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EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

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EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por axcia el Lun 2 Abr - 9:28

Recuerdo del primer mensaje :

The Gravity of Us  - Brittainy C. Cherry 

Graham Russell y yo no estábamos hechos el uno para el otro
Yo estaba impulsada por la emoción; Él estaba apático. Soñaba mientras él vivía en pesadillas. Lloraba cuando no tenía lágrimas que derramar.
A pesar de su corazón congelado y mi disposición a correr, a veces compartíamos segundos. Segundos cuando nuestros ojos se entrelazaron y veíamos los secretos del otro. Segundos cuando sus labios saboreaban mis miedos, y yo respiraba sus dolores. Segundos cuando ambos imaginábamos lo que sería amarnos unos al otro.
Esos segundos nos dejaron flotando, pero cuando la realidad nos golpeó fuerte, la gravedad nos obligó a descender.
Graham Russell no era un hombre que sabía amar, y yo no era una mujer que sabía cómo. Sin embargo, si tuviera la oportunidad de caer de nuevo, caería con él para siempre.
Incluso si estuviéramos destinados a chocar contra el terreno sólido.
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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por axcia el Mar 3 Abr - 13:32

@Maluc escribió:gracias por el prologo, que triste que en los tiempos difíciles te abandonen
Totalmente de acuerdo. Ahi se ve la clase de persona que es Parker, si en los momentos duros desaparece, no merece la pena. En los momentos buenos, cualquier permanece a tu lado.
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axcia


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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por Flower el Mar 3 Abr - 15:10

No puedo creer que haya gente asi... que te abandone en las peores circunstancias... como si alguien quisiera estar enfermo. 
Que egoista ese Parker y pobre Mari.


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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por axcia el Miér 4 Abr - 6:34

1
GRAHAM
2017
Dos días antes, compré flores para alguien que no era mi esposa. Desde la compra, no salí de mi oficina. Los papeles se encontraban dispersos por todas partes: tarjetas, notas
adhesivas, trozos de papel arrugados con garabatos sin sentido y palabras tachadas. En mi escritorio había cinco botellas de whisky y una caja de puros sin abrir.
Mis ojos ardían de cansancio, pero no podía cerrarlos mientras miraba fijamente a la pantalla de mi computadora, escribiendo palabras que luego borraría.
Nunca le compré flores a mi esposa.
Nunca le di chocolates en San Valentín, encontraba los animales de peluche ridículos, y no tenía ni idea de cuál era su favorito.
Ella tampoco tenía ni idea de cuál era el mío, pero yo sabía de su político favorito. Conocía sus puntos de vista sobre el calentamiento global, ella conocía mis puntos de vista sobre la religión, y ambos conocíamos nuestros puntos de vista sobre los niños: nunca los quisimos.
Esas cosas eran lo que más importaba; esas cosas eran nuestro pegamento. Ambos estábamos impulsados por la carrera y teníamos poco tiempo el uno para el otro, por no hablar de una familia.
Yo no era romántico, y a Jane no le importaba porque ella tampoco lo era. No nos veían a menudo tomándonos de la mano o intercambiando besos en público. No nos gustaba acurrucarnos o las expresiones de amor de las redes sociales, pero eso no significaba que nuestro amor no fuera real. Nos preocupábamos a nuestra manera. Éramos una pareja lógica que entendíamos lo que significaba estar enamorados, estar comprometidos el uno con el otro, pero nunca nos sumergimos verdaderamente en los aspectos románticos de una relación.
Nuestro amor era impulsado por un respeto mutuo, por una estructura. Cada gran decisión que tomamos siempre fue cuidadosamente pensada y a menudo incluía diagramas y gráficos. El día que le pedí que fuese mi esposa, hicimos quince diagramas circulares para asegurarnos de tomar la decisión correcta.
¿Romántico?
Tal vez no.
¿Lógico?
Absolutamente.
Por eso su actual invasión de mi fecha límite era preocupante. Nunca me interrumpía mientras yo trabajaba, y para irrumpir mientras me hallaba en una fecha límite era más que extraño.
Me quedaban noventa y cinco mil más.
Noventa y cinco mil palabras antes de que el manuscrito fuera al editor en dos semanas. Noventa y cinco mil palabras equivalían a un promedio de seis mil setecientas ochenta y seis palabras al día. Eso significaba que las próximas dos semanas de mí vida las pasaría frente a mi computadora, sin apenas apartarme para respirar aire fresco.
Mis dedos iban a toda velocidad, escribiendo y tecleando tan rápido como podían. Las bolsas de color púrpura bajo mis ojos mostraban mi agotamiento, y me dolía la espalda por no salir de mi silla durante horas. Sin embargo, cuando me senté frente a mi computadora con mis dedos alterados y mis ojos de zombi, me sentí más como yo mismo que en cualquier otro momento de mi vida.
—Graham —dijo Jane, sacándome de mi mundo de horror y trayéndome al suyo—. Deberíamos irnos.
Se encontraba de pie en la puerta de mi oficina. Llevaba su cabello rizado, lo cual era extraño ya que su cabello siempre lucia liso. Cada día se despertaba horas antes que yo para domar la cresta rubia y rizada sobre su cabeza. Podía contar con mi mano derecha el número de veces que la vi con sus rizos naturales. Junto con el cabello salvaje, su maquillaje se veía manchado, dejado de la noche anterior.
Solo vi llorar a mi esposa dos veces desde que estábamos juntos: una vez cuando se enteró de que estaba embarazada hace siete meses, y otra cuando llegó una mala noticia hace cuatro días.
—¿No deberías alisar tu cabello? —pregunté.
—No alisaré mi cabello hoy.
—Siempre alisas tu cabello.
—No he alisado mi cabello en cuatro días. —Frunció el ceño, pero no hice ningún comentario sobre su decepción. No quería lidiar con sus emociones esa tarde. Durante los últimos cuatro días, ella fue una ruina, lo opuesto a la mujer con la que me casé, y yo no era una persona que se ocupara de las emociones de la gente.
Lo que Jane necesitaba hacer era recomponerse.
Volví a mirar fijamente la pantalla del ordenador y mis dedos volvieron a moverse rápidamente.
—Graham —refunfuñó, acercándose a mí con su muy embarazado vientre—. Tenemos que irnos.
—Tengo que terminar mi manuscrito.
—No has dejado de escribir en los últimos cuatro días. Apenas llegas a la cama antes de las tres de la mañana, y luego te levantas a las seis. Necesitas un descanso. Además, no podemos llegar tarde.
Aclaré mi garganta y seguí escribiendo.
—Decidí que voy a tener que perderme este estúpido compromiso. Lo siento, Jane.
De la esquina de mi ojo, vi su mandíbula aflojarse.
—¿Estúpido compromiso? Graham… es el funeral de tu padre. —Dices eso como si debiera significar algo para mí.
—Sí significa algo para ti.
—No me digas qué significa o no algo para mí. Es denigrante. —Estás cansado —dijo.
Ahí vas otra vez, hablándome de mí.
—Dormiré cuando tenga ochenta años, o cuando sea mi padre. Estoy seguro de que está durmiendo bien esta noche.
Se estremeció. No me importó.
—¿Has estado bebiendo? —preguntó, preocupada.
—En todos estos años de estar juntos, ¿cuándo me has visto beber?
Estudió las botellas de alcohol que me rodeaban y dejó salir un pequeño suspiro.
—Lo sé, lo siento. Es solo que... has añadido más botellas a tu escritorio.
—Es un tributo a mi querido padre. Que se pudra en el infierno.
—No hables tan mal de los muertos —dijo Jane antes de hipear y colocar sus manos sobre su estómago—. Dios, odio esa sensación. —Me quitó las manos del teclado y las puso en su estómago—. Es como si me diera patadas en cada órgano interno que tengo. No puedo soportarlo.
—Cuán maternal de tu parte —me burlé, mis manos todavía sobre ella.
—Nunca quise tener hijos. —Suspiró, con hipo una vez más—. Jamás.
—Y, sin embargo, aquí estamos —respondí. No me sentía seguro de que Jane hubiera llegado a un acuerdo con el hecho de que, en dos breves meses, estaría dando a luz a un ser humano real que necesitaría su amor y atención veinticuatro horas al día.
Si existía alguien que daba menos amor que yo, era mi esposa. —Dios —murmuró, cerrando los ojos—. Hoy se siente raro. —Tal vez deberíamos ir al hospital —le ofrecí.
—Buen intento. Irás al funeral de tu padre.
Maldición.
—Todavía necesitamos encontrar una niñera —dijo—. La firma me dio unas semanas libres por maternidad, pero no necesitaré todo el tiempo si encontramos una niñera decente. Me encantaría una anciana mexicana, preferiblemente una con tarjeta verde.
Mis cejas se arrugaron, perturbadas.
—Sabes que decir eso no solo es desagradable y racista, sino que también decírselo a tu medio-mexicano esposo es bastante desagradable, ¿no?
—Difícilmente eres mexicano, Graham. Ni siquiera hablas una pizca de español.
—Lo que me hace no mexicano… debidamente anotado, gracias — dije con frialdad. A veces mi esposa era la persona que más odiaba. Mientras que estábamos de acuerdo en muchas cosas, a veces las palabras que salían de su boca me hacían repensar cada diagrama de flujo que hicimos.
¿Cómo puede alguien tan hermosa ser tan fea a veces? Patada.
Patada.
Mi pecho se apretó, mis manos aun descansando alrededor del estómago de Jane.
Esas patadas me aterrorizaban. Si existía algo que sabía con seguridad, era que yo no era material de padre. La historia de mi familia me hacía creer que todo lo que venía de mi linaje ancestral no podía ser bueno.
Le rezaba a Dios que el bebé no heredara ninguno de mis rasgos, o peor aún, los de mi padre.
Jane se recostó contra mi escritorio, cambiando mi papeleo perfectamente ordenado mientras mis dedos yacían contra su estómago. —Es hora de ducharse y vestirse. Colgué tu traje en el baño. —Te lo dije, no puedo hacer este compromiso. Tengo una fecha límite para cumplir.
—Si bien tienes una fecha límite para cumplir, tu padre ya ha cumplido con la fecha límite, y ahora es el momento de enviar su manuscrito.
—¿Su manuscrito es su ataúd?
Las cejas de Jane se fruncieron.
—No. No seas tonto. Su cuerpo es el manuscrito; su ataúd es la cubierta del libro.
—Una maldita tapa de libro cara, también. No puedo creer que eligiera uno que esté cubierto de oro. —Me detuve y mordí mi labio—. Pensándolo bien, me lo creo fácilmente. Conoces a mi padre.
—Mucha gente estará allí hoy. Sus lectores, sus colegas. Cientos aparecerían para celebrar la vida de Kent Russell.
—Será un circo. —Gruñí—. Llorarán por él, con total y absoluta tristeza, y se sentarán incrédulos. Empezarán a verter sus historias, su dolor. “Kent no, no puede ser. Él es la razón por la que le di una oportunidad a esto de escribir. Cinco años sobrio por culpa de ese hombre. No puedo creer que se haya ido. Kent Theodore Russell, un hombre, un padre, un héroe. Premio Nobel. Muerto”. El mundo llorará.
—¿Y tú? —preguntó Jane—. ¿Qué vas a hacer?
—¿Yo? —Me recosté en mi silla y crucé los brazos—. Terminaré mi manuscrito.
—¿Estás triste de que se haya ido? —preguntó Jane, frotando su estómago.
Su pregunta nadó en mi mente durante un rato antes de que yo respondiera.
—No.
Quería extrañarlo.
Quería amarlo.
Quería odiarlo.
Quería olvidarlo.
Pero en vez de eso, no sentía nada. Me tomó años para enseñarme a mí mismo a no sentir nada hacia mi padre, a borrar todo el dolor que me infligió a mí, a los que más quería. La única manera que sabía cómo apagar el dolor era encerrarlo y olvidarme de todo lo que me hizo, de todo lo que yo deseé que fuera.
Una vez que encerré el dolor, casi me olvidé de cómo sentir completamente.
A Jane no le importaba mi alma encerrada, porque ella tampoco sentía mucho.
—Respondiste demasiado rápido —me dijo.
—La respuesta más rápida siempre es la verdadera.
—Yo lo extraño —dijo, su voz bajando, comunicando su dolor por la pérdida de mi padre. En muchos sentidos, Kent Russell era un mejor amigo de millones a través de sus libros de cuentos, sus discursos inspiradores y la persona y la marca que vendía al mundo. Yo también lo habría echado de menos si no hubiera conocido al hombre que realmente era en la privacidad de su hogar.
—Lo extrañas porque de hecho nunca lo conociste. Deja de lamentarte por un hombre que no vale la pena.
—No —dijo bruscamente, su voz se agudizó con dolor. Sus ojos comenzaron a aguarse como lo estuvieron haciendo los últimos días—. No puedes hacer eso, Graham. No puedes socavar mi dolor. Tu padre era un buen hombre para mí. Era bueno conmigo cuando tú eras frío, y te apoyaba cada vez que yo quería irme, así que no me digas que deje de lamentarme. No se llega a definir el tipo de tristeza que siento —dijo, una emoción se apoderó de todo su cuerpo mientras se sacudía con un torrente de lágrimas cayendo de sus ojos.
Incliné mi cabeza hacia ella, confundido por su repentino arrebato, pero luego mis ojos cayeron sobre su estómago.
Desorden hormonal.
—Cielos —murmuré, un poco asombrado.
Se sentó derecha.
—¿Qué fue eso? —preguntó, un poco asustada.
—Creo que acabas de tener una crisis emocional por la muerte de mi padre.
Tomó un respiro y gruñó.
—Dios mío, ¿qué me pasa? Estas hormonas me están haciendo un desastre. Odio todo lo de estar embarazada. Juro que me voy a atar las trompas después de esto. —Se levantó, intentando calmarse, y secó sus lágrimas mientras respiraba más profundamente—. ¿Puedes al menos hacerme un favor hoy?
—¿Cuál?
—¿Puedes fingir que estás triste en el funeral? La gente hablará si te ven sonriendo.
Le di un falso ceño fruncido.
Puso los ojos en blanco.
—Bien, ahora repite después de mí: mi padre fue verdaderamente amado, y se le extrañará mucho.
—Mi padre era un verdadero imbécil, y no se le extrañará en absoluto.
Me dio una palmadita en el pecho.
—Suficientemente cerca. Ahora ve a vestirte.
Levantándome, me quejé todo el camino.
—¡Oh! ¿Pediste las flores para el servicio? —gritó Jane en mi dirección mientras me deslizaba mi camiseta blanca sobre la cabeza y la tiraba al suelo del baño.
—Los cinco mil dólares de plantas inútiles para un funeral que acabará en pocas horas.
—A la gente le encantarán —me dijo.
—La gente es estúpida —respondí, entrando en el agua ardiente que caía de la ducha. En el agua, hice lo mejor que pude para pensar en el tipo de elogio que daría por el hombre que era un héroe para muchos, pero un demonio para mí mismo. Intenté desenterrar recuerdos de amor, momentos de cuidado, segundos de orgullo que él me entregó, pero me quedé en blanco. Nada. No se podían encontrar sentimientos reales.
El corazón dentro de mi pecho, el que él me ayudó a endurecer, permaneció completamente entumecido.
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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por axcia el Miér 4 Abr - 6:41

2
LUCY




—Aquí yace Mari Joy Palmer, una dadora de amor, paz y felicidad. Es una pena la forma en que dejó el mundo. Fue repentino, indescriptible, y más doloroso de lo que nunca pensé que sería. —Miré fijamente hacia el cuerpo inmóvil de Mari y limpié mi cuello con una pequeña toalla. El sol a primera hora de la mañana irradiaba por las ventanas mientras yo intentaba recuperar el aliento.
—Muerte por yoga caliente. —Suspiró Mari, inhalando profundamente y exhalando desigualmente.
Reí.
—Vas a tener que levantarte, Mari. Tienen que prepararse para la próxima clase. —Le tendí la mano a mi hermana, que yacía en un charco de sudor—. Vámonos.
—Sigue sin mí —dijo teatralmente, agitando su bandera invisible—. Me rindo.
—Oh, no, no lo harás. Vamos. —Agarré sus brazos y la empujé a una posición de pie, con ella resistiéndose todo el camino hacia arriba—. Has pasado por la quimioterapia, Mari. Puedes manejar el yoga caliente.
—No lo entiendo —se quejó—. Pensé que el yoga debía hacerte sentir conectado a la tierra y traer paz, no cubos de sudor y cabello asqueroso.
Sonreí con una mueca, mirando su cabello largo hasta el hombro que se veía encrespado y anudado en la parte superior de su cabeza. Ella había estado en remisión por casi dos años, y estuvimos viviendo nuestras vidas al máximo desde entonces, incluyendo la apertura de la floristería.

Después de unas rápidas duchas en el estudio de yoga, salimos afuera, y cuando el sol del verano besó nuestra piel y nos cegó, Mari gimió. —¿Por qué diablos decidimos montar en bicicleta hoy? ¿Y por qué el yoga caliente a las seis de la mañana es algo que consideraríamos?
—Porque nos preocupamos por nuestra salud y bienestar, y queremos estar en la mejor forma de nuestras vidas —me burlé—. Además, el auto está en el taller.
Puso sus ojos en blanco.
—¿Este es el momento donde vamos en bicicleta a un café y comemos donas y croissants antes del trabajo?
—¡Sí! —dije, desbloqueando mi bicicleta del poste y saltando sobre ella.
—¿Y por donas y croissantsquieres decir…?
—¿Bebidas de col rizada verde? Sí, sí, claro que sí.
Se quejó de nuevo, esta vez más fuerte.
—Me gustabas más cuando no te importaba una mierda tu salud y comías una dieta estable de dulces y tacos.
Sonreí y comencé a pedalear.
—¡Te reto!
Le gané la carrera a Sueños Verdes, obviamente, y cuando llegó adentro, arrojó su cuerpo sobre el mostrador delantero.
—En serio, Lucy… yoga regular, sí, ¿pero yoga caliente? —Hizo una pausa, respirando profundamente—. El yoga caliente puede volver directamente al infierno de donde vino para morir una larga y dolorosa muerte.

Una trabajadora se acercó a nosotras con una sonrisa brillante. —¡Hola, señoritas! ¿Qué puedo servirles?
—Tequila, por favor —dijo Mari, levantando finalmente la cabeza del mostrador—. Puedes ponerlo en una taza para llevar si quieres. Entonces puedo beberlo de camino al trabajo.
La camarera miró fijamente a mi hermana, y yo sonreí. —Tomaremos dos jugos verdes y dos envolturas de huevo y patata para el desayuno.
—Suena bien. ¿Quieres trigo integral, espinacas o envolturas de linaza? —preguntó.
—Oh, la pizza rellena de masa estará bien —contestó Mari—. Acompañada de patatas fritas y queso.
—Linaza. —Reí—. Tomaremos la linaza.
Cuando nuestra comida salió, agarramos una mesa y Mari se sumergió como si no hubiera comido en años.
—Así que —empezó, sus mejillas hinchadas como una ardilla—. ¿Cómo está Richard?
—Está bien —dije, asintiendo—. Ocupado, pero bien. Nuestro departamento parece un tornado con su último trabajo, pero está bien. Desde que se enteró de que tiene una vitrina en el museo en unos meses, ha estado en modo de pánico tratando de crear algo inspirador. No está durmiendo, pero es Richard.
—Los hombres son raros, y no puedo creer que estés viviendo con uno.
—Lo sé. —Reí. Me tomó más de cinco años para finalmente mudarme con Richard, principalmente porque no me sentía cómoda dejando de lado a Mari cuando enfermó. Habíamos vivido juntos los últimos cuatro meses, y me encantaba. Lo amaba—. ¿Recuerdas lo que mamá solía decir de los hombres que se mudaban con mujeres?
—Sí… en cuanto se sientan lo suficientemente cómodos como para quitarse los zapatos en tu casa e ir al refrigerador sin preguntar, es hora de que se vayan.
—Una mujer inteligente.
Mari asintió.
—Debí haber seguido sus reglas después de que falleció, así podría haber evitado a Parker. —Sus ojos se pusieron pesados durante unos segundos antes de que parpadeara su dolor y sonriera. Apenas hablaba de Parker desde que él la dejó hace más de dos años, pero cada vez que lo hacía, era como si una nube de tristeza se cerniera sobre ella. Sin embargo, luchaba contra la nube, y nunca dejaba que lloviera para que entrara. Se esforzaba por ser feliz, y en su mayor parte lo era, aunque a veces tenía segundos de dolor.

Segundos cuando recordaba, segundos cuando se culpaba a sí misma, segundos cuando se sentía sola. Segundos cuando permitía que su corazón se rompiera antes de empezar a reconstruirlo rápidamente.
Con cada segundo de dolor, Mari hacía su tarea de encontrar un minuto de felicidad.
—Bueno, vives según sus reglas ahora, lo cual es mejor que nunca, ¿no? —dije, tratando de ayudarla a deshacerse de la nube que está por encima de ella.
—¡Exacto! —gritó, sus ojos volviendo a encontrar su alegría. Era extraño cómo funcionaban los sentimientos, cómo una persona podía estar triste un segundo y feliz otro. Lo que más me asombraba era cómo una persona podía ser ambas cosas en el mismo segundo. Yo creía que Mari tenía una pizca de ambas emociones en ese momento, un poco de tristeza entremezclada con su alegría.
Pensaba que era una hermosa forma de vivir.
—Entonces, ¿vamos a trabajar? —pregunté, levantándome de mi silla. Mari gimió, molesta, pero aceptó mientras se arrastraba de vuelta a su bicicleta y empezaba a pedalear hasta nuestra tienda.

Monet's Gardens el sueño de mi hermana y mío hecho realidad. La tienda fue creada a partir de las pinturas de mi artista favorito, Claude Monet. Cuando Mari y yo finalmente lleguemos a Europa, planeaba pasar mucho tiempo en los Jardines de Monet en Giverny, Francia.

Impresiones de sus obras de arte se hallaban esparcidas por la tienda, y a veces hacíamos arreglos florales para que coincidieran con las pinturas. Después de que firmamos nuestras vidas con préstamos bancarios, Mari y yo nos pusimos manos a la obra para abrir la tienda, y con el tiempo se unió a la perfección. Por poco ni siquiera conseguimos la tienda, pero Mari obtuvo un préstamo final. Aunque era mucho trabajo y tomaba tanto tiempo que nunca pensé en tener una vida social, no podía quejarme de pasar mis días rodeada de flores.
El edificio era pequeño, pero lo suficientemente grande como para tener docenas de diferentes tipos de flores, como tulipanes, lirios, amapolas y, por supuesto, rosas. Atendíamos a todo tipo de eventos también; mis favoritas eran las bodas y lo peor eran los funerales.
Hoy era uno de los peores, y me tocaba a mí conducir el camión de reparto para entregar el pedido.
—¿Segura que no quieres que yo haga la boda de Garrett y tú el funeral de Russell? —pregunté, organizando todos los bultos blancos de gladiolas y las rosas blancas para que se movieran en el camión. La persona que falleció debe haber sido muy querida, basándose en el número de arreglos ordenados. Había docenas de rosas blancas para el atomizador de ataúdes, cinco caballetes cruzados diferentes con fajas que decían “Padre” a través de ellos, y docenas de ramos de flores al azar para ser colocados alrededor de la iglesia.
Me sorprendía lo hermosas que podían ser las flores para una ocasión tan triste.

—No, estoy segura. Sin embargo, puedo ayudarte a cargar la camioneta —dijo Mari, levantando uno de los arreglos y regresando al callejón donde se encontraba estacionada nuestra camioneta de reparto.
—Si haces el funeral hoy, dejaré de arrastrarte al yoga caliente cada mañana.
Soltó una carcajada.
—Si tuviera un centavo por cada vez que he oído eso, ya estaría en Europa.
—¡No, lo juro! No más sudar a las seis de la mañana.
—Eso es mentira.
Asentí.
—Sí, eso es una mentira.
—Y, no más demoras en nuestro viaje a Europa. Vamos a ir oficialmente el próximo verano, ¿verdad? —preguntó, sus ojos entrecerrados.
Gemí. Desde que se enfermó hace dos años, estuve posponiendo nuestro viaje. Mi cerebro sabía que ella estaba mejor, sana y fuerte, pero una pequeña parte de mi corazón temía viajar tan lejos de casa con la posibilidad de que algo fuera mal con su salud en otro país.
Tragué fuerte y acepté. Sonrió ampliamente, complacida, y entró en el cuarto trasero.
—¿A qué iglesia voy a ir hoy? —pregunté en voz alta, saltando al ordenador para sacar el archivo. Me detuve y entrecerré los ojos al leer las palabras: UW-Milwaukee Panther Arena.
—Mari —chillé—. Esto dice que es en la arena de la ciudad… ¿es eso correcto?
Volvió corriendo a la habitación y miró al ordenador y luego se encogió de hombros.
—Vaya. Eso explica todas las flores. —Se pasó las manos por su cabello, y sonreí. Cada vez que lo hacía, mi corazón se llenaba de alegría. Su cabello en crecimiento era un recordatorio de su vida en crecimiento, de lo afortunadas que éramos de estar en el lugar donde estábamos. Me sentía tan feliz de que las flores del camión no eran para ella.
—Sí, pero, ¿quién tiene un funeral en la arena? —pregunté, confundida.
—Debe ser alguien importante.

Me encogí de hombros, sin pensarlo demasiado. Llegué a la arena dos horas antes de la ceremonia para montar todo, y el exterior del edificio ya se hallaba rodeado de numerosas personas. Juré que tenía que haber cientos de personas en las calles del centro de Milwaukee, y la policía recorría el área.
Los individuos escribían notas y las colocaban en los escalones delanteros; algunos lloraban mientras otros conversaban profundamente.
Mientras conducía la camioneta hacia atrás para descargar las flores, uno de los trabajadores de la arena me negó el acceso al edificio. Abrió la puerta y usó su cuerpo para bloquear mi entrada.
—Disculpe, no puede entrar aquí —me dijo el hombre—. Solo acceso VIP. —Tenía un gran auricular alrededor de su cuello, y la forma en que cerró ligeramente la puerta detrás de él para evitar que yo mirara dentro me hizo sospechar.
—Oh, no, solo estoy entregando las flores para el servicio —comencé a explicar, y él puso sus ojos en blanco.
—¿Más flores? —Gruñó, y luego señaló hacia otra puerta—. La entrega de flores está a la vuelta de la esquina, tercera puerta. No puedes perderte —dijo simplemente.
—De acuerdo. ¿De quién es exactamente este funeral? —pregunté. Me puse de puntillas y traté de echar un vistazo a lo que pasaba dentro. Me disparó una mirada sucia llena de molestias. 
—A la vuelta de la esquina —ladró antes de cerrar la puerta. Tiré de la puerta una vez y fruncí el ceño.
Cerrado.
Un día dejaría de ser tan entrometida. Pero obviamente ese día no era hoy.
Sonreí para mí misma y murmuré—: Encantada de conocerte también.

Cuando conduje la camioneta a la vuelta de la esquina, me di cuenta de que no éramos la única floristería que fue contactada para este evento. Tres furgonetas iban en fila delante de mí, y ni siquiera pudieron entrar en el edificio; había empleados recogiendo los arreglos florales en la puerta. Antes de que pudiera estacionar el auto, los trabajadores se colocaron en la parte de atrás, golpeando las puertas traseras para que las abriera. Una vez que lo hice, empezaron a agarrar las flores sin mucho cuidado, y yo me acurruqué por la forma en que una de las mujeres manejaba la corona de rosas blancas. La tiró sobre su brazo, destruyendo las verdes Campanas de Irlanda.
—¡Cuidado! —grité, pero todos parecían sordos.
Cuando terminaron, cerraron mis puertas, firmaron mi papeleo y me dieron un sobre.
—¿Para qué es esto?
—¿No te lo han dicho ya? —La mujer suspiró pesadamente, y luego puso las manos sobre sus caderas—. Las flores son solo para mostrarlas, y el hijo del Sr. Russell instruyó a los floristas que las devolvieran después del servicio. En el interior está su entrada para el evento, junto con un pase para ir a los camerinos después a recoger sus flores. De lo contrario, serán desechadas.
—¿Desechadas? —exclamé—. Cuán derrochador.
La mujer arqueó una ceja.
—Sí, porque no existía ninguna posibilidad de que las flores no hubieran muerto por sí solas —afirmó sarcásticamente—. Al menos ahora puedes revenderlas.

¿Revender flores funerarias? Porque eso no era morboso. Antes de que pudiera contestar, ella me hizo señas sin despedirse.ç

Abrí un sobre y encontré mi boleto y una tarjeta que decía: “Después del servicio, por favor presente esta tarjeta para recoger los arreglos florales; de lo contrario serán desechados”.
Mis ojos leyeron el boleto repetidamente.
Un boleto.
Para un funeral.
Nunca en mi vida presencié un evento tan extraño. Cuando doblé la esquina de la calle principal, noté que aún más gente se reunió alrededor y colocaba cartas a las paredes del edificio.

Mi curiosidad llegó a un nuevo punto alto, y después de dar vueltas alrededor unas cuantas veces en busca de estacionamiento, me metí en una estructura de estacionamiento. Estacioné la furgoneta y salí a ver qué hacía todo el mundo allí y de quién era el funeral. Mientras caminaba en la acera empacada, noté a una mujer arrodillándose, garabateando en un pedazo de papel.

—Disculpa —dije, golpeándola en el hombro. Levantó la mirada con una brillante sonrisa en su rostro—. Lamento molestarte, pero... ¿de quién es este funeral exactamente?
Se levantó, todavía sonriendo. 
—Kent Russell, el autor.
—Oh, de ninguna manera.
—Sí. Cada uno está escribiendo sus propios elogios sobre cómo salvó sus vidas y pegándolas al costado del edificio para honrar su memoria, pero entre tú y yo, estoy muy emocionada de ver a G. M. Russell. Es una pena que tuviera que ser para un evento como éste.
—¿G.M. Russell? Espera, ¿como en el mejor autor de thriller y horror de todos los tiempos? —balbuceé, y finalmente me di cuenta—. ¡Oh, Dios mío! ¡Me encanta G. M. Russell!
—Caramba. Te llevó bastante tiempo conectar esos puntos. Al principio pensé que tu cabello rubio era teñido de ese color, pero ahora veo que en realidad eres una verdadera rubia —bromeó—. Es un evento tan grande porque sabes cómo es G. M. cuando se trata de apariciones públicas, apenas las hace. En los eventos de libros, no se relaciona con los lectores excepto por su gran sonrisa falsa, y nunca permite fotografías, pero hoy podremos tomarle fotos. Esto. Es. ¡Grande!
—¿Los fans fueron invitados al funeral?
—Sí, Kent lo puso en su testamento. Todo el dinero está siendo donado a un hospital infantil. Tengo asientos sólidos. Se suponía que mi mejor amiga Heather iba a venir conmigo, pero se metió en labor de parto, los niños arruinan todo.
Reí
—¿Quieres mi boleto extra? —preguntó—. Está súper cerca al frente. Además, prefiero sentarme al lado de otro fan de G. M. que uno de Papá Russell. Te sorprendería saber cuánta gente está aquí para él. —Se detuvo, arqueó una ceja y se fue a escarbar en su bolso—. Pensándolo bien, tal vez no, ya que fue quien murió y todo eso. Aquí tienes, están abriendo las puertas ahora. —Me dio su boleto de repuesto—. Oh, y mi nombre es Tori.
—Lucy —dije con una sonrisa. Dudé por un momento, pensando en lo extraño y fuera de lo común que era asistir al funeral de un extraño en una arena, pero luego de nuevo... G. M. Russell se hallaba dentro de ese edificio, junto con mis flores, que iban a ser desechadas en unas horas.

Llegamos a nuestros asientos, y Tori no pudo dejar de tomar fotos. —Son asientos increíbles, ¿no? No puedo creer que haya conseguido este boleto por solo dos mil.
—¡¿Dos mil?! —Jadeé.
—Lo sé, ¿verdad? Tal robo, y todo lo que tenía que hacer era vender mi riñón en Craigslist4 a un tipo llamado Kenny.

Se giró hacia el caballero de mayor edad sentado a su izquierda. Tenía que estar en sus setenta y tantos años, y era tan guapo como siempre. Llevaba puesto un abrigo de trinchera abierto, y debajo de él, un traje de gamuza marrón con un lazo azul de lunares y una pajarita blanca. Cuando miró hacia nosotras, tenía la sonrisa más genuina.

—Lo siento, por curiosidad, ¿cuánto pagaste por tu asiento? —No pagué —dijo con la sonrisa más amable del mundo—. Graham es un antiguo alumno mío. Me invitaron.
Los brazos de Tori volaron en un estado de completo y total shock. —Espera, espera, espera, espera, ¿eres el profesor Oliver? Sonrió con suficiencia y asintió. 
—Culpable de los cargos.
—Eres como... el Yoda de nuestro Luke Skywalker. Eres el mago detrás de Oz. ¡Eres la maldita mierda, profesor Oliver! He leído todos los artículos que Graham escribió y debo decir que es genial conocer a la persona de la que hablaba tan bien G. M. Russell, lo que no es muy importante, si me entiendes. —Rio entre dientes—. ¿Puedo estrechar su mano?

Tori continuó hablando durante casi todo el servicio, pero se detuvo en el momento en que Graham fue llamado al escenario para dar el discurso. Antes de que sus labios se separaran, desabrochó la chaqueta de su traje, se la quitó, se desabrochó los puños y se subió las mangas al estilo masculino. Juro que rodó cada manga en cámara lenta mientras frotaba sus labios y dejaba salir un pequeño suspiro.
Guau.
Era tan guapo, y sin esfuerzo también.
Era más guapo en persona de lo que pensé que sería. Toda su persona era oscura, encantadora, pero extremadamente poco atractiva. Llevaba su cabello corto y negro de medianoche peinado hacia atrás con pequeñas ondas sueltas, y su afilada mandíbula cuadrada cubierta con unos días de crecimiento de barba. Su piel de color cobrizo era lisa e impecable, no tenía imperfecciones en ninguna parte, excepto una pequeña cicatriz que corría por su cuello, pero eso no lo hacía imperfecto.
Si prendí algo sobre las cicatrices de las novelas de Graham, era que también podían ser hermosas.
No sonrió ni una vez, pero eso no era sorprendente… después de todo, era el funeral de su padre, pero cuando habló, su voz salió suave, como el whisky en las rocas. Como todo el mundo en la arena, no podía arrancar mis ojos de él.

—Mi padre, Kent Russell, me salvó la vida. Me desafiaba a diario a no solo ser mejor narrador de historias, sino también a ser mejor persona. —Los siguientes cinco minutos de su discurso condujo a cientos de personas a llorar, aguantando el aliento y deseando que ellos también fueran parientes de Kent. Nunca leí los cuentos de Kent, pero Graham me hizo sentir curiosidad por buscar uno de sus libros. Terminó su discurso, miró al techo y sonrió con fuerza—. Así que, terminaré esto con las palabras de mi padre: “Sé inspiración. Sé sincero. Sé aventurero”. Solo tenemos una vida que vivir, y para honrar a mi padre, planeo vivir cada día como si fuera mi último capítulo.
—Oh, Dios mío —susurró Tori, secando las lágrimas de sus ojos—. ¿Lo ves? —preguntó, señalando con la cabeza hacia su regazo. —¿Ver qué? —susurré.
—Cuán enorme es mi invisible erección. No sabía que era posible excitarse por un discurso.
Reí.
—Ni yo tampoco.

Después de que todo terminó, Tori intercambió números conmigo y me invitó a su club de lectura. Después de despedirnos, llegué al cuarto trasero para recoger mis arreglos florales. Mientras buscaba mis rosas, no podía dejar de pensar en lo incómoda que me sentía por el esplendor del funeral de Kent. Casi parecía un poco... como un circo.
No era de las que entendían los funerales, al menos no los típicos. En mi familia, nuestras despedidas finales normalmente consistían en plantar un árbol en memoria de nuestro ser querido, honrando su vida trayendo más belleza al mundo.
Mientras una trabajadora pasaba con uno de mis arreglos florales, jadeé y la llamé.

—¡Disculpe! —Sin embargo, los auriculares en sus oídos le impidieron oírme, así que me apresuré, abriéndome paso a través de una multitud, intentando seguirle el ritmo. Se acercó a una puerta, la mantuvo abierta, y sacudió las flores afuera antes de cerrar la puerta y salir bailando al son de su música.

E—sas eran flores de trescientos dólares. —Gemí en voz alta, corriendo a través de la puerta. Mientras se estrellaba, corrí hacia las rosas que fueron arrojadas a un cubo de basura en un área cerrada.

El aire de la noche rozó mi piel, y me bañé con la luz de la luna brillando mientras recogía las rosas. Cuando terminé, inhalé profundamente. Existía algo tan pacífico en la noche, cómo todo se ralentizaba un poco, cómo la actividad del día desaparecía hasta la mañana.

Cuando abrí la puerta para volver a entrar, me entró el pánico. Tiré del mango repetidamente.
Cerrado.
Oh, mierda.

Mis manos formaron puños y empecé a golpear contra la puerta, haciendo todo lo posible para volver a entrar.
—¿Hola? —grité durante diez minutos seguidos antes de darme por vencida.

Treinta minutos más tarde, me senté en el cemento y miraba fijamente a las estrellas cuando oí la puerta que se abría detrás de mí. Me retorcí y jadeé un poco.
Eres tú .
Graham Russell.
De pie justo detrás de mí.
—No hagas eso —soltó, notando mi mirada pegada a él—. Deja de fijarte en mí.
—¡Espera, espera! Las… —Me levanté, y justo antes de decirle que sujetara la puerta, la escuché cerrar—. Cerraduras.
Arqueó una ceja, procesando mis palabras. Tiró de la puerta y luego suspiró pesadamente. 
—Tienes que estar bromeando. —Tiró una y otra vez, pero la puerta siguió cerrada—. Está cerrada.
Asentí.
—Sí.
Se dio palmaditas en los bolsillos de los pantalones y gruñó.
—Y mi teléfono está en la chaqueta de mi traje, que está colgada en la parte de atrás de una silla dentro.
—Lo siento, te ofrecería mi teléfono, pero murió.
—Por supuesto que lo hizo —dijo con humor—. Porque el día no podía ser peor.
Golpeó la puerta durante varios minutos sin resultados y luego empezó a maldecir al universo por una vida extremadamente apestosa. Se acercó al otro lado de la puerta y puso sus manos detrás de su cuello. Parecía completamente exhausto ante los acontecimientos del día.
—Lo siento mucho —susurré, mi voz tímida y baja. ¿Qué más podía decir?—. Siento mucho su pérdida.
Se encogió de hombros, desinteresado.
—La gente muere. Es un aspecto bastante común de la vida. —Sí, pero eso no lo hace más fácil, y por eso, lo siento.
No respondió, pero no tenía que hacerlo. Todavía me sorprendía estar tan cerca de él. Aclaré mi garganta y volví a hablar porque el silencio no era algo que supiera hacer.
—Ese fue un discurso hermoso. —Giró su cabeza en mi dirección y me miró fijamente con frialdad antes de dar vuelta hacia atrás. Continué— : Realmente mostraste lo amable y bondadoso que era tu padre y cómo cambió tu vida y la de los demás. Tu discurso esta noche… solo fue tan… —Me detuve, buscando las palabras correctas para describir su discurso.
—Basura —declaró.
Me senté más recta.
—¿Qué?
—El discurso fue una mierda. Lo saqué de fuera. Un desconocido lo escribió y lo puso en el edificio, alguien que probablemente nunca habría pasado diez minutos en la misma habitación que mi padre, porque si lo hubiera hecho, sabrían cuán mierda de persona era Kent Russell.
—Espera, ¿así que plagiaste un panegírico para el funeral de tu padre?
—Cuando lo dices así, suena horrible —contestó secamente.
—Probablemente suena de esa manera porque así es.
—Mi padre era un hombre cruel que manipulaba situaciones y personas para conseguir lo mejor por su dinero. Se rio del hecho de que pagaran dinero por su pila de libros inspiradores y vivieran sus vidas basadas en la basura que escribió. Quiero decir, ¿su libro “Treinta Días A Una Vida Sobria”? Escribió ese libro borracho hasta el culo. Literalmente tuve que levantarlo de su propio vómito y suciedad más veces de las que estoy dispuesto a admitir. ¿“Cincuenta Maneras De Enamorarse”? Se tiró a prostitutas y despidió asistentes personales por no acostarse con él. Era basura, una broma de un humano, y estoy seguro de que no salvó la vida de nadie, como muchos me han dicho esta noche. Los usó a todos para comprarse un barco y un puñado de aventuras de una noche.
Mi boca cayó abierta, aturdida. 
—Caramba. —Me reí, dando patadas alrededor de una pequeña piedra con mi zapato—. Dime cómo te sientes realmente.
Tomó mi desafío y se giró lentamente para enfrentarse a mí, acercándose, haciendo que mi corazón se acelerara. Ningún hombre debería haber sido tan espléndidamente oscuro como él. Graham era un profesional haciendo muecas. Me preguntaba si sabía sonreír.
—¿Quieres saber cómo me siento realmente?
No.
Sí.
Um, ¿quizás?
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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por olsaal81 el Miér 4 Abr - 7:00

Muchas gracias !!! 
Vaya susto con la primera frase del capítulo jajaja
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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por marquesa2 el Miér 4 Abr - 12:23

esperando la siguiente parte
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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por Maluc el Miér 4 Abr - 13:23

Gracias por los capis, cuando empece a leer pensé que era Mary  :32:



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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por Flower el Miér 4 Abr - 15:57

Yo también pensé que era Mari, que susto!!!
Que tristeza no querer un hijo y "soportarlo". La verdad que podrían darlo en adopción o algo, porque para tener una familia así, mejor ni tenerla. 
Lucy y mari me encantan, me gusta la relación que tienen.


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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por LUNA-VAINILA el Jue 5 Abr - 15:43

Síii! Nueva lectura ya me hacía falta, muchas gracias por su trabajo











 Olvidarte es como borrarme a mí mismo 
Apresúrate
Y borra las despedidas
que han hecho oscurecer el Cielo
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LUNA-VAINILA


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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

Mensaje por axcia el Jue 5 Abr - 16:30

He tenido problema con el ordenador y hoy no puedo poner Capi. Espero que me lo arreglen mañana y poder traero  el siguiente capítulo. Siento las molestias
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axcia


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Re: EDICIONES SEDNA ABRIL: The Gravity of Us - Brittainy C. Cherry

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