Únete al Grupo
¿Quién está en línea?
En total hay 1 usuario en línea: 0 Registrados, 0 Ocultos y 1 Invitado

Ninguno

La mayor cantidad de usuarios en línea fue 37 el Miér 19 Jul - 2:36.
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Créditos
Skin obtenido de The Captain Knows Best creado por @Neeve. Gracias a los aportes y tutoriales de Hardrock, Glintz y Asistencia Foroactivo.

EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Página 4 de 7. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6, 7  Siguiente

Ir abajo

EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 8 Mayo - 8:07

Recuerdo del primer mensaje :


Os voy a contar una historia de amor diferente. Una historia llena de lucha, derrotas, sacrificios, lágrimas, imperfecciones y cicatrices.
Una historia de amor de dos personas que se encontraron cuando no tenían nada y se separaron cuando lo tenían todo.
Os voy a contar qué pasó... cuando todo acabó.
avatar
axcia


Volver arriba Ir abajo


Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por romyfranco el Lun 14 Mayo - 13:04

Copado!!

romyfranco


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 15 Mayo - 7:38

CAPÍTULO 11
Y así fue como, cuando todo acabó, empecé a desafinar
Tengo frío a pesar de estar sudando. Mi cuerpo tiembla mientras las gotas de sudor lo cubren por completo. El problema es que, en cuanto me destapo, empiezo a tiritar de nuevo, así que me cubro con todas las mantas que tengo a mi alcance.
Escucho las voces de mi padre y de Livy retumbar en mi cabeza, como si estuvieran gritándome en la oreja, a pesar de estar solo en la habitación.
Me remuevo incómodo, con todo el cuerpo dolorido. Las fracturas han ido sanando poco a poco, pero el dolor persiste, como si no quisiera marcharse, como si quisiera ser un recordatorio de mis errores.
Respiro de forma errática, y mi pecho sube y baja como si acabara de correr una maratón. Con manos temblorosas, hundo mis dedos en mi pelo y tiro de él, desesperado. Luego los deslizo por mi cara, como asegurándome de que sigo siendo yo. Toco mis labios, cortados y secos. Trago saliva y entonces me doy cuenta de que estoy sediento.
Con gesto torpe, me destapo e intento ponerme en pie. Me apoyo en la pared mientras intento ver si soy capaz de abrir los ojos. Cuando creo estar preparado, los abro y todo empieza a dar vueltas a mi alrededor. Empiezo a sentir nauseas, provocadas seguro por el mareo incontrolable, así que me precipito al baño. Y como lo hago con los ojos cerrados, no tardo en golpearme contra el marco de la puerta, cayendo al suelo boca arriba. Incapaz de controlarme, vomito, tragándomelo al no tener fuerzas para moverme, ahogándome.
Afortunadamente, la puerta se abre de golpe y Aaron aparece por ella, seguido de cerca por Livy. Él me agarra y me voltea, ayudándome a echarlo todo fuera.
—Eso es… Vamos, Chris… Respira, por favor… —me pide.
—Vamos, cariño. Estamos aquí, ¿vale? No estás solo, mi vida… —llora Livy, muy asustada.
Toso con fuerza, tanta, que mi cuerpo entero convulsiona. Aaron me sostiene con fuerza, aún de lado, hasta que se asegura de que dejo de vomitar.
—Vale… Eso es normal… Tranquilo…
—No pasa nada, Chris…
Escuchando sus voces consigo tranquilizarme. Las escucho amortiguadas y cuando intento abrir los ojos, la imagen que veo está borrosa.
—Quédate conmigo, Chris.
—Aaron, ¿qué le pasa?
—Se desmaya…
—¡Haz algo, por favor!
Siento cómo me elevo del suelo y me llevan en volandas, con los brazos y las piernas inertes. Y entonces, de repente, estoy empapado.
—Mírame, Chris. Sigue conmigo. Mírame, por favor. —Alguien me toca la cara y me acuna entre sus brazos—. Chris, soy papá. Vamos. Vamos, por favor…
Abro los ojos lentamente, solo por unos segundos, al sentir el calor de los fuertes brazos de mi padre.
—Eso es… Eh… Hola… —Le miro, parpadeando, muy serio. Pero él sonríe—. Estamos aquí… No te vamos a dejar…
Intento mirar alrededor, confundido. Descubro que estoy dentro de la ducha, sentado en el suelo entre los brazos de mi padre, mientras el agua nos empapa a ambos. Livy está de rodillas frente a los dos, con gesto preocupado y la cara empapada por las lágrimas. Alrededor nuestro, todo es caos. Hay restos de vómito en el suelo de la habitación y parte del baño.
Livy cierra el grifo y coge una enorme toalla con la que nos cubre a ambos.
—Lo siento… —balbuceo con esfuerzo—. Lo siento mucho…
—Shhhh…
Mi padre me abraza con fuerza, frotando mis brazos para que entre en calor. De forma inconsciente, como si fuera un crío, acurruco la cabeza en su hombro. Él se da cuenta de ello y acerca los labios a mi frente, donde los mantiene durante un buen rato, siempre bajo la atenta mirada de Livy.
—Todo va a ir bien… —dice ella—. No tengas miedo, porque tú puedes con esto y con más. Y si te cansas de luchar, estaremos ahí para ti. Nos da igual la edad que tengáis. Para tu padre y para mí, siempre seréis nuestros chicos. ¿Me crees?
Asiento lentamente, tragando saliva mientras algunas lágrimas se me escapan.
—¿Sabes cuánto te queremos? ¿Lo sabes? —Vuelvo a asentir mientras se me cierran los ojos.
—¿Estás cansado? —me pregunta mi padre—. Está bien, pero vas a tener que intentar ir hasta la cama por tu propio pie, porque mi espalda no va a aguantar tu peso mucho más… Que tu viejo tiene sus achaques…
Sonrío agotado, respirando profundamente mientras me dejo levantar. Agarrándome del lavamanos y del toallero, consigo mantener la verticalidad.
—Espera que te busco ropa seca —dice Livy.
En cuanto se la tiende a Aaron para que me ayude a cambiarme, me da un beso en la mejilla y me abraza.
—Te quiero, Livy —susurro, casi dormido.
—Lo sé.
◆◆◆

Abro los ojos y, por primera vez en muchos días, no siento nauseas ni mareos. Me incorporo lentamente, apoyando la espalda en el cabecero de la cama.
—No tardaremos, cariño.
—Id tranquilos, mamá. Yo me ocupo. Tomaros un tiempo para vosotros…
—La pastilla está en la cocina. Y mira a ver si quiere comer algo…
—Que sí… Por favor… Idos tranquilos.
Escucho la puerta principal cerrarse y poco después la música de The Strokes, uno de los grupos favoritos de Lexy. La escucho cantar mientras trastea por la cocina, seguramente, preparándose algo de comer. 
Salgo de la cama y me pongo en pie. Después de unos segundos en los que la vista se me nubla y tengo que hacer un esfuerzo por no volver a acostarme, arrastro los pies hasta la puerta y salgo.
—Eh… —me saluda con esa simple palabra, acercándose a mí.
Nunca hemos necesitado decirnos nada más para entendernos, desde el mismo instante en el que decidimos enterrar el hacha de guerra y aprovechar la oportunidad que la relación de nuestros padres nos ofreció.
—Sigue cantando. No te cortes…
Me abraza con suavidad durante largo rato, y yo cierro los ojos, disfrutando de la calidez.
—¿Cómo estás? —me pregunta cuando se separa de mí, acariciando mi cara con suavidad.
—Mejor… —susurro después de carraspear para aclararme la voz—. Me siento débil, pero he sido capaz de abrir los ojos sin vomitar, y eso es todo un logro.
—Eso es bueno... Me han dicho que tienes que tomarte esta pastilla —me dice, tendiéndomela junto un vaso de agua.
—Así que te ha tocado ser mi carcelera… —comento mientras me la tomo.
Ella me mira ladeando la cabeza, aunque no lo niega. Sé que todos hacen turnos para no dejarme solo, aunque intentan disimularlo. Supongo que no se fían de que no haga ninguna tontería.
—Y no tengo hambre, para cuando tengas que pasar el parte a la jefa…
—Está bien… Y que conste que me voy a ahorrar los sermones porque ya sabes lo que te diría mamá. —Asiento levemente, apretando los labios, encogiendo los hombros a la vez—. Estás en los huesos, y no me mola nada que estés más delgado que yo.
—¿Cómo están Jared y Freddy?
—Bien… A uno le veo menos de lo que me gustaría y al otro más de lo necesario. Jared se pasa el día trabajando y Freddy, cuando no está en el colegio, reclama mi atención a todas horas… Y es agotador. ¿Me convierte eso en una mala madre?
—Creo que no soy la persona más indicada a la que pedir consejo.
—Tú preguntaste.
—Por cortesía más que por interés —aclaro—, aunque el enano me cae bien.
—Jared es un buen tipo.
—Si tú lo dices…
—¡Oye…! —se queja, dándome un manotazo en el brazo—. Pensaba que habías superado esa fase. Ahora me dirás que nadie será lo suficientemente bueno para mí…
—No es eso. De hecho, compadezco al pobre infeliz que te aguante las veinticuatro horas del día. Es solo… que no le trago.
—Gracias por tu sinceridad, idiota.
—De nada.
Nos miramos sonriendo, agachando la cabeza.
—Te echaba de menos.
—Y yo a ti —le confieso.
Desvío la mirada hacia las ventanas del salón, por las que entra mucha luz. Entorno los ojos, casi cerrándolos, acercándome para sentir el calor. Aparto un poco la fina cortina de gasa blanca y observo el escaso ajetreo de la calle.
—¿Quieres un zumo? ¿O un café?
—Un café estaría bien, aunque no sé cómo me sentará…
—Nos arriesgaremos —contesta sonriendo, dándose la vuelta.
Entonces me acerco al piano y me siento en la banqueta frente a él. Acaricio la madera con las yemas de los dedos, justo antes de levantar el atril y observar detenidamente las teclas. Poso los dedos en ellas con suavidad, para no hacer sonar ninguna nota. Lexy apaga el reproductor de música y la casa se sume en un absoluto silencio, solo roto por el sonido de la cafetera. Apoyo la frente en la caja del piano, cerrando los ojos, y abro la boca como si tuviera intención de cantar. Supongo que es algo innato en mí al estar en contacto con un instrumento, solo que, desde hace un tiempo, de mi boca no sale nada.
Lexy deja las dos tazas sobre el piano y me abraza por la espalda, rodeando mi cuello con sus brazos y posando su mejilla contra la mía. Siento su aliento en mi oreja y los latidos de su corazón repicando en mi espalda.
—Yo sé que puedes hacerlo… —Niego con la cabeza, aún con los ojos cerrados—. Sí que puedes… ¿Cómo era…? “I’m not running… I’m not hiding… If you dig a little deeper you will find me… I’m not lost, just undiscovered…”
Lexy se sienta a mi lado y pone su mano sobre una de las mías. Apoya su cabeza en mi hombro mientras sus dedos presionan los míos, hundiéndolos en las teclas, haciendo sonar un par de notas al azar. Agarra de nuevo mi mano y la conduce algo más a la izquierda, donde repite la acción.
—Recuerdo lo mucho que me ayudaste cuando nos conocimos… Yo estaba tan enfadada con mi madre, con tu padre… con el mundo en general… Pero tú no te rendiste, a pesar de mis insultos y mis desplantes. Y con una guitarra en la mano, te ganaste mi corazón poco a poco. Por eso creo que, si la música pudo… curarme, podrá curarte a ti también.
Y entonces, aunque su teoría parece algo improbable, enderezo la espalda y me pongo en posición. Coloco los dedos de ambas manos sobre las teclas y toco un par de notas para darme el tono correcto. La voz no me sale con claridad, y está bastante dañada. Soy incapaz de afinar, así que me limito a susurrar frases mientras mis dedos se deslizan con torpeza por las teclas.
Ella murmura la canción mientras yo la canto, o hago el intento de hacerlo. No es mucho, pero me reconforta. Me siento bien por primera vez en mucho tiempo.
—Estoy acabado… —susurro, negando con la cabeza.
—No lo creo.
Giro la cabeza y poso los labios en su pelo, justo antes de apoyar la cabeza en la suya. Luego se me escapa un largo suspiro.
—Me han contado que viste a Jill…
—Las noticias vuelan, por lo que veo.
—¿Y ahora qué?
—No tengo ni idea…
—¿Quieres volver a verla?
—Por supuesto que quiero. Pero me temo que ella no siente lo mismo…
—Yo no estaría tan segura…
—Créeme, sé interpretar una cara de asco cuando la veo.
—Porque la versión que vio de ti es la misma de la que ella huyó hace años. Pero ahora mismo, el que tengo a mi lado es el chico del que ella se enamoró. Y tienes que demostrárselo.
—¿Crees que…? ¿Crees que me daría esa oportunidad?
—Creo que lo que vosotros tuvisteis fue demasiado fuerte como para olvidarlo de un plumazo.
—Han pasado unos añitos… Y fui muy gilipollas…
—Pero juegas con la ventaja de que ella vive cada día junto a un recuerdo constante de lo vuestro. Cassey tendrá ya dieciséis años, Chris… ¿No tienes curiosidad por ver en la persona en la que se ha convertido? Ella es, con total seguridad, lo mejor que habéis hecho juntos…
Sopeso sus palabras durante un buen rato, con la mirada perdida y los dedos sobre las teclas.
—Recuerdo cuando la sentaba en mi regazo y tocaba el piano… Se dormía, relajada… O cuando la mecía en mis brazos y le cantaba al oído… ¿Sabes qué pensaba cuando se fueron? No podía soportar la idea de que no se acordara de mí… Sé que pasé menos tiempo con ella del que debería haber pasado, pero… yo la quería tanto… Y que no lo fuera a saber nunca, me repateaba.
—Bueno, haz que se acuerde de ti a partir de ahora.
—¿Crees que Jill me dejaría pasar tiempo con ella?
—Si la versión de ti que le vas a enseñar a tu hija es esta —dice, señalándome con una mano—, no creo que ponga inconvenientes.
—¿Y si ella ya tiene un padre…? ¿Qué soy para ellas?
—Tendrás que conformarte con ser lo que ellas quieran que seas. Tienes que apechugar con las consecuencias de tus actos. Te portaste como un capullo, así que deberás acatar su veredicto.
Resoplo por la nariz, cabizbajo, con la vista fija en las teclas del piano. Suavemente, las presiono, formando una lenta melodía, casi melancólica. Poco a poco, empiezo a hilar las notas, concentrándome en mis dedos, que empiezan a deslizarse sobre las teclas, como si bailaran.
En ese momento, escuchamos la puerta principal abrirse y aparece Jimmy, al que se le forma una enorme sonrisa en la cara.
—He escuchado las notas y sabía que solo podías ser tú —me dice, abalanzándose sobre mí para darme un abrazo.
—¿Qué haces aquí? —le pregunta Lexy, tras darle un beso en la mejilla.
—Me llamó mamá. Ahora viene Max también.
—¿Qué trama Livy?
—Cena en familia —contesta Max, que acaba de entrar por la puerta—. O eso, o no se fía de las dotes de carcelera de Lexy.
—¿Qué haces aquí sin Abby? —le pregunta Lexy.
—Yo también me alegro de verte, hermanita —contesta Max, tirándole de un mechón de pelo, justo antes de abrazarme por la espalda y susurrarme—: ¿Cómo estás?
—Cada vez mejor…
Me coge la cara y me mira fijamente a los ojos. No convencido con ello, saca un termómetro del bolsillo de la camisa y lo pone bajo mi axila. Cuando pita, comprueba la pantalla y lo guarda.
—¿Llevas un termómetro en el bolsillo? —le pregunta Jimmy, alucinado.
—Parece que sí lo lleva, sí… —digo yo—. ¿Me crees ahora?
—¿Nauseas? ¿Mareos? ¿Fatiga? —contesto negando con la cabeza.
—Cansado de ti va a quedar, sí —interviene Lexy—. Déjalo ya, Max. Has acabado tu turno, ¿verdad?
—¿Te lo tomas todo? ¿Vas bien de medicinas? —Asiento con la cabeza, mientras él se dirige a la cocina para comprobarlo—. Por si acaso, te he traído alguna más.
—Pesado… —susurra Jimmy, justo antes de volver a centrarse en mí—. ¿Tocamos algo juntos?
—Estoy algo desentrenado…
—Eso no te lo crees ni tú.
Saca de su mochila una armónica, que me muestra moviendo las cejas arriba y abajo.
—Tengo un nuevo juguete…
—¿Sabes tocar todos los instrumentos del mundo?
—Creo que aún no —responde con inocencia—. Cuando quieras, yo te sigo.
Sonrío y agacho la vista a mis dedos, nervioso por ver si me responderán. Cierro los ojos y la música empieza a sonar en mi cabeza, y lo hace bastante bien, así que me dejo llevar. Cuando los abro, descubro que mis dedos se mueven con soltura, como si nunca hubieran dejado de hacerlo. Jimmy empieza a tocar la armónica y la mezcla queda perfecta. Empiezo a cantar bajito, consciente de que estoy lo suficientemente perjudicado como para no poder afinar del todo. Lexy reconoce la canción que canto y me acompaña en alguna frase, mientras Max, con los ojos cerrados, sonríe moviendo la cabeza al compás. Durante mucho tiempo, esa fue mi imagen favorita del mundo, saberle capaz de escucharme cantar y disfrutar de ello, así que estoy tan feliz que se me forma un nudo en la garganta que me obliga a dejar de cantar. Y entonces me limito a observarles, sonriente, sintiéndome, por fin, en casa.
Max se pone en pie y empieza a bailar, como siempre, como cuando era pequeño, y, aunque no lo hace mal, el resto reímos, también como siempre.
Cuando dejo de tocar al acabar la canción, empiezo a aplaudir, radiante de felicidad. Max hace reverencias mientras Jimmy silva y Lexy ríe a carcajadas, abrazándome de nuevo.
Entonces escuchamos unos sollozos y nos giramos en su dirección. Mi padre y Livy están en el recibidor, ella con las manos tapando su boca y los ojos llenos de lágrimas.
—¡Estaréis satisfechos! Con lo contenta que la traía yo… —bromea mi padre.
◆◆◆

Era como si hubiera retrocedido en el tiempo, como si nada hubiera cambiado. Sentados alrededor de la mesa, todos hablaban y reían a la vez. Les he observado con una sonrisa melancólica mientras removía la comida de mi plato. Ha sido como en los viejos tiempos, cuando cenábamos todos juntos.
Ahora llevo un rato sentado en el porche del jardín, solo. Con los codos apoyados en las rodillas, miro el cielo estrellado con la boca abierta. En plena ciudad se ven muy pocas estrellas, pero hace tanto tiempo que no lo hago, que me parece un espectáculo maravilloso.
—¿Aceptas un poco de compañía de tu viejo? —escucho que me pregunta mi padre.
Me giro un poco hacia él y asiento sonriendo, sin abrir la boca. Él se sienta a mi lado, en la misma postura que la mía, y también levanta la vista al cielo.
—¿Estás pensando en ella? —me pregunta sin rodeos, girando la cabeza para mirarme.
—¿Tanto se me nota?
—¿Qué quieres ser para ella? ¿Qué quieres ser para Cassey?
—Quiero serlo todo para las dos, pero no sé si ellas querrán que lo sea…
—Tendrás que averiguarlo, ¿no?
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo, y me encojo, escondiendo las manos en las mangas de la sudadera. Sorbo por la nariz mientras me abrazo el cuerpo.
—¿Estás bien? —Asiento de nuevo—. ¿Estás cansado?
—Sí…
—Ve a dormir, si quieres. Deberías ir poco a poco…
—No. No quiero cerrar los ojos, porque cada vez que lo hago, me asaltan los recuerdos del pasado. Necesito… saber que esto es real.
—Te puedo asegurar que esto nunca dejará de serlo —dice, abriendo los brazos para abarcar todo el jardín y la casa—. Siempre estaremos aquí para ti y tus hermanos.
—Lo sé, pero tengo miedo de volverla a cagar y que os canséis de mí y… me dejéis solo.
—Nunca me cansaré de ti, Chris. Me da igual que te conviertas en un puto grano en el culo.
—Cuando ella me dejó, durante un tiempo, intenté negar la realidad. Pensaba que estaba loca por dejarme, que cualquier mujer querría estar conmigo y que se daría cuenta de que estaba cometiendo el error más grave de su vida y volvería corriendo a mis brazos. Así que estuve un tiempo simulando que nada había pasado. Me seguía sentando frente al piano, o seguía cogiendo la guitarra y componía sin parar… Hasta que la realidad cayó sobre mí como una losa, y para evadirme de ella, bebía y me drogaba. Y cuando eso pasaba, cada vez que lo hacía, me alejaba más y más de vosotros. ¿Y sabes qué pasaba a la vez? Que me sentaba frente al piano y no ocurría nada…
Me quedo callado durante unos segundos, recordando esa época oscura de mi vida.
Y así fue como, cuando todo acabó, empecé a desafinar.
Y no solo cuando cantaba. Mi vida entera estaba desafinada, llena de escándalos, de sexo, de drogas y de descontrol.
—¿Te cuento un secreto? Antes de ti, antes de Livy y tus hermanos, yo era un capullo. Echo la vista atrás y siento que desperdicié mi vida. Yo… defraudé a tu madre, jugué con los sentimientos de varias mujeres, y era bastante egoísta. Pero no quiero borrar esa parte de mi vida, quiero que siga ahí para recordarme de dónde vengo, o dónde no quiero volver.
—No quiero volver a desafinar, papá.
—Pues nunca olvides cómo eras cuando lo hacías.
avatar
axcia


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 15 Mayo - 7:39

CAPÍTULO 12
Y así fue como, cuando todo acabó, él me guardó el secreto
Observo la fotografía con lágrimas en los ojos. He juntado los trozos como si se tratara de un puzle, intentando arreglarla. Pero, como sucede con mi vida, es imposible enmendar algo que está roto a conciencia, en pedazos. No puedo dejar de llorar mientras mis dedos temblorosos acarician cada fragmento.
—Cassey… Soy mamá… Vuelve a casa, por favor. Vamos a hablar…
Hace horas que se fue de casa y que el apartamento se sumió en este incómodo silencio solo roto por mis sollozos. La he llamado varias veces sin éxito, y en todas ellas le he dejado mensajes en su buzón de voz, suplicándole que vuelva. Realmente, no sé qué decirle si me hace caso y vuelve. No tengo claro que vaya a acceder a que le vea, tampoco si le contaré el motivo real de mi negativa.
Estoy muy nerviosa… Hace varias horas que no sé nada de ella, y cuando se fue estaba tan enfadada que temo que haya podido cometer una locura… Se me ocurre llamar a mi padre, por si acaso se le hubiera ocurrido ir a visitarles. Es algo que ha hecho cuando nos hemos peleado, que ha sucedido bastante a menudo últimamente.
—¡Hola, cariño! —me contesta al cuarto tono.
—Hola, papá. ¿Está Cassey con vosotros?
—Eh… No… Acabamos de salir de la clase de bailes de salón. ¿Os habéis vuelto a pelear? ¿Por qué ha sido esta vez?
—Nada importante —le miento.
—¿Seguro?
—Sí… Lo de siempre… Quiere salir con sus amigos hasta horas intempestivas…
—Mmmmm… No sé a quién me recordará… Recuerda que tú también tuviste su edad y te enfadabas conmigo y con tu madre por los mismos motivos… Estará en casa de una amiga… O de su novio.
—Cassey no tiene novio.
—Tú tampoco lo tenías, ¿verdad?
—Eso era diferente…
—Si tú lo dices…
—Hasta luego, papá.
Tenía la esperanza de que estuviera con ellos, así que, cuando cuelgo, estoy más nerviosa que antes de llamarles, diría que incluso desesperada. Solo se me ocurre a una persona más a la que recurrir…
—Jill, ¿sales a atender al cliente que acaba de entrar? Yo me ocupo de Cassey…
—Claro —contesto de forma despreocupada, besando la pequeña nariz de mi hija.
Pero en cuanto cruzo la puerta hacia el salón, me quedo paralizada. Él gira la cabeza y me ve de inmediato. Se pone en pie y estira un brazo.
—Espera. Deja que me explique… He venido solo… Nadie sabe que estoy aquí…
Miro alrededor, comprobando que sea cierto. Entonces, me acerco lentamente.
—¿Cómo me has encontrado…?
—Soy bueno en mi trabajo… Cassey estuvo ingresada en el hospital hace un par de semanas…
—Tuvo bronquitis… —le aclaro de forma innecesaria, como si tratara de justificarme.
—Nunca dejé de buscaros, Jill… No se lo he dicho a nadie, ni a Chris, ni siquiera a Livy… Solo necesito saber que estáis bien, que os las arregláis bien. No voy a intentar convencerte de que le des otra oportunidad a Chris. Soy consciente de que se comportó como un cabronazo contigo y no estoy orgulloso de él. Tampoco voy a intentar justificar su comportamiento. Solo quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que necesites.
—No quiero que… —Echo un vistazo hacia la cocina para comprobar que María no me oye—. No puedo volver… No puedo volver a ser la pobre mujer que le espera en casa como una tonta desvalida, intentando no pensar con cuántas mujeres se estará acostando, las cervezas que se habrá bebido o las rayas que se habrá metido… Yo le quiero, Aaron, tú lo sabes, pero no puedo criar a mi hija a su lado, en ese ambiente.
—Lo sé… ¿Ella… está… aquí…? ¿Puedo verla…? —Le observo muy seria, valorando todas las posibilidades—. Tranquila, no voy a hacer nada extraño… Solo quiero… sostenerla en brazos un rato. Te prometo que no le contaré a nadie dónde estás…
—Espera aquí un minuto…
Cuando entro en la cocina, cojo a Cassey en brazos y miro a María.
—Voy a…
—¿Está todo bien? —me pregunta ella, al ver mi cambio de actitud.
—Sí, tranquila.
—Estaré aquí atrás si me necesitas.
Asiento esbozando una tímida sonrisa, justo antes de darme la vuelta y caminar de vuelta hacia la barra de la cafetería. En cuanto él me ve, se le ilumina la cara.
—Hola… —saluda a Cassey alargando un dedo, que ella coge enseguida, conmoviendo a Aaron—. Dios mío… Es preciosa…
—¿Quieres cogerla? —le pregunto.
—Eh… Sí… Claro que sí.
Cuando se la tiendo, él la coge con cariño y la mece lentamente. Es algo torpe, pienso sonriendo, recordando lo mal que lo pasó cuando Jimmy era un bebé y él era el encargado de cuidarle mientras Livy trabajaba. De todos modos, ver a un tipo tan grande hacerle carantoñas a un bebé, es una imagen de lo más tierna.
—Gracias —me dice al cabo de un rato, devolviéndomela.
—Gracias a ti —sonrío.
—¿Necesitas algo de dinero?
—No. Nos las apañamos muy bien.
Coge un mantel de papel y un bolígrafo y escribe un número de teléfono, subrayándolo con un par de líneas.
—Guárdalo —me pide al tenderme el papel—. Prométeme que me llamarás si me necesitáis algún día.
—Solo si tú me prometes guardarme el secreto.
Y así fue como, cuando todo acabó, él me guardó el secreto.
Quizá sea el momento de cumplir esa promesa que le hice y recurrir a él en busca de ayuda. Simplemente, no puedo quedarme de brazos cruzados, así que busco su nombre en la agenda de mi móvil.
—¿Sí? ¿Hola? —contesta cuando estaba a punto de colgar.
—Hola… ¿Aaron?
—Sí. ¿Quién eres?
—Me dijiste que te llamara cuando te necesitase…
—Espera —contesta de inmediato. Escucho ruido al otro lado y entonces su voz de nuevo—. Livy, voy a tirar la basura.
—¡Vale…! ¡Llévate las llaves, que voy a ducharme…!
—¡Vale…! ¿Jill?
—Sí.
—¿Estás bien? ¿Está bien Cassey? —me pregunta de forma precipitada.
—Sí… Bueno… Es una larga historia que no tengo tiempo de explicarte ahora mismo… Pero necesito tu ayuda. Cassey se marchó de casa hace unas horas y aún no ha vuelto y…
—¿Dónde estás?
—En mi apartamento…
—¿Has llamado a sus amigas…?
—No tengo el teléfono de sus amigas… Pero he llamado a mi padre, porque es algo que suele hacer cuando se enfada conmigo, irse con mi él, pero no ha habido suerte.
—De acuerdo… Veamos… Puedo hacer algunas llamadas…
—Eso sería genial.
—Te llamo en un momento, ¿vale?
—Vale.
—No te muevas de tu casa, por si volviera —me dice, justo antes de colgar.
Mientras espero su llamada de vuelta, sostengo el teléfono entre las manos, muy nerviosa. Pico el suelo con ambos pies, de forma insistente, y me muerdo la carne del interior de la mejilla. Me dedico a pasear arriba y abajo del salón durante los que me parecen los minutos más largos de mi vida. Pero entonces, el nombre de Aaron aparece parpadeando en la pantalla.
—Hola —contesto sin perder un segundo.
—No está en ningún hospital. Tampoco en ninguna comisaría.
—De acuerdo…
—Estará en casa de alguna amiga.
—Eso espero…
—Escucha… Puedo… Si me das tu dirección, puedo ir y… no sé… Hacerte compañía, quizá.
—Estoy bien.
—Pero antes… viniste a casa, y dijiste que necesitabas hablar con nosotros…
Y entonces, aún no sé bien por qué, le doy mi dirección.
◆◆◆

Poco más de quince minutos después, el timbre me sobresalta. Respiro profundamente un par de veces antes de abrir la puerta.
—Hola… —le saludo en cuanto abro la puerta.
—Hola —me saluda él, sonriendo.
Y entonces me lanzo a sus brazos, y lo hago por varios motivos: porque tengo miedo, porque le he echado de menos, porque necesito darle las gracias por haber guardado el secreto, y porque, de alguna manera, abrazarle a él es acercarme un poco a Chris.
—¿Qué le has dicho a Livy? —le pregunto cuando nos separamos.
—Que salía a tomar unas cervezas con unos excompañeros.
—Pasa, por favor —le pido, apartándome a un lado.
En cuanto lo hace, se queda plantado en mitad del salón, con las manos en los bolsillos, y mira alrededor con curiosidad.
—No es muy grande, pero para las dos es perfecto —digo.
Entonces, él fija la vista en la estantería, repleta de libros y fotos.
—¿Puedo? —me pregunta señalándola con el dedo.
—Claro —le contesto, acercándome yo también—. Esta es la más actual…
Sostiene el marco con ambas manos, mirando la fotografía embelesado. Cuando me mira, sonríe abiertamente.
—Es guapísima… —me dice, mientras yo asiento—. Se parece mucho a ti, aunque tiene la sonrisa de Chris, con sus hoyuelos…
—Yo también lo creo…
—¿Cómo es?
Resoplo por la nariz antes de contestar, mirando el techo, como con melancolía.
—Es alegre y muy despistada. Muy cariñosa, pero a la vez muy rebelde. Le cuesta obedecer sin rechistar, y por ahí vienen la mayoría de nuestras peleas. Es una enamorada de la música… No toca ningún instrumento, ni canta… Lo que realmente le gusta de la música es bailarla.
Aaron asiente durante un rato, acariciando el cristal del marco con los pulgares. Aprieto los labios con fuerza mientras él deja el marco donde estaba y coge otro.
—¿Quieres tomar algo? —le pregunto.
—¿Una cerveza? Para lavar mi conciencia con Livy, me refiero… Por eso de no mentirle del todo.
—Perfecto —sonrío, ya con el frigorífico abierto.
Desde que ha entrado por la puerta, me muero por preguntarle por Chris, pero me estoy obligando a no hacerlo. Necesito saber qué hace en su casa y el motivo de su deplorable aspecto, aunque de eso me puedo hacer una idea.
—Todo el mundo pasa por esa fase, ¿sabes? Lo de pensar que la única motivación de nuestros padres es hacernos la vida imposible. Yo la pasé, Chris la pasó y tú también. Ella no es un bicho raro…
—Pero me vuelve loca… Es como… No sé… Como si siempre pensara lo contrario a mí. Hasta hace un tiempo, éramos incluso amigas. Pero de un tiempo a esta parte, todo son peleas.
—¿Recuerdas cómo era Chris con la edad de Cassey? Porque la primera imagen que tuve de él fue mirándome con la boca torcida y expresión de asco, fumando un cigarrillo y mandándome a tomar por culo. Así que me parece que sé un poco de qué hablas…
Me peino el pelo hacia un lado y resoplo, exhausta. Me dejo caer en el sofá, invitándole a él a hacer lo mismo. Agarra la botella con ambas manos, sin mirarme, y pasamos un rato en silencio, sumidos en nuestros pensamientos. Sé que ambos tenemos muchas cosas que contarnos, pero parece que no nos atrevemos a hacerlo.
—¿Cuánto hace que vivís en Nueva York? —me pregunta finalmente, con algo de timidez en su tono de voz.
—Unos tres años… Desde que murió mi madre…
—Vaya… Lo siento…
—Gracias…
—Podrías haberme avisado y… podría haber estado a tu lado en esos momentos… Me gustaría haberos visto…
—No podía ponerte en un compromiso. Aún temo el día que Livy se entere de que sabías dónde estábamos durante todo este tiempo.
—No me lo quiero ni imaginar… Creo que su reacción estará entre cortarme las pelotas y envenenarme con la comida, y entre esas opciones, hay un amplio abanico de posibilidades…
—Gracias por guardarme el secreto durante todo este tiempo —le digo, divertida.
—Siempre cumplo mis promesas —contesta sonriendo, sin despegar los labios.
No puedo evitar pensar en lo atractivo que sigue siendo, con esa mandíbula cuadrada, esa nariz perfecta y, sobre todo, esos ojos cautivadores. Me hechizó en cuanto le vi y sigue sin dejarme indiferente. Al principio te deja sin habla, te… cohíbe, incluso. Luego, le vas conociendo, y descubres a una persona muy protectora, paciente, comprensiva, y con mucho sentido del humor. No me costó nada conectar con él, como tampoco le costó a Chris.
—Y, parece que tú también… —añade, esperando mi respuesta, que valoro detenidamente.
—Cassey quiere conocer a su padre —afirmo con contundencia—. Al principio, le conté que su padre trabajaba mucho. Luego, cuando creí que tenía edad suficiente para entenderlo, le conté la verdad. Ella nunca insistió demasiado en conocerle, aunque sí me hacía muchas preguntas. Tenía curiosidad, mucha, pero yo era reacia a hablar de él. Pero entonces, un día encontró una foto que yo tenía guardada en el cajón de mi mesilla de noche. Al principio, le mentí. Le dije que era un simple compañero de instituto, hasta que me di cuenta de que no estaba siendo justa con ella. Se lo conté todo, y le prometí que haría lo posible porque le conociera. Y por eso fui a veros… Para pediros ayuda, para que me ayudaseis a ponerme en contacto con él.
—Pero no te esperabas que Chris estuviera en casa…
—Ni eso, ni el estado deplorable en el que le vi —confieso, agachando la vista a mis manos, que reposan en mi regazo—. Creo que, si me hubiera encontrado a mi Chris, al que yo conocí, no habría salido corriendo. No sé si me explico… No hui porque él estuviera allí, hui porque ese tipo no es, ni por asomo, el tipo de padre que quiero que tenga Cassey.
Aaron asiente de forma solemne. Es plenamente consciente de ello, y es un alivio para mí. Hay momentos en los que me avergüenzo de haber salido corriendo, de… darle la espalda de algún modo. Entonces recuerdo que huyo por mi hija, no por mí y todo parece cobrar más sentido. Ver asentir a Aaron, dándome la razón de algún modo, me tranquiliza.
—Y entonces llegué a casa… Cassey sabía que yo iba a intentar hablar con vosotros, pero cuando me preguntó, no fui capaz de decirle la verdad y volví a mentirle. Dije que había cambiado de opinión y que no quería que le conociera porque temía perderla.
—Jill, Chris nunca permitiría que perdieras a Cassey. Él nunca se interpondría entre ambas… Él… está intentando cambiar. Ha tocado fondo, Jill, y sabe lo que tiene que hacer… A lo mejor, si él supiera que Cassey quiere conocerle…
—No puedo, Aaron. No puedo hacerle eso. A ambos. No sería justo para ellos. No puedo permitir que ella le vea así. Quiero que Cassey conozca al hombre del que yo me enamoré, no a… esa imitación barata que vi en tu casa. Quiero que ella esté orgullosa de quién es su padre.
—Está bien. Te entiendo. Pero…
En ese instante, me suena el teléfono y al ver que es Cassey, me abalanzo sobre él.
—¡Cassey! ¡¿Se puede saber dónde…?! Sí, soy yo. ¿Dónde…? De acuerdo, voy para allá.
En cuanto cuelgo, miro a Aaron, frunciendo el ceño. Él se levanta y me mira esperando una explicación.
—¿Y bien…?
—Era Leo. Está con Cassey y dice que no se encuentra muy bien… Han bebido y…
—¿Sabes dónde están? —me pregunta, mientras yo asiento—. Te acompaño. Tengo el coche a unas calles de aquí.
◆◆◆

Mientras conduce, le miro de reojo. Tan seguro de sí mismo, tan protector, tan concentrado… y me recuerda tanto a Chris…
—¿Quién es Leo? —me pregunta entonces.
—Un tipo con el que se ve… —contesto, de repente sonriendo—. Puede que sea su novio, y yo me haya enterado de ello por casualidad. Me doy cuenta de que no conozco a mi hija…
—Bienvenida al maravilloso mundo de la paternidad. Si te sientes perdido cuando sales del hospital con ese pequeño saco en tus brazos, espera a que ese trozo de carne llegue a la adolescencia. Entonces sabrás que tu vida se ha convertido en un maldito infierno.
Resoplo por la nariz, perdiendo la vista más allá de la ventanilla de mi lado, admirando las luces.
—Hemos llegado… —comenta Aaron, y enseguida me apeo del coche y entro en el parque, donde empiezo a buscar a mi hija.
—¡Cassey! ¡¿Hola?!
—¡Por aquí! —escucho a un chico gritar, moviendo los brazos en alto para llamar mi atención.
Enseguida corro hacia allí, hacia ese mirador de Central Park, cerca del gran lago, un sitio en el que he estado innumerables veces, muchas de ellas con Chris. Nos encantaba su tranquilidad por la noche, alejada de discotecas ruidosas y bares de copas atestados de gente. Solo nos necesitábamos el uno al otro, y allí pasábamos horas, charlando, conociéndonos cada vez más.
—¿Qué ha pasado? —pregunto en cuanto me agacho al lado de mi hija, que permanece estirada en uno de los bancos de madera—. Cassey. Cassey, cariño. Soy mamá…
—Solo hemos bebido un par de cervezas y fumado unos “canutos”… —balbucea Leo.
—¿Cassey…? —vuelvo a llamarla, acariciando su frente y peinándole el pelo.
—¿Cuánto hace que está así? —pregunta Aaron, situándose a mi lado y palmeando las mejillas de Cassey.
—Eh… No sé… —Leo le tiene miedo, y se nota a kilómetros—. Estábamos bien y de repente dijo que estaba mareada y… tenía calor… y entonces me pidió que la llamara y poco después cayó redonda. La puse aquí en el banco, para que no cogiera frío…
—Qué considerado por tu parte… Cassey, ¿me escuchas? ¡¿Cassey?! —Abre sus párpados mientras la llama—. Nos la llevamos a casa.
Al no ser capaz de despertarla, la coge en brazos y empieza a caminar con ella a cuestas.
—Yo… Lo siento… —balbucea Leo, aún plantado en el mismo sitio, viéndonos alejarnos.
Les sigo de cerca, hasta que llegamos al coche. Me siento en la parte de atrás, con la cabeza de Cassey en mi regazo mientras Aaron se sienta tras el volante y hace chirriar las ruedas sobre el asfalto al arrancar.
—Aaron, ¿la llevamos a un hospital?
—No hará falta. Solo está colocada por la marihuana. Nada que una ducha y una cura de sueño no calme. Se pondrá bien. Te lo aseguro.
—Gracias… de nuevo. No sé qué habría hecho sin ti.
—Por eso te di mi teléfono —dice, guiñándome el ojo.
A través del espejo retrovisor interior, veo cómo observa fijamente a Cassey, sin poder evitar sonreír.
—Lo siento. Yo… no debería estar sonriendo, pero no puedo evitar hacerlo… Ella es…
Se queda con la palabra en la boca y nos miramos durante un buen rato, hasta que vuelve a centrar su atención en el asfalto.
Y nos mantenemos en silencio hasta que llegamos a casa. Aaron deja el coche aparcado en doble fila y me acompaña dentro, cargando con Cassey. Yo humedezco una toalla y le empiezo a mojar la cara con ella, hasta que consigo que abra los ojos poco a poco. Cuando consigue enfocar la vista, nos mira a ambos, justo antes de hablar.
—Oh, joder… Estoy muy mareada… —Aaron y yo sonreímos de puro alivio—. ¿Qué os hace tanta gracia…? ¿Y tú quién cojones eres…?
—Alguien con el que podrás contar siempre que lo necesites… —contesta él, justo antes de incorporarse y empezar a alejarse—. Me parece que va siendo hora de que me marche. A partir de aquí, es cosa tuya.
Le acompaño hasta la puerta y cuando nos quedamos quietos frente a ella, echamos un vistazo hacia el sofá, donde Cassey está estirada, de nuevo con los ojos cerrados.
—Escucha, Aaron… Me gustaría que te grabaras mi número de teléfono en tu agenda. Por si… quisieras llamarme algún día…
Aaron sonríe agachando la cabeza, asintiendo a la vez.
—Sé comprensiva con ella cuando se despierte —susurra—. Recuerda que tú también tuviste su edad, y también desobedecías a tus padres en compañía de mi hijo… Nacimos para cometer errores y aprender de ellos, no para fingir ser perfectos.
Sopeso sus palabras durante largo rato, con el eco de esa última frase rebotando en mi cabeza.
—Le contaré la verdad.
—¿Toda? —Asiento sonriendo—. Me parece una idea brillante.
—Aunque necesitaré un tiempo para confiar en él…
—Todos lo necesitaremos.
avatar
axcia


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Mar 15 Mayo - 7:39

@divinecc escribió:Uff , que dramon, ... pobre Jill

Gracias por el maraton

❤️❤️❤️❤️

Por cierto, ¿Cuantos capítulos son?

Son 29 capítulos, mas un par de epílogos.
avatar
axcia


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por Yrisol el Mar 15 Mayo - 19:54

Gracias
avatar
Yrisol


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por olsaal81 el Miér 16 Mayo - 1:47

Madre mía, no me llegan los correo de notificación y me he perdido la super maratón 
Me pongo a leer en seguida para ponerme al día 
Muchas gracias por tanto capítulo!!
avatar
olsaal81


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Jue 17 Mayo - 8:25

CAPÍTULO 13
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de tropezarme con sus zapatos
—¡No…! No… Por favor… ¡No…! ¡No me dejes…! ¡Lo intento…! ¡Por favor! Por favor… Por favor…
—¡Chris…! ¡Chris, tranquilo…! ¡Eh! ¡Chris! ¡Despierta!
Abro los ojos de sopetón, mirando alrededor, totalmente descolocado. Mi respiración es errática y precipitada, como movimiento de mi pecho. Tengo la camiseta empapada en sudor, totalmente enganchada a la piel.
—Tranquilo… No pasa nada… —me dice Livy mientras retira la colcha—. Aaron, acompáñale al baño…
Entonces me doy cuenta de que me he meado encima, y empiezo a removerme, nervioso.
—No… No… Puedo hacerlo solo…
Muy avergonzado, me pongo en pie y retiro la colcha y las sábanas, convirtiéndolas en un ovillo entre mis brazos.
—No pasa nada. El doctor Sanders nos advirtió de que esto podía pasar. Estos terrores nocturnos son normales… No te preocupes…
Sin hacerle caso, sigo deshaciendo la cama.
—Trae. Ya lo hago yo… —me dice Livy de nuevo.
—¡No! ¡Lo hago yo! —le grito de malas maneras.
Al instante miro a Aaron, que me fulmina con la mirada, aunque no pierde los estribos.
—Será mejor que vayas a darte una ducha… —me dice con mucha serenidad.
—¡No soy un minusválido!
—Lo sabemos… —asegura, quitándome el fardo de ropa de las manos.
—¡No me deis la razón como a los tontos!
—De acuerdo… Dime qué quieres que haga…
—¡Que…! ¡Quiero que…! ¡Joder!
Livy se marcha de la habitación, y al rato la escucho trastear en la cocina, poniendo a lavar todo el estropicio. Agotado, arrastro los pies hasta el baño y abro el grifo del agua. Mientras espero a que se caliente, me siento en la taza del váter y, apoyando los codos en mis rodillas, me agarro la cabeza.
Aaron me lanza un pantalón de chándal y una camiseta limpia y se apoya en el quicio de la puerta, observándome de brazos cruzados. Giro la cabeza para mirarle, esperando que me eche el sermón, pero no abre la boca.
—¡¿Qué?! —le grito cuando me canso de esperar.
—Solo estoy esperando —me contesta, abriendo los brazos para volverlos a cruzar de nuevo.
—¡Déjame en paz! ¡Dejadme los dos en paz! ¡Puedo hacerlo solo! ¡Sé cuidar de mí mismo!
—Si no te importa, hasta que nos demuestres que eso es verdad, nos quedaremos por aquí cerca…
—¡¿Y vas a espiarme mientras me ducho?! ¡¿Y si decido cascármela?! ¡Y por el amor de Dios, dejad de hablarme como si os hubierais tomado un tranquilizante!
Aaron alza las cejas y desvía la mirada, resoplando al tiempo que sonríe. Odio que me traten así. Odio que me miren así. Odio que no confíen en mí. Me pongo en pie y me quito la camiseta. La lanzo a un lado y, plantándome frente a él, le encaro.
—¡¿Por qué lo haces?! ¡¿Por qué?! ¡Sé que no es por mí, porque os doy asco! ¡Mírame!
—Ya lo hago. Siempre lo he hecho.
Producto de la impotencia, le empujo. No consigo moverle prácticamente del sitio, así que lo vuelvo a intentar.
—Si lo que quieres conseguir es cabrearme, ahórrate el esfuerzo. Sé que no eres tú el que actúa así. Sé que es el síndrome de abstinencia.
—¡¿De qué cojones hablas?! ¡¿Dices que no quiero hacer esto?! —le grito, volviéndole a empujar—. ¡¿Eso es lo que quieres decir?!
—Chris, por favor, cálmate…
—¡Deja de decirme lo que tengo que hacer! —vuelvo a decir, dándole otro empellón.
Esta vez, consigo que su espalda choque contra el marco de la puerta. Envalentonado, le agarro de la camiseta, aunque él, muy pacientemente, se deshace de mí. 
—Chris… Date esa ducha, por favor…
—¡Jodeeeeeeer! ¡Deja de meterte en mi vida!
Desesperado, me tiro del pelo mientras giro sobre mí mismo. Entonces, en un arrebato, aunando todas mis fuerzas, armo el puño y, mientras me doy la vuelta, le asesto un puñetazo en el mentón. Mientras él se lleva la mano a la zona golpeada, me pongo el pantalón de chándal y la camiseta y salgo del baño, esquivándole.
—Chris… ¿A dónde vas? ¡Chris! —me pregunta mientras me calzo las zapatillas—. No hagas tonterías, Chris…
—¡Chris! ¡¿Aaron, a dónde va?!
Por el rabillo del ojo, veo cómo Aaron abre los brazos, impotente, y Livy me mira preocupada. A pesar de ello, salgo por la puerta y empiezo a correr. A estas horas de la madrugada, no me cruzo con mucha gente, así que no temo que alguien me vea y me reconozca. Por eso me da igual llorar mientras aprieto la mandíbula. Por ello no me importa tropezar varias veces por culpa de mi falta de forma física. Por ello me da igual tener que pararme tres manzanas más allá para vomitar. Cuando acabo, apoyo la espalda contra la pared de ladrillo y golpeo la cabeza contra ella varias veces.
—¿Por qué? —me pregunto, mientras las lágrimas resbalan por mis mejillas—. ¿Por qué me dejaste? Yo… te… quería… Yo… te… necesito… Yo…
Antes corría para llegar a casa junto a ella, y ahora huyo de casa porque no la tengo…
Subo las escaleras de dos en dos con el CD en la mano. No puedo esperar a que lo escuche. A mí me parece genial, pero necesito que ella lo escuche. Como siempre ha hecho. He compuesto todas y cada una de estas canciones a su lado. Ella ha sido la primera en escucharlas y necesito que me dé el visto bueno.
Meto la llave en la cerradura y la abro, entrando como un vendaval hasta que, como siempre, tropiezo y caigo de bruces al suelo. Besando la madera, echo un vistazo atrás para descubrir las botas de Jill, como siempre, tiradas frente a la puerta. Ese ha sido un motivo de pelea desde que nos fuimos a vivir juntos hace unos meses, pero esta vez, solo puedo reír a carcajadas.
—Chris, ¿eres tú?
Aparece por el pasillo y me encuentra tirado en el suelo, aún con el CD en la mano, riendo hasta quedarme sin respiración.
—¿Estás… bien…? —me pregunta, agachándose a mi lado.
Me mira preocupada, y por qué no decirlo, sorprendida por lo bien que me lo estoy tomando. Me acaricia las mejillas mientras se muerde los labios. Yo me medio incorporo y le doy un beso en los labios.
—Lo tengo —digo, mostrándole el CD.
—¿Es…? —Asiento porque sé cómo acaba esa frase, y entonces ella se lleva las dos manos a la boca y llora de alegría.
—Eh… No llores… —le pido, incorporándome del todo, hasta sentarme en el suelo.
—No lo puedo evitar…
—Como tampoco puedes evitar dejar los zapatos tirados frente a la puerta…
—Prometo que intentaré no dejarlos ahí más…
—Me conformaría con que los dejaras a un lado, no en medio del paso.
Jill sonríe y se le achinan los ojos. Acerca su cara a la mía y vuelve a besarme varias veces.
—¿Sabes lo mucho que te quiero? —me pregunta.
—Sí. Una décima parte de lo que yo te quiero a ti.
E incumplió su promesa, y tropecé con sus zapatos una y otra vez. Y pasaron los años, y todo se me fue de las manos. Y una noche, ella se cansó de mirar para otro lado, y cogió a nuestra hija y huyó. Cuando volví a casa, nada más abrir la puerta, supe que algo había cambiado porque sus zapatos no estaban ahí.
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de tropezarme con sus zapatos.
◆◆◆

—No es cualquier mierda, tío… Ya lo sabes… —Hundo la punta del dedo en el polvo blanco y me lo llevo a la boca para probar la mercancía—. Me dijeron que… estabas limpio…
—¿Cuánto?
—Ochenta dólares el gramo.
—¿Me tomas el pelo?
—Es más cara, pero es más buena…
—No me solías cobrar más de sesenta.
—Pero aquella era peor.
—¿Insinúas que me vendías mierda?
—No… Es solo que… Mira, ni para ti ni para mí, setenta.
—No pienso darte más de sesenta y cinco.
—Joder, Taylor… Sabes que es más buena…
—Y también que soy tu mejor cliente.
—Joder, macho —claudica, tendiéndome la bolsa con los diez gramos que le he pedido mientras yo le doy los billetes enrollados con una goma—. ¿Estás… bien?
—¿Ahora te preocupas por mi salud?
—Es que no tienes buena cara…
Sin más, me doy la vuelta y, con las manos en los bolsillos del pantalón de chándal, me alejo sin rumbo fijo, aunque con la urgencia dibujada en mi rostro. Por eso elijo meterme en un pub irlandés que veo a la vuelta de la esquina.
—Ponme una Guinness —le pido al camarero en cuanto llego a la barra.
Mientras la espero, diviso dónde están los baños. El local no está nada concurrido, así que no creo que haya mucha cola para usarlo, ni problemas para quedarme solo dentro.
En cuanto me ponen el vaso delante, dejo un billete de cinco dólares y me la bebo de un par de tragos. Levanto un dedo para pedirle otra y entonces camino hacia los baños. Cuando entro, me aseguro de estar solo, mirando por debajo de las puertas de los cubículos. Entonces, saco la bolsita de plástico y, ayudándome de mis dedos, convierto un pequeño puñado en una fina línea. La esnifo de forma precipitada y al instante me enderezo y echo la cabeza hacia atrás, mirando al techo. Me toco la nariz, quitándome los restos de polvo, justo en el momento en el que un tipo entra. Me guardo la bolsa en el bolsillo del pantalón y vuelvo a la barra para beberme mi segunda cerveza.
Media hora después, el local está algo más lleno, yo me he bebido dos cervezas más, y mi cuerpo me pide otra raya. Así que prácticamente corro hacia los baños de nuevo. Cuando estoy a punto de entrar, me topo contra un par de tíos que salían.
—¡Eh…! —dice uno de ellos.
Le empujo para apartarle, y entonces el otro me increpa.
—¡¿Se puede saber qué cojones haces?!
Pero ya no les escucho, sino que estoy dentro, con la bolsa ya en la mano, preparando otra raya, que esnifo de inmediato. No he sido meticuloso midiendo la cantidad, ni tampoco en hacer la raya más o menos uniforme, pero me da igual.
Segundos después, cuando la coca ha llegado a mi cerebro, doy varios pasos errantes hacia atrás, hasta que mi espalda choca contra las puertas de uno de los cubículos de los lavabos. Me doy la vuelta de sopetón, totalmente desorientado, golpeándome esta vez con el secador de manos. Unos cuantos tipos entran en el baño, hablando animados, y se quedan callados al verme.
—¿Qué cojones miráis…? —les pregunto al cabo de un rato.
—Nada… —contesta uno de ellos, con una expresión de superioridad dibujada en el rostro.
Se miran entre ellos, haciendo muecas despectivas mientras me miran de reojo. Se creen mejor que yo, pero es solo porque no tienen ni puta idea de quién soy ni de lo mucho que tengo. No puedo permitir que se mofen de mí, así que camino hacia ellos con decisión y agarro a uno por el hombro para obligarle a darse la vuelta.
—¡Eh… tú! ¡¿Se puede…? ¿…cojones…? ¿…sois para…?
Las palabras no salen de mi boca y, por algún motivo extraño, se quedan dentro de mi aturullada cabeza. Me cuesta trabajo pensar con claridad, y solo tengo pequeños flashes de realidad. Los tipos tampoco parecen entender nada, y me miran con recelo. Alguno incluso retrocede, instando a sus amigos a hacer lo mismo.
—Oye, colega… Si fuera tú, yo dejaría de meterme esa mierda, porque te está afectando a la cabeza… —se atreve a decirme uno, así que, sin pensarlo demasiado, le asesto un puñetazo.
Al instante, todos reaccionan y caen sobre mí, golpeándome por todas partes, y soy incapaz de defenderme. Cuando caigo al suelo, no contentos con ello, me cae alguna que otra patada, una de ellas en la cabeza que me deja grogui y me hace probar de nuevo el sabor metálico de mi propia sangre en la boca.
Me hago un ovillo y espero paciente a que se cansen. Por suerte, no pasa mucho tiempo, así que, cuando no escucho ruido a mi alrededor, me estiro boca arriba, mirando el techo con los brazos extendidos. Me duele al respirar y me cuesta abrir un ojo. Cuando toso, me duele el pecho y me veo obligado a escupir sangre varias veces. Pero todo eso no me preocupa, porque me acabo de dar cuenta de que la bolsa de coca se ha roto, y está esparcida por todo el suelo. Empiezo a apilarla con los dedos, que me tiemblan sin parar. Al final, producto de la desesperación al ver que mi cuerpo no actúa según las órdenes que mi cerebro les dicta, empiezo a esnifarla directamente del suelo.
Ni siquiera soy consciente de que la puerta del baño se abre de sopetón. Tampoco cuando, agarrándome por las axilas y los pies, me sacan a cuestas del baño. Pocos después de eso, cuando los latidos de mi corazón retumban en mis oídos, mi cuerpo empieza a convulsionar. Escucho gritos a mi alrededor, muchos pares de ojos mirándome, barullo y desconcierto, hasta que todos se apartan y un par de tipos se agachan a mi lado y me empiezan a tomar las constantes vitales. Me hacen preguntas que soy incapaz de comprender y responder. Consigo mantener los ojos abiertos durante pocos segundos seguidos, los justos para ver cómo me estiran en una camilla y me conducen hacia el exterior del local.
◆◆◆

—¿Sobredosis? Dios mío…
—Esto no puede seguir así. ¿Sois conscientes de lo que puede pasar? Una de esas veces, puede que lleguemos tarde…
—No, porque no le dejaremos solo nunca más.
—Mamá…
—Lo de anoche no volverá a pasar —insiste ella.
—Mamá, tenéis que empezar a plantearos ingresarle en una clínica de desintoxicación…
—Pero…
—No podéis controlarle. No podéis ser sus… carceleros toda la vida. Necesita ayuda profesional.
—¿Tú qué dices, Aaron?
—Max tiene parte de razón. Nosotros no podemos ayudarle. Pero un profesional tampoco… Yo sé quién es la única persona que le puede ayudar…
Se escucha la puerta cerrarse, pero aún siento presencias en la habitación. Abro la boca y suelto una larga bocanada de aire.
—¿Chris? ¿Cariño…?
Siento las cálidas manos de Livy en mis mejillas. Trago saliva con dificultad e intento moverme, pero me duele todo el cuerpo.
—Dale tiempo, mamá… Dejémosle descansar…
◆◆◆

—Vamos allá…
Una enfermera me levanta la cabeza mientras su compañera coloca bien la almohada.
—¿Está a su gusto? —me pregunta, pero no le contesto, me limito a mirar por la ventana.
—Le hemos traído el desayuno, señor Taylor. ¿Le apetece que se lo acerquemos?
Ante mi falta de respuesta, las dos se miran para, segundos después, salir de la habitación y dejarme solo. Fuera solo veo el cielo azul y algunas nubes blancas muy suaves, como si fueran algodón. De repente, una bandada de estorninos cruza por delante de mis ojos. Forman una coreografía perfecta, bailando al compás de una música invisible. Ninguno desentona, ninguno hace nada incorrecto. Me descubro imaginando mi vida como un estornino. Sería un fracaso absoluto, ya que sería incapaz de hacer lo correcto. Básicamente como ahora, pienso.
—Buenos días… —me saluda Max, entrando en la habitación y cerrando la puerta a su espalda.
Se interpone en mi campo de visión, vestido con su bata blanca. Espera con paciencia a que abra la boca. La diferencia con las enfermeras de antes es que Max no se da por vencido tan fácilmente.
—Veo que han venido a cambiarte las sábanas… —comenta, mientras mira la máquina que controla mis constantes y las contrasta con la carpeta de mi historial.
Anota un par de cosas, toca el gotero y luego acerca una silla y se sienta en ella, colocándola del revés y apoyando los brazos en lo alto del respaldo.
—¿Estamos poco habladores hoy también? Me da igual. Ya sabes que lo de hablar solo nunca fue un problema para mí… Oye, pronto te daremos el alta. Lo he estado hablando con Ash y… bueno, si tú quieres, podrías venirte algún día a casa y así estar con Abby… —Me observa atentamente, esperando paciente mi respuesta con una sonrisa en la cara mientras que yo le observo frunciendo el ceño.
—¿En serio lo habéis hablado Ash y tú? —Él asiente—. ¿En serio ella quiere que esté cerca de su hija?
—¿Por qué no lo iba a estar? Eres su tío.
—Soy su tío drogadicto.
—Bueno… Confiamos en tu voluntad para alejarte de ese mundo…
—A lo mejor es que no quiero alejarme de ese mundo…
—¡¿Qué?! ¡¿Me estás diciendo que todos los esfuerzos que estamos haciendo todos, incluido tú, son en vano?! ¡Joder, Chris! ¡No puedes estar hablando en serio!
—No tengo que darte explicaciones de lo que hago con mi vida.
—¡Cuando tus acciones tienen un efecto inmediato en la mía o en la de mamá y papá, créeme, sí me debes una explicación! ¡Mira, ya sé que tu vida te importa una mierda, pero, por favor, piensa en la de los demás!
—Os lo digo y os lo repito. Dejadme en paz.
—¡Te estás matando!
—¡A lo mejor es lo que quiero! —grito al fin.
Y entonces, él pierde los nervios y se abalanza sobre mí. Se sube en la cama y, agarrándome de la bata, y me da un par de puñetazos. Alertadas por los gritos, enseguida entran un par de enfermeras, que llaman a seguridad de inmediato. Cuando llegan, Max ya se ha calmado y bajado de la cama. Aún tiene los ojos inyectados de rabia y los puños cerrados a ambos lados del cuerpo. Me mira con tanto odio que me da miedo.
—¿Doctor Morgan, se encuentra usted bien? —le pregunta uno de los tipos de seguridad.
Sin contestar, sale de la habitación casi a la carrera, cruzándose con mi padre en la puerta. Él me mira y, al verme el labio hinchado, siendo atendido por una de las enfermeras, gira la cabeza hacia atrás, por donde se ha ido Max. Se queda callado hasta que nos quedamos solos.
—¿Se puede saber qué cojones ha pasado?
—Pregúntale a él.
—No. Te pregunto a ti. Algo me dice que tú eres el causante de… lo que sea que haya pasado aquí.
—Claro… Cómo no… Me olvidaba que siempre soy el malo de la película.
—Reconoce que no nos estás poniendo las cosas muy fáciles…
—Pues encerradme en esa cárcel en la que me queréis meter.
—¿Cárcel?
—Os oí hablar de la clínica esa…
—Allí te darían la ayuda que nosotros no somos capaces de darte.
—Y volveré a estar solo…
—¿Y eso te importa? Porque ahora no lo estás, pero parece que es lo que persigues…
—Ahora… Ahora estáis conmigo para… tenerme controlado. Pero durante años, me he subido a los escenarios cada noche, rodeado de miles de personas que me aclamaban, gente a mi alrededor que me veneraba y, a pesar de todo eso, me sentía vacío por dentro. Estaba totalmente perdido y… solo. Completamente solo.
—¡¿Y por qué cojones no lo dejaste?!
—¡Porque no tenía a donde volver! ¡Todos teníais vuestra vida y yo seguiría estando solo, aunque lo dejara! —Me mira entornando los ojos durante unos segundos. Abre la boca para hablar, pero, antes de que lo haga, con un tono de voz mucho más calmado, añado—: Y soy plenamente consciente de que yo y solo yo tuve la culpa de ello. Yo me cargué esa vida a la que podía haber vuelto. Yo las eché de mi vida.
—Aun puedes cambiar eso. —Sus palabras me dejan sin habla. Le miro ladeando la cabeza levemente, sin comprenderlas, o quizá sin atreverse a ello—. ¿Quieres cambiarlo?
—No sé… No sé a qué te refieres…
—Me refiero a ella, en concreto.
Planta frente a mi cara su teléfono, donde veo la foto de una adolescente. Mira a la cámara sonriente, mostrando un par de hoyuelos en las mejillas, y mantiene los brazos en jarras, en una postura divertida. Tiene los ojos azules y el pelo rubio, aunque con algunas mechas de color azul. Viste con unos vaqueros estrechos, una camiseta muy corta que deja su ombligo al aire y una camisa de cuadros anudada en la cintura. Me incorporo un poco mientras estiro los brazos para coger el teléfono. Sigo mirando la foto, grabando la imagen en mi retina, hasta que levanto la cabeza y le miro.
—¿Es… ella?
—Lo es. Y quiere conocerte. Pero solo lo hará cuando nos demuestres que las cosas van a cambiar.
avatar
axcia


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Jue 17 Mayo - 8:26

CAPÍTULO 14
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de bailar
Paseo por las calles de la ciudad, sorteando viandantes que caminan a toda prisa. Yo, en cambio, camino lentamente, abrazándome el torso con ambos brazos. Hay restos de nieve a ambos lados de la acera y de la carretera. De las bocas de todos sale vaho, así como de las alcantarillas. Se escuchan villancicos procedentes del interior de algunos comercios, y se empieza a respirar ese ambiente navideño, a pesar de estar aún a mediados de noviembre. Hace frío y, aunque voy bien abrigada con el abrigo y la bufanda y el gorro de lana gorda, tengo la nariz helada.
Miro el reloj de mi muñeca. Voy bien de tiempo, así que me paro en una cafetería para comprar un par de cafés calentitos y unos donuts. Ya con todo en una bolsa, camino hacia la academia de baile para recoger a Cassey, decidida a contarle toda la verdad acerca de su padre.
Cuando entro, la recepcionista me sonríe, saludándome con una mano. Yo hago lo propio, señalando luego con un dedo hacia la sala, haciéndole saber que voy a entrar. Hay más gente mirando a las chicas, algunas son alumnas de otros cursos y otras deben de ser madres. Yo me quedo a un lado, algo apartada, apoyando la espalda contra la pared. Ella aún no me ha visto porque el profesor le está dando algunas indicaciones acerca de algunos movimientos.
—¿Lista, Cassey? —le pregunta mientras se retira hacia el aparato de música.
Cassey asiente concentrada, con la vista fija en el suelo de madera. Se mantiene inmóvil hasta que las primeras notas de la canción empiezan a sonar. Al instante, levanta la cabeza y empieza a moverse al ritmo de “Shape of you” de Ed Sheeran.
—Es buenísima… —dice una chica, sentada cerca de mí.
—Mira cómo se mueve… —apunta otra.
Y la verdad es que lo hace de maravilla. Su cuerpo se mueve como si se deslizara sobre el entarimado, como una suave ola, de forma hipnótica.
—¡Eso es, chica! —la anima el profesor—. ¡Déjalos atónitos! ¡Que sepan quién manda!
El resto de alumnos aplauden y la vitorean mientras Cassey se come la pista. Sus movimientos son perfectos y su cuerpo espectacular. No puedo creer lo mucho que ha crecido y lo guapa que está. Vestida con unas mallas negras, un top y una camiseta corta de color blanco, que deja su vientre al aire, está dejando a más de uno de los chicos con la boca abierta.
En cuanto la canción acaba, todos estallan en aplausos, incluido el profesor, que va a su encuentro. Ella sonríe abiertamente, satisfecha, mientras coge la toalla y se seca el sudor de la cara y el cuello.
—Esto, señores y señoras, es bailar —dice el profesor a todos, después de abrazarla.
Emocionada y muy orgullosa, junto las dos manos delante de la boca. En ese momento, ella me ve y yo aprieto los labios para no llorar, saludándola con una mano.
—¿Qué haces…? —me pregunta.
—He pensado que podríamos… merendar juntas —le informo, mostrándole los dos cafés y la bolsa con los donuts.
—Eh… Vale… —contesta algo extrañada—. ¿Estás… llorando…?
—No. No… Es que… me ha entrado algo en el ojo…
—Ya. Voy a ducharme, ¿vale? Ahora salgo.
—De acuerdo.
En cuanto ella se marcha junto a algunos de sus compañeros de clase, el profesor se acerca a mí.
—Hola. Soy Raphael, el profesor de Cassey. Es usted su madre, ¿verdad?
—Sí.
—Solo quería decirle que es fantástica.
—Gracias.
—Y que creo que tiene un gran futuro como bailarina. Se atreve con todo tipo de música y eso es un don maravilloso. Lleva el ritmo en la sangre…
Asiento sin abrir la boca, haciendo verdaderos esfuerzos para no empezar a llorar. Son demasiados sentimientos retenidos, demasiadas peleas, demasiadas vivencias, demasiados recuerdos…
Nada más salir de la ducha escucho la guitarra. Toca pocos acordes, haciendo pruebas, combinando notas. Podría apostar dinero a qué adivino incluso su postura: sentado en la banqueta frente al piano, con la guitarra entre las manos, el lápiz entre los dientes y el cuaderno al lado. Y no me equivoco.
—Suena bien… —le digo en cuanto llego al salón.
Le abrazo por la espalda, rodeando su cuello con ambos brazos. Mi pelo húmedo cae a ambos lados de mi cara, acariciando sus mejillas. Chris cierra los ojos e inhala mi olor, justo antes de girar la cara y besarme.
—Aún tengo poco… —dice mientras yo me siento a su lado.
Cojo el cuaderno y leo lo que hay escrito.
"I found a love for me.
Darling, just dive right in and follow my lead.
Well, I found a girl, beautiful and sweet.
Oh, I never knew you were
The someone waiting for me
Because we were just kids
When we fell in love”
Sonrío y choco mi hombro contra el suyo.
—Es precioso.
—Gracias —me responde él, imitando mi gesto, justo antes de agachar la cabeza hasta mi prominente barriga—. ¿Y a ti qué te parece?
—Mmmmm… No se ha pronunciado aún. Hoy está muy tranquilita.
—¿En serio? ¿Con lo que se mueve ella cuando escucha a papi cantar?
Me encojo de hombros mientras él me coge de la mano y se pone en pie. Se cuelga la guitarra del cuello y empieza a tocarla y a cantar. Gira a mi alrededor mientras lo hace, sin dejar de mirarme. Y entonces, Cassey empieza a moverse en mi barriga. Mi expresión se ilumina y él sabe que ha vuelto a suceder. Deja de tocar, se coloca la guitarra a la espalda y se arrodilla frente a mi barriga. Apoya la frente y las palmas de las manos en ella, con suavidad, y sigue susurrando la canción.
“I love you more tan you will ever know
I love you no matter what you do
I’m gonna hold you as long as you will let me
‘cause you’re mine, I love you”

Entonces, sonriendo, se pone en pie y me abraza, meciéndome, bailando conmigo. Siento su mejilla contra la mía y su aliento acariciándome la oreja. Una de sus manos se desplaza hasta mi barriga.
—Nunca me cansaré de bailar contigo… —susurro.
Me encantaba ver y escucharle componer. Adoraba su cara de concentración, su voz susurrando frases, su expresión satisfecha cuando conseguía lo que quería o la cabreada cuando no le salían las palabras. Me sentía pletórica cuando cantaba para mí y para Cassey, cuando bailaba con nosotras…
Pero entonces descubrí sus infidelidades y me vi incapaz de seguir confiando en él. Le quería, pero, simplemente, no podía vivir alejada de él imaginándole en brazos de otra.
Y así fue como, cuando todo acabó, dejé de bailar.
Y lo hice para siempre. De hecho, desde que todo acabó, nunca más he bailado. Nunca. En cambio, Cassey, no ha dejado de hacerlo jamás. Empezó a bailar dentro de mi barriga y nunca ha parado. Realmente, parece tener el ritmo en la sangre, y fue “culpa” nuestra.
—Sí… Eso parece… —le respondo al profesor, sonriendo con timidez.
◆◆◆

Cassey da sorbos a su café y da un par de mordiscos a su donut sin dejar de mirarme de reojo. Yo mantengo la vista fija al frente, planeando con esmero mis próximas palabras, sabedora de que pueden cambiar el rumbo de la vida de mi hija para siempre.
—Mamá… esta merienda tiene un propósito concreto, ¿verdad? Me refiero a aparte de alimentarme…
—Es algo así como una merienda de reconciliación y confesión. Todo junto. Quiero que empecemos de cero las dos. No más mentiras. No más secretos.
—De acuerdo… —contesta frunciendo el ceño.
—Pero tienes que saber que, a lo mejor, saber la verdad te hará daño. Puede que… descubras cosas que no te gusten. Pero también quiero que sepas que yo estaré a tu lado si me necesitas y…
—Me estás asustando, mamá.
—No, no, no… No quiero que te asustes. No pasa nada… En realidad, no tienes nada que temer.
—¿Esto va sobre… papá?
Asiento apartando la mirada, justo antes de volver a hablar.
—Él… Te quería muchísimo, ¿sabes? No sé si te lo he dejado claro durante todos estos años… Puede que estuviera demasiado resentida con él como para admitirlo, pero él siempre fue un buen padre contigo, el poco tiempo que estuvisteis juntos. No quiero que pienses ni por un mísero segundo, que nuestra separación tuvo algo que ver contigo…
—Vale… —titubea durante unos segundos, algo confundida—. ¿Y todo esto me lo dices ahora por…? Espera, ¿él está…? ¿Está bien?
—No muy bien, Cassey… Verás… Él… Yo…
—¿Sabes? No se te da muy bien esto de tranquilizar a la gente…
—Lo siento… Solo quiero contarte por qué.
—¿Por qué, que? —me pregunta al rato, cuando se da cuenta de que no voy a añadir nada más.
—Por qué le abandoné —le aclaro—. Cassey, tu padre tiene problemas con las drogas y el alcohol… Problemas serios. Los tiene desde poco antes de nacer tú. Yo no quise verlo, aunque lo sabía. Al principio puede que solo fueran unas cuantas cervezas y un par de porros. Decía que le ayudaban a seguir el ritmo. Y yo le creía. ¿Qué iba a saber yo?
Mientras hablamos, llegamos a Bryant Park donde, por inercia, aminoramos el paso. La pista de hielo y los tenderetes del mercadillo navideño ocupan gran parte de la plaza, pero, aun así, nos las arreglamos para conseguir un par de sillas en las que sentarnos.
—Pero, según parece, cuando descubrí sus infidelidades y nos… marchamos a Florida, siguió consumiendo más y más… Sé que sabes cosas de él gracias a los medios de comunicación y que, sobre todo desde que sabes que es tu padre, has estado indagando más en internet. Sé que has leído acerca de algún escándalo que ha protagonizado, alguna indisposición que provocó cancelaciones de conciertos, algunas fotos comprometidas… —Ella asiente sin parpadear—. La otra noche, cuando te dije que iba a hablar con sus padres para pedirles que le dijeran que querías verle, te dije que no les había llegado a preguntar.
Fijo la vista en el infinito, más allá del gentío de patinadores. A pesar del cielo oscuro y del frío, hay multitud de personas en la calle, cientos de caras en las que fijarse, aunque solo una me importa: la de mi hija, que me mira atenta, con preocupación y tristeza.
—Te mentí —prosigo—. Sí fui. Sí llamé a su puerta. Sí crucé algunas palabras con ellos… Hasta que le vi.
—¿Papá estaba allí? ¿Él está en Nueva York?
—Yo no lo sabía… —contesto mientras asiento de nuevo.
—Entonces… ¿por qué me mentiste…?
—Porque la persona que vi ahí, no se parece en nada a tu padre, cariño. Los excesos han podido con él. Sé que bebe a todas horas y toma cocaína. Está consumido… muy delgado, casi cadavérico, ojeroso, débil… No quiero que le veas así, Cass… No sería justo para ninguno de los dos, ni para ti ni para él.
—Pero… ¿Se va a… morir? —me pregunta con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Si se deja ayudar, no. Su familia, sus padres y hermanos, están haciendo todo lo posible por ayudarle. —Cassey gira la cabeza y mira hacia la pista de hielo durante un rato. Sus ojos se fijan en una pareja que patinan junto a su hija pequeña. Ambos la cogen de las manos, mientras los tres sonríen. Un escalofrío recorre su cuerpo, y veo cómo se encoge dentro de su abrigo, escondiendo la cara bajo su enorme bufanda de lana—. ¿Estás bien?
—De repente tengo otros abuelos… Y tíos… Estoy algo abrumada… ¿Ellos saben… que… existo?
—Sí. De hecho, Aaron, tu abuelo, fue el que me ayudó a traerte de vuelta la otra noche…
—¿El padre de papá?
—Así es. Él siempre supo dónde estuvimos durante todos estos años, ¿sabes? Él… me guardó el secreto con una única condición: que le llamara si necesitaba algo.
—Así que la otra noche le llamaste.
Nos quedamos calladas durante unos segundos, mirándonos. A pesar de estar tratando un tema tan delicado, ninguna de las dos estamos enfadadas.
—Cariño, quiero que les conozcas, a todos. Tienes que creerme, pero…
—Lo entiendo.
—Yo no… Espera… ¿Lo entiendes?
—O sea… Entiendo que me protejas a mí de él, o de la versión actual de él. Pero que además intentes protegerle a él de sí mismo… cuando podrías perfectamente aprovechar la ocasión para… sacar ventaja de la situación, me alucina, a la vez que me encanta —confiesa sonriendo, encogiéndose de hombros.
Frunzo el ceño, confundida y, por qué no admitirlo, muy descolocada. Abro la boca varias veces, cerrándola al rato, intentando simular que mi hija adolescente no acaba de quedarse conmigo.
—¿Sigues enamorada de él? —me pregunta entonces, noqueándome del todo. Me abrazo el torso con ambos brazos y resoplo con fuerza, desviando la mirada a un lado—. Mamá… No pasa nada… No serás mejor o peor dependiendo de la respuesta. Eres humana. Cualquier respuesta será totalmente lícita.
—No sé qué siento por él… —le confieso, enfrentando de repente su mirada, mostrando las lágrimas que resbalan por mis mejillas—. Debería… odiarle. Debería… no sé… Sé que no estoy enamorada de él como lo estuve hace unos años, pero… no le odio… Incluso la otra noche cuando le vi, algo dentro de mí dio un vuelco. De repente recordé nuestras conversaciones, nuestras confidencias, cuando me cantaba, cuando nos besábamos, cuando te mecía en sus brazos… No puedo olvidar tantos años de un plumazo, pero luego pienso que él fue capaz de hacerlo sin siquiera pestañear… Aniquiló todo lo que teníamos, lo que habíamos construido con tanto esfuerzo… Y fue capaz de hacerlo durante un tiempo y seguir mirándome a la cara sin sentir vergüenza… Destrozó nuestras vidas cuando se tiró a esas otras… La suya y la mía, porque él parecía tenerlo todo, pero buscó consuelo cada vez más a menudo en las drogas y el alcohol… Pero entonces te miro, y me doy cuenta de que tú no tienes porqué odiarle y…
Cuando me quedo callada, levanto la vista y descubro que ella también está llorando. Se muerde el labio inferior y se seca las mejillas con los puños de su chaqueta.
—Guau…
—Sí… Supongo que “guau” es una buena definición de todo ello…
—Hace poco leí que se largó de un concierto y… desapareció… Hay rumores de que va a dejar la música… Otros dicen que está acabado.
Me encojo de hombros, consciente de todos esos rumores, pero, simplemente, creo que ni él mismo sabe la respuesta.
—Hace un par de días, le ingresaron por culpa de una sobredosis. Ha tocado fondo… Sus padres y hermanos están desesperados, y no saben qué hacer para ayudarle.
—Tampoco parece que él ponga mucho de su parte, ¿no?
—En un intento desesperado para hacerle reaccionar, Aaron me pidió que le enviara una foto tuya…
—Y… ¿te dijo algo…? Sabes si… ¿funcionó?
—No sé nada de ellos desde entonces… —Cassey tuerce el gesto, decepcionada, y agacha la vista a su regazo, donde reposan sus manos—. Cariño, yo…
Me quedo callada al verla ponerse en pie.
—Hace frío. ¿Nos vamos a casa?
◆◆◆

—¡Mamá! ¡Teléfono!
—¡Descuelga y dile a quién sea que ahora le llamo! ¡Excepto si es Frank! ¡En ese caso dile que no, que mañana es mi día libre y no pienso ir a trabajar! —respondo a gritos, descorriendo un poco la cortina.
En ese momento, la puerta del baño se abre y Cassey aparece con cara de susto, mostrándome la pantalla del teléfono. La misma expresión que pongo yo cuando leo el nombre de Aaron en ella.
—Mamá… Estará bien, ¿verdad?
La preocupación en las palabras de Cassey me hace reaccionar de inmediato, y salgo de la ducha enrollándome una toalla alrededor del cuerpo y secándome la mano antes de coger el teléfono y descolgar.
—Sí.
—Eh… Hola… —me saluda—. Si te cojo en mal momento, te puedo llamar más tarde…
—No. No… Estaba en la ducha, pero ya he salido.
—Vale…
—Aaron, ¿ha… pasado… algo…? —pregunto, mirando a Cassey de reojo.
—No… bueno… sí… Él… Ha accedido a ser ingresado en una clínica de rehabilitación. Es lo más cerca que ha estado nunca de querer acabar con todo eso, ¿sabes?
—Me alegro —afirmo sonriendo, intentando que Cassey se contagie de mi optimismo.
—Y fue gracias a ella… Y a ti… Conseguisteis en unas décimas de segundo lo que nosotros no hemos conseguido en años…
Agacho la cabeza y me muerdo en labio inferior.
—Es… genial, Aaron…
—Aún tengo que pedirte otro favor…
—Vale…
De acuerdo, puede que no haya sonado demasiado convencida.
—En esa clínica, no le permiten llevar móviles y tampoco pueden tener contacto físico con nadie del exterior… pero sí tiene acceso a internet.
—Ajá…
—Me preguntaba… Livy y yo nos preguntábamos… Bueno, de hecho, todos estuvimos de acuerdo… Aunque si tú no lo estás, tienes la última palabra, y no tiene por qué hacerlo…
—Aaron.
—Lo siento. Nos preguntábamos si dejarías que Cassey tuviera contacto con él.
—Pero, decís que no puede mantener contacto con nadie del exterior…
—Físico. Pero tiene acceso a internet y nadie ha dicho que no pueda recibir correos electrónicos.
Miro a Cassey, que espera una explicación, con los ojos muy abiertos.
—Entonces, ¿me estáis pidiendo que Cassey le envíe un correo electrónico a Chris? —le pregunto a Aaron en voz alta.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Lo haré! —interviene ella de repente.
—¿Es…? ¿Es ella? —me pregunta Aaron entre risas.
—Me parece que ya tienes la respuesta…
◆◆◆

—Ya está… Pero… quiero que lo leas antes de enviarlo…
—Cariño, lo que le digas a tu padre es cosa tuya, algo entre tú y él.
—No. Quiero que lo leas porque… estoy algo nerviosa y no sé cómo hablarle… O sea… En realidad, no sabía qué decirle, ¿sabes? Tantos años soñando con el momento en el que hablara con él por primera vez, aunque técnicamente no lo he hecho aún, y llegado el momento, no sabía qué decirle… ¡Ni siquiera sabía cómo empezar! Un hola, sin más, me parecía frío…
Sentada en el sofá, con el libro que estoy leyendo sobre mi regazo, intento seguirla sin pestañear para no perderme ninguna de sus palabras, pero habla tan rápido y nerviosa, que me está costando lo mío. Mientras ella, sujetando su portátil contra el pecho, sigue hablando hasta que le indico mediante señas que se siente a mi lado en el sofá.
—A ver… Déjame el portátil —le pido mientras lo abro y, en cuanto al correo electrónico aparece frente a mí, empiezo a leer.
ASUNTO:
MENSAJE:
Hola…
—No sabía qué poner en el asunto, por eso lo dejé en blanco —me interrumpe poniendo el dedo frente a la pantalla, impidiéndome leer más—. ¿Crees que debería poner algo? ¿Qué le pongo?
—Cassey, tranquila.
—¿Y si se piensa que soy idiota?
—¿Por no poner nada en el asunto? Es humano, Cass… Y totalmente imperfecto, como ya habrás podido adivinar. No le idealices ni le conviertas en un Dios por el simple hecho de ser famoso. Por encima de todo eso, es tu padre, cariño, y te va a querer igual le escribas lo que le escribas… Solo, sé tú misma.
Ella asiente pensativa, mordiéndose una uña, justo antes de coger el portátil y borrar todo el mensaje.
—¿Qué haces?
—Tienes razón. Era una mierda —dice, justo antes de poner a escribir de nuevo.
◆◆◆

ASUNTO:
MENSAJE:
Hola…
Creo que no sabes nada de esto… que no sabías que te iba a escribir, me refiero, así que, ¡sorpresa! Créeme, no es comparable con la que me llevé yo al saber que tú eras mi padre, así que te sigo debiendo unas cuantas.
Se supone que este mail forma parte de tu terapia. Estás ahí aislado del mundo y el único contacto que vas a tener con el exterior será a través de esa pantalla de ordenador frente a la que supongo que estarás ahora… Quizá esperabas encontrar un mail de alguien más interesante, así que espero no desilusionarte demasiado.
Me gustaría hacerte un millón de preguntas, pero no quiero agobiarte demasiado, aunque te advierto que tarde o temprano te las haré. Sí, es una amenaza, échate a temblar.
Lo sé todo, o casi todo de ti, entre lo que he leído en internet y revistas varias, y lo que me ha contado mamá, así que, puesto que la desconocida aquí soy yo, te hablaré un poco de mí…
Tengo dieciséis años. Eso creo que lo sabes, o deberías. En pocos días cumpliré los diecisiete, y eso también lo deberías saber. No te preocupes si lo olvidas, soy de las que lanzan indirectas de posibles regalos que hacerme durante semanas antes.
Empecé a caminar a los diez meses. Mamá dice que demasiado pronto, porque la llevé de cabeza desde entonces. No sé ir en bicicleta, así que supongo que lo compensé un poco porque nunca ha tenido que salir corriendo conmigo al hospital por ese motivo (aunque sí por otros… Ups… No se puede ser perfecta en todo, ¿no?)
Empecé a bailar estando en la barriga de mamá, y sé que tú eres el gran causante de ello. Para tu información, lo debiste hacer muy bien porque, a fecha de hoy, sigo bailando sin parar. Me encanta y me gustaría vivir de ello en el futuro. El otro día, mi profesor dijo que llevaba el ritmo en la sangre, y supongo que debe ser verdad…
Con dos años recitaba frases enteras en español. Es lo que tiene crecer al lado de María, que veía telenovelas a todas horas. Imagina la cara de mamá cuando una noche, cenando, le dije: “¿Sabes que el hijo que espera Luisa Fernanda es del pendejo de Cristóbal Eduardo, el jardinero?”
Se me cayó el primer diente a los seis años y me lo tragué. No fue un accidente, lo hice a propósito. Me aterraba la idea de que alguien entrara en casa, por muy ser mágico que fuera. A pesar de ello, a la mañana siguiente, encontré el dólar que el hada había dejado bajo la almohada. Estuve tres noches seguidas sin dormir, haciendo guardia frente a la puerta, hasta que mamá me contó la verdad.
Empecé a leer a los cinco años. Fui rápida gracias a la ayuda de mamá. Supongo que se le acabó la paciencia cuando la obligaba a detenerse delante de todos y cada uno de los escaparates de la calle para leerlo todo. Y cuando digo todo, es todo, incluido el cartel del prostíbulo por el que pasábamos cada mañana cuando me llevaba el cole. Hasta ese día. Desde entonces, cambiamos el itinerario.
Di mi primer beso con cuatro años, a un perro lleno de pulgas. Fue con lengua, al menos por su parte, yo solo pretendía abrazarle y darle un beso en la cabeza. Mamá me llevó a casa y me frotó con jabón en la ducha, tan fuerte que me dejó la piel roja durante días. Mi primer beso a un humano no te lo contaré porque tengo a mamá a mi lado. 
Me encanta el baseball y soy fanática de los Marlins de Miami. Mamá me ha dicho que tanto tú como tu padre jugasteis al baseball y que sois de los Yankees... Qué horror. En fin, no se puede tener todo en esta vida…
Los estudios, en general, me van bien, pero no voy a perder el tiempo en contarte nada acerca de esto.
Me encanta el invierno, la lluvia y la nieve. Quizá sea porque he vivido gran parte de mi vida en Florida y me cansé de sudar todos los meses del año. Por eso prefiero Nueva York. Me encanta pasear bajo la lluvia y sentir el frío cortante en la cara, o perderme por los cientos de caminos de Central Park cuando está nevado. A veces, incluso he conseguido no cruzarme con nadie durante mi paseo. Lo juro.
Mi sabor favorito de helado es el chocolate. Mi comida favorita es el pastel de chocolate. Mi bebida favorita es el batido de chocolate… ¿Lo has pillado? Te lo pongo fácil. Regálame chocolate, y acertarás.
Mi canción favorita es “Tiny Dancer” de Elton John. Mamá la escuchaba a todas horas cuando era pequeña, así que se puede decir que crecí con ella. Lo siento, no es tuya, pero si me cantas alguna en “vivo y en directo”, quizá la desbanque. A lo mejor eso te anima a querer que nos veamos en persona… No por verme, sino por desbancar a Sir Elton John del puesto más alto de podio. Sería todo un logro, ¿no crees?
Mis películas favoritas son “Nemo” y “Begin Again”. La primera la debo haber visto como un millón de veces (mamá da fe de ello) y la segunda, si sigo a este ritmo, batiré mi propio récord.
No toco ningún instrumento, y tampoco canto. Pero nunca es tarde para empezar, ¿no?
¿Hay un tope de líneas que te dejen leer ahí dentro? Lo digo porque esto parece haberse alargado bastante, y fíjate que antes de empezar estaba nerviosa porque no sabía qué decirte… Supongo que, en el fondo, tengo miedo de que no me contestes, e intento que sepas lo máximo de mí de una sola vez. Te prometo que tengo mucho más que contarte, si es que quieres que sigamos escribiéndonos… A mí me encantaría.
Bueno… Me parece que voy a despedirme ya. Si me contestas, me podrías explicar algo más de ti… Quizá cosas que nadie más sepa, ni siquiera mamá. Sería guay tener un secreto que solo sepamos los dos…
Bueno, hasta pronto. O hasta nunca. De ti depende.
Cassey
Me mira apretando los labios hasta convertirlos en una fina línea. Yo la miro sonriendo, intentando demostrarle toda la confianza posible. Y entonces, sin pensárselo durante más tiempo, pulsa el botón y envía el correo.
avatar
axcia


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por axcia el Jue 17 Mayo - 8:27

Deberia haberle dicho a Cassey mucho antes quien era su padre, aunque estuviesen separados.
avatar
axcia


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por Yrisol el Jue 17 Mayo - 20:07

Gracias
avatar
Yrisol


Volver arriba Ir abajo

Re: EDICIONES SEDNA MAYO: Cuando todo acabó - Anna Garcia

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 4 de 7. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6, 7  Siguiente

Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.