visto consumirse frente a nuestros ojos, y por más que nosotros intentáramos ayudarle a salir de todo eso, nunca nos dejó hacerlo. Hasta que te volvió a ver aquella noche que apareciste en la puerta de casa. De repente, esa noche, algo se encendió en su cabeza, como si su cerebro hubiera estado dormido durante el tiempo en el que os separasteis…
Resoplo por la nariz, asintiendo a la vez con la cabeza. No puedo evitar sentirme identificada con él. Sé lo que es sentirse perdida, sé lo que se siente cuando te das cuenta de que tu vida era esa persona que ya no está a tu lado. Durante años me maldije por haber dependido tanto de él sin siquiera darme cuenta.
Entonces me doy cuenta de que Livy me mira sonriendo, y me veo obligada a aclararle:
—A mí me pasó lo mismo. Cuando llamé a vuestra puerta y le vi, un millón de imágenes y recuerdos asaltaron mi cabeza. Cosas que guardaba en mi memoria, pero que me obligué a mantener ocultas. En el fondo, nunca quise olvidarle, ¿sabes? Creo que algo dentro de mí necesitaba saber que siempre le iba a tener aquí dentro —digo, señalándome la cabeza con un dedo—, aunque escondido.
Me miro las manos, agarradas a la botella. De forma distraída, intento quitar la etiqueta de la marca de cerveza. Aprieto los labios con fuerza, escondiéndolos, y luego miro hacia el techo.
—Cassey es un constante recuerdo de él, ¿sabes? Es como convivir con la versión femenina y adolescente de Chris… Puede que físicamente se parezca más a mí, pero cuando habla, cuando ríe, cuando se mueve, incluso cuando se enfada y grita, es una copia de su padre. Cuando era más pequeña y su carácter se iba forjando poco a poco, me alucinaba ver las expresiones de su cara al hablar, por ejemplo. Me preguntaba cómo podía parecerse tanto a él sin haberle tenido como referente…
—Has hecho un trabajo increíble, ¿sabes? Estamos todos como locos con ella… No me puedo ni imaginar cómo se pondrá Chris… ¿Le ha…? ¿Sabes si…?
Sé qué me quiere preguntar, y sé que tiene miedo a hacerlo, precisamente por la respuesta que voy a darle.
—No.
—Bueno… Seguramente no habrá podido ver…
—Sí… Lo sé…
Parece que todos nos repetimos las mismas frases, como una especie de mantra en el que todos queremos creer, aunque bajo la sombra de una posible decepción.
—El otro día le dije a Cassey que buscaría cosas de Chris para dárselas… —se apresura a decir mientras rebusca dentro de su bolso, intentando cambiar el ambiente enrarecido que se ha creado—. Son fotos…
Aún con ellas en sus manos, empieza a pasarlas una a una. No tardan en humedecérsele los ojos de nuevo al verlas.
—Lo siento —se disculpa de nuevo.
—No pasa nada…
—¿Sabes cuándo fue la primera vez que le vi? Entre rejas… En el calabozo de la Central, donde Aaron y yo trabajábamos. Aaron estaba tan cabreado con él… Decía que le hacía la vida imposible y que no paraba de meterse en líos… Lo mío con Aaron aún no era… Bueno, de hecho, ninguno de los dos sabíamos qué era lo que había entre nosotros, ni nos imaginábamos hasta dónde podíamos llegar. Chris formaba parte de la ecuación, ¿sabes? Nunca imaginé a Aaron sin Chris, así que no me costó nada cuidarle y quererle como si fuera hijo mío. Y la verdad es que él me lo puso muy fácil. Enseguida se quitó de encima esa fachada de chico malo que había creado a su alrededor para protegerse y se mostró como realmente era. Nos ayudó tanto con Max… Incluso fue un puente de unión con Lexy, cuando ella estaba tan cabreada conmigo por haberme separado de su padre… Y con Jimmy… Si cierro los ojos, aún puedo verle cantándole para calmarle…
Sonrío abiertamente al recordarlo yo también.
—Recuerdo cuando Aaron era el que se quedaba en casa…
—Dios mío, sí… —Ríe ella también—. Chris fue un apoyo para todos, así que me niego a creer que ese tipo ha desaparecido. ¿Sabes qué vi yo en sus ojos esa primera vez? Miedo. Justo lo mismo que vi cuando supimos que te habías ido. Por eso os necesita. Por eso os necesitamos.  Tienes que devolvérnoslo, Jill. Aunque tú ya no quieras nada con él, devuélveme a mi hijo.
Y entonces rompo a llorar yo también. Porque quiero quererle, porque quiero odiarle. Porque quiero perdonarle, porque no quiero volver a verle en la vida. Porque quiero besarle, porque quiero darle un bofetón. Porque siento tantas cosas contradictorias en mi interior que ni yo misma sé lo que quiero.
Livy me atrae hacia ella y me abraza con fuerza. Sé que me entiende, sé que sabe lo mucho que quiero y odio a la vez a su hijo, y los dolorosos recuerdos que todo esto está removiendo.
—Hola… —Ambas nos incorporamos al escuchar la voz de Cassey, que nos mira desde la puerta, con los ojos muy abiertos—. ¿Ha…? ¿Ha pasado algo…? ¿Está bien papá…?
—Sí, cariño. Sí. Tranquila —la intento tranquilizar enseguida—. No pasa nada. Solo estábamos recordando…
—Joder… —se queja.
De repente, mientras la abrazo, siento cómo se desinfla y empieza a temblar. La acerco hasta el sofá y la hago sentar entre las dos. Le pongo las fotos sobre el regazo para intentar animarla, y funciona, porque enseguida empieza a reír al ver una foto de Chris y Max estirados junto a Bono en el jardín de su casa.
—Puedes quedártelas todas. Aaron las ha imprimido para ti.
—Es extraño —susurra—. Es como si no fuera una persona de carne y hueso. No sé explicarme… Es como cuando a un actor solo le ves en la tele, el cine o las revistas, que no crees que sea una persona en tres dimensiones… Me encantaría poder tenerle delante, aunque solo fuera una vez, para asegurarme de que existe de verdad.
—Ya verás como sí —dice Livy.
—Si no sucede, ¿podremos seguir viéndonos? —le pregunta Cassey, dejándonos sin aliento, demostrando ser más madura que todos, diciendo en voz alta lo que todos nos negamos a creer.
Livy me mira con los ojos muy abiertos. Luego vuelve a centrarse en Cassey y pasados unos segundos eternos, contesta:
—Por supuesto que sí. Pase lo que pase con tu padre, nosotros vamos a estar ahí. De hecho, Lexy quiere organizar una salida de compras solo chicas y Max me ha pedido que te pregunte si algún día estarías dispuesta a ganarte un dinero extra cuidando de Abby. Así que, como ves, no te vas a librar de nosotros tan fácilmente.
—¡Por supuesto! —grita, de repente emocionada de nuevo.
◆◆◆

Livy ha declinado nuestro ofrecimiento de quedarse a cenar, así que, mientras Cassey está en la ducha, yo caliento una pizza en el horno. Tantas emociones me han dejado demasiado agotada como para ponerme a cocinar algo más elaborado.
Mientras preparo la mesa para cenar, escucho a Cassey cantando bajo la ducha. Camino hacia el baño para meterle prisa.
—¡Cass…! ¡La pizza está casi lista! —grito, abriendo la puerta del baño.
—¡Voy! —grita, sin dejar de mover las caderas a un lado y a otro, bailando al compás de la canción que canta a gritos, justo como yo hacía.
Me encanta la sensación del agua ardiendo cayendo sobre mi cabeza y salpicando en mis hombros. No hay mejor sensación en el mundo, pienso mientras empiezo a tararear una canción. Siempre es igual: primero la tarareo, luego empiezo a cantarla susurrando y pocos segundos después la estoy cantando a pleno pulmón. Agarro la alcachofa de la ducha con una mano a modo de micrófono y levanto la otra al aire, cerrando el puño para darle más realismo. Espero que mi actuación sublime compense mi pésima entonación.
Entonces escucho risas y abro la puerta de la mampara. Me encuentro a Chris, grabándome con su teléfono móvil. Me cubro rápidamente, escondiéndome detrás de la mampara empañada.
—¡Se puede saber qué haces?! ¡Serás idiota! —digo, lanzándole la esponja, que él coge al vuelvo—. ¡Tienes que dejar de grabarme!
Camina hacia mí, dejando el teléfono sobre el mueble lavamanos y, apoyando las manos en la mampara, mete la cabeza para darme un beso.
—Imposible. Nunca me cansaré de escucharte berrear. Cualquier día, produciré un disco con tus grandes éxitos bajo la ducha.
—No te regodearás tanto cuando mi disco desbanque al tuyo del número uno —digo, agarrándole de la camiseta para meterle dentro de la ducha.
—Tu capacidad para destrozar canciones no conoce límites, pero estás de un sexy que te pasas…
Y siguió grabándome. Muchas veces más. Hasta que hui con Cassey a Florida.
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de cantar en la ducha.
Cassey descorre la cortina de la ducha y me mira sonriendo, gesto que le devuelvo cuando consigo volver al presente.
—¿Estás bien, mamá?
—Sí… Ponte el pijama y ven rápido, que la pizza ya está lista.
Ya estoy sentada en la mesa cuando ella aparece con el pijama puesto y sus gruesos calcetines de lana en los pies. Camina tecleando el móvil sin levantar la vista de la pantalla.
—Ya sabes las normas. El móvil no cena con nosotras.
—Es que Meghan y yo estamos quedando para ir juntas al cine y me tiene que confirmar si su madre la deja… —me contesta sin siquiera mirarme.
—¿Y la madre de la amiga de Meghan la deja?
Levanta por fin la vista de la pantalla y me mira frunciendo el ceño. Cuando parece entender mis palabras, sonríe de medio lado, deja el teléfono sobre la mesa y se acerca poniéndome morritos.
—Pero tú me dejas, ¿verdad, mami?
—Depende. ¿Qué vais a ver y a qué hora?
—50 Sombras de Grey, la quinta parte, y a las dos de la madrugada.
—No te pases de lista…
—Es que haces unas preguntas… No sé lo que vamos a ver ni la hora a la que lo veremos. Es un cine, no una disco, así que no creo que debas preocuparte por la hora… 
Abro la boca para contestar, pero su móvil emite un pitido y ella se abalanza sobre él, pero su expresión se transforma de golpe. Se le congela la sonrisa, y las manos empiezan a temblarle mientras sostiene el teléfono.
—Cassey, ¿estás bien? ¿Qué pasa?
—Es un e-mail, no un mensaje de Meghan.
—De acuerdo… Pero…
Me quedo callada de golpe al comprender su repentino estado de shock. Ella ve que me he dado cuenta, y asiente con la cabeza. Se le escapan unas pocas lágrimas, que intenta enjuagar con los puños de la camiseta del pijama. Cuando empieza a sollozar, acerco mi silla a la suya y paso un brazo por encima de sus hombros, atrayéndola hacia mí. Apoyo los labios en su cabeza y froto su espalda.
—Tranquila. Es una genial noticia…
—¿Qué hago? —me pregunta.
—¿Cómo que qué haces? ¡Llevas días esperando este mail y años deseando saber de él…! ¡¿A qué esperas?!
—¿Y si no es como yo imaginé? ¿Y si le he idealizado y ahora me decepciona? ¿Y si lo que me dice no me gusta? ¿Y si me escribe solo para decirme que no quiere saber nada de mí? ¿Y si…?
Pero entonces tomo las riendas de la situación y le quito el teléfono de las manos. Sin darle tiempo a reaccionar, abro el mail y se lo planto frente a los ojos.
—Lee.
Y aunque me muero de ganas por saber qué le ha contestado, cuando coge el teléfono y se lo acerca, me retiro un poco, dejándole intimidad. Al fin y al cabo, es una conversación privada entre los dos, aunque Cassey me hiciera partícipe de su escrito en su momento.
Sigo atentamente sus reacciones. Observo cómo sus ojos se mueven de un lado a otro, con rapidez, devorando las palabras una a una. Me emociono cuando veo las comisuras de sus labios torcerse hacia arriba, señal de que la respuesta de Chris es justo la que ella soñaba. La que todos deseábamos, en realidad.
Me pongo un poco nerviosa cuando levanta los ojos y me mira. Me encantaría preguntarle qué pone, y saber si habla de mí en algún momento. Entonces, se le vuelven a humedecer los ojos, y se le escapan algunos sollozos.
Llega un momento en el que sus dedos se mueven rápidamente por la pantalla, moviendo el cursor hacia el principio del mail, y sé que la está volviendo a leer. Lo hace un par de veces más, y justo cuando estoy a punto de perder los nervios y de pedirle a gritos que me dé algún tipo de explicación, deja escapar un largo suspiro y clava los ojos en mí.
—Es… genial, mamá.
—Me alegro —contesto, escueta.
Soy incapaz de articular ninguna palabra más. El corazón me bombea con tanta fuerza y rapidez, que parece que se me vaya a salir por la boca.
—Necesito… Quiero… —Se aparta algunos mechones de pelo de forma compulsiva, muy nerviosa—. Tengo que contestarle, mamá. No quiero que piense que su aspecto me importa. No quiero que crea que le quiero menos por estar como está y donde está. Necesito… contestarle a solas. Le pedí que me contara algo que nadie más supiera y lo ha hecho, y quiero que siga siendo algo entre él y yo. Quiero tener algo entre nosotros, algo solo nuestro. ¿Lo entiendes?
—Perfectamente —contesto con total sinceridad.
—¿No te enfadas?
—Claro que no.
—Y tengo que hacerlo ahora mismo —asegura, poniéndose en pie.
Asiento, justo antes de verla alejarse. Entonces, antes de perderse por el pasillo, gira sobre sus talones y me mira parpadeando varias veces.
—¿Le puedo hablar de ti? ¿Puedo… contarle cosas nuestras… de las dos? —Incapaz aún de hablar, asiento con la cabeza—. Ojalá alguien me quiera un día tanto como papá te quiere a ti.
Sus palabras provocan un vuelvo en mi corazón. Me tapo la cara mientras lloro con tanta fuerza, que me acaba provocando un terrible dolor de cabeza.
“Tenías razón. Sigue siendo ese Chris. Ha contestado el mail”
Con ese escueto mensaje que le envío a Livy, desato la locura. Las noticias vuelan rápido, y enseguida me veo avasallada por todos. Quieren saber qué le ha contestado, si pueden leer el mensaje, si era muy largo, si está bien, si pregunta por alguien, si se está tomando en serio la rehabilitación… Es completamente lógico y normal, pero yo me limito a contarles lo que veo, que Cassey es feliz, y eso es lo único que me importa.
◆◆◆

Son las dos de la madrugada, pero soy incapaz de dormir. Cuando me metí en la cama, cogí el libro que reposaba en mi mesita de noche, pero no me podía concentrar en la lectura. Así que apagué la luz y me obligué a cerrar los ojos. Una hora después, seguía dándole vueltas a ese mail, imaginando las palabras de Chris, intentando intuir la respuesta de Cassey. Para evitar volverme loca, decidí rendirme y me acerqué a la cocina para prepararme una infusión calentita. Aquí llevo desde entonces, sentada en la butaca al lado de la ventana, con la taza entre las manos, viendo cómo los copos de nieve golpean contra la ventana.
Todo está en silencio, incluso en la calle parece no haber nadie. Por unos segundos, imagino que soy la única persona despierta en la ciudad, aunque sé que es imposible. A salvo de todos, me permito el lujo de no esconderme e imaginar y sentir sin vergüenza. Así, me imagino a Chris en ese centro, haciendo exactamente lo mismo que yo, viendo nevar a través de una ventana, pensando en nosotras. Quiero creer que siente lo mismo que yo, que me echa de menos tanto como yo a él, que me odia por haberle abandonado como yo le odio por lo que me hizo, que sueña con viajar atrás en el tiempo y empezar de nuevo desde cero.
—¿Mamá…?
Giro la cabeza, sobresaltada, y descubro a Cassey mirándome desde una cierta distancia, con el portátil apretado contra el pecho.
—¿Qué haces despierta? ¿Te encuentras bien? —digo, dejando la taza sobre la mesita.
—No puedo dormir… —me contesta, acercándose hasta sentarse a mi lado, apretujándose contra mí. Encoge las piernas, aun agarrando el portátil, y apoya la cabeza en mi hombro. Mira por la ventana, igual que yo hasta hace unos minutos—. ¿Estás pensando en él?
Tardo un rato en afrontar su mirada. Cuando lo hago, soy incapaz de mentirle y asiento con la cabeza.
—¿Y tú?
Ella me contesta de igual manera. Entonces, abre el portátil y lo coloca sobre su regazo. La pantalla se ilumina segundos después.
—Estaba escribiéndole mi respuesta. La he borrado decenas de veces, porque creo que no debería pensar tanto qué decirle, pero son muchas cosas las que quiero decirle y estoy tan nerviosa, que tengo miedo de cagarla. A él le ha pasado lo mismo, e incluso dice que se hizo un borrador del mail, que acabó lleno de tachones…
Intento disimular la emoción de saber parte del contenido del mail de Chris, aunque el corazón me late tan fuerte que temo que ella se dé cuenta. Es evidente que me encantaría leerlo, pero sé que esto es algo entre ellos dos, y no quiero forzarla. De todos modos, mis ojos se desvían de forma inevitable hacia la pantalla.
—Quiero verle, mamá. Me encantaría ir a verle a ese centro…
—Pero sabes que… —Carraspeo para aclararme la voz—, que no puede tener contacto con nadie.
—Lo sé… Además, él tampoco quiere que le vea como está ahora. —El corazón se me va a salir por la boca—. Quiero decirle que a mí me da igual como esté, que yo quiero ayudarle a recuperarse, que no quiero que se drogue más…
—Pues díselo… —susurro, incapaz de decir nada más por culpa del nudo que se me ha formado en la garganta.
—Y quiero enviarle una foto mía. ¿Puedo? ¿Te parece bien?
—Sí…
—Y voy a darle mi número de móvil para que me llame cuando salga…
Me mira expectante por mi reacción, y yo, incapaz de controlar mis sentimientos durante más tiempo, empiezo a llorar. Y a pesar de taparme la boca con ambas manos, no puedo disimular mis sollozos.
—¿Estás enfadada conmigo? Yo no quería hacerte llorar… —Me limito a abrazarla durante mucho rato, aunque soy consciente de que puedo estar pareciendo una desequilibrada—. Quiero decir… me hace mucha ilusión todo esto y… no quiero que pienses que me voy a ir con él…
—No estoy para nada enfadada contigo, cariño —empiezo cuando logro recomponerme—. Al contrario. Estoy muy pero que muy orgullosa de ti. Y deseaba con todas mis fuerzas que llegara este momento. No te lo dije hasta ahora, pero tenía tanto miedo de que él no te contestara…
—¿Pensaste que podría… no contestarme?
—Ya no le conozco, cariño… No sabía cómo iba a reaccionar. Y, en el fondo, todos temíamos lo mismo. Así que ahora soy muy feliz porque sé que no ha cambiado tanto…
Cassey se muerde el labio inferior, mirándome emocionada, aunque radiante de felicidad. Entonces, abre de nuevo su portátil y, sentándose de cara a mí, empieza a leer:
—Hola, Cassey. Si te soy sincero, y quiero serlo del todo, estoy nervioso… Tengo muchas cosas que contarte y muchas ganas de hacerlo…
—Cariño, no hace falta que…
—Pero quiero hacerlo —me corta—, quiero leerte algunos trozos porque quiero que no olvides quién es. Yo no me acuerdo de cómo era, pero me da la sensación de que sigue siendo ese Chris del que te enamoraste.
Río a pesar de las lágrimas, que me seco con la manga del pijama, mientras ella prosigue:
—Quiero… Me gustaría impresionarte, aunque no sé bien cómo hacerlo. No creo estar en disposición de impresionar a nadie ahora mismo, pero te aseguro que normalmente soy… mejor. Y prometo volver a serlo. Lo prometo. Esta vez de verdad.
Levanta la vista de la pantalla y sonríe, justo antes de volver a clavar los ojos en el portátil. Parece buscar unas frases en concreto, hasta que da con ellas.
—Aquí. Esto es para ti.
—¿Para… mí…?
—Me encantaría responder a todo lo que quieras preguntarme… Espero que no te creas todas las cosas que has leído de mí en internet. Muchas de ellas no son verdad. Muchas otras, desgraciadamente sí. En cuanto a las cosas que te ha contado tu madre… Me cuesta incluso pensar en ella. Se me forma un nudo extraño y… Joder… Me dijiste que estuvo a tu lado mientras escribías tu mail, si está a tu lado ahora… Jill, yo… Son tantas las cosas que quiero decirte pero que creo que no tengo derecho a hacerlo… Fuiste, eres y siempre serás el amor de mi vida, y ser consciente del daño que te hice, me está matando. Tienes todo el derecho a estar muy enfadada conmigo, al igual que Cassey. Si me odiarais, lo entendería perfectamente… Aunque espero que no lo hagáis del todo. Que hayas accedido a esto, significa un mundo para mí.
Mientras la escucho, cierro los ojos, imaginando a Chris, al de antes de todo esto, diciéndome esas cosas tan bonitas.
—A mí me parece que lo ha dejado muy claro, ¿no?
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Dom 20 Mayo - 5:35

Que proceso tan difícil para todos.
Espero que Chris pueda desintoxicarse del todo y recuperar su vida, la que realmente la hacia feliz
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por divinecc el Dom 20 Mayo - 9:10

Y gracais por los capi ❤️❤️
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Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

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